Capítulo 1Los goterones pesados caían sobre ella, uno tras otro. El impacto era fresco, pero dolía un poco.Almendra Reyes miró el cielo, que de un momento a otro se había cubierto de nubes negras y relámpagos, y volvió a bajar la vista hacia la pantalla para seguir con su explicación.—Esta es la salvia. Sirve para aliviar la fiebre y favorecer la hidratación. Se cosecha en otoño; ahora estamos en julio, así que todavía no está lista.Su cámara enfocaba una planta de flores moradas entre la maleza. La calidad de la imagen era excelente y su voz, nítida. En la esquina superior derecha, el contador de espectadores marcaba más de doscientos mil.En la parte inferior izquierda, los comentarios del chat aparecían sin parar.[¡Amo a la doctora Alma! Fui hasta su ciudad para que me atendiera y de verdad me curó una tendinitis que arrastraba por años.][¡Yo también fui con ella! Sus remedios son milagrosos. ¡Me los tomé y se me quitó todo!][¿Está lloviendo por allá, doctora? Se ve que es un aguacero. ¡Póngase a resguardo, doctora Alma!]Almendra también sintió que la lluvia arreciaba. Ya había recogido las hierbas que necesitaba, así que, mientras caminaba hacia la sombra de unos árboles frondosos, le dijo a su audiencia:—Empezó a llover. Vamos a dejarlo aquí por hoy, ya otro día…No alcanzó a terminar la frase. Sintió que algo le trababa el pie y cayó de bruces contra el suelo. De repente, tenía la boca llena del sabor a hierba mojada.Soltó una maldición entre dientes y levantó la cabeza, con el ceño fruncido. La transmisión se había cortado por el golpe. Dejó el celular a un lado, tomó aire y se giró para ver qué demonios la había hecho tropezar.Esperaba encontrarse una rama seca o un tronco, pero lo que vio la dejó helada. ¡Era una persona!Sí, no había duda. Un hombre, vestido con un traje negro. Como ya oscurecía y la lluvia no paraba, apenas se distinguía entre la hierba alta.Cuando pudo verle la cara, Almendra se quedó pasmada.Tenía un rostro de una masculinidad imponente, con facciones profundas y marcadas, como si fuera una obra de arte esculpida por un dios. Pero en ese momento, mantenía los ojos cerrados con fuerza, las cejas contraídas y el rostro pálido como el papel. Sus labios delgados, apretados en una línea fina, tenían un tono amoratado que contrastaba brutalmente con su palidez. Parecía uno de esos personajes de novela que practican artes marciales y pierden el control.«Está envenenado», pensó Almendra, frunciendo el ceño.En medio de la sierra, lo más probable era que lo hubiera mordido una víbora.Con esa idea en mente, se movió para revisarle las piernas. Al levantarle el pantalón del traje, lo confirmó: el tobillo izquierdo estaba hinchado, con una ampolla hemorrágica de color morado oscuro.La situación de ese hombre era crítica.—En fin… ¡qué suerte la tuya encontrarte conmigo en medio de la nada! —murmuró para sí misma.Se quitó la canasta de mimbre que llevaba a la espalda y sacó un botiquín de entre las hierbas. Siempre que subía a la sierra a recolectar, llevaba medicinas para prevenir cualquier encuentro con bichos y serpientes; incluso traía suero antiofídico.Primero, tomó un bisturí para hacer una incisión en la herida y drenar la sangre. Se movía rápido, sin delicadeza. El hombre, sintiendo el dolor, recuperó la conciencia con un gemido ahogado.Almendra ni siquiera levantó la vista.—Si no te quieres morir, no te muevas.Fabián Ortega sentía la pierna izquierda como si estuviera deshecha; apenas podía moverla. Veía todo borroso y la cabeza le daba vueltas, sin poder distinguir con claridad lo que pasaba a su alrededor. Pero era consciente de que alguien estaba atendiéndole la herida y, aunque dolía como el infierno, podía soportarlo.Unos quince minutos después, Almendra ya le había limpiado, vendado e inyectado el suero con una eficacia pasmosa. El hombre estaba fuera de peligro.—Ya te curé la herida. Llama a tu familia para que venga por ti.No se molestó en preguntarle qué hacía un hombre solo en ese lugar. No era su problema.A Fabián le escurría sudor frío por la frente, pero la lluvia lo había empapado por completo y ya era imposible distinguir una cosa de la otra.***Intentó enfocar la vista para distinguir la figura que tenía enfrente, pero le fue imposible.—No hay señal… —logró decir, con la respiración entrecortada.Almendra frunció el ceño. Qué fastidio.—¿Y tu celular?—En el bolsillo.Se inclinó para buscarlo. Sus manos pequeñas exploraron torpemente el cuerpo musculoso de Fabián, hasta que él le sujetó la mano.—En el de adentro. El derecho —dijo con voz ronca y débil.Almendra miró de reojo al hombre, que parecía a punto de desmayarse, y encontró el celular en el bolsillo interior de su saco.Fabián mantenía los ojos cerrados.—El primer contacto —susurró con voz grave y exhausta.Almendra abrió la agenda y, sin mirar el nombre, marcó el primer número.Apenas sonó una vez cuando alguien contestó del otro lado.—¡Señor! ¿Dónde está? ¡Está lloviendo a cántaros en la sierra! ¿Se encuentra bien? —dijo una voz angustiada.Fabián no respondió. Almendra titubeó un segundo y habló por él.—Está herido. Vengan a recogerlo lo antes posible.Al otro lado de la línea, el mundo pareció venírsele abajo al interlocutor.—¿Qué? ¿El señor está herido? Señorita, por favor, ¿cómo se encuentra? ¿Dónde está exactamente?—La herida ya está tratada. Ahora mismo está en…Almendra miró a su alrededor, a las montañas que los rodeaban, y fijó la vista en una arboleda de espinos silvestres no muy lejos de ahí.—A mitad de la ladera, hacia el oeste, hay una arboleda de espinos silvestres. Al lado hay un sendero. Vengan por él aquí.No había muchas referencias claras en la zona, pero esa arboleda era bastante conocida.Colgó. Al celular solo le quedaba el uno por ciento de batería y se apagó por completo. Almendra se lo guardó de nuevo en el bolsillo a Fabián.—¿Te sientes un poco mejor? ¿Te ayudo a llegar hasta allá?Fabián asintió.—Sí.No había pasado ni media hora desde que esa mujer apareció, y ya se sentía mucho mejor. Al menos, la sensación de muerte inminente se estaba desvaneciendo.Almendra se acercó para ayudarlo a levantarse. Tuvo que hacer un esfuerzo considerable, y eso que ella se consideraba fuerte.Era la primera vez que Fabián se apoyaba de esa manera en una mujer. Su cuerpo era pequeño, suave, y aun así podía sostenerlo.Finalmente, no pudo evitar preguntar:—¿Cómo te llamas?Si no fuera por ella, probablemente no habría visto el amanecer.Almendra estaba agotada.—No necesitas saberlo —respondió con fastidio.Desde el primer momento en que lo vio, supo que no era un hombre cualquiera. Por eso mismo, no quería involucrarse más de la cuenta.—Me salvaste la vida. Pide lo que quieras, te lo daré —insistió Fabián. Nunca le había hablado tanto a una mujer.—La consulta son 900. Acepto transferencia o pago con código. No fío.Fabián la miró, incrédulo. ¿Era posible que una simple muchacha de campo estuviera insinuando que él, el hombre más rico de La Concordia, no tenía dinero?—En cuanto vuelva, te…—Olvídalo. Tengo cosas que hacer. Espera aquí tranquilamente. Yo me voy.Dicho esto, Almendra lo soltó sin miramientos en la hierba a un lado del camino, se echó la canasta a la espalda y se dispuso a marcharse.Fabián no tenía fuerzas para seguirla, pero justo cuando ella se daba la vuelta, reunió la energía que le quedaba para aferrarse al borde de su blusa. Almendra, tomada por sorpresa, perdió el equilibrio y cayó directamente sobre él.Y lo más increíble de todo fue que…Sus narices chocaron. Sus labios se estamparon contra los de él. Y ella estaba encima, él debajo.***Esta vez, Fabián también se quedó de piedra.Tenía una lesión en los ojos que le dificultaba ver con poca luz. Sumado al veneno que aún corría por sus venas y al mareo, apenas podía distinguir el rostro de Almendra. Pero en ese instante, podía sentir con una claridad abrumadora que los labios de ella eran increíblemente suaves, con un toque dulce.Casi sin pensarlo, movió los suyos ligeramente. Almendra sintió como si le hubiera caído un rayo. Se levantó de un salto y se apartó, furiosa y avergonzada.—¡Eres un pervertido!Se frotó los labios con rabia. Quiso darle un par de bofetadas, pero se contuvo al recordar que era un hombre herido. Resignada, se dio la vuelta y se marchó a toda prisa, echando chispas.¡Qué día de mala suerte!No solo había salvado a un depravado, ¡sino que en el proceso había perdido su primer beso!Tirado en el suelo, Fabián observó cómo la silueta borrosa de la mujer se alejaba. En su mano, apretaba con fuerza un objeto.—Te voy a encontrar —susurró.***Empapada por la lluvia, Almendra bajó de la sierra con su canasta de hierbas a la espalda. Justo cuando llegaba a la entrada de la mansión de los Farías, una figura cubierta de lodo se levantó de junto a la reja y corrió hacia ella con entusiasmo.—¡Señorita! ¡Por fin la encuentro!Viendo que el hombre de lodo estaba a punto de chocar contra ella, Almendra se hizo a un lado instintivamente. El hombre se fue de bruces y, al levantarse, sonrió torpemente, mostrando unos dientes muy blancos.—Disculpe, señorita. La asusté.Almendra lo miró con extrañeza.—¿Y usted es…?El hombre estaba a punto de explicarse cuando una voz femenina e impaciente resonó desde el interior de la propiedad.—Almendra, de ahora en adelante ya no te apellidas Farías, sino Reyes. Él es el enviado de la familia Reyes que vino a recogerte. Vete con él de una vez.Almendra alzó la vista y vio dos figuras de pie en lo alto de la escalinata. Eran Susana Farías, la verdadera hija de la familia, y su madre adoptiva, Valeria.Hacía dos meses, su consentido «hermanito» había tenido un accidente de auto que le dañó los riñones. A ella, la «hija biológica» a la que nadie quería, la llevaron de inmediato para ver si era compatible para un trasplante.Pero el análisis reveló algo inesperado: ella y su «hermano» no tenían ningún vínculo sanguíneo.La noticia no solo sacudió a toda la familia Farías, sino que dejó a la propia Almendra en estado de shock.Decidido a encontrar a su verdadera hija, su padre adoptivo, Rodrigo Farías, movilizó una fortuna en dinero y contactos. Después de dos meses de búsqueda frenética, finalmente la encontraron.Siendo Rodrigo uno de los hombres más ricos de la ciudad, la noticia de su búsqueda se difundió por todos los medios y se hizo de dominio público.Con el regreso de la auténtica heredera, Almendra, la hija postiza que nunca había sido querida y que se había criado en el campo con su abuela, fue inmediatamente desterrada.Sin embargo, a la señora Pilar le había vuelto un dolor en las piernas por el mal tiempo, así que Almendra se las arregló para quedarse unos días más, subiendo a la sierra a diario para recolectar hierbas y prepararle remedios. Esto hizo que los Farías pensaran que se estaba aferrando a la casa.Pero justo ayer, alguien la había llamado. Dijeron que eran sus padres biológicos y que hoy vendrían a buscarla. Almendra no se había hecho muchas ilusiones, pero, para su sorpresa, de verdad habían venido.El hombre de lodo se acercó de nuevo a ella, sonriendo de oreja a oreja.—Señorita, me llamo Enrique. El señor y la señora me enviaron para llevarla a casa.Antes de que Almendra pudiera responder, Valeria volvió a hablar desde la escalinata.—En esta mochila te puse cinco mil pesos. Te alcanzará para un tiempo. Te criamos dieciocho años sin pedirte nada a cambio. Cuando se te acabe, ni se te ocurra venir a pedirnos más.Dicho esto, le arrojó una mochila negra a los pies.Valeria y Susana, temiendo que Almendra se negara a irse, habían aprovechado que estaba en la sierra para empacar sus cosas a la carrera y echarla de una vez por todas.Aunque Valeria no sabía quiénes eran los padres biológicos de Almendra, había oído que eran de un pueblito de Las Brumas, que estaban desempleados, que tenían otros cuatro hijos varones solteros y un abuelo ya mayor. En resumen, no sonaban a gente de dinero.***Capítulo 2Los goterones pesados caían sobre ella, uno tras otro. El impacto era fresco, pero dolía un poco.Almendra Reyes miró el cielo, que de un momento a otro se había cubierto de nubes negras y relámpagos, y volvió a bajar la vista hacia la pantalla para seguir con su explicación.—Esta es la salvia. Sirve para aliviar la fiebre y favorecer la hidratación. Se cosecha en otoño; ahora estamos en julio, así que todavía no está lista.Su cámara enfocaba una planta de flores moradas entre la maleza. La calidad de la imagen era excelente y su voz, nítida. En la esquina superior derecha, el contador de espectadores marcaba más de doscientos mil.En la parte inferior izquierda, los comentarios del chat aparecían sin parar.[¡Amo a la doctora Alma! Fui hasta su ciudad para que me atendiera y de verdad me curó una tendinitis que arrastraba por años.][¡Yo también fui con ella! Sus remedios son milagrosos. ¡Me los tomé y se me quitó todo!][¿Está lloviendo por allá, doctora? Se ve que es un aguacero. ¡Póngase a resguardo, doctora Alma!]Almendra también sintió que la lluvia arreciaba. Ya había recogido las hierbas que necesitaba, así que, mientras caminaba hacia la sombra de unos árboles frondosos, le dijo a su audiencia:—Empezó a llover. Vamos a dejarlo aquí por hoy, ya otro día…No alcanzó a terminar la frase. Sintió que algo le trababa el pie y cayó de bruces contra el suelo. De repente, tenía la boca llena del sabor a hierba mojada.Soltó una maldición entre dientes y levantó la cabeza, con el ceño fruncido. La transmisión se había cortado por el golpe. Dejó el celular a un lado, tomó aire y se giró para ver qué demonios la había hecho tropezar.Esperaba encontrarse una rama seca o un tronco, pero lo que vio la dejó helada. ¡Era una persona!Sí, no había duda. Un hombre, vestido con un traje negro. Como ya oscurecía y la lluvia no paraba, apenas se distinguía entre la hierba alta.Cuando pudo verle la cara, Almendra se quedó pasmada.Tenía un rostro de una masculinidad imponente, con facciones profundas y marcadas, como si fuera una obra de arte esculpida por un dios. Pero en ese momento, mantenía los ojos cerrados con fuerza, las cejas contraídas y el rostro pálido como el papel. Sus labios delgados, apretados en una línea fina, tenían un tono amoratado que contrastaba brutalmente con su palidez. Parecía uno de esos personajes de novela que practican artes marciales y pierden el control.«Está envenenado», pensó Almendra, frunciendo el ceño.En medio de la sierra, lo más probable era que lo hubiera mordido una víbora.Con esa idea en mente, se movió para revisarle las piernas. Al levantarle el pantalón del traje, lo confirmó: el tobillo izquierdo estaba hinchado, con una ampolla hemorrágica de color morado oscuro.La situación de ese hombre era crítica.—En fin… ¡qué suerte la tuya encontrarte conmigo en medio de la nada! —murmuró para sí misma.Se quitó la canasta de mimbre que llevaba a la espalda y sacó un botiquín de entre las hierbas. Siempre que subía a la sierra a recolectar, llevaba medicinas para prevenir cualquier encuentro con bichos y serpientes; incluso traía suero antiofídico.Primero, tomó un bisturí para hacer una incisión en la herida y drenar la sangre. Se movía rápido, sin delicadeza. El hombre, sintiendo el dolor, recuperó la conciencia con un gemido ahogado.Almendra ni siquiera levantó la vista.—Si no te quieres morir, no te muevas.Fabián Ortega sentía la pierna izquierda como si estuviera deshecha; apenas podía moverla. Veía todo borroso y la cabeza le daba vueltas, sin poder distinguir con claridad lo que pasaba a su alrededor. Pero era consciente de que alguien estaba atendiéndole la herida y, aunque dolía como el infierno, podía soportarlo.Unos quince minutos después, Almendra ya le había limpiado, vendado e inyectado el suero con una eficacia pasmosa. El hombre estaba fuera de peligro.—Ya te curé la herida. Llama a tu familia para que venga por ti.No se molestó en preguntarle qué hacía un hombre solo en ese lugar. No era su problema.A Fabián le escurría sudor frío por la frente, pero la lluvia lo había empapado por completo y ya era imposible distinguir una cosa de la otra.***Intentó enfocar la vista para distinguir la figura que tenía enfrente, pero le fue imposible.—No hay señal… —logró decir, con la respiración entrecortada.Almendra frunció el ceño. Qué fastidio.—¿Y tu celular?—En el bolsillo.Se inclinó para buscarlo. Sus manos pequeñas exploraron torpemente el cuerpo musculoso de Fabián, hasta que él le sujetó la mano.—En el de adentro. El derecho —dijo con voz ronca y débil.Almendra miró de reojo al hombre, que parecía a punto de desmayarse, y encontró el celular en el bolsillo interior de su saco.Fabián mantenía los ojos cerrados.—El primer contacto —susurró con voz grave y exhausta.Almendra abrió la agenda y, sin mirar el nombre, marcó el primer número.Apenas sonó una vez cuando alguien contestó del otro lado.—¡Señor! ¿Dónde está? ¡Está lloviendo a cántaros en la sierra! ¿Se encuentra bien? —dijo una voz angustiada.Fabián no respondió. Almendra titubeó un segundo y habló por él.—Está herido. Vengan a recogerlo lo antes posible.Al otro lado de la línea, el mundo pareció venírsele abajo al interlocutor.—¿Qué? ¿El señor está herido? Señorita, por favor, ¿cómo se encuentra? ¿Dónde está exactamente?—La herida ya está tratada. Ahora mismo está en…Almendra miró a su alrededor, a las montañas que los rodeaban, y fijó la vista en una arboleda de espinos silvestres no muy lejos de ahí.—A mitad de la ladera, hacia el oeste, hay una arboleda de espinos silvestres. Al lado hay un sendero. Vengan por él aquí.No había muchas referencias claras en la zona, pero esa arboleda era bastante conocida.Colgó. Al celular solo le quedaba el uno por ciento de batería y se apagó por completo. Almendra se lo guardó de nuevo en el bolsillo a Fabián.—¿Te sientes un poco mejor? ¿Te ayudo a llegar hasta allá?Fabián asintió.—Sí.No había pasado ni media hora desde que esa mujer apareció, y ya se sentía mucho mejor. Al menos, la sensación de muerte inminente se estaba desvaneciendo.Almendra se acercó para ayudarlo a levantarse. Tuvo que hacer un esfuerzo considerable, y eso que ella se consideraba fuerte.Era la primera vez que Fabián se apoyaba de esa manera en una mujer. Su cuerpo era pequeño, suave, y aun así podía sostenerlo.Finalmente, no pudo evitar preguntar:—¿Cómo te llamas?Si no fuera por ella, probablemente no habría visto el amanecer.Almendra estaba agotada.—No necesitas saberlo —respondió con fastidio.Desde el primer momento en que lo vio, supo que no era un hombre cualquiera. Por eso mismo, no quería involucrarse más de la cuenta.—Me salvaste la vida. Pide lo que quieras, te lo daré —insistió Fabián. Nunca le había hablado tanto a una mujer.—La consulta son 900. Acepto transferencia o pago con código. No fío.Fabián la miró, incrédulo. ¿Era posible que una simple muchacha de campo estuviera insinuando que él, el hombre más rico de La Concordia, no tenía dinero?—En cuanto vuelva, te…—Olvídalo. Tengo cosas que hacer. Espera aquí tranquilamente. Yo me voy.Dicho esto, Almendra lo soltó sin miramientos en la hierba a un lado del camino, se echó la canasta a la espalda y se dispuso a marcharse.Fabián no tenía fuerzas para seguirla, pero justo cuando ella se daba la vuelta, reunió la energía que le quedaba para aferrarse al borde de su blusa. Almendra, tomada por sorpresa, perdió el equilibrio y cayó directamente sobre él.Y lo más increíble de todo fue que…Sus narices chocaron. Sus labios se estamparon contra los de él. Y ella estaba encima, él debajo.***Esta vez, Fabián también se quedó de piedra.Tenía una lesión en los ojos que le dificultaba ver con poca luz. Sumado al veneno que aún corría por sus venas y al mareo, apenas podía distinguir el rostro de Almendra. Pero en ese instante, podía sentir con una claridad abrumadora que los labios de ella eran increíblemente suaves, con un toque dulce.Casi sin pensarlo, movió los suyos ligeramente. Almendra sintió como si le hubiera caído un rayo. Se levantó de un salto y se apartó, furiosa y avergonzada.—¡Eres un pervertido!Se frotó los labios con rabia. Quiso darle un par de bofetadas, pero se contuvo al recordar que era un hombre herido. Resignada, se dio la vuelta y se marchó a toda prisa, echando chispas.¡Qué día de mala suerte!No solo había salvado a un depravado, ¡sino que en el proceso había perdido su primer beso!Tirado en el suelo, Fabián observó cómo la silueta borrosa de la mujer se alejaba. En su mano, apretaba con fuerza un objeto.—Te voy a encontrar —susurró.***Empapada por la lluvia, Almendra bajó de la sierra con su canasta de hierbas a la espalda. Justo cuando llegaba a la entrada de la mansión de los Farías, una figura cubierta de lodo se levantó de junto a la reja y corrió hacia ella con entusiasmo.—¡Señorita! ¡Por fin la encuentro!Viendo que el hombre de lodo estaba a punto de chocar contra ella, Almendra se hizo a un lado instintivamente. El hombre se fue de bruces y, al levantarse, sonrió torpemente, mostrando unos dientes muy blancos.—Disculpe, señorita. La asusté.Almendra lo miró con extrañeza.—¿Y usted es…?El hombre estaba a punto de explicarse cuando una voz femenina e impaciente resonó desde el interior de la propiedad.—Almendra, de ahora en adelante ya no te apellidas Farías, sino Reyes. Él es el enviado de la familia Reyes que vino a recogerte. Vete con él de una vez.Almendra alzó la vista y vio dos figuras de pie en lo alto de la escalinata. Eran Susana Farías, la verdadera hija de la familia, y su madre adoptiva, Valeria.Hacía dos meses, su consentido «hermanito» había tenido un accidente de auto que le dañó los riñones. A ella, la «hija biológica» a la que nadie quería, la llevaron de inmediato para ver si era compatible para un trasplante.Pero el análisis reveló algo inesperado: ella y su «hermano» no tenían ningún vínculo sanguíneo.La noticia no solo sacudió a toda la familia Farías, sino que dejó a la propia Almendra en estado de shock.Decidido a encontrar a su verdadera hija, su padre adoptivo, Rodrigo Farías, movilizó una fortuna en dinero y contactos. Después de dos meses de búsqueda frenética, finalmente la encontraron.Siendo Rodrigo uno de los hombres más ricos de la ciudad, la noticia de su búsqueda se difundió por todos los medios y se hizo de dominio público.Con el regreso de la auténtica heredera, Almendra, la hija postiza que nunca había sido querida y que se había criado en el campo con su abuela, fue inmediatamente desterrada.Sin embargo, a la señora Pilar le había vuelto un dolor en las piernas por el mal tiempo, así que Almendra se las arregló para quedarse unos días más, subiendo a la sierra a diario para recolectar hierbas y prepararle remedios. Esto hizo que los Farías pensaran que se estaba aferrando a la casa.Pero justo ayer, alguien la había llamado. Dijeron que eran sus padres biológicos y que hoy vendrían a buscarla. Almendra no se había hecho muchas ilusiones, pero, para su sorpresa, de verdad habían venido.El hombre de lodo se acercó de nuevo a ella, sonriendo de oreja a oreja.—Señorita, me llamo Enrique. El señor y la señora me enviaron para llevarla a casa.Antes de que Almendra pudiera responder, Valeria volvió a hablar desde la escalinata.—En esta mochila te puse cinco mil pesos. Te alcanzará para un tiempo. Te criamos dieciocho años sin pedirte nada a cambio. Cuando se te acabe, ni se te ocurra venir a pedirnos más.Dicho esto, le arrojó una mochila negra a los pies.Valeria y Susana, temiendo que Almendra se negara a irse, habían aprovechado que estaba en la sierra para empacar sus cosas a la carrera y echarla de una vez por todas.Aunque Valeria no sabía quiénes eran los padres biológicos de Almendra, había oído que eran de un pueblito de Las Brumas, que estaban desempleados, que tenían otros cuatro hijos varones solteros y un abuelo ya mayor. En resumen, no sonaban a gente de dinero.***Capítulo 3Los goterones pesados caían sobre ella, uno tras otro. El impacto era fresco, pero dolía un poco.Almendra Reyes miró el cielo, que de un momento a otro se había cubierto de nubes negras y relámpagos, y volvió a bajar la vista hacia la pantalla para seguir con su explicación.—Esta es la salvia. Sirve para aliviar la fiebre y favorecer la hidratación. Se cosecha en otoño; ahora estamos en julio, así que todavía no está lista.Su cámara enfocaba una planta de flores moradas entre la maleza. La calidad de la imagen era excelente y su voz, nítida. En la esquina superior derecha, el contador de espectadores marcaba más de doscientos mil.En la parte inferior izquierda, los comentarios del chat aparecían sin parar.[¡Amo a la doctora Alma! Fui hasta su ciudad para que me atendiera y de verdad me curó una tendinitis que arrastraba por años.][¡Yo también fui con ella! Sus remedios son milagrosos. ¡Me los tomé y se me quitó todo!][¿Está lloviendo por allá, doctora? Se ve que es un aguacero. ¡Póngase a resguardo, doctora Alma!]Almendra también sintió que la lluvia arreciaba. Ya había recogido las hierbas que necesitaba, así que, mientras caminaba hacia la sombra de unos árboles frondosos, le dijo a su audiencia:—Empezó a llover. Vamos a dejarlo aquí por hoy, ya otro día…No alcanzó a terminar la frase. Sintió que algo le trababa el pie y cayó de bruces contra el suelo. De repente, tenía la boca llena del sabor a hierba mojada.Soltó una maldición entre dientes y levantó la cabeza, con el ceño fruncido. La transmisión se había cortado por el golpe. Dejó el celular a un lado, tomó aire y se giró para ver qué demonios la había hecho tropezar.Esperaba encontrarse una rama seca o un tronco, pero lo que vio la dejó helada. ¡Era una persona!Sí, no había duda. Un hombre, vestido con un traje negro. Como ya oscurecía y la lluvia no paraba, apenas se distinguía entre la hierba alta.Cuando pudo verle la cara, Almendra se quedó pasmada.Tenía un rostro de una masculinidad imponente, con facciones profundas y marcadas, como si fuera una obra de arte esculpida por un dios. Pero en ese momento, mantenía los ojos cerrados con fuerza, las cejas contraídas y el rostro pálido como el papel. Sus labios delgados, apretados en una línea fina, tenían un tono amoratado que contrastaba brutalmente con su palidez. Parecía uno de esos personajes de novela que practican artes marciales y pierden el control.«Está envenenado», pensó Almendra, frunciendo el ceño.En medio de la sierra, lo más probable era que lo hubiera mordido una víbora.Con esa idea en mente, se movió para revisarle las piernas. Al levantarle el pantalón del traje, lo confirmó: el tobillo izquierdo estaba hinchado, con una ampolla hemorrágica de color morado oscuro.La situación de ese hombre era crítica.—En fin… ¡qué suerte la tuya encontrarte conmigo en medio de la nada! —murmuró para sí misma.Se quitó la canasta de mimbre que llevaba a la espalda y sacó un botiquín de entre las hierbas. Siempre que subía a la sierra a recolectar, llevaba medicinas para prevenir cualquier encuentro con bichos y serpientes; incluso traía suero antiofídico.Primero, tomó un bisturí para hacer una incisión en la herida y drenar la sangre. Se movía rápido, sin delicadeza. El hombre, sintiendo el dolor, recuperó la conciencia con un gemido ahogado.Almendra ni siquiera levantó la vista.—Si no te quieres morir, no te muevas.Fabián Ortega sentía la pierna izquierda como si estuviera deshecha; apenas podía moverla. Veía todo borroso y la cabeza le daba vueltas, sin poder distinguir con claridad lo que pasaba a su alrededor. Pero era consciente de que alguien estaba atendiéndole la herida y, aunque dolía como el infierno, podía soportarlo.Unos quince minutos después, Almendra ya le había limpiado, vendado e inyectado el suero con una eficacia pasmosa. El hombre estaba fuera de peligro.—Ya te curé la herida. Llama a tu familia para que venga por ti.No se molestó en preguntarle qué hacía un hombre solo en ese lugar. No era su problema.A Fabián le escurría sudor frío por la frente, pero la lluvia lo había empapado por completo y ya era imposible distinguir una cosa de la otra.***Intentó enfocar la vista para distinguir la figura que tenía enfrente, pero le fue imposible.—No hay señal… —logró decir, con la respiración entrecortada.Almendra frunció el ceño. Qué fastidio.—¿Y tu celular?—En el bolsillo.Se inclinó para buscarlo. Sus manos pequeñas exploraron torpemente el cuerpo musculoso de Fabián, hasta que él le sujetó la mano.—En el de adentro. El derecho —dijo con voz ronca y débil.Almendra miró de reojo al hombre, que parecía a punto de desmayarse, y encontró el celular en el bolsillo interior de su saco.Fabián mantenía los ojos cerrados.—El primer contacto —susurró con voz grave y exhausta.Almendra abrió la agenda y, sin mirar el nombre, marcó el primer número.Apenas sonó una vez cuando alguien contestó del otro lado.—¡Señor! ¿Dónde está? ¡Está lloviendo a cántaros en la sierra! ¿Se encuentra bien? —dijo una voz angustiada.Fabián no respondió. Almendra titubeó un segundo y habló por él.—Está herido. Vengan a recogerlo lo antes posible.Al otro lado de la línea, el mundo pareció venírsele abajo al interlocutor.—¿Qué? ¿El señor está herido? Señorita, por favor, ¿cómo se encuentra? ¿Dónde está exactamente?—La herida ya está tratada. Ahora mismo está en…Almendra miró a su alrededor, a las montañas que los rodeaban, y fijó la vista en una arboleda de espinos silvestres no muy lejos de ahí.—A mitad de la ladera, hacia el oeste, hay una arboleda de espinos silvestres. Al lado hay un sendero. Vengan por él aquí.No había muchas referencias claras en la zona, pero esa arboleda era bastante conocida.Colgó. Al celular solo le quedaba el uno por ciento de batería y se apagó por completo. Almendra se lo guardó de nuevo en el bolsillo a Fabián.—¿Te sientes un poco mejor? ¿Te ayudo a llegar hasta allá?Fabián asintió.—Sí.No había pasado ni media hora desde que esa mujer apareció, y ya se sentía mucho mejor. Al menos, la sensación de muerte inminente se estaba desvaneciendo.Almendra se acercó para ayudarlo a levantarse. Tuvo que hacer un esfuerzo considerable, y eso que ella se consideraba fuerte.Era la primera vez que Fabián se apoyaba de esa manera en una mujer. Su cuerpo era pequeño, suave, y aun así podía sostenerlo.Finalmente, no pudo evitar preguntar:—¿Cómo te llamas?Si no fuera por ella, probablemente no habría visto el amanecer.Almendra estaba agotada.—No necesitas saberlo —respondió con fastidio.Desde el primer momento en que lo vio, supo que no era un hombre cualquiera. Por eso mismo, no quería involucrarse más de la cuenta.—Me salvaste la vida. Pide lo que quieras, te lo daré —insistió Fabián. Nunca le había hablado tanto a una mujer.—La consulta son 900. Acepto transferencia o pago con código. No fío.Fabián la miró, incrédulo. ¿Era posible que una simple muchacha de campo estuviera insinuando que él, el hombre más rico de La Concordia, no tenía dinero?—En cuanto vuelva, te…—Olvídalo. Tengo cosas que hacer. Espera aquí tranquilamente. Yo me voy.Dicho esto, Almendra lo soltó sin miramientos en la hierba a un lado del camino, se echó la canasta a la espalda y se dispuso a marcharse.Fabián no tenía fuerzas para seguirla, pero justo cuando ella se daba la vuelta, reunió la energía que le quedaba para aferrarse al borde de su blusa. Almendra, tomada por sorpresa, perdió el equilibrio y cayó directamente sobre él.Y lo más increíble de todo fue que…Sus narices chocaron. Sus labios se estamparon contra los de él. Y ella estaba encima, él debajo.***Esta vez, Fabián también se quedó de piedra.Tenía una lesión en los ojos que le dificultaba ver con poca luz. Sumado al veneno que aún corría por sus venas y al mareo, apenas podía distinguir el rostro de Almendra. Pero en ese instante, podía sentir con una claridad abrumadora que los labios de ella eran increíblemente suaves, con un toque dulce.Casi sin pensarlo, movió los suyos ligeramente. Almendra sintió como si le hubiera caído un rayo. Se levantó de un salto y se apartó, furiosa y avergonzada.—¡Eres un pervertido!Se frotó los labios con rabia. Quiso darle un par de bofetadas, pero se contuvo al recordar que era un hombre herido. Resignada, se dio la vuelta y se marchó a toda prisa, echando chispas.¡Qué día de mala suerte!No solo había salvado a un depravado, ¡sino que en el proceso había perdido su primer beso!Tirado en el suelo, Fabián observó cómo la silueta borrosa de la mujer se alejaba. En su mano, apretaba con fuerza un objeto.—Te voy a encontrar —susurró.***Empapada por la lluvia, Almendra bajó de la sierra con su canasta de hierbas a la espalda. Justo cuando llegaba a la entrada de la mansión de los Farías, una figura cubierta de lodo se levantó de junto a la reja y corrió hacia ella con entusiasmo.—¡Señorita! ¡Por fin la encuentro!Viendo que el hombre de lodo estaba a punto de chocar contra ella, Almendra se hizo a un lado instintivamente. El hombre se fue de bruces y, al levantarse, sonrió torpemente, mostrando unos dientes muy blancos.—Disculpe, señorita. La asusté.Almendra lo miró con extrañeza.—¿Y usted es…?El hombre estaba a punto de explicarse cuando una voz femenina e impaciente resonó desde el interior de la propiedad.—Almendra, de ahora en adelante ya no te apellidas Farías, sino Reyes. Él es el enviado de la familia Reyes que vino a recogerte. Vete con él de una vez.Almendra alzó la vista y vio dos figuras de pie en lo alto de la escalinata. Eran Susana Farías, la verdadera hija de la familia, y su madre adoptiva, Valeria.Hacía dos meses, su consentido «hermanito» había tenido un accidente de auto que le dañó los riñones. A ella, la «hija biológica» a la que nadie quería, la llevaron de inmediato para ver si era compatible para un trasplante.Pero el análisis reveló algo inesperado: ella y su «hermano» no tenían ningún vínculo sanguíneo.La noticia no solo sacudió a toda la familia Farías, sino que dejó a la propia Almendra en estado de shock.Decidido a encontrar a su verdadera hija, su padre adoptivo, Rodrigo Farías, movilizó una fortuna en dinero y contactos. Después de dos meses de búsqueda frenética, finalmente la encontraron.Siendo Rodrigo uno de los hombres más ricos de la ciudad, la noticia de su búsqueda se difundió por todos los medios y se hizo de dominio público.Con el regreso de la auténtica heredera, Almendra, la hija postiza que nunca había sido querida y que se había criado en el campo con su abuela, fue inmediatamente desterrada.Sin embargo, a la señora Pilar le había vuelto un dolor en las piernas por el mal tiempo, así que Almendra se las arregló para quedarse unos días más, subiendo a la sierra a diario para recolectar hierbas y prepararle remedios. Esto hizo que los Farías pensaran que se estaba aferrando a la casa.Pero justo ayer, alguien la había llamado. Dijeron que eran sus padres biológicos y que hoy vendrían a buscarla. Almendra no se había hecho muchas ilusiones, pero, para su sorpresa, de verdad habían venido.El hombre de lodo se acercó de nuevo a ella, sonriendo de oreja a oreja.—Señorita, me llamo Enrique. El señor y la señora me enviaron para llevarla a casa.Antes de que Almendra pudiera responder, Valeria volvió a hablar desde la escalinata.—En esta mochila te puse cinco mil pesos. Te alcanzará para un tiempo. Te criamos dieciocho años sin pedirte nada a cambio. Cuando se te acabe, ni se te ocurra venir a pedirnos más.Dicho esto, le arrojó una mochila negra a los pies.Valeria y Susana, temiendo que Almendra se negara a irse, habían aprovechado que estaba en la sierra para empacar sus cosas a la carrera y echarla de una vez por todas.Aunque Valeria no sabía quiénes eran los padres biológicos de Almendra, había oído que eran de un pueblito de Las Brumas, que estaban desempleados, que tenían otros cuatro hijos varones solteros y un abuelo ya mayor. En resumen, no sonaban a gente de dinero.***