Después de cinco años de matrimonio, Lina Pérez decide que es hora de dejar atrás a Vicente Navarro y le pide el divorcio. Él, con una frialdad que cala, le pregunta: "¿De verdad crees que puedes vivir sin mí?" Lina apenas responde con una sonrisa resignada. Por todo el barrio corre el rumor de que Lina es una mujer calculadora, capaz de cualquier cosa, incluso de romper el compromiso entre las familias Navarro y Aguilar. Pero lo que nadie sabe es que Vicente y Lina compartieron un romance secreto antes de que él se fijara en la señorita Aguilar. Sin embargo, el amor de Vicente fue tan fugaz como un suspiro; un día estaba ahí, y al otro, ya no estaba. Durante el matrimonio, Vicente no se ahorró sarcasmos ni reproches, y no se privó de tener coqueteos descarados con otras mujeres. Lina tardó cinco años en entender que el amor es como agua entre los dedos: una vez que se escapa, no vuelve. Decidida a buscar su propia paz, optó por dejarlo ir. Lo que no esperaba era que Vicente, de repente, no estuviera dispuesto a dejarla ir fácilmente y comenzara a buscarla con insistencia, suplicándole que regrese a su lado. Las cosas se complican más cuando Vicente ve que el vientre de Lina empieza a crecer y, lleno de duda, pregunta: "¿De quién es el bebé?" Lina le responde con serenidad: "Este, definitivamente, no es tuyo."

Capítulo 1—Mamá, ¿no vamos a esperar a papá para soplar las velas?Lina Pérez bajó la mirada hacia la pantalla de su celular, donde se acumulaban las llamadas perdidas. Finalmente, desistió de volver a marcar y dejó el teléfono a un lado.—Papá está ocupado, Alicia. ¿Qué te parece si soplamos las velas tú y yo?Alicia, muy comprensiva para su edad, le acarició la mejilla.—Está bien. ¡Yo siempre estaré contigo, mamá!Justo cuando madre e hija cortaban el pastel, la pantalla del celular se iluminó.Era un mensaje de Vicente Navarro. Una sola frase, imperativa.[Ven a recogerme.]Siguiendo la dirección del mensaje, encontró el salón privado donde estaba Vicente. Sin embargo, justo cuando iba a empujar la puerta, escuchó las voces del interior.—Vicho, ¿es cierto que te vas a Estados Unidos otra vez con Tania?Sentado en el sofá, Vicente llevaba una camisa negra con el cuello desabrochado, revelando una clavícula tan perfecta como sensual. La penumbra acentuaba la definición de sus facciones; un rostro de una belleza cautivadora, de rasgos profundos que resultaban tan fascinantes como peligrosos, atrayendo inevitablemente al sexo opuesto.—Sí.—¿Y cuánto tiempo se quedarán esta vez? ¿Dos semanas, un mes?—Aún no lo decido.Al otro lado de la puerta, Lina bajó lentamente la mirada. Sabía que Vicente se iba de viaje con Tania Aguilar todos los años, y siempre por largas temporadas.Sabía que iban a disfrutar de un mundo que les pertenecía solo a ellos dos.—Oye, ya llevas tantos años enredado con esa tal Lina. ¿Cuándo piensas divorciarte de ella? La familia Aguilar lleva tiempo esperando una respuesta tuya, sobre todo después de lo que Tani…—¡Ejem!Alguien tosió discretamente y el que hablaba se calló de golpe, lanzando una mirada nerviosa a Vicente, por miedo a reabrir viejas heridas.A fin de cuentas, si no hubiera sido por Lina, Vicente se habría casado con la mujer que amaba hacía mucho tiempo.Pero, por desgracia, esa mujer, Lina, ¡lo había arruinado todo!Uno de los presentes, al parecer intentando disipar la tensión, bromeó:—Vicho, no me digas que te has enamorado de Lina.Él esbozó una sonrisa cargada de desdén y agitó suavemente la copa de vino que sostenía. Su voz, teñida de indiferencia, destilaba burla.—¿Estás borracho?—Ja, ja, ja…Las risas estallaron en la sala. Era evidente que nadie se lo tomaría en serio. La mujer que Vicente más detestaba en el mundo era Lina. Ni siquiera cinco años de matrimonio podrían hacer que se enamorara de ella.—Yo creo que sí estás borracho. ¿Cómo podría Vicho fijarse en una mujer tan cruel y manipuladora como Lina? Si no lo hubiera drogado para quedarse embarazada, ¿crees que Vicho le habría hecho caso a la abuela y se habría casado con ella? ¡Bastante hace con no haberla matado!Al escuchar la conversación, Lina apretó con fuerza el pomo de la puerta.—Lina, ¿qué haces aquí?Al oír que la llamaban, Lina se giró y vio a Tania, envuelta en un vestido largo de color lavanda, mirándola con absoluto desprecio.Era cierto. Llevaba cinco años siendo el objeto del odio de todo ese círculo social.La voz de Tania no fue precisamente un susurro. La gente sentada cerca de la puerta se dio la vuelta y la vio.—¿Lina?—No puede ser, ¿qué hace ella aquí?—¿Y yo qué sé? Te juro que es una pesada. ¿No se da cuenta de que nadie la quiere aquí? ¿Cómo se atreve a aparecer?Ante las burlas despectivas, Lina apretó los puños discretamente.No tenía forma de defenderse, y tampoco quería volver a explicarse. Lo hecho, hecho estaba.Soportando las miradas de desprecio y mofa, entró en el salón y se dirigió al hombre del sofá.—Vine a recogerte. ¿Nos vamos? —dijo en voz baja.La mirada de Vicente se posó por fin en ella. Llevaba un vestido amarillo pálido y un cárdigan de punto color crema. Su rostro, sin maquillaje, le daba un aire dulce e inofensivo.Pero todos los presentes sabían que solo era una máscara.Tania esbozó una sonrisa y una chispa de burla brilló en su mirada.—Lina, ¿por qué no te sientas un rato? Así podemos…Pero antes de que Lina pudiera responder, la voz gélida de Vicente resonó en la sala.—¿Quién te dijo que vinieras?Aquella pregunta, fría y desprovista de cualquier calidez, pisoteó su dignidad sin miramientos.Alguien se burló:—Qué mujer tan ilusa. ¿De verdad se cree la señora Navarro?Sorda a las risas y los cuchicheos, Lina desvió la mirada para no encontrarse con sus ojos impasibles.—Tú me mandaste un mensaje para que viniera a recogerte.Una nueva oleada de risas burlonas llenó el aire.—Lina, ¿estás bien de la cabeza? Vicho te odia a muerte. ¿Crees que te pediría que vinieras por él? Si querías controlarlo, al menos podrías haber inventado una excusa más creíble.Lina sintió como si el corazón se le estrujara, un dolor que se extendía hasta la punta de los dedos.Quizá había adivinado que esa noche solo era víctima de otra de sus bromas. Decidió no insistir y se dispuso a marcharse.Pero Vicente ya se había levantado del sofá.—¿Vicho? —Tania lo sujetó por la manga de la camisa, alzando la vista hacia él.Vicente tomó su saco del respaldo del sofá, esquivando con el movimiento la mano de Tania, pero aun así le dijo con voz suave:—Ya es tarde, deberías irte a casa también.Luego, miró al resto del grupo y uno de ellos se levantó de inmediato.—No te preocupes, Vicente. ¡Te garantizo que llevaré a tu querida Tania sana y salva a casa!Tania fingió un leve enfado, mientras el rostro de Lina palidecía, sin saber cómo reaccionar.Vicente se acercó a ella sin dedicarle ni una sola mirada.—¿Qué haces ahí parada? ¿O es que quieres quedarte a divertirte con ellos?Sus palabras estaban cargadas de sarcasmo. Si Lina se quedaba, estaba claro que solo sería el blanco de sus burlas.En silencio, lo siguió fuera del salón. Justo antes de salir, alcanzó a oír a alguien decir:—Seguro que Vicente se va con ella solo porque tiene miedo de que vaya a quejarse a la Mansión…—Solo sabe usar trucos sucios. ¡Bah! ¡Qué mujer tan despreciable!En el camino de regreso, Vicente se recostó en el asiento sin decir una palabra. Su expresión era sombría e impenetrable, pero era evidente que estaba de mal humor.***Lina condujo en silencio, concentrada, hasta que llegaron a la villa.Sabía que le había arruinado la noche, así que no pretendía molestarlo más. Planeaba dormir en el cuarto de su hija.Sin embargo, al pasar frente a su habitación, una mano le aferró el brazo y, al segundo siguiente, la arrastró dentro.Antes de que pudiera reaccionar, fue empujada sobre la cama. Sintió el filo de unos dientes mordiéndole el lóbulo de la oreja, y un escalofrío incontrolable la recorrió.—¿Quién te dio permiso para ir a buscarme, eh?Lina giró su cuerpo, invirtiendo sus posiciones, pero él le sujetó la barbilla, acariciándola con el pulgar.Su voz tembló.—Tú…—Los mentirosos merecen un castigo. Y el tuyo será tomar la iniciativa esta noche.Lina negó con la cabeza, intentando rechazarlo.—No…Pero Vicente le apretó la cintura con fuerza. Su voz era grave, cargada de un deseo denso, y su mirada, oscura y voraz, parecía querer devorarla, triturarla hasta los huesos.Su pulgar descendió desde la mandíbula, deteniéndose en un punto sensible y dibujando círculos, provocando que su cuerpo se ablandara y su respiración se acelerara.—Si lo haces tú, será solo una vez. Si lo hago yo, no pararemos en toda la noche. Elige.Con el cuerpo temblando y la voz entrecortada, susurró:—La… la primera opción…Pero él nunca cumplía las promesas que hacía en la cama, ni antes ni ahora.Aunque ella eligió la primera opción, la larga noche pareció no tener fin.Cuando finalmente la soltó sobre la cama, ya no le quedaban fuerzas para resistirse.Con el ceño fruncido, se mordió el labio en silencio, soportando su arrebato de furia y desahogo.Nadie vio las lágrimas que rodaron por sus sienes.Las palabras de esa noche resonaban en sus oídos una y otra vez, y no pudo evitar preguntarse a sí misma:«Lina, ¿cuánto tiempo más piensas seguir viviendo así?».Al día siguiente, cuando Vicente se despertó y giró la cabeza, no vio a nadie a su lado. Con los ojos ensombrecidos, frunció los labios y apartó las sábanas.—¿Dónde está la señora?La empleada doméstica levantó la vista hacia el segundo piso y respondió con voz suave:—Supongo que todavía no se ha despertado. No la he visto bajar.—¿Supones?Al notar su descontento, la empleada se apresuró a añadir:—Señor, ayer la señora nos dio la tarde libre. Todas acabamos de regresar esta mañana.Al oír eso, Vicente estaba a punto de dirigirse al cuarto de la niña cuando escuchó a otra empleada decir en la planta baja:—Oigan, ¿de quién es este pastel de cumpleaños?Vicente se detuvo en seco. Su mirada se dirigió a la mesita de centro, donde reposaba un pastel de color azul pálido. Su expresión se ensombreció casi imperceptiblemente.La empleada estaba a punto de tirar el pastel, pensando que, después de una noche, ya no estaría bueno.—Déjalo ahí. No lo toques.Al oír la orden de Vicente, la mujer retiró la mano al instante, sin atreverse a rozarlo.—Sí, señor.Vicente, sin embargo, se quedó mirando la rebanada que faltaba en el pastel por un momento antes de subir las escaleras.Las empleadas se miraron entre sí, desconcertadas, hasta que una de ellas susurró:—Oigan, ¿no fue ayer el cumpleaños de la señora?—¿Qué? ¿El cumpleaños de la señora? Entonces, ¿por qué el señor no regresó hasta esta maña…?—¡Shh, cállate! Ponte a trabajar y no digas lo que no te corresponde.Vicente abrió la puerta de su dormitorio. La cama estaba perfectamente tendida, como si nadie hubiera dormido en ella.Se detuvo a medio desabrochar un botón de su camisa y luego se dirigió al cuarto de la niña.Al abrir la puerta, las vio. Madre e hija dormían abrazadas en la cama.Vicente se quedó de pie junto a la cama, con una expresión indescifrable. Sus ojos, sin embargo, reflejaban una frialdad absoluta, haciendo imposible adivinar sus pensamientos.Como si sintiera su presencia, Lina abrió lentamente los ojos. Sus miradas se encontraron en silencio, a pesar de la intimidad que habían compartido la noche anterior.Pero la forma en que Vicente la miraba era, como siempre, gélida.Ella ya no recordaba cuándo había empezado a mirarla así.Probablemente hacía cinco años…O quizás desde que la acusaron de haberlo drogado, arruinando su compromiso matrimonial con la familia Aguilar.Vicente esperaba que ella hablara, pero al verla absorta en sus pensamientos, frunció el ceño con disgusto.—Sal —ordenó con voz neutra.Y sin más, se dio la vuelta y salió de la habitación.Lina observó su esbelta y erguida figura desaparecer por la puerta. Las conversaciones del salón privado resonaron en su mente: pronto se iría de viaje con Tania otra vez.Apartó la vista de la puerta y la bajó hacia el rostro sereno de su hija. Se inclinó para darle un beso suave en la mejilla, y una determinación inquebrantable brilló en sus ojos.«Lo siento, mi amor, pero mamá va a tener que romper su promesa».Anoche, finalmente había comprendido una verdad.Un hogar no tiene por qué ser de tres personas. Mientras haya amor, es un hogar.Arropó a su hija, se levantó de la cama y se dirigió a su propio dormitorio para empezar a hacer las maletas.Cuando Vicente salió del baño, vio la maleta lista junto a la cama. Su mirada se heló, clavándose en ella como un puñal de hielo.—¿Qué significa esto?Lina miró su equipaje y luego levantó la vista hacia él.Seguía siendo el mismo rostro familiar, pero todo era diferente. Todo había cambiado hacía cinco años.Este matrimonio había sido un error desde el principio.Ahora, era el momento de que ambos volvieran al camino correcto.En su momento, se vio obligada a casarse con él por estar embarazada de Alicia. Toda la ciudad de Aguamar creyó que ella lo había drogado y luego había usado al bebé para forzarlo a casarse.Lo había explicado innumerables veces a lo largo de los años, pero nadie le creyó.Con el tiempo, optó por el silencio, y su silencio pareció envalentonar aún más a sus detractores.A los ojos de todos, Lina no era más que una mujer malvada y sin escrúpulos, dispuesta a todo por ascender socialmente.Pensó que, por Vicente, por Alicia, podría soportarlo todo. Creyó…Al menos, alguna vez creyó que podría hacer que Vicente cambiara su opinión sobre ella.Pero los hechos demostraron que, en cinco años, no solo no lo había logrado, sino que había empeorado las cosas.Si su corazón pertenecía a otra, si ya no había forma de recuperarlo, entonces lo mejor era dejarlo ir.Después de todo, hubo un tiempo, aunque efímero, en que fueron felices juntos.—Divorciémonos.***Vicente se quedó paralizado por un instante, observándola con una mirada profunda e impenetrable.—¿Qué dijiste? No te oí bien. Repítelo.Lina se enfrentó a sus ojos oscuros y apretó los puños, armándose de valor para decirlo una vez más.—Dije que nos divorciemos.Una mueca de burla se dibujó en el rostro de Vicente.—¿Aún no te despiertas del todo?El sarcasmo en sus ojos fue como una puñalada para Lina. Sabía que no le creía, así que le entregó el acuerdo de divorcio que había impreso la noche anterior.—Este es el acuerdo de divorcio. Ya lo firmé. Revísalo y, si estás de acuerdo, fírmalo también.La expresión de Vicente se endureció al ver el documento. Sus ojos se fijaron en las dos palabras del encabezado y una sonrisa gélida asomó en sus labios.—¿Todo este drama solo porque no celebré tu cumpleaños contigo ayer?Ante su fría acusación, Lina simplemente bajó la mirada. Como él no tomó el documento, lo dejó sobre la mesita de centro y se acercó a su maleta.—No quiero nada, solo la custodia de Alicia.Luego, tomó la maleta, se giró hacia él y le dedicó una última sonrisa.—Lo siento, Vicente.La expresión de Vicente era sombría, su mirada tan fría como un día de invierno.—Por haberte hecho perder tantos años. Por haberte obligado a ti y a la mujer que amas a soportar esta separación. Pero eso se acabó. De ahora en adelante, eres libre de amar a quien quieras.Tras decir esto, le dedicó una última y profunda mirada y, con la maleta en mano, se dispuso a salir. Aún le faltaba preparar el equipaje de Alicia.Pero justo cuando pasaba a su lado, él le aferró la muñeca con una fuerza brutal.La presión fue tal que tuvo que soltar la maleta. Con el ceño fruncido, lo miró sin entender.Al ver su expresión de desconcierto, los ojos de Vicente se oscurecieron aún más. La atrajo hacia sí con una risa gélida.—¿Estás segura de que no quieres nada a cambio del divorcio?Lina, creyendo que desconfiaba de ella, se apresuró a explicar:—Todo está estipulado en el acuerdo. Aparte de la custodia de Alicia, te juro que no me llevaré nada…Pero antes de que pudiera terminar, un dolor agudo, como si el hueso fuera a quebrarse, le recorrió la muñeca, haciendo que su rostro palideciera aún más.—Me duele. Suéltame.Pero Vicente se mantuvo impasible, su voz destilando crueldad.—Lina, ¿acaso puedo seguir creyendo una sola palabra que salga de tu boca?Lina se quedó helada, mirándolo sin decir nada.Él seguía sin creer que no había sido ella quien lo drogó.Nunca fue su intención arruinar su compromiso con Tania.Y tampoco fue ella quien filtró la noticia de su embarazo. Pero él no le creía.—Te juro que yo…Esta vez, antes de que pudiera terminar, Vicente la empujó lejos, observándola con una mezcla de impasibilidad y repugnancia.—Si querías el divorcio, debiste haberlo pedido antes. ¡Ahora ya es demasiado tarde!Sus palabras se clavaron en el corazón de Lina como un cuchillo. Así que era eso. Todavía la odiaba por haber arruinado su matrimonio con Tania.Cerró los ojos por un instante y susurró:—Sí. Por eso, lo siento.Por haberlo arrastrado durante cinco largos años.El rostro de Vicente, sin embargo, se ensombreció de repente.—Aun así, compartiste mi cama durante cinco años. Te daré lo que te corresponde, no quiero que luego vayas diciendo por ahí que Vicente Navarro se acuesta con las mujeres y no les paga.Dicho esto, Vicente se dio la vuelta y salió de la habitación.Lina se dejó caer en el sofá, sintiéndose completamente impotente.Cuando Alicia se despertó, bajó de la cama sola. Abrazando su muñeca de trapo, salió de su cuarto y se encontró con Vicente.—¡Buenos días, papá!Al oír la alegre voz de su hija, Vicente se detuvo.Se giró para mirar aquel rostro, una réplica exacta del de Lina. Una emoción indescifrable cruzó por sus ojos, pero no había rastro de afecto ni de cariño.Ni siquiera respondió al saludo de Alicia antes de seguir su camino.Alicia lo observó alejarse con tristeza y luego se acercó a su madre con cautela.—Mamá, ¿tú y papá discutieron?Al ver a su hija, Lina forzó una sonrisa. La abrazó y le dijo en voz baja:***Capítulo 2—Mamá, ¿no vamos a esperar a papá para soplar las velas?Lina Pérez bajó la mirada hacia la pantalla de su celular, donde se acumulaban las llamadas perdidas. Finalmente, desistió de volver a marcar y dejó el teléfono a un lado.—Papá está ocupado, Alicia. ¿Qué te parece si soplamos las velas tú y yo?Alicia, muy comprensiva para su edad, le acarició la mejilla.—Está bien. ¡Yo siempre estaré contigo, mamá!Justo cuando madre e hija cortaban el pastel, la pantalla del celular se iluminó.Era un mensaje de Vicente Navarro. Una sola frase, imperativa.[Ven a recogerme.]Siguiendo la dirección del mensaje, encontró el salón privado donde estaba Vicente. Sin embargo, justo cuando iba a empujar la puerta, escuchó las voces del interior.—Vicho, ¿es cierto que te vas a Estados Unidos otra vez con Tania?Sentado en el sofá, Vicente llevaba una camisa negra con el cuello desabrochado, revelando una clavícula tan perfecta como sensual. La penumbra acentuaba la definición de sus facciones; un rostro de una belleza cautivadora, de rasgos profundos que resultaban tan fascinantes como peligrosos, atrayendo inevitablemente al sexo opuesto.—Sí.—¿Y cuánto tiempo se quedarán esta vez? ¿Dos semanas, un mes?—Aún no lo decido.Al otro lado de la puerta, Lina bajó lentamente la mirada. Sabía que Vicente se iba de viaje con Tania Aguilar todos los años, y siempre por largas temporadas.Sabía que iban a disfrutar de un mundo que les pertenecía solo a ellos dos.—Oye, ya llevas tantos años enredado con esa tal Lina. ¿Cuándo piensas divorciarte de ella? La familia Aguilar lleva tiempo esperando una respuesta tuya, sobre todo después de lo que Tani…—¡Ejem!Alguien tosió discretamente y el que hablaba se calló de golpe, lanzando una mirada nerviosa a Vicente, por miedo a reabrir viejas heridas.A fin de cuentas, si no hubiera sido por Lina, Vicente se habría casado con la mujer que amaba hacía mucho tiempo.Pero, por desgracia, esa mujer, Lina, ¡lo había arruinado todo!Uno de los presentes, al parecer intentando disipar la tensión, bromeó:—Vicho, no me digas que te has enamorado de Lina.Él esbozó una sonrisa cargada de desdén y agitó suavemente la copa de vino que sostenía. Su voz, teñida de indiferencia, destilaba burla.—¿Estás borracho?—Ja, ja, ja…Las risas estallaron en la sala. Era evidente que nadie se lo tomaría en serio. La mujer que Vicente más detestaba en el mundo era Lina. Ni siquiera cinco años de matrimonio podrían hacer que se enamorara de ella.—Yo creo que sí estás borracho. ¿Cómo podría Vicho fijarse en una mujer tan cruel y manipuladora como Lina? Si no lo hubiera drogado para quedarse embarazada, ¿crees que Vicho le habría hecho caso a la abuela y se habría casado con ella? ¡Bastante hace con no haberla matado!Al escuchar la conversación, Lina apretó con fuerza el pomo de la puerta.—Lina, ¿qué haces aquí?Al oír que la llamaban, Lina se giró y vio a Tania, envuelta en un vestido largo de color lavanda, mirándola con absoluto desprecio.Era cierto. Llevaba cinco años siendo el objeto del odio de todo ese círculo social.La voz de Tania no fue precisamente un susurro. La gente sentada cerca de la puerta se dio la vuelta y la vio.—¿Lina?—No puede ser, ¿qué hace ella aquí?—¿Y yo qué sé? Te juro que es una pesada. ¿No se da cuenta de que nadie la quiere aquí? ¿Cómo se atreve a aparecer?Ante las burlas despectivas, Lina apretó los puños discretamente.No tenía forma de defenderse, y tampoco quería volver a explicarse. Lo hecho, hecho estaba.Soportando las miradas de desprecio y mofa, entró en el salón y se dirigió al hombre del sofá.—Vine a recogerte. ¿Nos vamos? —dijo en voz baja.La mirada de Vicente se posó por fin en ella. Llevaba un vestido amarillo pálido y un cárdigan de punto color crema. Su rostro, sin maquillaje, le daba un aire dulce e inofensivo.Pero todos los presentes sabían que solo era una máscara.Tania esbozó una sonrisa y una chispa de burla brilló en su mirada.—Lina, ¿por qué no te sientas un rato? Así podemos…Pero antes de que Lina pudiera responder, la voz gélida de Vicente resonó en la sala.—¿Quién te dijo que vinieras?Aquella pregunta, fría y desprovista de cualquier calidez, pisoteó su dignidad sin miramientos.Alguien se burló:—Qué mujer tan ilusa. ¿De verdad se cree la señora Navarro?Sorda a las risas y los cuchicheos, Lina desvió la mirada para no encontrarse con sus ojos impasibles.—Tú me mandaste un mensaje para que viniera a recogerte.Una nueva oleada de risas burlonas llenó el aire.—Lina, ¿estás bien de la cabeza? Vicho te odia a muerte. ¿Crees que te pediría que vinieras por él? Si querías controlarlo, al menos podrías haber inventado una excusa más creíble.Lina sintió como si el corazón se le estrujara, un dolor que se extendía hasta la punta de los dedos.Quizá había adivinado que esa noche solo era víctima de otra de sus bromas. Decidió no insistir y se dispuso a marcharse.Pero Vicente ya se había levantado del sofá.—¿Vicho? —Tania lo sujetó por la manga de la camisa, alzando la vista hacia él.Vicente tomó su saco del respaldo del sofá, esquivando con el movimiento la mano de Tania, pero aun así le dijo con voz suave:—Ya es tarde, deberías irte a casa también.Luego, miró al resto del grupo y uno de ellos se levantó de inmediato.—No te preocupes, Vicente. ¡Te garantizo que llevaré a tu querida Tania sana y salva a casa!Tania fingió un leve enfado, mientras el rostro de Lina palidecía, sin saber cómo reaccionar.Vicente se acercó a ella sin dedicarle ni una sola mirada.—¿Qué haces ahí parada? ¿O es que quieres quedarte a divertirte con ellos?Sus palabras estaban cargadas de sarcasmo. Si Lina se quedaba, estaba claro que solo sería el blanco de sus burlas.En silencio, lo siguió fuera del salón. Justo antes de salir, alcanzó a oír a alguien decir:—Seguro que Vicente se va con ella solo porque tiene miedo de que vaya a quejarse a la Mansión…—Solo sabe usar trucos sucios. ¡Bah! ¡Qué mujer tan despreciable!En el camino de regreso, Vicente se recostó en el asiento sin decir una palabra. Su expresión era sombría e impenetrable, pero era evidente que estaba de mal humor.***Lina condujo en silencio, concentrada, hasta que llegaron a la villa.Sabía que le había arruinado la noche, así que no pretendía molestarlo más. Planeaba dormir en el cuarto de su hija.Sin embargo, al pasar frente a su habitación, una mano le aferró el brazo y, al segundo siguiente, la arrastró dentro.Antes de que pudiera reaccionar, fue empujada sobre la cama. Sintió el filo de unos dientes mordiéndole el lóbulo de la oreja, y un escalofrío incontrolable la recorrió.—¿Quién te dio permiso para ir a buscarme, eh?Lina giró su cuerpo, invirtiendo sus posiciones, pero él le sujetó la barbilla, acariciándola con el pulgar.Su voz tembló.—Tú…—Los mentirosos merecen un castigo. Y el tuyo será tomar la iniciativa esta noche.Lina negó con la cabeza, intentando rechazarlo.—No…Pero Vicente le apretó la cintura con fuerza. Su voz era grave, cargada de un deseo denso, y su mirada, oscura y voraz, parecía querer devorarla, triturarla hasta los huesos.Su pulgar descendió desde la mandíbula, deteniéndose en un punto sensible y dibujando círculos, provocando que su cuerpo se ablandara y su respiración se acelerara.—Si lo haces tú, será solo una vez. Si lo hago yo, no pararemos en toda la noche. Elige.Con el cuerpo temblando y la voz entrecortada, susurró:—La… la primera opción…Pero él nunca cumplía las promesas que hacía en la cama, ni antes ni ahora.Aunque ella eligió la primera opción, la larga noche pareció no tener fin.Cuando finalmente la soltó sobre la cama, ya no le quedaban fuerzas para resistirse.Con el ceño fruncido, se mordió el labio en silencio, soportando su arrebato de furia y desahogo.Nadie vio las lágrimas que rodaron por sus sienes.Las palabras de esa noche resonaban en sus oídos una y otra vez, y no pudo evitar preguntarse a sí misma:«Lina, ¿cuánto tiempo más piensas seguir viviendo así?».Al día siguiente, cuando Vicente se despertó y giró la cabeza, no vio a nadie a su lado. Con los ojos ensombrecidos, frunció los labios y apartó las sábanas.—¿Dónde está la señora?La empleada doméstica levantó la vista hacia el segundo piso y respondió con voz suave:—Supongo que todavía no se ha despertado. No la he visto bajar.—¿Supones?Al notar su descontento, la empleada se apresuró a añadir:—Señor, ayer la señora nos dio la tarde libre. Todas acabamos de regresar esta mañana.Al oír eso, Vicente estaba a punto de dirigirse al cuarto de la niña cuando escuchó a otra empleada decir en la planta baja:—Oigan, ¿de quién es este pastel de cumpleaños?Vicente se detuvo en seco. Su mirada se dirigió a la mesita de centro, donde reposaba un pastel de color azul pálido. Su expresión se ensombreció casi imperceptiblemente.La empleada estaba a punto de tirar el pastel, pensando que, después de una noche, ya no estaría bueno.—Déjalo ahí. No lo toques.Al oír la orden de Vicente, la mujer retiró la mano al instante, sin atreverse a rozarlo.—Sí, señor.Vicente, sin embargo, se quedó mirando la rebanada que faltaba en el pastel por un momento antes de subir las escaleras.Las empleadas se miraron entre sí, desconcertadas, hasta que una de ellas susurró:—Oigan, ¿no fue ayer el cumpleaños de la señora?—¿Qué? ¿El cumpleaños de la señora? Entonces, ¿por qué el señor no regresó hasta esta maña…?—¡Shh, cállate! Ponte a trabajar y no digas lo que no te corresponde.Vicente abrió la puerta de su dormitorio. La cama estaba perfectamente tendida, como si nadie hubiera dormido en ella.Se detuvo a medio desabrochar un botón de su camisa y luego se dirigió al cuarto de la niña.Al abrir la puerta, las vio. Madre e hija dormían abrazadas en la cama.Vicente se quedó de pie junto a la cama, con una expresión indescifrable. Sus ojos, sin embargo, reflejaban una frialdad absoluta, haciendo imposible adivinar sus pensamientos.Como si sintiera su presencia, Lina abrió lentamente los ojos. Sus miradas se encontraron en silencio, a pesar de la intimidad que habían compartido la noche anterior.Pero la forma en que Vicente la miraba era, como siempre, gélida.Ella ya no recordaba cuándo había empezado a mirarla así.Probablemente hacía cinco años…O quizás desde que la acusaron de haberlo drogado, arruinando su compromiso matrimonial con la familia Aguilar.Vicente esperaba que ella hablara, pero al verla absorta en sus pensamientos, frunció el ceño con disgusto.—Sal —ordenó con voz neutra.Y sin más, se dio la vuelta y salió de la habitación.Lina observó su esbelta y erguida figura desaparecer por la puerta. Las conversaciones del salón privado resonaron en su mente: pronto se iría de viaje con Tania otra vez.Apartó la vista de la puerta y la bajó hacia el rostro sereno de su hija. Se inclinó para darle un beso suave en la mejilla, y una determinación inquebrantable brilló en sus ojos.«Lo siento, mi amor, pero mamá va a tener que romper su promesa».Anoche, finalmente había comprendido una verdad.Un hogar no tiene por qué ser de tres personas. Mientras haya amor, es un hogar.Arropó a su hija, se levantó de la cama y se dirigió a su propio dormitorio para empezar a hacer las maletas.Cuando Vicente salió del baño, vio la maleta lista junto a la cama. Su mirada se heló, clavándose en ella como un puñal de hielo.—¿Qué significa esto?Lina miró su equipaje y luego levantó la vista hacia él.Seguía siendo el mismo rostro familiar, pero todo era diferente. Todo había cambiado hacía cinco años.Este matrimonio había sido un error desde el principio.Ahora, era el momento de que ambos volvieran al camino correcto.En su momento, se vio obligada a casarse con él por estar embarazada de Alicia. Toda la ciudad de Aguamar creyó que ella lo había drogado y luego había usado al bebé para forzarlo a casarse.Lo había explicado innumerables veces a lo largo de los años, pero nadie le creyó.Con el tiempo, optó por el silencio, y su silencio pareció envalentonar aún más a sus detractores.A los ojos de todos, Lina no era más que una mujer malvada y sin escrúpulos, dispuesta a todo por ascender socialmente.Pensó que, por Vicente, por Alicia, podría soportarlo todo. Creyó…Al menos, alguna vez creyó que podría hacer que Vicente cambiara su opinión sobre ella.Pero los hechos demostraron que, en cinco años, no solo no lo había logrado, sino que había empeorado las cosas.Si su corazón pertenecía a otra, si ya no había forma de recuperarlo, entonces lo mejor era dejarlo ir.Después de todo, hubo un tiempo, aunque efímero, en que fueron felices juntos.—Divorciémonos.***Vicente se quedó paralizado por un instante, observándola con una mirada profunda e impenetrable.—¿Qué dijiste? No te oí bien. Repítelo.Lina se enfrentó a sus ojos oscuros y apretó los puños, armándose de valor para decirlo una vez más.—Dije que nos divorciemos.Una mueca de burla se dibujó en el rostro de Vicente.—¿Aún no te despiertas del todo?El sarcasmo en sus ojos fue como una puñalada para Lina. Sabía que no le creía, así que le entregó el acuerdo de divorcio que había impreso la noche anterior.—Este es el acuerdo de divorcio. Ya lo firmé. Revísalo y, si estás de acuerdo, fírmalo también.La expresión de Vicente se endureció al ver el documento. Sus ojos se fijaron en las dos palabras del encabezado y una sonrisa gélida asomó en sus labios.—¿Todo este drama solo porque no celebré tu cumpleaños contigo ayer?Ante su fría acusación, Lina simplemente bajó la mirada. Como él no tomó el documento, lo dejó sobre la mesita de centro y se acercó a su maleta.—No quiero nada, solo la custodia de Alicia.Luego, tomó la maleta, se giró hacia él y le dedicó una última sonrisa.—Lo siento, Vicente.La expresión de Vicente era sombría, su mirada tan fría como un día de invierno.—Por haberte hecho perder tantos años. Por haberte obligado a ti y a la mujer que amas a soportar esta separación. Pero eso se acabó. De ahora en adelante, eres libre de amar a quien quieras.Tras decir esto, le dedicó una última y profunda mirada y, con la maleta en mano, se dispuso a salir. Aún le faltaba preparar el equipaje de Alicia.Pero justo cuando pasaba a su lado, él le aferró la muñeca con una fuerza brutal.La presión fue tal que tuvo que soltar la maleta. Con el ceño fruncido, lo miró sin entender.Al ver su expresión de desconcierto, los ojos de Vicente se oscurecieron aún más. La atrajo hacia sí con una risa gélida.—¿Estás segura de que no quieres nada a cambio del divorcio?Lina, creyendo que desconfiaba de ella, se apresuró a explicar:—Todo está estipulado en el acuerdo. Aparte de la custodia de Alicia, te juro que no me llevaré nada…Pero antes de que pudiera terminar, un dolor agudo, como si el hueso fuera a quebrarse, le recorrió la muñeca, haciendo que su rostro palideciera aún más.—Me duele. Suéltame.Pero Vicente se mantuvo impasible, su voz destilando crueldad.—Lina, ¿acaso puedo seguir creyendo una sola palabra que salga de tu boca?Lina se quedó helada, mirándolo sin decir nada.Él seguía sin creer que no había sido ella quien lo drogó.Nunca fue su intención arruinar su compromiso con Tania.Y tampoco fue ella quien filtró la noticia de su embarazo. Pero él no le creía.—Te juro que yo…Esta vez, antes de que pudiera terminar, Vicente la empujó lejos, observándola con una mezcla de impasibilidad y repugnancia.—Si querías el divorcio, debiste haberlo pedido antes. ¡Ahora ya es demasiado tarde!Sus palabras se clavaron en el corazón de Lina como un cuchillo. Así que era eso. Todavía la odiaba por haber arruinado su matrimonio con Tania.Cerró los ojos por un instante y susurró:—Sí. Por eso, lo siento.Por haberlo arrastrado durante cinco largos años.El rostro de Vicente, sin embargo, se ensombreció de repente.—Aun así, compartiste mi cama durante cinco años. Te daré lo que te corresponde, no quiero que luego vayas diciendo por ahí que Vicente Navarro se acuesta con las mujeres y no les paga.Dicho esto, Vicente se dio la vuelta y salió de la habitación.Lina se dejó caer en el sofá, sintiéndose completamente impotente.Cuando Alicia se despertó, bajó de la cama sola. Abrazando su muñeca de trapo, salió de su cuarto y se encontró con Vicente.—¡Buenos días, papá!Al oír la alegre voz de su hija, Vicente se detuvo.Se giró para mirar aquel rostro, una réplica exacta del de Lina. Una emoción indescifrable cruzó por sus ojos, pero no había rastro de afecto ni de cariño.Ni siquiera respondió al saludo de Alicia antes de seguir su camino.Alicia lo observó alejarse con tristeza y luego se acercó a su madre con cautela.—Mamá, ¿tú y papá discutieron?Al ver a su hija, Lina forzó una sonrisa. La abrazó y le dijo en voz baja:***Capítulo 3—Mamá, ¿no vamos a esperar a papá para soplar las velas?Lina Pérez bajó la mirada hacia la pantalla de su celular, donde se acumulaban las llamadas perdidas. Finalmente, desistió de volver a marcar y dejó el teléfono a un lado.—Papá está ocupado, Alicia. ¿Qué te parece si soplamos las velas tú y yo?Alicia, muy comprensiva para su edad, le acarició la mejilla.—Está bien. ¡Yo siempre estaré contigo, mamá!Justo cuando madre e hija cortaban el pastel, la pantalla del celular se iluminó.Era un mensaje de Vicente Navarro. Una sola frase, imperativa.[Ven a recogerme.]Siguiendo la dirección del mensaje, encontró el salón privado donde estaba Vicente. Sin embargo, justo cuando iba a empujar la puerta, escuchó las voces del interior.—Vicho, ¿es cierto que te vas a Estados Unidos otra vez con Tania?Sentado en el sofá, Vicente llevaba una camisa negra con el cuello desabrochado, revelando una clavícula tan perfecta como sensual. La penumbra acentuaba la definición de sus facciones; un rostro de una belleza cautivadora, de rasgos profundos que resultaban tan fascinantes como peligrosos, atrayendo inevitablemente al sexo opuesto.—Sí.—¿Y cuánto tiempo se quedarán esta vez? ¿Dos semanas, un mes?—Aún no lo decido.Al otro lado de la puerta, Lina bajó lentamente la mirada. Sabía que Vicente se iba de viaje con Tania Aguilar todos los años, y siempre por largas temporadas.Sabía que iban a disfrutar de un mundo que les pertenecía solo a ellos dos.—Oye, ya llevas tantos años enredado con esa tal Lina. ¿Cuándo piensas divorciarte de ella? La familia Aguilar lleva tiempo esperando una respuesta tuya, sobre todo después de lo que Tani…—¡Ejem!Alguien tosió discretamente y el que hablaba se calló de golpe, lanzando una mirada nerviosa a Vicente, por miedo a reabrir viejas heridas.A fin de cuentas, si no hubiera sido por Lina, Vicente se habría casado con la mujer que amaba hacía mucho tiempo.Pero, por desgracia, esa mujer, Lina, ¡lo había arruinado todo!Uno de los presentes, al parecer intentando disipar la tensión, bromeó:—Vicho, no me digas que te has enamorado de Lina.Él esbozó una sonrisa cargada de desdén y agitó suavemente la copa de vino que sostenía. Su voz, teñida de indiferencia, destilaba burla.—¿Estás borracho?—Ja, ja, ja…Las risas estallaron en la sala. Era evidente que nadie se lo tomaría en serio. La mujer que Vicente más detestaba en el mundo era Lina. Ni siquiera cinco años de matrimonio podrían hacer que se enamorara de ella.—Yo creo que sí estás borracho. ¿Cómo podría Vicho fijarse en una mujer tan cruel y manipuladora como Lina? Si no lo hubiera drogado para quedarse embarazada, ¿crees que Vicho le habría hecho caso a la abuela y se habría casado con ella? ¡Bastante hace con no haberla matado!Al escuchar la conversación, Lina apretó con fuerza el pomo de la puerta.—Lina, ¿qué haces aquí?Al oír que la llamaban, Lina se giró y vio a Tania, envuelta en un vestido largo de color lavanda, mirándola con absoluto desprecio.Era cierto. Llevaba cinco años siendo el objeto del odio de todo ese círculo social.La voz de Tania no fue precisamente un susurro. La gente sentada cerca de la puerta se dio la vuelta y la vio.—¿Lina?—No puede ser, ¿qué hace ella aquí?—¿Y yo qué sé? Te juro que es una pesada. ¿No se da cuenta de que nadie la quiere aquí? ¿Cómo se atreve a aparecer?Ante las burlas despectivas, Lina apretó los puños discretamente.No tenía forma de defenderse, y tampoco quería volver a explicarse. Lo hecho, hecho estaba.Soportando las miradas de desprecio y mofa, entró en el salón y se dirigió al hombre del sofá.—Vine a recogerte. ¿Nos vamos? —dijo en voz baja.La mirada de Vicente se posó por fin en ella. Llevaba un vestido amarillo pálido y un cárdigan de punto color crema. Su rostro, sin maquillaje, le daba un aire dulce e inofensivo.Pero todos los presentes sabían que solo era una máscara.Tania esbozó una sonrisa y una chispa de burla brilló en su mirada.—Lina, ¿por qué no te sientas un rato? Así podemos…Pero antes de que Lina pudiera responder, la voz gélida de Vicente resonó en la sala.—¿Quién te dijo que vinieras?Aquella pregunta, fría y desprovista de cualquier calidez, pisoteó su dignidad sin miramientos.Alguien se burló:—Qué mujer tan ilusa. ¿De verdad se cree la señora Navarro?Sorda a las risas y los cuchicheos, Lina desvió la mirada para no encontrarse con sus ojos impasibles.—Tú me mandaste un mensaje para que viniera a recogerte.Una nueva oleada de risas burlonas llenó el aire.—Lina, ¿estás bien de la cabeza? Vicho te odia a muerte. ¿Crees que te pediría que vinieras por él? Si querías controlarlo, al menos podrías haber inventado una excusa más creíble.Lina sintió como si el corazón se le estrujara, un dolor que se extendía hasta la punta de los dedos.Quizá había adivinado que esa noche solo era víctima de otra de sus bromas. Decidió no insistir y se dispuso a marcharse.Pero Vicente ya se había levantado del sofá.—¿Vicho? —Tania lo sujetó por la manga de la camisa, alzando la vista hacia él.Vicente tomó su saco del respaldo del sofá, esquivando con el movimiento la mano de Tania, pero aun así le dijo con voz suave:—Ya es tarde, deberías irte a casa también.Luego, miró al resto del grupo y uno de ellos se levantó de inmediato.—No te preocupes, Vicente. ¡Te garantizo que llevaré a tu querida Tania sana y salva a casa!Tania fingió un leve enfado, mientras el rostro de Lina palidecía, sin saber cómo reaccionar.Vicente se acercó a ella sin dedicarle ni una sola mirada.—¿Qué haces ahí parada? ¿O es que quieres quedarte a divertirte con ellos?Sus palabras estaban cargadas de sarcasmo. Si Lina se quedaba, estaba claro que solo sería el blanco de sus burlas.En silencio, lo siguió fuera del salón. Justo antes de salir, alcanzó a oír a alguien decir:—Seguro que Vicente se va con ella solo porque tiene miedo de que vaya a quejarse a la Mansión…—Solo sabe usar trucos sucios. ¡Bah! ¡Qué mujer tan despreciable!En el camino de regreso, Vicente se recostó en el asiento sin decir una palabra. Su expresión era sombría e impenetrable, pero era evidente que estaba de mal humor.***Lina condujo en silencio, concentrada, hasta que llegaron a la villa.Sabía que le había arruinado la noche, así que no pretendía molestarlo más. Planeaba dormir en el cuarto de su hija.Sin embargo, al pasar frente a su habitación, una mano le aferró el brazo y, al segundo siguiente, la arrastró dentro.Antes de que pudiera reaccionar, fue empujada sobre la cama. Sintió el filo de unos dientes mordiéndole el lóbulo de la oreja, y un escalofrío incontrolable la recorrió.—¿Quién te dio permiso para ir a buscarme, eh?Lina giró su cuerpo, invirtiendo sus posiciones, pero él le sujetó la barbilla, acariciándola con el pulgar.Su voz tembló.—Tú…—Los mentirosos merecen un castigo. Y el tuyo será tomar la iniciativa esta noche.Lina negó con la cabeza, intentando rechazarlo.—No…Pero Vicente le apretó la cintura con fuerza. Su voz era grave, cargada de un deseo denso, y su mirada, oscura y voraz, parecía querer devorarla, triturarla hasta los huesos.Su pulgar descendió desde la mandíbula, deteniéndose en un punto sensible y dibujando círculos, provocando que su cuerpo se ablandara y su respiración se acelerara.—Si lo haces tú, será solo una vez. Si lo hago yo, no pararemos en toda la noche. Elige.Con el cuerpo temblando y la voz entrecortada, susurró:—La… la primera opción…Pero él nunca cumplía las promesas que hacía en la cama, ni antes ni ahora.Aunque ella eligió la primera opción, la larga noche pareció no tener fin.Cuando finalmente la soltó sobre la cama, ya no le quedaban fuerzas para resistirse.Con el ceño fruncido, se mordió el labio en silencio, soportando su arrebato de furia y desahogo.Nadie vio las lágrimas que rodaron por sus sienes.Las palabras de esa noche resonaban en sus oídos una y otra vez, y no pudo evitar preguntarse a sí misma:«Lina, ¿cuánto tiempo más piensas seguir viviendo así?».Al día siguiente, cuando Vicente se despertó y giró la cabeza, no vio a nadie a su lado. Con los ojos ensombrecidos, frunció los labios y apartó las sábanas.—¿Dónde está la señora?La empleada doméstica levantó la vista hacia el segundo piso y respondió con voz suave:—Supongo que todavía no se ha despertado. No la he visto bajar.—¿Supones?Al notar su descontento, la empleada se apresuró a añadir:—Señor, ayer la señora nos dio la tarde libre. Todas acabamos de regresar esta mañana.Al oír eso, Vicente estaba a punto de dirigirse al cuarto de la niña cuando escuchó a otra empleada decir en la planta baja:—Oigan, ¿de quién es este pastel de cumpleaños?Vicente se detuvo en seco. Su mirada se dirigió a la mesita de centro, donde reposaba un pastel de color azul pálido. Su expresión se ensombreció casi imperceptiblemente.La empleada estaba a punto de tirar el pastel, pensando que, después de una noche, ya no estaría bueno.—Déjalo ahí. No lo toques.Al oír la orden de Vicente, la mujer retiró la mano al instante, sin atreverse a rozarlo.—Sí, señor.Vicente, sin embargo, se quedó mirando la rebanada que faltaba en el pastel por un momento antes de subir las escaleras.Las empleadas se miraron entre sí, desconcertadas, hasta que una de ellas susurró:—Oigan, ¿no fue ayer el cumpleaños de la señora?—¿Qué? ¿El cumpleaños de la señora? Entonces, ¿por qué el señor no regresó hasta esta maña…?—¡Shh, cállate! Ponte a trabajar y no digas lo que no te corresponde.Vicente abrió la puerta de su dormitorio. La cama estaba perfectamente tendida, como si nadie hubiera dormido en ella.Se detuvo a medio desabrochar un botón de su camisa y luego se dirigió al cuarto de la niña.Al abrir la puerta, las vio. Madre e hija dormían abrazadas en la cama.Vicente se quedó de pie junto a la cama, con una expresión indescifrable. Sus ojos, sin embargo, reflejaban una frialdad absoluta, haciendo imposible adivinar sus pensamientos.Como si sintiera su presencia, Lina abrió lentamente los ojos. Sus miradas se encontraron en silencio, a pesar de la intimidad que habían compartido la noche anterior.Pero la forma en que Vicente la miraba era, como siempre, gélida.Ella ya no recordaba cuándo había empezado a mirarla así.Probablemente hacía cinco años…O quizás desde que la acusaron de haberlo drogado, arruinando su compromiso matrimonial con la familia Aguilar.Vicente esperaba que ella hablara, pero al verla absorta en sus pensamientos, frunció el ceño con disgusto.—Sal —ordenó con voz neutra.Y sin más, se dio la vuelta y salió de la habitación.Lina observó su esbelta y erguida figura desaparecer por la puerta. Las conversaciones del salón privado resonaron en su mente: pronto se iría de viaje con Tania otra vez.Apartó la vista de la puerta y la bajó hacia el rostro sereno de su hija. Se inclinó para darle un beso suave en la mejilla, y una determinación inquebrantable brilló en sus ojos.«Lo siento, mi amor, pero mamá va a tener que romper su promesa».Anoche, finalmente había comprendido una verdad.Un hogar no tiene por qué ser de tres personas. Mientras haya amor, es un hogar.Arropó a su hija, se levantó de la cama y se dirigió a su propio dormitorio para empezar a hacer las maletas.Cuando Vicente salió del baño, vio la maleta lista junto a la cama. Su mirada se heló, clavándose en ella como un puñal de hielo.—¿Qué significa esto?Lina miró su equipaje y luego levantó la vista hacia él.Seguía siendo el mismo rostro familiar, pero todo era diferente. Todo había cambiado hacía cinco años.Este matrimonio había sido un error desde el principio.Ahora, era el momento de que ambos volvieran al camino correcto.En su momento, se vio obligada a casarse con él por estar embarazada de Alicia. Toda la ciudad de Aguamar creyó que ella lo había drogado y luego había usado al bebé para forzarlo a casarse.Lo había explicado innumerables veces a lo largo de los años, pero nadie le creyó.Con el tiempo, optó por el silencio, y su silencio pareció envalentonar aún más a sus detractores.A los ojos de todos, Lina no era más que una mujer malvada y sin escrúpulos, dispuesta a todo por ascender socialmente.Pensó que, por Vicente, por Alicia, podría soportarlo todo. Creyó…Al menos, alguna vez creyó que podría hacer que Vicente cambiara su opinión sobre ella.Pero los hechos demostraron que, en cinco años, no solo no lo había logrado, sino que había empeorado las cosas.Si su corazón pertenecía a otra, si ya no había forma de recuperarlo, entonces lo mejor era dejarlo ir.Después de todo, hubo un tiempo, aunque efímero, en que fueron felices juntos.—Divorciémonos.***Vicente se quedó paralizado por un instante, observándola con una mirada profunda e impenetrable.—¿Qué dijiste? No te oí bien. Repítelo.Lina se enfrentó a sus ojos oscuros y apretó los puños, armándose de valor para decirlo una vez más.—Dije que nos divorciemos.Una mueca de burla se dibujó en el rostro de Vicente.—¿Aún no te despiertas del todo?El sarcasmo en sus ojos fue como una puñalada para Lina. Sabía que no le creía, así que le entregó el acuerdo de divorcio que había impreso la noche anterior.—Este es el acuerdo de divorcio. Ya lo firmé. Revísalo y, si estás de acuerdo, fírmalo también.La expresión de Vicente se endureció al ver el documento. Sus ojos se fijaron en las dos palabras del encabezado y una sonrisa gélida asomó en sus labios.—¿Todo este drama solo porque no celebré tu cumpleaños contigo ayer?Ante su fría acusación, Lina simplemente bajó la mirada. Como él no tomó el documento, lo dejó sobre la mesita de centro y se acercó a su maleta.—No quiero nada, solo la custodia de Alicia.Luego, tomó la maleta, se giró hacia él y le dedicó una última sonrisa.—Lo siento, Vicente.La expresión de Vicente era sombría, su mirada tan fría como un día de invierno.—Por haberte hecho perder tantos años. Por haberte obligado a ti y a la mujer que amas a soportar esta separación. Pero eso se acabó. De ahora en adelante, eres libre de amar a quien quieras.Tras decir esto, le dedicó una última y profunda mirada y, con la maleta en mano, se dispuso a salir. Aún le faltaba preparar el equipaje de Alicia.Pero justo cuando pasaba a su lado, él le aferró la muñeca con una fuerza brutal.La presión fue tal que tuvo que soltar la maleta. Con el ceño fruncido, lo miró sin entender.Al ver su expresión de desconcierto, los ojos de Vicente se oscurecieron aún más. La atrajo hacia sí con una risa gélida.—¿Estás segura de que no quieres nada a cambio del divorcio?Lina, creyendo que desconfiaba de ella, se apresuró a explicar:—Todo está estipulado en el acuerdo. Aparte de la custodia de Alicia, te juro que no me llevaré nada…Pero antes de que pudiera terminar, un dolor agudo, como si el hueso fuera a quebrarse, le recorrió la muñeca, haciendo que su rostro palideciera aún más.—Me duele. Suéltame.Pero Vicente se mantuvo impasible, su voz destilando crueldad.—Lina, ¿acaso puedo seguir creyendo una sola palabra que salga de tu boca?Lina se quedó helada, mirándolo sin decir nada.Él seguía sin creer que no había sido ella quien lo drogó.Nunca fue su intención arruinar su compromiso con Tania.Y tampoco fue ella quien filtró la noticia de su embarazo. Pero él no le creía.—Te juro que yo…Esta vez, antes de que pudiera terminar, Vicente la empujó lejos, observándola con una mezcla de impasibilidad y repugnancia.—Si querías el divorcio, debiste haberlo pedido antes. ¡Ahora ya es demasiado tarde!Sus palabras se clavaron en el corazón de Lina como un cuchillo. Así que era eso. Todavía la odiaba por haber arruinado su matrimonio con Tania.Cerró los ojos por un instante y susurró:—Sí. Por eso, lo siento.Por haberlo arrastrado durante cinco largos años.El rostro de Vicente, sin embargo, se ensombreció de repente.—Aun así, compartiste mi cama durante cinco años. Te daré lo que te corresponde, no quiero que luego vayas diciendo por ahí que Vicente Navarro se acuesta con las mujeres y no les paga.Dicho esto, Vicente se dio la vuelta y salió de la habitación.Lina se dejó caer en el sofá, sintiéndose completamente impotente.Cuando Alicia se despertó, bajó de la cama sola. Abrazando su muñeca de trapo, salió de su cuarto y se encontró con Vicente.—¡Buenos días, papá!Al oír la alegre voz de su hija, Vicente se detuvo.Se giró para mirar aquel rostro, una réplica exacta del de Lina. Una emoción indescifrable cruzó por sus ojos, pero no había rastro de afecto ni de cariño.Ni siquiera respondió al saludo de Alicia antes de seguir su camino.Alicia lo observó alejarse con tristeza y luego se acercó a su madre con cautela.—Mamá, ¿tú y papá discutieron?Al ver a su hija, Lina forzó una sonrisa. La abrazó y le dijo en voz baja:***

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