Capítulo 1—Si podemos seguir, seguimos. Si no, nos divorciamos. ¿Crees que me casé contigo por amor? Me casé contigo porque eres la cuñada de Jimena. Lo hice para poder verla más seguido.—¿De verdad quieres el divorcio? Perfecto, mañana mismo vamos al registro civil a firmar los papeles. ¡ El que se raje es una gallina!—Todo el patrimonio es mío, de antes de casarnos. Te irás con las manos vacías, no te daré ni un centavo. Durante todos estos años has comido y vivido de mí, usando mis cosas. Te daba trescientos mil pesos de mensualidad al mes solo para que fueras la señora Silva de nombre.—Te di la mejor vida material, ¿qué más querías? Empujaste a Jimena, provocando que se cayera, resultara herida y perdiera a su bebé. Ni siquiera te he hecho pagar por eso. Isabela Méndez, más te vale que te cuides a partir de ahora.—Fuimos marido y mujer por tres años… y yo te utilicé. Viendo que morirías sin un lugar donde caer muerta, en nombre de nuestro tiempo como esposos, te ayudaré con tu funeral. La vida es demasiado cruel. En la próxima, no regreses… Isabela, lo siento.***¡Un estruendo!Un trueno en plena noche despertó a Isabela, que no dejaba de tener pesadillas.Se sentó de golpe en la cama y encendió la luz rápidamente. Vio que, efectivamente, estaba en la cama de su habitación.Todo en el cuarto le resultaba familiar.Era una de las habitaciones de huéspedes en la mansión de Elías Silva; había vivido ahí desde que se casaron.Llevaba tres años casada con Elías, pero siempre habían dormido en cuartos separados, viviendo un matrimonio que solo existía en papel.Elías era el líder de la familia Silva, la más poderosa de Nuevo Horizonte, con un patrimonio multimillonario.Era joven, apuesto y rico. A los veintiocho años, tomó las riendas del enorme Grupo Silva, convirtiéndose en su presidente y en el más joven de todo Nuevo Horizonte.En teoría, al casarse con un hombre tan excepcional, Isabela debería haber sido muy feliz.Lamentablemente, no lo era.No era más que una pieza en el tablero de Elías, un peón para acercarse a su cuñada, Jimena Castillo.Su padre biológico había muerto joven y su madre, al casarse con un miembro de la acaudalada familia Méndez, la llevó consigo. Así, pasó de ser Isabela Romero a Isabela Méndez.Su madre siempre anduvo con pies de plomo en la casa de los Méndez, esforzándose al máximo por complacer al señor Rodrigo Méndez, así que mucho menos podía esperar algo para ella, que era vista como una carga.Desde pequeña, a quien más temía era a su hermanastro.Rodrigo, aunque en apariencia era un hombre gentil, en realidad era frío y despiadado. Él, Elías y Jimena habían crecido juntos. Tenían un vínculo muy profundo, pero se convirtieron en rivales por el amor de la misma mujer.Ambos estaban enamorados de Jimena, pero ella prefería a Rodrigo, por lo que se casó con él y se convirtió en la señora Méndez. Sin embargo, mantenía con Elías una relación que iba más allá de la simple amistad.Para disipar las sospechas de Rodrigo y poder entrar y salir de la casa de los Méndez con más facilidad para ver a la mujer que amaba, Elías tardó solo tres meses en convencer a Isabela para que se casara con él.En aquel entonces, Isabela creyó genuinamente que él la quería. La cortejó, la trató bien, le compraba todo lo que deseaba y le daba una mesada de trescientos mil pesos al mes.Todo cambió en su noche de bodas. Después de que los amigos y familiares se marcharon, Elías le confesó la verdad.—Isabela, escúchame bien. Eres solo una pieza en mi juego. No te amo en lo más mínimo. La única mujer que amaré siempre es Jimena. Me casé contigo para que Rodrigo se quedara tranquilo, no porque me gustaras.—Aunque te estoy utilizando, te he dado el estatus de señora Silva y no te faltará nada en lo material. En público, fingiremos ser una pareja feliz.—Pero tienes que entender tu lugar. Eres un peón, y un peón debe comportarse como tal. No tengas ambiciones ni te hagas ideas raras. No voy a tocarte. De ahora en adelante, te quedarás en casa y serás una esposa obediente.—Cuando no tengas nada que hacer, ve a visitar a tu madre. Siempre que vayas a tu antigua casa, yo mismo iré a recogerte.Las palabras de Elías la hicieron caer desde las nubes hasta el abismo más profundo.Nunca imaginó que solo la estaba utilizando.El hombre que amaba, en realidad, estaba enamorado de su cuñada, Jimena.No podía aceptarlo. Se había enamorado de verdad de Elías, así que empezó a causar problemas, a provocar a Jimena constantemente y a crear malentendidos a propósito para que Rodrigo pensara que entre su esposa y Elías había algo turbio.La realidad era que Jimena, esa mujer avara, se había casado con Rodrigo, pero no soportaba ver a Elías con otra. De hecho, mantenía una relación ambigua con él y, en secreto, no perdía oportunidad para atacar y provocar a Isabela.Las dos cuñadas nunca se habían llevado bien, pero con el tiempo se convirtieron en enemigas a muerte.La vez que Jimena rodó por las escaleras, no fue porque Isabela la empujara; Jimena tropezó sola. Sin embargo, la acusó, afirmando que Isabela la había tirado.Tanto Rodrigo como Elías le creyeron. Su hermanastro, sin escuchar razones, le dio una paliza, la echó de la casa y le prohibió volver a poner un pie allí. Además, corrió la voz de que cualquiera que se atreviera a relacionarse con Isabela se convertiría en su enemigo.Con eso, básicamente, le cerró todas las puertas en Nuevo Horizonte, dejándola completamente a merced de Elías. Si él también la abandonaba, no tendría cómo sobrevivir.Ese incidente también enfureció a Elías. No solo la reprendió, sino que también congeló sus tarjetas de crédito y le prohibió salir, manteniéndola bajo arresto domiciliario en su mansión privada.Ella lloró, gritó y trató de explicarse, pero él no la escuchó.Finalmente, su corazón se rindió. Cuando Elías dijo las palabras «Si podemos seguir, seguimos. Si no, nos divorciamos», ella aceptó.Tras el divorcio, se quedó sin un centavo y sin un lugar a donde ir. Su única opción fue pedirle ayuda a su mejor amiga.Pero de camino a casa de su amiga, fue secuestrada. Nunca supo quién lo hizo. Le vendaron los ojos y, después de ser brutalmente agredida, la asesinaron.Los secuestradores abandonaron su cuerpo en un paraje desolado. Para cuando la encontraron, ya estaba en descomposición.Quien fue a identificar el cadáver no fue su madre, sino Elías, el hombre que la había utilizado como un simple peón.Isabela se llevó una mano al pecho, con el rostro blanco como el papel.Aquello no había sido un sueño.Había sucedido de verdad.Fue su vida pasada.Quizás el cielo se apiadó de ella, porque había renacido. Había vuelto a la noche de su boda con Elías.Hoy era el tercer día desde su regreso.Durante esos tres días, las pesadillas no la habían dejado en paz. Los recuerdos de su vida pasada desfilaban por su mente, haciéndole dudar si eran sueños o realidad.Tenía que pellizcarse el muslo y sentir el dolor para convencerse de que era real, de que de verdad había vuelto a la vida.Se pasó la mano por la cara y la retiró empapada en lágrimas.Recordar todo lo que había sufrido en su vida anterior le desgarraba el alma y la hacía llorar sin consuelo.Se quitó las sábanas de encima, se levantó de la cama y caminó hacia la ventana. Abrió las pesadas cortinas y luego la ventana. El aire helado que entró la hizo encogerse, pero también le aclaró la mente.La lluvia de primavera había caído sin cesar durante la noche, provocando un descenso brusco de la temperatura.Un frío tardío.Isabela se abrazó a sí misma, mirando hacia afuera. La luz de la habitación le permitía ver el jardín más cercano.La enorme mansión privada de Elías no estaba lejos de la de los Méndez, a unos diez minutos en carro.La propiedad era inmensa, con jardines delantero y trasero diseñados al estilo de una finca francesa, porque a Jimena le gustaba ese estilo.Tanto la mansión de Elías como la de Rodrigo tenían jardines de estilo europeo. Había que admitir que ambos hombres amaban de verdad a Jimena; especialmente Elías, que estaba loco por ella.Pero nada de eso tenía que ver ya con ella, con Isabela.En esta nueva vida, Isabela había decidido que se quedaría en la casa de los Silva como una esposa obediente. Había renunciado al amor.Sin embargo, aún no podía divorciarse y marcharse. Si lo hacía, su madre seguramente la presionaría para que se volviera a casar, y la casa de los Méndez ya no era un lugar al que pudiera regresar.Por ahora, estaba en una posición vulnerable.Así que, de momento, no pensaba en el divorcio. Que Elías la amara o no, ya no importaba. Se escondería detrás de él y viviría su propia vida cómoda.Si él amaba a Jimena, que la amara. Mientras su mesada llegara puntualmente a su cuenta cada mes, todo estaría bien.Con el tiempo, podría ahorrar suficiente dinero para empezar su propio negocio.En su vida pasada, Elías la utilizó.En esta, era su turno de utilizarlo a él.Iba a usar su dinero y su poder para facilitar su propio emprendimiento, y su estatus para protegerse.En su vida anterior, aunque no la amaba, al menos le había dado el respeto que merecía como su esposa. En público, la trataba bien, e incluso la defendía si alguien la molestaba. Bueno, excepto si se trataba de Jimena.Si el conflicto era entre ella y Jimena, él siempre, incondicionalmente, se ponía del lado de su cuñada.Tras permanecer un momento junto a la ventana, Isabela la cerró, corrió las cortinas y regresó a la cama. Tomó su celular y miró la hora: las cinco de la madrugada.Todavía podía dormir un poco más.Una vez que decidió cómo viviría esta nueva vida, la enorme carga que pesaba sobre su corazón se desvaneció, liberándola de una presión inmensa.Se volvió a acostar y se entregó al sueño.Ya no más pesadillas de su vida pasada.***Tres horas después.Un golpeteo continuo en la puerta sacó a Isabela de su profundo sueño.«¿Quién molesta tan temprano? ¿No pueden dejar dormir a la gente?», pensó, irritada.Se sentó en la cama y preguntó de mal humor:—¿Quién es?—Señora Silva, soy yo, Ana.Desde el otro lado de la puerta llegó la voz de Ana, la administradora de la mansión.Elías la había traído de la residencia principal de los Silva. Llevaba treinta años trabajando para la familia y prácticamente había visto crecer a Elías.—Señora, ¿ya se levantó? Es hora de prepararse. Hoy tiene que ir a visitar a su familia. El señor Silva se levantó muy temprano para preparar personalmente los regalos que llevará. Apúrese y levántese.Ana era una empleada de toda la vida de los Silva y la administradora de la casa. Era amable con sus superiores y estricta con los de abajo. En su vida pasada, Isabela también le tenía cierto temor.Para Elías, Ana tenía más importancia que ella.Visitar a su familia.Claro. La noche en que renació fue su noche de bodas con Elías. Ya habían pasado tres días desde la boda, y su familia había organizado un almuerzo de bienvenida.En su vida anterior, Elías también se había levantado temprano para prepararle los regalos personalmente.Pero la mayoría de las cosas que eligió eran del gusto de Jimena; solo una pequeña parte era para su madre y su padrastro.Cada vez que ella iba a visitar a su familia, Elías casi siempre cancelaba sus compromisos para acompañarla. Para los de fuera, era una muestra del gran amor que le tenía. Nadie sabía que en realidad solo codiciaba a la esposa de otro hombre.—Ya voy, me levanto en un momento —respondió Isabela.Ana añadió desde fuera:—Señora, por favor, apúrese. No haga esperar al señor Silva.Isabela se levantó, caminó hacia la puerta y la abrió.Ana estaba de pie frente a ella, con una expresión respetuosa y amable.«Si Elías es un actor, Ana no se queda atrás. Qué par de hipócritas», pensó Isabela con sorna.—Señora, ¿por qué me mira así? Apúrese a arreglarse y a cambiarse de ropa.—Anoche, el señor Silva le recordó que se levantara temprano. Ya son las ocho de la mañana y usted apenas se está despertando, ¿verdad?—¿Cuál es la prisa? —dijo Isabela—. El trayecto es de solo diez minutos. Podemos ir al mediodía.—Tengo mucho sueño, quiero dormir un poco más.—Ana, baja y dile a tu señor que no hay prisa, que se lo tome con calma. Mi mamá y el señor Méndez no se levantan temprano. Normalmente, para cuando lo hacen, ya es mediodía.—No tiene sentido que vayamos tan temprano, sería muy aburrido.Ella era solo la hijastra de la familia Méndez, no la hija legítima. Si no se hubiera casado con Elías, a nadie en esa casa le importaría su visita.En su vida pasada, fueron temprano. Su madre sí estaba despierta, pero su padrastro y Rodrigo ya se habían ido a la empresa. Tuvo que llamarles para que volvieran a recibir a la pareja.Capítulo 2—Si podemos seguir, seguimos. Si no, nos divorciamos. ¿Crees que me casé contigo por amor? Me casé contigo porque eres la cuñada de Jimena. Lo hice para poder verla más seguido.—¿De verdad quieres el divorcio? Perfecto, mañana mismo vamos al registro civil a firmar los papeles. ¡ El que se raje es una gallina!—Todo el patrimonio es mío, de antes de casarnos. Te irás con las manos vacías, no te daré ni un centavo. Durante todos estos años has comido y vivido de mí, usando mis cosas. Te daba trescientos mil pesos de mensualidad al mes solo para que fueras la señora Silva de nombre.—Te di la mejor vida material, ¿qué más querías? Empujaste a Jimena, provocando que se cayera, resultara herida y perdiera a su bebé. Ni siquiera te he hecho pagar por eso. Isabela Méndez, más te vale que te cuides a partir de ahora.—Fuimos marido y mujer por tres años… y yo te utilicé. Viendo que morirías sin un lugar donde caer muerta, en nombre de nuestro tiempo como esposos, te ayudaré con tu funeral. La vida es demasiado cruel. En la próxima, no regreses… Isabela, lo siento.***¡Un estruendo!Un trueno en plena noche despertó a Isabela, que no dejaba de tener pesadillas.Se sentó de golpe en la cama y encendió la luz rápidamente. Vio que, efectivamente, estaba en la cama de su habitación.Todo en el cuarto le resultaba familiar.Era una de las habitaciones de huéspedes en la mansión de Elías Silva; había vivido ahí desde que se casaron.Llevaba tres años casada con Elías, pero siempre habían dormido en cuartos separados, viviendo un matrimonio que solo existía en papel.Elías era el líder de la familia Silva, la más poderosa de Nuevo Horizonte, con un patrimonio multimillonario.Era joven, apuesto y rico. A los veintiocho años, tomó las riendas del enorme Grupo Silva, convirtiéndose en su presidente y en el más joven de todo Nuevo Horizonte.En teoría, al casarse con un hombre tan excepcional, Isabela debería haber sido muy feliz.Lamentablemente, no lo era.No era más que una pieza en el tablero de Elías, un peón para acercarse a su cuñada, Jimena Castillo.Su padre biológico había muerto joven y su madre, al casarse con un miembro de la acaudalada familia Méndez, la llevó consigo. Así, pasó de ser Isabela Romero a Isabela Méndez.Su madre siempre anduvo con pies de plomo en la casa de los Méndez, esforzándose al máximo por complacer al señor Rodrigo Méndez, así que mucho menos podía esperar algo para ella, que era vista como una carga.Desde pequeña, a quien más temía era a su hermanastro.Rodrigo, aunque en apariencia era un hombre gentil, en realidad era frío y despiadado. Él, Elías y Jimena habían crecido juntos. Tenían un vínculo muy profundo, pero se convirtieron en rivales por el amor de la misma mujer.Ambos estaban enamorados de Jimena, pero ella prefería a Rodrigo, por lo que se casó con él y se convirtió en la señora Méndez. Sin embargo, mantenía con Elías una relación que iba más allá de la simple amistad.Para disipar las sospechas de Rodrigo y poder entrar y salir de la casa de los Méndez con más facilidad para ver a la mujer que amaba, Elías tardó solo tres meses en convencer a Isabela para que se casara con él.En aquel entonces, Isabela creyó genuinamente que él la quería. La cortejó, la trató bien, le compraba todo lo que deseaba y le daba una mesada de trescientos mil pesos al mes.Todo cambió en su noche de bodas. Después de que los amigos y familiares se marcharon, Elías le confesó la verdad.—Isabela, escúchame bien. Eres solo una pieza en mi juego. No te amo en lo más mínimo. La única mujer que amaré siempre es Jimena. Me casé contigo para que Rodrigo se quedara tranquilo, no porque me gustaras.—Aunque te estoy utilizando, te he dado el estatus de señora Silva y no te faltará nada en lo material. En público, fingiremos ser una pareja feliz.—Pero tienes que entender tu lugar. Eres un peón, y un peón debe comportarse como tal. No tengas ambiciones ni te hagas ideas raras. No voy a tocarte. De ahora en adelante, te quedarás en casa y serás una esposa obediente.—Cuando no tengas nada que hacer, ve a visitar a tu madre. Siempre que vayas a tu antigua casa, yo mismo iré a recogerte.Las palabras de Elías la hicieron caer desde las nubes hasta el abismo más profundo.Nunca imaginó que solo la estaba utilizando.El hombre que amaba, en realidad, estaba enamorado de su cuñada, Jimena.No podía aceptarlo. Se había enamorado de verdad de Elías, así que empezó a causar problemas, a provocar a Jimena constantemente y a crear malentendidos a propósito para que Rodrigo pensara que entre su esposa y Elías había algo turbio.La realidad era que Jimena, esa mujer avara, se había casado con Rodrigo, pero no soportaba ver a Elías con otra. De hecho, mantenía una relación ambigua con él y, en secreto, no perdía oportunidad para atacar y provocar a Isabela.Las dos cuñadas nunca se habían llevado bien, pero con el tiempo se convirtieron en enemigas a muerte.La vez que Jimena rodó por las escaleras, no fue porque Isabela la empujara; Jimena tropezó sola. Sin embargo, la acusó, afirmando que Isabela la había tirado.Tanto Rodrigo como Elías le creyeron. Su hermanastro, sin escuchar razones, le dio una paliza, la echó de la casa y le prohibió volver a poner un pie allí. Además, corrió la voz de que cualquiera que se atreviera a relacionarse con Isabela se convertiría en su enemigo.Con eso, básicamente, le cerró todas las puertas en Nuevo Horizonte, dejándola completamente a merced de Elías. Si él también la abandonaba, no tendría cómo sobrevivir.Ese incidente también enfureció a Elías. No solo la reprendió, sino que también congeló sus tarjetas de crédito y le prohibió salir, manteniéndola bajo arresto domiciliario en su mansión privada.Ella lloró, gritó y trató de explicarse, pero él no la escuchó.Finalmente, su corazón se rindió. Cuando Elías dijo las palabras «Si podemos seguir, seguimos. Si no, nos divorciamos», ella aceptó.Tras el divorcio, se quedó sin un centavo y sin un lugar a donde ir. Su única opción fue pedirle ayuda a su mejor amiga.Pero de camino a casa de su amiga, fue secuestrada. Nunca supo quién lo hizo. Le vendaron los ojos y, después de ser brutalmente agredida, la asesinaron.Los secuestradores abandonaron su cuerpo en un paraje desolado. Para cuando la encontraron, ya estaba en descomposición.Quien fue a identificar el cadáver no fue su madre, sino Elías, el hombre que la había utilizado como un simple peón.Isabela se llevó una mano al pecho, con el rostro blanco como el papel.Aquello no había sido un sueño.Había sucedido de verdad.Fue su vida pasada.Quizás el cielo se apiadó de ella, porque había renacido. Había vuelto a la noche de su boda con Elías.Hoy era el tercer día desde su regreso.Durante esos tres días, las pesadillas no la habían dejado en paz. Los recuerdos de su vida pasada desfilaban por su mente, haciéndole dudar si eran sueños o realidad.Tenía que pellizcarse el muslo y sentir el dolor para convencerse de que era real, de que de verdad había vuelto a la vida.Se pasó la mano por la cara y la retiró empapada en lágrimas.Recordar todo lo que había sufrido en su vida anterior le desgarraba el alma y la hacía llorar sin consuelo.Se quitó las sábanas de encima, se levantó de la cama y caminó hacia la ventana. Abrió las pesadas cortinas y luego la ventana. El aire helado que entró la hizo encogerse, pero también le aclaró la mente.La lluvia de primavera había caído sin cesar durante la noche, provocando un descenso brusco de la temperatura.Un frío tardío.Isabela se abrazó a sí misma, mirando hacia afuera. La luz de la habitación le permitía ver el jardín más cercano.La enorme mansión privada de Elías no estaba lejos de la de los Méndez, a unos diez minutos en carro.La propiedad era inmensa, con jardines delantero y trasero diseñados al estilo de una finca francesa, porque a Jimena le gustaba ese estilo.Tanto la mansión de Elías como la de Rodrigo tenían jardines de estilo europeo. Había que admitir que ambos hombres amaban de verdad a Jimena; especialmente Elías, que estaba loco por ella.Pero nada de eso tenía que ver ya con ella, con Isabela.En esta nueva vida, Isabela había decidido que se quedaría en la casa de los Silva como una esposa obediente. Había renunciado al amor.Sin embargo, aún no podía divorciarse y marcharse. Si lo hacía, su madre seguramente la presionaría para que se volviera a casar, y la casa de los Méndez ya no era un lugar al que pudiera regresar.Por ahora, estaba en una posición vulnerable.Así que, de momento, no pensaba en el divorcio. Que Elías la amara o no, ya no importaba. Se escondería detrás de él y viviría su propia vida cómoda.Si él amaba a Jimena, que la amara. Mientras su mesada llegara puntualmente a su cuenta cada mes, todo estaría bien.Con el tiempo, podría ahorrar suficiente dinero para empezar su propio negocio.En su vida pasada, Elías la utilizó.En esta, era su turno de utilizarlo a él.Iba a usar su dinero y su poder para facilitar su propio emprendimiento, y su estatus para protegerse.En su vida anterior, aunque no la amaba, al menos le había dado el respeto que merecía como su esposa. En público, la trataba bien, e incluso la defendía si alguien la molestaba. Bueno, excepto si se trataba de Jimena.Si el conflicto era entre ella y Jimena, él siempre, incondicionalmente, se ponía del lado de su cuñada.Tras permanecer un momento junto a la ventana, Isabela la cerró, corrió las cortinas y regresó a la cama. Tomó su celular y miró la hora: las cinco de la madrugada.Todavía podía dormir un poco más.Una vez que decidió cómo viviría esta nueva vida, la enorme carga que pesaba sobre su corazón se desvaneció, liberándola de una presión inmensa.Se volvió a acostar y se entregó al sueño.Ya no más pesadillas de su vida pasada.***Tres horas después.Un golpeteo continuo en la puerta sacó a Isabela de su profundo sueño.«¿Quién molesta tan temprano? ¿No pueden dejar dormir a la gente?», pensó, irritada.Se sentó en la cama y preguntó de mal humor:—¿Quién es?—Señora Silva, soy yo, Ana.Desde el otro lado de la puerta llegó la voz de Ana, la administradora de la mansión.Elías la había traído de la residencia principal de los Silva. Llevaba treinta años trabajando para la familia y prácticamente había visto crecer a Elías.—Señora, ¿ya se levantó? Es hora de prepararse. Hoy tiene que ir a visitar a su familia. El señor Silva se levantó muy temprano para preparar personalmente los regalos que llevará. Apúrese y levántese.Ana era una empleada de toda la vida de los Silva y la administradora de la casa. Era amable con sus superiores y estricta con los de abajo. En su vida pasada, Isabela también le tenía cierto temor.Para Elías, Ana tenía más importancia que ella.Visitar a su familia.Claro. La noche en que renació fue su noche de bodas con Elías. Ya habían pasado tres días desde la boda, y su familia había organizado un almuerzo de bienvenida.En su vida anterior, Elías también se había levantado temprano para prepararle los regalos personalmente.Pero la mayoría de las cosas que eligió eran del gusto de Jimena; solo una pequeña parte era para su madre y su padrastro.Cada vez que ella iba a visitar a su familia, Elías casi siempre cancelaba sus compromisos para acompañarla. Para los de fuera, era una muestra del gran amor que le tenía. Nadie sabía que en realidad solo codiciaba a la esposa de otro hombre.—Ya voy, me levanto en un momento —respondió Isabela.Ana añadió desde fuera:—Señora, por favor, apúrese. No haga esperar al señor Silva.Isabela se levantó, caminó hacia la puerta y la abrió.Ana estaba de pie frente a ella, con una expresión respetuosa y amable.«Si Elías es un actor, Ana no se queda atrás. Qué par de hipócritas», pensó Isabela con sorna.—Señora, ¿por qué me mira así? Apúrese a arreglarse y a cambiarse de ropa.—Anoche, el señor Silva le recordó que se levantara temprano. Ya son las ocho de la mañana y usted apenas se está despertando, ¿verdad?—¿Cuál es la prisa? —dijo Isabela—. El trayecto es de solo diez minutos. Podemos ir al mediodía.—Tengo mucho sueño, quiero dormir un poco más.—Ana, baja y dile a tu señor que no hay prisa, que se lo tome con calma. Mi mamá y el señor Méndez no se levantan temprano. Normalmente, para cuando lo hacen, ya es mediodía.—No tiene sentido que vayamos tan temprano, sería muy aburrido.Ella era solo la hijastra de la familia Méndez, no la hija legítima. Si no se hubiera casado con Elías, a nadie en esa casa le importaría su visita.En su vida pasada, fueron temprano. Su madre sí estaba despierta, pero su padrastro y Rodrigo ya se habían ido a la empresa. Tuvo que llamarles para que volvieran a recibir a la pareja.Capítulo 3—Si podemos seguir, seguimos. Si no, nos divorciamos. ¿Crees que me casé contigo por amor? Me casé contigo porque eres la cuñada de Jimena. Lo hice para poder verla más seguido.—¿De verdad quieres el divorcio? Perfecto, mañana mismo vamos al registro civil a firmar los papeles. ¡ El que se raje es una gallina!—Todo el patrimonio es mío, de antes de casarnos. Te irás con las manos vacías, no te daré ni un centavo. Durante todos estos años has comido y vivido de mí, usando mis cosas. Te daba trescientos mil pesos de mensualidad al mes solo para que fueras la señora Silva de nombre.—Te di la mejor vida material, ¿qué más querías? Empujaste a Jimena, provocando que se cayera, resultara herida y perdiera a su bebé. Ni siquiera te he hecho pagar por eso. Isabela Méndez, más te vale que te cuides a partir de ahora.—Fuimos marido y mujer por tres años… y yo te utilicé. Viendo que morirías sin un lugar donde caer muerta, en nombre de nuestro tiempo como esposos, te ayudaré con tu funeral. La vida es demasiado cruel. En la próxima, no regreses… Isabela, lo siento.***¡Un estruendo!Un trueno en plena noche despertó a Isabela, que no dejaba de tener pesadillas.Se sentó de golpe en la cama y encendió la luz rápidamente. Vio que, efectivamente, estaba en la cama de su habitación.Todo en el cuarto le resultaba familiar.Era una de las habitaciones de huéspedes en la mansión de Elías Silva; había vivido ahí desde que se casaron.Llevaba tres años casada con Elías, pero siempre habían dormido en cuartos separados, viviendo un matrimonio que solo existía en papel.Elías era el líder de la familia Silva, la más poderosa de Nuevo Horizonte, con un patrimonio multimillonario.Era joven, apuesto y rico. A los veintiocho años, tomó las riendas del enorme Grupo Silva, convirtiéndose en su presidente y en el más joven de todo Nuevo Horizonte.En teoría, al casarse con un hombre tan excepcional, Isabela debería haber sido muy feliz.Lamentablemente, no lo era.No era más que una pieza en el tablero de Elías, un peón para acercarse a su cuñada, Jimena Castillo.Su padre biológico había muerto joven y su madre, al casarse con un miembro de la acaudalada familia Méndez, la llevó consigo. Así, pasó de ser Isabela Romero a Isabela Méndez.Su madre siempre anduvo con pies de plomo en la casa de los Méndez, esforzándose al máximo por complacer al señor Rodrigo Méndez, así que mucho menos podía esperar algo para ella, que era vista como una carga.Desde pequeña, a quien más temía era a su hermanastro.Rodrigo, aunque en apariencia era un hombre gentil, en realidad era frío y despiadado. Él, Elías y Jimena habían crecido juntos. Tenían un vínculo muy profundo, pero se convirtieron en rivales por el amor de la misma mujer.Ambos estaban enamorados de Jimena, pero ella prefería a Rodrigo, por lo que se casó con él y se convirtió en la señora Méndez. Sin embargo, mantenía con Elías una relación que iba más allá de la simple amistad.Para disipar las sospechas de Rodrigo y poder entrar y salir de la casa de los Méndez con más facilidad para ver a la mujer que amaba, Elías tardó solo tres meses en convencer a Isabela para que se casara con él.En aquel entonces, Isabela creyó genuinamente que él la quería. La cortejó, la trató bien, le compraba todo lo que deseaba y le daba una mesada de trescientos mil pesos al mes.Todo cambió en su noche de bodas. Después de que los amigos y familiares se marcharon, Elías le confesó la verdad.—Isabela, escúchame bien. Eres solo una pieza en mi juego. No te amo en lo más mínimo. La única mujer que amaré siempre es Jimena. Me casé contigo para que Rodrigo se quedara tranquilo, no porque me gustaras.—Aunque te estoy utilizando, te he dado el estatus de señora Silva y no te faltará nada en lo material. En público, fingiremos ser una pareja feliz.—Pero tienes que entender tu lugar. Eres un peón, y un peón debe comportarse como tal. No tengas ambiciones ni te hagas ideas raras. No voy a tocarte. De ahora en adelante, te quedarás en casa y serás una esposa obediente.—Cuando no tengas nada que hacer, ve a visitar a tu madre. Siempre que vayas a tu antigua casa, yo mismo iré a recogerte.Las palabras de Elías la hicieron caer desde las nubes hasta el abismo más profundo.Nunca imaginó que solo la estaba utilizando.El hombre que amaba, en realidad, estaba enamorado de su cuñada, Jimena.No podía aceptarlo. Se había enamorado de verdad de Elías, así que empezó a causar problemas, a provocar a Jimena constantemente y a crear malentendidos a propósito para que Rodrigo pensara que entre su esposa y Elías había algo turbio.La realidad era que Jimena, esa mujer avara, se había casado con Rodrigo, pero no soportaba ver a Elías con otra. De hecho, mantenía una relación ambigua con él y, en secreto, no perdía oportunidad para atacar y provocar a Isabela.Las dos cuñadas nunca se habían llevado bien, pero con el tiempo se convirtieron en enemigas a muerte.La vez que Jimena rodó por las escaleras, no fue porque Isabela la empujara; Jimena tropezó sola. Sin embargo, la acusó, afirmando que Isabela la había tirado.Tanto Rodrigo como Elías le creyeron. Su hermanastro, sin escuchar razones, le dio una paliza, la echó de la casa y le prohibió volver a poner un pie allí. Además, corrió la voz de que cualquiera que se atreviera a relacionarse con Isabela se convertiría en su enemigo.Con eso, básicamente, le cerró todas las puertas en Nuevo Horizonte, dejándola completamente a merced de Elías. Si él también la abandonaba, no tendría cómo sobrevivir.Ese incidente también enfureció a Elías. No solo la reprendió, sino que también congeló sus tarjetas de crédito y le prohibió salir, manteniéndola bajo arresto domiciliario en su mansión privada.Ella lloró, gritó y trató de explicarse, pero él no la escuchó.Finalmente, su corazón se rindió. Cuando Elías dijo las palabras «Si podemos seguir, seguimos. Si no, nos divorciamos», ella aceptó.Tras el divorcio, se quedó sin un centavo y sin un lugar a donde ir. Su única opción fue pedirle ayuda a su mejor amiga.Pero de camino a casa de su amiga, fue secuestrada. Nunca supo quién lo hizo. Le vendaron los ojos y, después de ser brutalmente agredida, la asesinaron.Los secuestradores abandonaron su cuerpo en un paraje desolado. Para cuando la encontraron, ya estaba en descomposición.Quien fue a identificar el cadáver no fue su madre, sino Elías, el hombre que la había utilizado como un simple peón.Isabela se llevó una mano al pecho, con el rostro blanco como el papel.Aquello no había sido un sueño.Había sucedido de verdad.Fue su vida pasada.Quizás el cielo se apiadó de ella, porque había renacido. Había vuelto a la noche de su boda con Elías.Hoy era el tercer día desde su regreso.Durante esos tres días, las pesadillas no la habían dejado en paz. Los recuerdos de su vida pasada desfilaban por su mente, haciéndole dudar si eran sueños o realidad.Tenía que pellizcarse el muslo y sentir el dolor para convencerse de que era real, de que de verdad había vuelto a la vida.Se pasó la mano por la cara y la retiró empapada en lágrimas.Recordar todo lo que había sufrido en su vida anterior le desgarraba el alma y la hacía llorar sin consuelo.Se quitó las sábanas de encima, se levantó de la cama y caminó hacia la ventana. Abrió las pesadas cortinas y luego la ventana. El aire helado que entró la hizo encogerse, pero también le aclaró la mente.La lluvia de primavera había caído sin cesar durante la noche, provocando un descenso brusco de la temperatura.Un frío tardío.Isabela se abrazó a sí misma, mirando hacia afuera. La luz de la habitación le permitía ver el jardín más cercano.La enorme mansión privada de Elías no estaba lejos de la de los Méndez, a unos diez minutos en carro.La propiedad era inmensa, con jardines delantero y trasero diseñados al estilo de una finca francesa, porque a Jimena le gustaba ese estilo.Tanto la mansión de Elías como la de Rodrigo tenían jardines de estilo europeo. Había que admitir que ambos hombres amaban de verdad a Jimena; especialmente Elías, que estaba loco por ella.Pero nada de eso tenía que ver ya con ella, con Isabela.En esta nueva vida, Isabela había decidido que se quedaría en la casa de los Silva como una esposa obediente. Había renunciado al amor.Sin embargo, aún no podía divorciarse y marcharse. Si lo hacía, su madre seguramente la presionaría para que se volviera a casar, y la casa de los Méndez ya no era un lugar al que pudiera regresar.Por ahora, estaba en una posición vulnerable.Así que, de momento, no pensaba en el divorcio. Que Elías la amara o no, ya no importaba. Se escondería detrás de él y viviría su propia vida cómoda.Si él amaba a Jimena, que la amara. Mientras su mesada llegara puntualmente a su cuenta cada mes, todo estaría bien.Con el tiempo, podría ahorrar suficiente dinero para empezar su propio negocio.En su vida pasada, Elías la utilizó.En esta, era su turno de utilizarlo a él.Iba a usar su dinero y su poder para facilitar su propio emprendimiento, y su estatus para protegerse.En su vida anterior, aunque no la amaba, al menos le había dado el respeto que merecía como su esposa. En público, la trataba bien, e incluso la defendía si alguien la molestaba. Bueno, excepto si se trataba de Jimena.Si el conflicto era entre ella y Jimena, él siempre, incondicionalmente, se ponía del lado de su cuñada.Tras permanecer un momento junto a la ventana, Isabela la cerró, corrió las cortinas y regresó a la cama. Tomó su celular y miró la hora: las cinco de la madrugada.Todavía podía dormir un poco más.Una vez que decidió cómo viviría esta nueva vida, la enorme carga que pesaba sobre su corazón se desvaneció, liberándola de una presión inmensa.Se volvió a acostar y se entregó al sueño.Ya no más pesadillas de su vida pasada.***Tres horas después.Un golpeteo continuo en la puerta sacó a Isabela de su profundo sueño.«¿Quién molesta tan temprano? ¿No pueden dejar dormir a la gente?», pensó, irritada.Se sentó en la cama y preguntó de mal humor:—¿Quién es?—Señora Silva, soy yo, Ana.Desde el otro lado de la puerta llegó la voz de Ana, la administradora de la mansión.Elías la había traído de la residencia principal de los Silva. Llevaba treinta años trabajando para la familia y prácticamente había visto crecer a Elías.—Señora, ¿ya se levantó? Es hora de prepararse. Hoy tiene que ir a visitar a su familia. El señor Silva se levantó muy temprano para preparar personalmente los regalos que llevará. Apúrese y levántese.Ana era una empleada de toda la vida de los Silva y la administradora de la casa. Era amable con sus superiores y estricta con los de abajo. En su vida pasada, Isabela también le tenía cierto temor.Para Elías, Ana tenía más importancia que ella.Visitar a su familia.Claro. La noche en que renació fue su noche de bodas con Elías. Ya habían pasado tres días desde la boda, y su familia había organizado un almuerzo de bienvenida.En su vida anterior, Elías también se había levantado temprano para prepararle los regalos personalmente.Pero la mayoría de las cosas que eligió eran del gusto de Jimena; solo una pequeña parte era para su madre y su padrastro.Cada vez que ella iba a visitar a su familia, Elías casi siempre cancelaba sus compromisos para acompañarla. Para los de fuera, era una muestra del gran amor que le tenía. Nadie sabía que en realidad solo codiciaba a la esposa de otro hombre.—Ya voy, me levanto en un momento —respondió Isabela.Ana añadió desde fuera:—Señora, por favor, apúrese. No haga esperar al señor Silva.Isabela se levantó, caminó hacia la puerta y la abrió.Ana estaba de pie frente a ella, con una expresión respetuosa y amable.«Si Elías es un actor, Ana no se queda atrás. Qué par de hipócritas», pensó Isabela con sorna.—Señora, ¿por qué me mira así? Apúrese a arreglarse y a cambiarse de ropa.—Anoche, el señor Silva le recordó que se levantara temprano. Ya son las ocho de la mañana y usted apenas se está despertando, ¿verdad?—¿Cuál es la prisa? —dijo Isabela—. El trayecto es de solo diez minutos. Podemos ir al mediodía.—Tengo mucho sueño, quiero dormir un poco más.—Ana, baja y dile a tu señor que no hay prisa, que se lo tome con calma. Mi mamá y el señor Méndez no se levantan temprano. Normalmente, para cuando lo hacen, ya es mediodía.—No tiene sentido que vayamos tan temprano, sería muy aburrido.Ella era solo la hijastra de la familia Méndez, no la hija legítima. Si no se hubiera casado con Elías, a nadie en esa casa le importaría su visita.En su vida pasada, fueron temprano. Su madre sí estaba despierta, pero su padrastro y Rodrigo ya se habían ido a la empresa. Tuvo que llamarles para que volvieran a recibir a la pareja.