Tras una década de sacrificios que la convirtieron en el hazmerreír de todos, Aitana Lucero por fin despertó. Al presentir su propia muerte en el parto, mientras su marido permanecía junto a su hermana que siempre fue su verdadero amor, se le heló el corazón. Ocultó el embarazo, pidió el divorcio, vendió la casa y se volcó en levantar su propio imperio joyero. Samuel Galindo, heredero de una de las familias más poderosas de Santa Cruz del Oro y quien antes la había despreciado, enloqueció por recuperarla: “Aita, ese bebé es mío, y tú también.” Aitana, en cambio, le dedicó una sonrisa helada: “Director Galindo, llega demasiado tarde con ese afecto.”

Capítulo 1—Samuel… más despacio…El ruego, cargado con un sollozo lastimero, no despertó la compasión del hombre. Al contrario, pareció avivar su ferocidad.La camisa negra del hombre estaba desgarrada, dejando al descubierto un pecho ancho y bien tonificado.Su aroma amaderado, limpio, ahora, bajo el efecto de alguna sustancia, se había vuelto abrasador.Aitana Lucero sintió que la cintura se le partía en dos.Justo cuando su conciencia se desvanecía en un torbellino de confusión, la escena cambió de golpe.Aitana se vio a sí misma, completamente sola, sobre una fría mesa de operaciones.Alguien gritaba con desesperación junto a su oído.—¡La señora se está muriendo, necesitamos una transfusión ya!El médico a cargo del parto le ordenó a una enfermera con urgencia:—¿Dónde está el director Galindo? ¡Necesitamos que firme el consentimiento para la paciente en estado crítico, traigan al padre del bebé ahora mismo!—No es posible. El asistente del director Galindo dijo que su hermana está hospitalizada y él está en el hospital de al lado, acompañándola…Un estruendo ensordecedor retumbó.Un relámpago cruzó el cielo, iluminando la habitación por completo.En el gran espejo de cuerpo entero, se reflejó un rostro exquisitamente bello, pero pálido y sin fuerzas.—¡Ah!Aitana soltó un grito ahogado.Abrió los ojos de golpe, se sentó en la cama con la espalda recta y, con una expresión de pánico, se llevó una mano al pecho mientras jadeaba en busca de aire.Otra vez esa pesadilla.Desde aquella noche de locura con Samuel Galindo un mes atrás, Aitana sufría de pesadillas recurrentes, y el contenido era siempre el mismo.La escena del sueño era demasiado absurda. Si fuera real…Aitana apretó los puños con fuerza.Tenía que encontrar una manera de comprobarlo.¡Necesitaba saber si esa horrible pesadilla que la había atormentado durante casi un mes era real o no!***Hospital Fuente de Salud.Aitana pisaba ese lugar por primera vez.Al observar la distribución del hospital, tan familiar y extraña a la vez, se sintió desorientada por un instante.Era idéntico al de su sueño.Aitana se aferró a su bolso y, como si conociera el camino de memoria, se dirigió a la puerta de una de las habitaciones.A través de la ventana de cristal de la puerta, Aitana reconoció al hombre alto que estaba sentado de espaldas a ella. Esa silueta esbelta y elegante como un cedro… ¡era Samuel!En ese momento, una voz femenina, débil y familiar, provino del interior de la habitación.—Hermano, ¿de verdad crees que esto está bien?—A Aita le encantaba este collar de zafiros blancos. Te lo pidió durante mucho tiempo. Si se entera de que ahora me lo has dado a mí, seguro se enojará contigo de nuevo.—No importa —respondió la voz grave y baja y serena de Samuel.—Le compraré uno nuevo.La misma respuesta que en su sueño; incluso el tono indiferente de Samuel era idéntico.Aitana y Samuel estaban comprometidos. Un acuerdo de la infancia, arreglado por sus padres, entre familias de igual estatus.Pero cada vez que surgía una situación así, Samuel nunca la favorecía a ella. Siempre se inclinaba por su hermana.Aitana se llevó una mano al pecho bruscamente. Un escalofrío recorrió su cuerpo y, sin darse cuenta, retrocedió un par de pasos hasta chocar contra la pared helada.La verdad que se había negado a enfrentar durante el último mes estaba ahora frente a sus ojos, haciéndola sentir como una completa idiota.—Aitana, ¿qué haces aquí? —De repente, una voz familiar, fría y sensual, sonó sobre su cabeza. Instintivamente, levantó la mirada.Sus ojos se encontraron con los de Samuel, rasgados y penetrantes.Samuel vestía una camisa blanca entallada, con las manos metidas con desenfado en los bolsillos. Hombros anchos, cintura estrecha, una figura imponente.Rasgos marcados, una mirada honda y un lunar bajo el ojo que, pese a su frialdad, le sumaba un encanto peligroso.Samuel enarcó una ceja y la miró desde arriba. El ligero movimiento de su cabeza al bajar la vista proyectaba un aura de autoridad natural y distante.Aitana sintió que le temblaban los labios mientras observaba, con una mezcla de emociones, al hombre distinguido y frío por el que había suspirado durante diez años.Samuel, el hombre más inalcanzable de todo Santa Cruz del Oro, el heredero del círculo social más exclusivo de la ciudad, cuyo poder lo abarcaba todo. Era guapo, rico e inteligente, el objeto de deseo de todas las mujeres, que enloquecían por él.Incluida Aitana.Lo había amado durante diez largos años.Pero ahora, de repente, ya no lo quería.Al ver que Aitana lo miraba fijamente con el rostro pálido, en silencio, en lugar de perseguirlo y armar una escena de celos como solía hacer, Samuel se sintió extrañado y no pudo evitar observarla con más detenimiento.Era la primera vez que se veían en un mes, desde aquella noche de locura.Samuel frunció sus labios delgados y sensuales. Justo cuando iba a hablar, una voz suave y cargada de culpa sonó a su lado.—Aita, ¿qué haces aquí?Melisa Blanco, vestida con un pijama de hospital a rayas azules y blancas, se acercó apoyándose en la pared.Era la hija adoptiva que la familia Galindo había acogido siete años atrás, la huérfana del benefactor de Hernán Galindo y, por tanto, la hermana nominal de Samuel. De pie junto a él, con su figura frágil y su maquillaje impecable, parecían la pareja perfecta.Melisa se cubrió la boca y tosió un par de veces, adelantándose a que cualquiera de los dos hablara, y explicó con voz suave y serena:—Aita, no te confundas, mi hermano solo me acompañó al hospital para una consulta, y el collar también…Dejó la frase a medias, una táctica que, en lugar de aclarar, solo aumentaba la ambigüedad.Samuel, temiendo que Aitana malinterpretara la situación y volviera a hacer un berrinche, le explicó el resto con el rostro serio y un dejo de impaciencia.—Hace unos días fue el aniversario luctuoso de sus padres, y la tristeza le provocó una recaída.—Ese collar de zafiros blancos tiene un valor sentimental que la calma, por eso se lo presté por unos días.Con un esfuerzo por mantener la paciencia, intentó tranquilizarla:—Al final, ese collar será tuyo. Si tanto te gustan los zafiros blancos, te compraré varios nuevos.Aitana no pudo evitar sentir que todo era ridículo.Para Samuel, ella siempre era la segunda opción.Lo que ella deseaba, solo podía tenerlo si Melisa no lo quería.«¿Tan poca cosa parezco?», pensó.Aitana levantó la vista, y sus ojos reflejaban una profunda decepción.—Samuel, no soy un centro de acopio de lo que otros desechan.—Ya que le diste el collar, déjalo que se lo quede. Y no tienes que fingir amabilidad comprándome uno nuevo, no lo necesito.La expresión fría y distinguida de Samuel cambió de repente.Frunció el ceño casi imperceptiblemente, asumiendo que Aitana simplemente estaba celosa y actuando por despecho.Sabía que Aitana había crecido consentida y era propensa a enojarse y a hacer berrinches.Crecieron juntos, y él la había consolado en innumerables ocasiones, así que se consideraba un experto en el tema.Samuel pensó que esta vez sería como todas las demás.Que Aitana, consumida por los celos, estaba molesta por su cercanía con Melisa y decía cosas hirientes para que él se rebajara a consolarla.Con un leve fruncimiento de ceño, sintiendo un atisbo de cansancio ante los caprichos de siempre, dijo con frialdad:—Aita, no hagas un drama. Meli es solo mi hermana.—¿Tu hermana? —replicó Aitana con una risa gélida—. Puro cuento. Los hombres y sus mentiras.Antes, se había tragado esa patraña, creyendo ingenuamente que él solo veía a Melisa como una hermana.¿Y cuál fue el resultado?Al pensar en el futuro miserable que le esperaba, Aitana sintió una oleada de resentimiento, pero lo que más la consumía era la rabia de haber sido engañada.—Samuel, no volveré a creerte. Tú sabes perfectamente qué sientes por Melisa.Aitana respiró hondo.Su mirada se desvió hacia el deslumbrante collar de zafiros blancos que adornaba el delicado cuello de Melisa, y una sensación de desolación y ridículo la invadió.—¡Samuel, quiero romper nuestro compromiso!Tras pronunciar esas palabras en voz baja, Aitana sintió cómo el hombre distinguido y frío frente a ella se tensaba visiblemente.Samuel bajó la mirada hacia ella. Sus ojos negros, profundos y afilados como la noche, parecían haber sido engullidos por la oscuridad, dejando solo un vacío gélido y devorador.Durante años, Aitana había sido caprichosa y había hecho berrinches, peleando con él en innumerables ocasiones.Pero esta era la primera vez que hablaba de romper el compromiso.Samuel se dio cuenta de que, esta vez, Aitana estaba realmente furiosa.Sus ojos fríos brillaron por un instante, y con su voz grave y fría, preguntó lentamente:—¿Solo porque vine al hospital a acompañar a Meli y le di el collar?—¿Y te parece poco? ¿Qué más quieres? —le espetó Aitana, con un sarcasmo creciente en la mirada—. ¿Acaso necesitas que los pesque en la cama, señor Galindo?El rostro de Samuel se ensombreció de nuevo. Una sombra de ira tiñó sus ojos oscuros; la actitud de Aitana le parecía absurda, un capricho sin sentido.La voz débil y suave de Melisa intervino en el momento justo, con un tono de sorpresa.—Aita, ¿cómo puedes pensar algo así?—Entre mi hermano y yo solo hay un cariño fraternal. Eres tú la que está malinterpretando las cosas. Y no solo porque ahora estoy casada y tengo un hijo; aunque no fuera así, mi hermano y yo… cof, cof…Melisa frunció el ceño delicadamente, cubriéndose la boca mientras tosía hasta enrojecer, con una expresión de leve reproche.Miró a Aitana con aire de resignación, como si estuviera tratando con una niña caprichosa que armaba un escándalo por nada.—Melisa, ahórrate esa fachada de santurrona y no intentes darme lecciones.Aitana soltó una risa fría, desenmascarando su teatro.—¿Te atreves a que un médico te revise ahora mismo para ver si de verdad tuviste una recaída?—Tu depresión es bastante peculiar, ¿no crees? Aparece justo cuando la necesitas y desaparece cuando ya no te sirve. Es la primera vez que veo una enfermedad que se puede controlar a voluntad.El rostro de Melisa palideció al instante. Su expresión se endureció y, de pie junto a Samuel, respondió con firmeza:—¡Aitana, no te pases de la raya! Cof, cof…Melisa, que ya de por sí era de salud frágil, se sintió tan abrumada por la ira que sus piernas flaquearon y tropezó, cayendo sobre Samuel.Samuel la sostuvo por los hombros temblorosos y, con el ceño fruncido, miró a Aitana con frialdad.—Ya basta, Aita. Tus caprichos tienen un límite.—Si quieres romper el compromiso, está bien. Mañana es el cumpleaños setenta de mi abuelo. Ve y díselo tú misma.Samuel lo dijo a propósito. Sabía que Aitana no se atrevería a romper el compromiso de verdad, y mencionar a su abuelo era una forma de hacerla retroceder.Para su sorpresa, Aitana lo miró directamente a los ojos y, de repente, sonrió.—Perfecto, Samuel. Tú lo has dicho.—Ya veremos si no te arrepientes.La despedida entre Aitana y Samuel fue de todo menos amistosa. Se quedó sola en el pasillo del hospital, y el penetrante olor a desinfectante le revolvió el estómago.Una oleada de náuseas la invadió, y no pudo evitar una arcada.Se dobló por la mitad, incapaz de enderezarse, mientras unas lágrimas asomaban a sus ojos. Tuvo que apoyarse en la pared para no caer.Aitana lo sabía. Ella y Melisa eran como dos rosas floreciendo en Santa Cruz del Oro.Melisa, la rosa blanca, era gentil, elegante, inteligente y bondadosa, admirada y cortejada por todos en la alta sociedad, un ideal de pureza inmaculada.En comparación, ella era la rosa roja, caprichosa y arrogante, con la cabeza llena de romance, siempre corriendo detrás de Samuel como una sombra. Una rosa llamativa y llena de espinas.Tras diez años de humillarse por él, Aitana se había convertido en el hazmerreír de todo Santa Cruz del Oro. La despreciaban en su círculo, y a sus espaldas, había soportado incontables miradas de desdén y burlas.Capítulo 2—Samuel… más despacio…El ruego, cargado con un sollozo lastimero, no despertó la compasión del hombre. Al contrario, pareció avivar su ferocidad.La camisa negra del hombre estaba desgarrada, dejando al descubierto un pecho ancho y bien tonificado.Su aroma amaderado, limpio, ahora, bajo el efecto de alguna sustancia, se había vuelto abrasador.Aitana Lucero sintió que la cintura se le partía en dos.Justo cuando su conciencia se desvanecía en un torbellino de confusión, la escena cambió de golpe.Aitana se vio a sí misma, completamente sola, sobre una fría mesa de operaciones.Alguien gritaba con desesperación junto a su oído.—¡La señora se está muriendo, necesitamos una transfusión ya!El médico a cargo del parto le ordenó a una enfermera con urgencia:—¿Dónde está el director Galindo? ¡Necesitamos que firme el consentimiento para la paciente en estado crítico, traigan al padre del bebé ahora mismo!—No es posible. El asistente del director Galindo dijo que su hermana está hospitalizada y él está en el hospital de al lado, acompañándola…Un estruendo ensordecedor retumbó.Un relámpago cruzó el cielo, iluminando la habitación por completo.En el gran espejo de cuerpo entero, se reflejó un rostro exquisitamente bello, pero pálido y sin fuerzas.—¡Ah!Aitana soltó un grito ahogado.Abrió los ojos de golpe, se sentó en la cama con la espalda recta y, con una expresión de pánico, se llevó una mano al pecho mientras jadeaba en busca de aire.Otra vez esa pesadilla.Desde aquella noche de locura con Samuel Galindo un mes atrás, Aitana sufría de pesadillas recurrentes, y el contenido era siempre el mismo.La escena del sueño era demasiado absurda. Si fuera real…Aitana apretó los puños con fuerza.Tenía que encontrar una manera de comprobarlo.¡Necesitaba saber si esa horrible pesadilla que la había atormentado durante casi un mes era real o no!***Hospital Fuente de Salud.Aitana pisaba ese lugar por primera vez.Al observar la distribución del hospital, tan familiar y extraña a la vez, se sintió desorientada por un instante.Era idéntico al de su sueño.Aitana se aferró a su bolso y, como si conociera el camino de memoria, se dirigió a la puerta de una de las habitaciones.A través de la ventana de cristal de la puerta, Aitana reconoció al hombre alto que estaba sentado de espaldas a ella. Esa silueta esbelta y elegante como un cedro… ¡era Samuel!En ese momento, una voz femenina, débil y familiar, provino del interior de la habitación.—Hermano, ¿de verdad crees que esto está bien?—A Aita le encantaba este collar de zafiros blancos. Te lo pidió durante mucho tiempo. Si se entera de que ahora me lo has dado a mí, seguro se enojará contigo de nuevo.—No importa —respondió la voz grave y baja y serena de Samuel.—Le compraré uno nuevo.La misma respuesta que en su sueño; incluso el tono indiferente de Samuel era idéntico.Aitana y Samuel estaban comprometidos. Un acuerdo de la infancia, arreglado por sus padres, entre familias de igual estatus.Pero cada vez que surgía una situación así, Samuel nunca la favorecía a ella. Siempre se inclinaba por su hermana.Aitana se llevó una mano al pecho bruscamente. Un escalofrío recorrió su cuerpo y, sin darse cuenta, retrocedió un par de pasos hasta chocar contra la pared helada.La verdad que se había negado a enfrentar durante el último mes estaba ahora frente a sus ojos, haciéndola sentir como una completa idiota.—Aitana, ¿qué haces aquí? —De repente, una voz familiar, fría y sensual, sonó sobre su cabeza. Instintivamente, levantó la mirada.Sus ojos se encontraron con los de Samuel, rasgados y penetrantes.Samuel vestía una camisa blanca entallada, con las manos metidas con desenfado en los bolsillos. Hombros anchos, cintura estrecha, una figura imponente.Rasgos marcados, una mirada honda y un lunar bajo el ojo que, pese a su frialdad, le sumaba un encanto peligroso.Samuel enarcó una ceja y la miró desde arriba. El ligero movimiento de su cabeza al bajar la vista proyectaba un aura de autoridad natural y distante.Aitana sintió que le temblaban los labios mientras observaba, con una mezcla de emociones, al hombre distinguido y frío por el que había suspirado durante diez años.Samuel, el hombre más inalcanzable de todo Santa Cruz del Oro, el heredero del círculo social más exclusivo de la ciudad, cuyo poder lo abarcaba todo. Era guapo, rico e inteligente, el objeto de deseo de todas las mujeres, que enloquecían por él.Incluida Aitana.Lo había amado durante diez largos años.Pero ahora, de repente, ya no lo quería.Al ver que Aitana lo miraba fijamente con el rostro pálido, en silencio, en lugar de perseguirlo y armar una escena de celos como solía hacer, Samuel se sintió extrañado y no pudo evitar observarla con más detenimiento.Era la primera vez que se veían en un mes, desde aquella noche de locura.Samuel frunció sus labios delgados y sensuales. Justo cuando iba a hablar, una voz suave y cargada de culpa sonó a su lado.—Aita, ¿qué haces aquí?Melisa Blanco, vestida con un pijama de hospital a rayas azules y blancas, se acercó apoyándose en la pared.Era la hija adoptiva que la familia Galindo había acogido siete años atrás, la huérfana del benefactor de Hernán Galindo y, por tanto, la hermana nominal de Samuel. De pie junto a él, con su figura frágil y su maquillaje impecable, parecían la pareja perfecta.Melisa se cubrió la boca y tosió un par de veces, adelantándose a que cualquiera de los dos hablara, y explicó con voz suave y serena:—Aita, no te confundas, mi hermano solo me acompañó al hospital para una consulta, y el collar también…Dejó la frase a medias, una táctica que, en lugar de aclarar, solo aumentaba la ambigüedad.Samuel, temiendo que Aitana malinterpretara la situación y volviera a hacer un berrinche, le explicó el resto con el rostro serio y un dejo de impaciencia.—Hace unos días fue el aniversario luctuoso de sus padres, y la tristeza le provocó una recaída.—Ese collar de zafiros blancos tiene un valor sentimental que la calma, por eso se lo presté por unos días.Con un esfuerzo por mantener la paciencia, intentó tranquilizarla:—Al final, ese collar será tuyo. Si tanto te gustan los zafiros blancos, te compraré varios nuevos.Aitana no pudo evitar sentir que todo era ridículo.Para Samuel, ella siempre era la segunda opción.Lo que ella deseaba, solo podía tenerlo si Melisa no lo quería.«¿Tan poca cosa parezco?», pensó.Aitana levantó la vista, y sus ojos reflejaban una profunda decepción.—Samuel, no soy un centro de acopio de lo que otros desechan.—Ya que le diste el collar, déjalo que se lo quede. Y no tienes que fingir amabilidad comprándome uno nuevo, no lo necesito.La expresión fría y distinguida de Samuel cambió de repente.Frunció el ceño casi imperceptiblemente, asumiendo que Aitana simplemente estaba celosa y actuando por despecho.Sabía que Aitana había crecido consentida y era propensa a enojarse y a hacer berrinches.Crecieron juntos, y él la había consolado en innumerables ocasiones, así que se consideraba un experto en el tema.Samuel pensó que esta vez sería como todas las demás.Que Aitana, consumida por los celos, estaba molesta por su cercanía con Melisa y decía cosas hirientes para que él se rebajara a consolarla.Con un leve fruncimiento de ceño, sintiendo un atisbo de cansancio ante los caprichos de siempre, dijo con frialdad:—Aita, no hagas un drama. Meli es solo mi hermana.—¿Tu hermana? —replicó Aitana con una risa gélida—. Puro cuento. Los hombres y sus mentiras.Antes, se había tragado esa patraña, creyendo ingenuamente que él solo veía a Melisa como una hermana.¿Y cuál fue el resultado?Al pensar en el futuro miserable que le esperaba, Aitana sintió una oleada de resentimiento, pero lo que más la consumía era la rabia de haber sido engañada.—Samuel, no volveré a creerte. Tú sabes perfectamente qué sientes por Melisa.Aitana respiró hondo.Su mirada se desvió hacia el deslumbrante collar de zafiros blancos que adornaba el delicado cuello de Melisa, y una sensación de desolación y ridículo la invadió.—¡Samuel, quiero romper nuestro compromiso!Tras pronunciar esas palabras en voz baja, Aitana sintió cómo el hombre distinguido y frío frente a ella se tensaba visiblemente.Samuel bajó la mirada hacia ella. Sus ojos negros, profundos y afilados como la noche, parecían haber sido engullidos por la oscuridad, dejando solo un vacío gélido y devorador.Durante años, Aitana había sido caprichosa y había hecho berrinches, peleando con él en innumerables ocasiones.Pero esta era la primera vez que hablaba de romper el compromiso.Samuel se dio cuenta de que, esta vez, Aitana estaba realmente furiosa.Sus ojos fríos brillaron por un instante, y con su voz grave y fría, preguntó lentamente:—¿Solo porque vine al hospital a acompañar a Meli y le di el collar?—¿Y te parece poco? ¿Qué más quieres? —le espetó Aitana, con un sarcasmo creciente en la mirada—. ¿Acaso necesitas que los pesque en la cama, señor Galindo?El rostro de Samuel se ensombreció de nuevo. Una sombra de ira tiñó sus ojos oscuros; la actitud de Aitana le parecía absurda, un capricho sin sentido.La voz débil y suave de Melisa intervino en el momento justo, con un tono de sorpresa.—Aita, ¿cómo puedes pensar algo así?—Entre mi hermano y yo solo hay un cariño fraternal. Eres tú la que está malinterpretando las cosas. Y no solo porque ahora estoy casada y tengo un hijo; aunque no fuera así, mi hermano y yo… cof, cof…Melisa frunció el ceño delicadamente, cubriéndose la boca mientras tosía hasta enrojecer, con una expresión de leve reproche.Miró a Aitana con aire de resignación, como si estuviera tratando con una niña caprichosa que armaba un escándalo por nada.—Melisa, ahórrate esa fachada de santurrona y no intentes darme lecciones.Aitana soltó una risa fría, desenmascarando su teatro.—¿Te atreves a que un médico te revise ahora mismo para ver si de verdad tuviste una recaída?—Tu depresión es bastante peculiar, ¿no crees? Aparece justo cuando la necesitas y desaparece cuando ya no te sirve. Es la primera vez que veo una enfermedad que se puede controlar a voluntad.El rostro de Melisa palideció al instante. Su expresión se endureció y, de pie junto a Samuel, respondió con firmeza:—¡Aitana, no te pases de la raya! Cof, cof…Melisa, que ya de por sí era de salud frágil, se sintió tan abrumada por la ira que sus piernas flaquearon y tropezó, cayendo sobre Samuel.Samuel la sostuvo por los hombros temblorosos y, con el ceño fruncido, miró a Aitana con frialdad.—Ya basta, Aita. Tus caprichos tienen un límite.—Si quieres romper el compromiso, está bien. Mañana es el cumpleaños setenta de mi abuelo. Ve y díselo tú misma.Samuel lo dijo a propósito. Sabía que Aitana no se atrevería a romper el compromiso de verdad, y mencionar a su abuelo era una forma de hacerla retroceder.Para su sorpresa, Aitana lo miró directamente a los ojos y, de repente, sonrió.—Perfecto, Samuel. Tú lo has dicho.—Ya veremos si no te arrepientes.La despedida entre Aitana y Samuel fue de todo menos amistosa. Se quedó sola en el pasillo del hospital, y el penetrante olor a desinfectante le revolvió el estómago.Una oleada de náuseas la invadió, y no pudo evitar una arcada.Se dobló por la mitad, incapaz de enderezarse, mientras unas lágrimas asomaban a sus ojos. Tuvo que apoyarse en la pared para no caer.Aitana lo sabía. Ella y Melisa eran como dos rosas floreciendo en Santa Cruz del Oro.Melisa, la rosa blanca, era gentil, elegante, inteligente y bondadosa, admirada y cortejada por todos en la alta sociedad, un ideal de pureza inmaculada.En comparación, ella era la rosa roja, caprichosa y arrogante, con la cabeza llena de romance, siempre corriendo detrás de Samuel como una sombra. Una rosa llamativa y llena de espinas.Tras diez años de humillarse por él, Aitana se había convertido en el hazmerreír de todo Santa Cruz del Oro. La despreciaban en su círculo, y a sus espaldas, había soportado incontables miradas de desdén y burlas.Capítulo 3—Samuel… más despacio…El ruego, cargado con un sollozo lastimero, no despertó la compasión del hombre. Al contrario, pareció avivar su ferocidad.La camisa negra del hombre estaba desgarrada, dejando al descubierto un pecho ancho y bien tonificado.Su aroma amaderado, limpio, ahora, bajo el efecto de alguna sustancia, se había vuelto abrasador.Aitana Lucero sintió que la cintura se le partía en dos.Justo cuando su conciencia se desvanecía en un torbellino de confusión, la escena cambió de golpe.Aitana se vio a sí misma, completamente sola, sobre una fría mesa de operaciones.Alguien gritaba con desesperación junto a su oído.—¡La señora se está muriendo, necesitamos una transfusión ya!El médico a cargo del parto le ordenó a una enfermera con urgencia:—¿Dónde está el director Galindo? ¡Necesitamos que firme el consentimiento para la paciente en estado crítico, traigan al padre del bebé ahora mismo!—No es posible. El asistente del director Galindo dijo que su hermana está hospitalizada y él está en el hospital de al lado, acompañándola…Un estruendo ensordecedor retumbó.Un relámpago cruzó el cielo, iluminando la habitación por completo.En el gran espejo de cuerpo entero, se reflejó un rostro exquisitamente bello, pero pálido y sin fuerzas.—¡Ah!Aitana soltó un grito ahogado.Abrió los ojos de golpe, se sentó en la cama con la espalda recta y, con una expresión de pánico, se llevó una mano al pecho mientras jadeaba en busca de aire.Otra vez esa pesadilla.Desde aquella noche de locura con Samuel Galindo un mes atrás, Aitana sufría de pesadillas recurrentes, y el contenido era siempre el mismo.La escena del sueño era demasiado absurda. Si fuera real…Aitana apretó los puños con fuerza.Tenía que encontrar una manera de comprobarlo.¡Necesitaba saber si esa horrible pesadilla que la había atormentado durante casi un mes era real o no!***Hospital Fuente de Salud.Aitana pisaba ese lugar por primera vez.Al observar la distribución del hospital, tan familiar y extraña a la vez, se sintió desorientada por un instante.Era idéntico al de su sueño.Aitana se aferró a su bolso y, como si conociera el camino de memoria, se dirigió a la puerta de una de las habitaciones.A través de la ventana de cristal de la puerta, Aitana reconoció al hombre alto que estaba sentado de espaldas a ella. Esa silueta esbelta y elegante como un cedro… ¡era Samuel!En ese momento, una voz femenina, débil y familiar, provino del interior de la habitación.—Hermano, ¿de verdad crees que esto está bien?—A Aita le encantaba este collar de zafiros blancos. Te lo pidió durante mucho tiempo. Si se entera de que ahora me lo has dado a mí, seguro se enojará contigo de nuevo.—No importa —respondió la voz grave y baja y serena de Samuel.—Le compraré uno nuevo.La misma respuesta que en su sueño; incluso el tono indiferente de Samuel era idéntico.Aitana y Samuel estaban comprometidos. Un acuerdo de la infancia, arreglado por sus padres, entre familias de igual estatus.Pero cada vez que surgía una situación así, Samuel nunca la favorecía a ella. Siempre se inclinaba por su hermana.Aitana se llevó una mano al pecho bruscamente. Un escalofrío recorrió su cuerpo y, sin darse cuenta, retrocedió un par de pasos hasta chocar contra la pared helada.La verdad que se había negado a enfrentar durante el último mes estaba ahora frente a sus ojos, haciéndola sentir como una completa idiota.—Aitana, ¿qué haces aquí? —De repente, una voz familiar, fría y sensual, sonó sobre su cabeza. Instintivamente, levantó la mirada.Sus ojos se encontraron con los de Samuel, rasgados y penetrantes.Samuel vestía una camisa blanca entallada, con las manos metidas con desenfado en los bolsillos. Hombros anchos, cintura estrecha, una figura imponente.Rasgos marcados, una mirada honda y un lunar bajo el ojo que, pese a su frialdad, le sumaba un encanto peligroso.Samuel enarcó una ceja y la miró desde arriba. El ligero movimiento de su cabeza al bajar la vista proyectaba un aura de autoridad natural y distante.Aitana sintió que le temblaban los labios mientras observaba, con una mezcla de emociones, al hombre distinguido y frío por el que había suspirado durante diez años.Samuel, el hombre más inalcanzable de todo Santa Cruz del Oro, el heredero del círculo social más exclusivo de la ciudad, cuyo poder lo abarcaba todo. Era guapo, rico e inteligente, el objeto de deseo de todas las mujeres, que enloquecían por él.Incluida Aitana.Lo había amado durante diez largos años.Pero ahora, de repente, ya no lo quería.Al ver que Aitana lo miraba fijamente con el rostro pálido, en silencio, en lugar de perseguirlo y armar una escena de celos como solía hacer, Samuel se sintió extrañado y no pudo evitar observarla con más detenimiento.Era la primera vez que se veían en un mes, desde aquella noche de locura.Samuel frunció sus labios delgados y sensuales. Justo cuando iba a hablar, una voz suave y cargada de culpa sonó a su lado.—Aita, ¿qué haces aquí?Melisa Blanco, vestida con un pijama de hospital a rayas azules y blancas, se acercó apoyándose en la pared.Era la hija adoptiva que la familia Galindo había acogido siete años atrás, la huérfana del benefactor de Hernán Galindo y, por tanto, la hermana nominal de Samuel. De pie junto a él, con su figura frágil y su maquillaje impecable, parecían la pareja perfecta.Melisa se cubrió la boca y tosió un par de veces, adelantándose a que cualquiera de los dos hablara, y explicó con voz suave y serena:—Aita, no te confundas, mi hermano solo me acompañó al hospital para una consulta, y el collar también…Dejó la frase a medias, una táctica que, en lugar de aclarar, solo aumentaba la ambigüedad.Samuel, temiendo que Aitana malinterpretara la situación y volviera a hacer un berrinche, le explicó el resto con el rostro serio y un dejo de impaciencia.—Hace unos días fue el aniversario luctuoso de sus padres, y la tristeza le provocó una recaída.—Ese collar de zafiros blancos tiene un valor sentimental que la calma, por eso se lo presté por unos días.Con un esfuerzo por mantener la paciencia, intentó tranquilizarla:—Al final, ese collar será tuyo. Si tanto te gustan los zafiros blancos, te compraré varios nuevos.Aitana no pudo evitar sentir que todo era ridículo.Para Samuel, ella siempre era la segunda opción.Lo que ella deseaba, solo podía tenerlo si Melisa no lo quería.«¿Tan poca cosa parezco?», pensó.Aitana levantó la vista, y sus ojos reflejaban una profunda decepción.—Samuel, no soy un centro de acopio de lo que otros desechan.—Ya que le diste el collar, déjalo que se lo quede. Y no tienes que fingir amabilidad comprándome uno nuevo, no lo necesito.La expresión fría y distinguida de Samuel cambió de repente.Frunció el ceño casi imperceptiblemente, asumiendo que Aitana simplemente estaba celosa y actuando por despecho.Sabía que Aitana había crecido consentida y era propensa a enojarse y a hacer berrinches.Crecieron juntos, y él la había consolado en innumerables ocasiones, así que se consideraba un experto en el tema.Samuel pensó que esta vez sería como todas las demás.Que Aitana, consumida por los celos, estaba molesta por su cercanía con Melisa y decía cosas hirientes para que él se rebajara a consolarla.Con un leve fruncimiento de ceño, sintiendo un atisbo de cansancio ante los caprichos de siempre, dijo con frialdad:—Aita, no hagas un drama. Meli es solo mi hermana.—¿Tu hermana? —replicó Aitana con una risa gélida—. Puro cuento. Los hombres y sus mentiras.Antes, se había tragado esa patraña, creyendo ingenuamente que él solo veía a Melisa como una hermana.¿Y cuál fue el resultado?Al pensar en el futuro miserable que le esperaba, Aitana sintió una oleada de resentimiento, pero lo que más la consumía era la rabia de haber sido engañada.—Samuel, no volveré a creerte. Tú sabes perfectamente qué sientes por Melisa.Aitana respiró hondo.Su mirada se desvió hacia el deslumbrante collar de zafiros blancos que adornaba el delicado cuello de Melisa, y una sensación de desolación y ridículo la invadió.—¡Samuel, quiero romper nuestro compromiso!Tras pronunciar esas palabras en voz baja, Aitana sintió cómo el hombre distinguido y frío frente a ella se tensaba visiblemente.Samuel bajó la mirada hacia ella. Sus ojos negros, profundos y afilados como la noche, parecían haber sido engullidos por la oscuridad, dejando solo un vacío gélido y devorador.Durante años, Aitana había sido caprichosa y había hecho berrinches, peleando con él en innumerables ocasiones.Pero esta era la primera vez que hablaba de romper el compromiso.Samuel se dio cuenta de que, esta vez, Aitana estaba realmente furiosa.Sus ojos fríos brillaron por un instante, y con su voz grave y fría, preguntó lentamente:—¿Solo porque vine al hospital a acompañar a Meli y le di el collar?—¿Y te parece poco? ¿Qué más quieres? —le espetó Aitana, con un sarcasmo creciente en la mirada—. ¿Acaso necesitas que los pesque en la cama, señor Galindo?El rostro de Samuel se ensombreció de nuevo. Una sombra de ira tiñó sus ojos oscuros; la actitud de Aitana le parecía absurda, un capricho sin sentido.La voz débil y suave de Melisa intervino en el momento justo, con un tono de sorpresa.—Aita, ¿cómo puedes pensar algo así?—Entre mi hermano y yo solo hay un cariño fraternal. Eres tú la que está malinterpretando las cosas. Y no solo porque ahora estoy casada y tengo un hijo; aunque no fuera así, mi hermano y yo… cof, cof…Melisa frunció el ceño delicadamente, cubriéndose la boca mientras tosía hasta enrojecer, con una expresión de leve reproche.Miró a Aitana con aire de resignación, como si estuviera tratando con una niña caprichosa que armaba un escándalo por nada.—Melisa, ahórrate esa fachada de santurrona y no intentes darme lecciones.Aitana soltó una risa fría, desenmascarando su teatro.—¿Te atreves a que un médico te revise ahora mismo para ver si de verdad tuviste una recaída?—Tu depresión es bastante peculiar, ¿no crees? Aparece justo cuando la necesitas y desaparece cuando ya no te sirve. Es la primera vez que veo una enfermedad que se puede controlar a voluntad.El rostro de Melisa palideció al instante. Su expresión se endureció y, de pie junto a Samuel, respondió con firmeza:—¡Aitana, no te pases de la raya! Cof, cof…Melisa, que ya de por sí era de salud frágil, se sintió tan abrumada por la ira que sus piernas flaquearon y tropezó, cayendo sobre Samuel.Samuel la sostuvo por los hombros temblorosos y, con el ceño fruncido, miró a Aitana con frialdad.—Ya basta, Aita. Tus caprichos tienen un límite.—Si quieres romper el compromiso, está bien. Mañana es el cumpleaños setenta de mi abuelo. Ve y díselo tú misma.Samuel lo dijo a propósito. Sabía que Aitana no se atrevería a romper el compromiso de verdad, y mencionar a su abuelo era una forma de hacerla retroceder.Para su sorpresa, Aitana lo miró directamente a los ojos y, de repente, sonrió.—Perfecto, Samuel. Tú lo has dicho.—Ya veremos si no te arrepientes.La despedida entre Aitana y Samuel fue de todo menos amistosa. Se quedó sola en el pasillo del hospital, y el penetrante olor a desinfectante le revolvió el estómago.Una oleada de náuseas la invadió, y no pudo evitar una arcada.Se dobló por la mitad, incapaz de enderezarse, mientras unas lágrimas asomaban a sus ojos. Tuvo que apoyarse en la pared para no caer.Aitana lo sabía. Ella y Melisa eran como dos rosas floreciendo en Santa Cruz del Oro.Melisa, la rosa blanca, era gentil, elegante, inteligente y bondadosa, admirada y cortejada por todos en la alta sociedad, un ideal de pureza inmaculada.En comparación, ella era la rosa roja, caprichosa y arrogante, con la cabeza llena de romance, siempre corriendo detrás de Samuel como una sombra. Una rosa llamativa y llena de espinas.Tras diez años de humillarse por él, Aitana se había convertido en el hazmerreír de todo Santa Cruz del Oro. La despreciaban en su círculo, y a sus espaldas, había soportado incontables miradas de desdén y burlas.

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