Capítulo 1Nina Villagrán yacía sobre una camilla de exploración rodeada de aparatos médicos, mientras escuchaba la conversación entre un hombre y una mujer.—La hija mayor de la familia Cárdenas tiene una maldita suerte —dijo el hombre—. Apenas llegó del pueblo buscando a su familia y su papá ya la manda al quirófano para sacarle un riñón. Es una lástima, con lo guapa que está.—Baja la voz —advirtió la mujer—, ella no sabe que le van a quitar un riñón.El hombre soltó una risa burlona.—¿De qué te preocupas? Le inyectaron suficiente anestesia para que duerma hasta que termine la cirugía. ¿Ya salieron los resultados de compatibilidad?—Ya, cumple con los requisitos para el trasplante. La enfermedad del señor Cárdenas ha empeorado y no se puede posponer más, la operación está programada para esta noche a las siete.El hombre levantó la camiseta de Nina y deslizó la yema de sus dedos suavemente sobre su cintura.—Dañar una piel tan suave y tersa... de verdad me duele en el alma.Cuando el hombre quiso propasarse, Nina abrió los ojos de golpe, con una mirada tan fría que parecía capaz de matar.La mujer palideció del susto.—¡Despertó! Rápido, ponle la inyección intravenosa.El hombre tomó el anestésico con rapidez e intentó acercarse, pero Nina le propinó un revés en la cara con todas sus fuerzas.—¿Crees que un cerdo asqueroso como tú puede ponerme una mano encima?La jeringa cayó al suelo.Nina no le dio tiempo de reaccionar; levantó su larga pierna y le asestó una patada brutal en el pecho.El hombre salió volando como un muñeco de trapo y, al caer, escupió una bocanada de sangre.Al ver que la situación se salía de control, la mujer corrió hacia la puerta para escapar.Pero antes de que pudiera tocar la manija, sintió un entumecimiento en todo el cuerpo; una aguja de plata, fina como un cabello, se le había clavado en la nuca.Al girar la vista, vio a Nina jugando con un bolígrafo giratorio de diseño único.La aguja había salido disparada desde el interior de ese bolígrafo giratorio.—¿Pero qué demonios...?Antes de poder terminar la frase, la mujer se desplomó inconsciente sin previo aviso.El hombre, temblando de miedo, balbuceó:—No... no te acerques. Solo nos contrataron, solo hacemos nuestro trabajo.Nina soltó una risa gélida.—Extraer órganos sin consentimiento... Doctor, su carrera terminó hoy.Sin darle oportunidad de suplicar, Nina le inyectó al médico la misma dosis de anestesia que estaba destinada para ella.Al verlos a ambos desmayados, Nina se sacudió el polvo imaginario de su ropa.Tomó una bata blanca del perchero y se la puso con calma.Se colocó un cubrebocas, cerró bien la puerta y salió de aquel lugar con total naturalidad, sin llamar la atención de nadie.Ese par de idiotas creyó que podrían drogarla con la excusa de un análisis de sangre para ADN, sin saber que ella ya estaba prevenida.Hacía unos días, un hombre que decía ser su padre la buscó, asegurando que ella era la hija perdida de la familia Cárdenas.El hombre era Gonzalo Cárdenas, una figura conocida en el mundo restaurantero de Puerto Neón.Al enterarse de que su hija vivía carencias en el pueblo con su exmujer, dijo querer compensarla por todos los años de ausencia.Pero había una condición: Nina debía ir a ese hospital privado para una prueba de paternidad.Nina no esperaba nada de ese parentesco, solo tenía curiosidad: ¿por qué Gonzalo la buscaba de repente? ¿Había algún plan sucio detrás?Así que les siguió el juego para ver qué tramaban.Y, efectivamente, el asunto no era tan simple.Gonzalo no quería compensarla; solo le interesaban sus órganos para donarle un riñón al precioso heredero que su madrastra le había dado a la familia Cárdenas y así salvarle la vida.¡Bien! ¡Perfecto!El lema de Nina era simple: si no se meten conmigo, no me meto con nadie; pero si me atacan, ¡los destruyo!Si la familia Cárdenas quería robarle un órgano, ella se encargaría de devolverles el favor con un regalo sorpresa muy especial.Al mismo tiempo, en el restaurante del último piso del Hotel Grand Majestic, se llevaba a cabo una ceremonia de firmas.Los Corbalán, una familia con cien años de historia, ocupaban una posición suprema en Puerto Neón.El líder, Máximo Corbalán, era joven pero ya una leyenda viviente; todos se referían a él con total respeto.Quien tenía el honor de firmar contrato con la familia Corbalán era Victoria Cárdenas, una joven genio nacida en cuna de oro y aclamada como la nueva estrella del hackeo.Su sistema de seguridad cibernética había ganado premios recientemente y su fama en Puerto Neón estaba por las nubes.Máximo apreciaba el potencial de Victoria y decidió asegurarla para su empresa antes de que terminara sus estudios.En la firma, además de los guardaespaldas y asistentes de Máximo, estaban presentes los padres de Victoria.—Dejo a mi Victoria en manos del señor Corbalán —dijo Gonzalo, el padre de la chica.Estaba eufórico por haber logrado relacionarse con un gigante como la familia Corbalán.Incluso se le olvidó por un momento que su hijo esperaba un riñón en el hospital.La madre de Victoria, Alma Téllez, quien alguna vez fue una actriz famosa, sonreía mientras elogiaba a su hija:—Con el sistema de seguridad diseñado por Victoria en el Hotel Grand Majestic, el señor Corbalán podrá dormir tranquilo.Ante el entusiasmo de los Cárdenas, Máximo mantenía una cortesía distante.—Son muy amables.Victoria miraba de reojo a Máximo.Ese hombre era tan guapo que parecía un pecado, y su aire de nobleza estaba a años luz de los juniors ricos con los que ella solía tratar.Convertirse en la señora Corbalán, la dueña y señora de la familia, era el sueño supremo de Victoria.Justo cuando el ambiente estaba en su mejor momento, las luces parpadearon.—¿Qué pasa? —preguntó Alma, confundida.Más de diez guardaespaldas aparecieron de la nada, rodeando a Máximo en una formación defensiva impenetrable.Se movieron tan rápido que los Cárdenas ni siquiera pudieron reaccionar.De pronto, se escuchó un estallido y la lámpara de cristal del techo, valorada en millones, explotó.La explosión activó la alarma contra incendios y los rociadores del techo comenzaron a disparar agua.Un guardaespaldas abrió un paraguas negro en una fracción de segundo, evitando que su jefe se mojara.Máximo permaneció sentado como un rey en su trono, con expresión impasible, sin mostrar la más mínima sorpresa ante el caos.—¿Hay un incendio? —chilló Alma.—Mamá, cálmate —la tranquilizó Victoria—, no olvides que estamos en nuestro terreno.El Hotel Grand Majestic era propiedad de los Corbalán y, hacía apenas unas horas, habían activado oficialmente el sistema de seguridad de Victoria.La ironía fue brutal: el sistema no llevaba ni un día funcionando y ya había fallado catastróficamente.Los guardaespaldas apagaron la alarma y el agua dejó de caer poco a poco. El hombre del paraguas se retiró respetuosamente.La puerta se abrió desde fuera y entró Nina, con una gorra negra y sin invitación.Era alta y de figura atlética; aunque la visera le cubría media cara, no podía ocultar su belleza natural.Cuando Máximo vio el rostro de Nina, una pizca de sorpresa cruzó por sus ojos.«¿Es ella?»Al notar que sus guardaespaldas iban a atacar a la intrusa, Máximo los detuvo con un gesto discreto, indicándoles que esperaran.Quería ver qué juego traía esa mujer.Nina miró a Máximo de reojo y luego lo ignoró por completo.Gonzalo fue el primero en reaccionar:—Nina, ¿qué haces aquí?¿No se suponía que a esta hora debía estar en el hospital privado haciéndose las pruebas para el trasplante?Nina le lanzó un informe médico.—Dijiste que si demostraba que somos padre e hija, me darías la mitad de los bienes de la familia. Aquí está el resultado de ADN. ¿Vas a cumplir tu promesa ahora mismo?Alma rompió el informe en dos.—Con un papel falsificado quieres llevarte el dinero de los Cárdenas. ¡Sigue soñando!Nina sonrió.—Tengo muchas copias más de ese mismo informe.Gonzalo frunció el ceño.—¿Qué es lo que quieres?Intentaba mantener la calma, pero por dentro estaba aterrorizado.Si esa mocosa estaba aquí, ¿significaba que el plan del hospital se había ido al diablo?Nina notó el pánico en sus ojos, pero no mencionó nada del hospital.—Los Cárdenas tienen su estatus actual gracias a las recetas que mi madre dejó antes del divorcio.—Ella no peleó nada porque estaba destrozada por tu traición. Pero como su hija, no voy a permitir que se burlen de ella.—Según mis cálculos, el valor de los negocios de la familia ronda los cuatro mil millones. No pido mucho: deposita dos mil millones en mi cuenta en tres días.Victoria estaba tan furiosa que olvidó sus modales.—¡Nina, no seas cínica! Mi papá te quiso ayudar porque vivías en la miseria en ese pueblo. Si no fuera por lástima, no tendrías derecho ni a pisar la casa de los Cárdenas.Nina miró a Victoria con desdén.—¿Y tú quién eres?Victoria sacó el pecho con arrogancia.—Soy la hija legítima de la familia Cárdenas.Nina fingió recordarla de repente.—Ah, ¿tú eres la ridícula que se inventó lo de «genio académica» con un sistema de seguridad premiado?Victoria se puso roja de ira.—¿A quién llamas la ridícula?Nina señaló con la barbilla el desastre en la habitación.—Un verdadero genio no hace el ridículo frente a todos.La actitud de Nina encendió a Victoria, quien levantó la mano para abofetearla.Nina esquivó el golpe y le devolvió una cachetada con tal fuerza que Victoria dio dos vueltas antes de caer al suelo.El sonido seco del golpe sacó a todos de su asombro.—¿Te atreves a pegarme? —gritó Victoria llevándose la mano a la cara.Nina se sobó la palma de la mano, que le había quedado entumecida.—¿Pegarte? Eso fue defensa propia. ¿No fuiste tú la que intentó golpearme primero?Al ver a su hija en el suelo, Alma estalló en insultos.—¡Maldita! ¿Cómo te atreves a golpear a la gente, bastarda?La palabra «bastarda» detonó algo en Nina.Tomó una copa de vino tinto de la mesa y se la arrojó a Alma en la cara.—Si mi madre no le hubiera dejado el lugar a una zorra sin vergüenza como tú, los bastardos serían esos dos hijos que tuviste después de seducir a un hombre casado.El vino tinto arruinó el maquillaje impecable de Alma, dejándola irreconocible.Nina nunca había sido alguien que se dejara pisotear.Si los Cárdenas se atrevían a conspirar contra ella, tendrían que aguantar las consecuencias.Al ver a su esposa e hija humilladas, Gonzalo estalló de furia.—¡Nina! ¡Detente! ¿Cómo te atreves a tratar así a Alma y a Vic? ¿No tienes respeto?—¿Respeto? —respondió Nina—. Explícame qué es eso.Alma se limpió el vino de la cara.—Atreverte a hacer un escándalo en el lugar del señor Corbalán te va a costar la vida.Nina miró a Máximo.—¿Es cierto lo que dice?Máximo permaneció impasible.—Puedes comprobarlo.Nina encontró un bate de béisbol decorativo en un rincón y sopesó el bate en la mano.Ante la mirada atónita de todos, Nina levantó el bate con arrogancia y comenzó a destrozar toda la decoración de la habitación.Sus movimientos eran rápidos y fluidos.En un instante, el lujoso salón privado quedó convertido en un basurero.Tras destruir el lugar, Nina soltó unas palabras con total calma:—¡Comprobado!Máximo, que observaba el espectáculo, se quedó mudo.Al igual que sus guardaespaldas y asistentes, que no daban crédito a lo que veían.Capítulo 2Nina Villagrán yacía sobre una camilla de exploración rodeada de aparatos médicos, mientras escuchaba la conversación entre un hombre y una mujer.—La hija mayor de la familia Cárdenas tiene una maldita suerte —dijo el hombre—. Apenas llegó del pueblo buscando a su familia y su papá ya la manda al quirófano para sacarle un riñón. Es una lástima, con lo guapa que está.—Baja la voz —advirtió la mujer—, ella no sabe que le van a quitar un riñón.El hombre soltó una risa burlona.—¿De qué te preocupas? Le inyectaron suficiente anestesia para que duerma hasta que termine la cirugía. ¿Ya salieron los resultados de compatibilidad?—Ya, cumple con los requisitos para el trasplante. La enfermedad del señor Cárdenas ha empeorado y no se puede posponer más, la operación está programada para esta noche a las siete.El hombre levantó la camiseta de Nina y deslizó la yema de sus dedos suavemente sobre su cintura.—Dañar una piel tan suave y tersa... de verdad me duele en el alma.Cuando el hombre quiso propasarse, Nina abrió los ojos de golpe, con una mirada tan fría que parecía capaz de matar.La mujer palideció del susto.—¡Despertó! Rápido, ponle la inyección intravenosa.El hombre tomó el anestésico con rapidez e intentó acercarse, pero Nina le propinó un revés en la cara con todas sus fuerzas.—¿Crees que un cerdo asqueroso como tú puede ponerme una mano encima?La jeringa cayó al suelo.Nina no le dio tiempo de reaccionar; levantó su larga pierna y le asestó una patada brutal en el pecho.El hombre salió volando como un muñeco de trapo y, al caer, escupió una bocanada de sangre.Al ver que la situación se salía de control, la mujer corrió hacia la puerta para escapar.Pero antes de que pudiera tocar la manija, sintió un entumecimiento en todo el cuerpo; una aguja de plata, fina como un cabello, se le había clavado en la nuca.Al girar la vista, vio a Nina jugando con un bolígrafo giratorio de diseño único.La aguja había salido disparada desde el interior de ese bolígrafo giratorio.—¿Pero qué demonios...?Antes de poder terminar la frase, la mujer se desplomó inconsciente sin previo aviso.El hombre, temblando de miedo, balbuceó:—No... no te acerques. Solo nos contrataron, solo hacemos nuestro trabajo.Nina soltó una risa gélida.—Extraer órganos sin consentimiento... Doctor, su carrera terminó hoy.Sin darle oportunidad de suplicar, Nina le inyectó al médico la misma dosis de anestesia que estaba destinada para ella.Al verlos a ambos desmayados, Nina se sacudió el polvo imaginario de su ropa.Tomó una bata blanca del perchero y se la puso con calma.Se colocó un cubrebocas, cerró bien la puerta y salió de aquel lugar con total naturalidad, sin llamar la atención de nadie.Ese par de idiotas creyó que podrían drogarla con la excusa de un análisis de sangre para ADN, sin saber que ella ya estaba prevenida.Hacía unos días, un hombre que decía ser su padre la buscó, asegurando que ella era la hija perdida de la familia Cárdenas.El hombre era Gonzalo Cárdenas, una figura conocida en el mundo restaurantero de Puerto Neón.Al enterarse de que su hija vivía carencias en el pueblo con su exmujer, dijo querer compensarla por todos los años de ausencia.Pero había una condición: Nina debía ir a ese hospital privado para una prueba de paternidad.Nina no esperaba nada de ese parentesco, solo tenía curiosidad: ¿por qué Gonzalo la buscaba de repente? ¿Había algún plan sucio detrás?Así que les siguió el juego para ver qué tramaban.Y, efectivamente, el asunto no era tan simple.Gonzalo no quería compensarla; solo le interesaban sus órganos para donarle un riñón al precioso heredero que su madrastra le había dado a la familia Cárdenas y así salvarle la vida.¡Bien! ¡Perfecto!El lema de Nina era simple: si no se meten conmigo, no me meto con nadie; pero si me atacan, ¡los destruyo!Si la familia Cárdenas quería robarle un órgano, ella se encargaría de devolverles el favor con un regalo sorpresa muy especial.Al mismo tiempo, en el restaurante del último piso del Hotel Grand Majestic, se llevaba a cabo una ceremonia de firmas.Los Corbalán, una familia con cien años de historia, ocupaban una posición suprema en Puerto Neón.El líder, Máximo Corbalán, era joven pero ya una leyenda viviente; todos se referían a él con total respeto.Quien tenía el honor de firmar contrato con la familia Corbalán era Victoria Cárdenas, una joven genio nacida en cuna de oro y aclamada como la nueva estrella del hackeo.Su sistema de seguridad cibernética había ganado premios recientemente y su fama en Puerto Neón estaba por las nubes.Máximo apreciaba el potencial de Victoria y decidió asegurarla para su empresa antes de que terminara sus estudios.En la firma, además de los guardaespaldas y asistentes de Máximo, estaban presentes los padres de Victoria.—Dejo a mi Victoria en manos del señor Corbalán —dijo Gonzalo, el padre de la chica.Estaba eufórico por haber logrado relacionarse con un gigante como la familia Corbalán.Incluso se le olvidó por un momento que su hijo esperaba un riñón en el hospital.La madre de Victoria, Alma Téllez, quien alguna vez fue una actriz famosa, sonreía mientras elogiaba a su hija:—Con el sistema de seguridad diseñado por Victoria en el Hotel Grand Majestic, el señor Corbalán podrá dormir tranquilo.Ante el entusiasmo de los Cárdenas, Máximo mantenía una cortesía distante.—Son muy amables.Victoria miraba de reojo a Máximo.Ese hombre era tan guapo que parecía un pecado, y su aire de nobleza estaba a años luz de los juniors ricos con los que ella solía tratar.Convertirse en la señora Corbalán, la dueña y señora de la familia, era el sueño supremo de Victoria.Justo cuando el ambiente estaba en su mejor momento, las luces parpadearon.—¿Qué pasa? —preguntó Alma, confundida.Más de diez guardaespaldas aparecieron de la nada, rodeando a Máximo en una formación defensiva impenetrable.Se movieron tan rápido que los Cárdenas ni siquiera pudieron reaccionar.De pronto, se escuchó un estallido y la lámpara de cristal del techo, valorada en millones, explotó.La explosión activó la alarma contra incendios y los rociadores del techo comenzaron a disparar agua.Un guardaespaldas abrió un paraguas negro en una fracción de segundo, evitando que su jefe se mojara.Máximo permaneció sentado como un rey en su trono, con expresión impasible, sin mostrar la más mínima sorpresa ante el caos.—¿Hay un incendio? —chilló Alma.—Mamá, cálmate —la tranquilizó Victoria—, no olvides que estamos en nuestro terreno.El Hotel Grand Majestic era propiedad de los Corbalán y, hacía apenas unas horas, habían activado oficialmente el sistema de seguridad de Victoria.La ironía fue brutal: el sistema no llevaba ni un día funcionando y ya había fallado catastróficamente.Los guardaespaldas apagaron la alarma y el agua dejó de caer poco a poco. El hombre del paraguas se retiró respetuosamente.La puerta se abrió desde fuera y entró Nina, con una gorra negra y sin invitación.Era alta y de figura atlética; aunque la visera le cubría media cara, no podía ocultar su belleza natural.Cuando Máximo vio el rostro de Nina, una pizca de sorpresa cruzó por sus ojos.«¿Es ella?»Al notar que sus guardaespaldas iban a atacar a la intrusa, Máximo los detuvo con un gesto discreto, indicándoles que esperaran.Quería ver qué juego traía esa mujer.Nina miró a Máximo de reojo y luego lo ignoró por completo.Gonzalo fue el primero en reaccionar:—Nina, ¿qué haces aquí?¿No se suponía que a esta hora debía estar en el hospital privado haciéndose las pruebas para el trasplante?Nina le lanzó un informe médico.—Dijiste que si demostraba que somos padre e hija, me darías la mitad de los bienes de la familia. Aquí está el resultado de ADN. ¿Vas a cumplir tu promesa ahora mismo?Alma rompió el informe en dos.—Con un papel falsificado quieres llevarte el dinero de los Cárdenas. ¡Sigue soñando!Nina sonrió.—Tengo muchas copias más de ese mismo informe.Gonzalo frunció el ceño.—¿Qué es lo que quieres?Intentaba mantener la calma, pero por dentro estaba aterrorizado.Si esa mocosa estaba aquí, ¿significaba que el plan del hospital se había ido al diablo?Nina notó el pánico en sus ojos, pero no mencionó nada del hospital.—Los Cárdenas tienen su estatus actual gracias a las recetas que mi madre dejó antes del divorcio.—Ella no peleó nada porque estaba destrozada por tu traición. Pero como su hija, no voy a permitir que se burlen de ella.—Según mis cálculos, el valor de los negocios de la familia ronda los cuatro mil millones. No pido mucho: deposita dos mil millones en mi cuenta en tres días.Victoria estaba tan furiosa que olvidó sus modales.—¡Nina, no seas cínica! Mi papá te quiso ayudar porque vivías en la miseria en ese pueblo. Si no fuera por lástima, no tendrías derecho ni a pisar la casa de los Cárdenas.Nina miró a Victoria con desdén.—¿Y tú quién eres?Victoria sacó el pecho con arrogancia.—Soy la hija legítima de la familia Cárdenas.Nina fingió recordarla de repente.—Ah, ¿tú eres la ridícula que se inventó lo de «genio académica» con un sistema de seguridad premiado?Victoria se puso roja de ira.—¿A quién llamas la ridícula?Nina señaló con la barbilla el desastre en la habitación.—Un verdadero genio no hace el ridículo frente a todos.La actitud de Nina encendió a Victoria, quien levantó la mano para abofetearla.Nina esquivó el golpe y le devolvió una cachetada con tal fuerza que Victoria dio dos vueltas antes de caer al suelo.El sonido seco del golpe sacó a todos de su asombro.—¿Te atreves a pegarme? —gritó Victoria llevándose la mano a la cara.Nina se sobó la palma de la mano, que le había quedado entumecida.—¿Pegarte? Eso fue defensa propia. ¿No fuiste tú la que intentó golpearme primero?Al ver a su hija en el suelo, Alma estalló en insultos.—¡Maldita! ¿Cómo te atreves a golpear a la gente, bastarda?La palabra «bastarda» detonó algo en Nina.Tomó una copa de vino tinto de la mesa y se la arrojó a Alma en la cara.—Si mi madre no le hubiera dejado el lugar a una zorra sin vergüenza como tú, los bastardos serían esos dos hijos que tuviste después de seducir a un hombre casado.El vino tinto arruinó el maquillaje impecable de Alma, dejándola irreconocible.Nina nunca había sido alguien que se dejara pisotear.Si los Cárdenas se atrevían a conspirar contra ella, tendrían que aguantar las consecuencias.Al ver a su esposa e hija humilladas, Gonzalo estalló de furia.—¡Nina! ¡Detente! ¿Cómo te atreves a tratar así a Alma y a Vic? ¿No tienes respeto?—¿Respeto? —respondió Nina—. Explícame qué es eso.Alma se limpió el vino de la cara.—Atreverte a hacer un escándalo en el lugar del señor Corbalán te va a costar la vida.Nina miró a Máximo.—¿Es cierto lo que dice?Máximo permaneció impasible.—Puedes comprobarlo.Nina encontró un bate de béisbol decorativo en un rincón y sopesó el bate en la mano.Ante la mirada atónita de todos, Nina levantó el bate con arrogancia y comenzó a destrozar toda la decoración de la habitación.Sus movimientos eran rápidos y fluidos.En un instante, el lujoso salón privado quedó convertido en un basurero.Tras destruir el lugar, Nina soltó unas palabras con total calma:—¡Comprobado!Máximo, que observaba el espectáculo, se quedó mudo.Al igual que sus guardaespaldas y asistentes, que no daban crédito a lo que veían.Capítulo 3Nina Villagrán yacía sobre una camilla de exploración rodeada de aparatos médicos, mientras escuchaba la conversación entre un hombre y una mujer.—La hija mayor de la familia Cárdenas tiene una maldita suerte —dijo el hombre—. Apenas llegó del pueblo buscando a su familia y su papá ya la manda al quirófano para sacarle un riñón. Es una lástima, con lo guapa que está.—Baja la voz —advirtió la mujer—, ella no sabe que le van a quitar un riñón.El hombre soltó una risa burlona.—¿De qué te preocupas? Le inyectaron suficiente anestesia para que duerma hasta que termine la cirugía. ¿Ya salieron los resultados de compatibilidad?—Ya, cumple con los requisitos para el trasplante. La enfermedad del señor Cárdenas ha empeorado y no se puede posponer más, la operación está programada para esta noche a las siete.El hombre levantó la camiseta de Nina y deslizó la yema de sus dedos suavemente sobre su cintura.—Dañar una piel tan suave y tersa... de verdad me duele en el alma.Cuando el hombre quiso propasarse, Nina abrió los ojos de golpe, con una mirada tan fría que parecía capaz de matar.La mujer palideció del susto.—¡Despertó! Rápido, ponle la inyección intravenosa.El hombre tomó el anestésico con rapidez e intentó acercarse, pero Nina le propinó un revés en la cara con todas sus fuerzas.—¿Crees que un cerdo asqueroso como tú puede ponerme una mano encima?La jeringa cayó al suelo.Nina no le dio tiempo de reaccionar; levantó su larga pierna y le asestó una patada brutal en el pecho.El hombre salió volando como un muñeco de trapo y, al caer, escupió una bocanada de sangre.Al ver que la situación se salía de control, la mujer corrió hacia la puerta para escapar.Pero antes de que pudiera tocar la manija, sintió un entumecimiento en todo el cuerpo; una aguja de plata, fina como un cabello, se le había clavado en la nuca.Al girar la vista, vio a Nina jugando con un bolígrafo giratorio de diseño único.La aguja había salido disparada desde el interior de ese bolígrafo giratorio.—¿Pero qué demonios...?Antes de poder terminar la frase, la mujer se desplomó inconsciente sin previo aviso.El hombre, temblando de miedo, balbuceó:—No... no te acerques. Solo nos contrataron, solo hacemos nuestro trabajo.Nina soltó una risa gélida.—Extraer órganos sin consentimiento... Doctor, su carrera terminó hoy.Sin darle oportunidad de suplicar, Nina le inyectó al médico la misma dosis de anestesia que estaba destinada para ella.Al verlos a ambos desmayados, Nina se sacudió el polvo imaginario de su ropa.Tomó una bata blanca del perchero y se la puso con calma.Se colocó un cubrebocas, cerró bien la puerta y salió de aquel lugar con total naturalidad, sin llamar la atención de nadie.Ese par de idiotas creyó que podrían drogarla con la excusa de un análisis de sangre para ADN, sin saber que ella ya estaba prevenida.Hacía unos días, un hombre que decía ser su padre la buscó, asegurando que ella era la hija perdida de la familia Cárdenas.El hombre era Gonzalo Cárdenas, una figura conocida en el mundo restaurantero de Puerto Neón.Al enterarse de que su hija vivía carencias en el pueblo con su exmujer, dijo querer compensarla por todos los años de ausencia.Pero había una condición: Nina debía ir a ese hospital privado para una prueba de paternidad.Nina no esperaba nada de ese parentesco, solo tenía curiosidad: ¿por qué Gonzalo la buscaba de repente? ¿Había algún plan sucio detrás?Así que les siguió el juego para ver qué tramaban.Y, efectivamente, el asunto no era tan simple.Gonzalo no quería compensarla; solo le interesaban sus órganos para donarle un riñón al precioso heredero que su madrastra le había dado a la familia Cárdenas y así salvarle la vida.¡Bien! ¡Perfecto!El lema de Nina era simple: si no se meten conmigo, no me meto con nadie; pero si me atacan, ¡los destruyo!Si la familia Cárdenas quería robarle un órgano, ella se encargaría de devolverles el favor con un regalo sorpresa muy especial.Al mismo tiempo, en el restaurante del último piso del Hotel Grand Majestic, se llevaba a cabo una ceremonia de firmas.Los Corbalán, una familia con cien años de historia, ocupaban una posición suprema en Puerto Neón.El líder, Máximo Corbalán, era joven pero ya una leyenda viviente; todos se referían a él con total respeto.Quien tenía el honor de firmar contrato con la familia Corbalán era Victoria Cárdenas, una joven genio nacida en cuna de oro y aclamada como la nueva estrella del hackeo.Su sistema de seguridad cibernética había ganado premios recientemente y su fama en Puerto Neón estaba por las nubes.Máximo apreciaba el potencial de Victoria y decidió asegurarla para su empresa antes de que terminara sus estudios.En la firma, además de los guardaespaldas y asistentes de Máximo, estaban presentes los padres de Victoria.—Dejo a mi Victoria en manos del señor Corbalán —dijo Gonzalo, el padre de la chica.Estaba eufórico por haber logrado relacionarse con un gigante como la familia Corbalán.Incluso se le olvidó por un momento que su hijo esperaba un riñón en el hospital.La madre de Victoria, Alma Téllez, quien alguna vez fue una actriz famosa, sonreía mientras elogiaba a su hija:—Con el sistema de seguridad diseñado por Victoria en el Hotel Grand Majestic, el señor Corbalán podrá dormir tranquilo.Ante el entusiasmo de los Cárdenas, Máximo mantenía una cortesía distante.—Son muy amables.Victoria miraba de reojo a Máximo.Ese hombre era tan guapo que parecía un pecado, y su aire de nobleza estaba a años luz de los juniors ricos con los que ella solía tratar.Convertirse en la señora Corbalán, la dueña y señora de la familia, era el sueño supremo de Victoria.Justo cuando el ambiente estaba en su mejor momento, las luces parpadearon.—¿Qué pasa? —preguntó Alma, confundida.Más de diez guardaespaldas aparecieron de la nada, rodeando a Máximo en una formación defensiva impenetrable.Se movieron tan rápido que los Cárdenas ni siquiera pudieron reaccionar.De pronto, se escuchó un estallido y la lámpara de cristal del techo, valorada en millones, explotó.La explosión activó la alarma contra incendios y los rociadores del techo comenzaron a disparar agua.Un guardaespaldas abrió un paraguas negro en una fracción de segundo, evitando que su jefe se mojara.Máximo permaneció sentado como un rey en su trono, con expresión impasible, sin mostrar la más mínima sorpresa ante el caos.—¿Hay un incendio? —chilló Alma.—Mamá, cálmate —la tranquilizó Victoria—, no olvides que estamos en nuestro terreno.El Hotel Grand Majestic era propiedad de los Corbalán y, hacía apenas unas horas, habían activado oficialmente el sistema de seguridad de Victoria.La ironía fue brutal: el sistema no llevaba ni un día funcionando y ya había fallado catastróficamente.Los guardaespaldas apagaron la alarma y el agua dejó de caer poco a poco. El hombre del paraguas se retiró respetuosamente.La puerta se abrió desde fuera y entró Nina, con una gorra negra y sin invitación.Era alta y de figura atlética; aunque la visera le cubría media cara, no podía ocultar su belleza natural.Cuando Máximo vio el rostro de Nina, una pizca de sorpresa cruzó por sus ojos.«¿Es ella?»Al notar que sus guardaespaldas iban a atacar a la intrusa, Máximo los detuvo con un gesto discreto, indicándoles que esperaran.Quería ver qué juego traía esa mujer.Nina miró a Máximo de reojo y luego lo ignoró por completo.Gonzalo fue el primero en reaccionar:—Nina, ¿qué haces aquí?¿No se suponía que a esta hora debía estar en el hospital privado haciéndose las pruebas para el trasplante?Nina le lanzó un informe médico.—Dijiste que si demostraba que somos padre e hija, me darías la mitad de los bienes de la familia. Aquí está el resultado de ADN. ¿Vas a cumplir tu promesa ahora mismo?Alma rompió el informe en dos.—Con un papel falsificado quieres llevarte el dinero de los Cárdenas. ¡Sigue soñando!Nina sonrió.—Tengo muchas copias más de ese mismo informe.Gonzalo frunció el ceño.—¿Qué es lo que quieres?Intentaba mantener la calma, pero por dentro estaba aterrorizado.Si esa mocosa estaba aquí, ¿significaba que el plan del hospital se había ido al diablo?Nina notó el pánico en sus ojos, pero no mencionó nada del hospital.—Los Cárdenas tienen su estatus actual gracias a las recetas que mi madre dejó antes del divorcio.—Ella no peleó nada porque estaba destrozada por tu traición. Pero como su hija, no voy a permitir que se burlen de ella.—Según mis cálculos, el valor de los negocios de la familia ronda los cuatro mil millones. No pido mucho: deposita dos mil millones en mi cuenta en tres días.Victoria estaba tan furiosa que olvidó sus modales.—¡Nina, no seas cínica! Mi papá te quiso ayudar porque vivías en la miseria en ese pueblo. Si no fuera por lástima, no tendrías derecho ni a pisar la casa de los Cárdenas.Nina miró a Victoria con desdén.—¿Y tú quién eres?Victoria sacó el pecho con arrogancia.—Soy la hija legítima de la familia Cárdenas.Nina fingió recordarla de repente.—Ah, ¿tú eres la ridícula que se inventó lo de «genio académica» con un sistema de seguridad premiado?Victoria se puso roja de ira.—¿A quién llamas la ridícula?Nina señaló con la barbilla el desastre en la habitación.—Un verdadero genio no hace el ridículo frente a todos.La actitud de Nina encendió a Victoria, quien levantó la mano para abofetearla.Nina esquivó el golpe y le devolvió una cachetada con tal fuerza que Victoria dio dos vueltas antes de caer al suelo.El sonido seco del golpe sacó a todos de su asombro.—¿Te atreves a pegarme? —gritó Victoria llevándose la mano a la cara.Nina se sobó la palma de la mano, que le había quedado entumecida.—¿Pegarte? Eso fue defensa propia. ¿No fuiste tú la que intentó golpearme primero?Al ver a su hija en el suelo, Alma estalló en insultos.—¡Maldita! ¿Cómo te atreves a golpear a la gente, bastarda?La palabra «bastarda» detonó algo en Nina.Tomó una copa de vino tinto de la mesa y se la arrojó a Alma en la cara.—Si mi madre no le hubiera dejado el lugar a una zorra sin vergüenza como tú, los bastardos serían esos dos hijos que tuviste después de seducir a un hombre casado.El vino tinto arruinó el maquillaje impecable de Alma, dejándola irreconocible.Nina nunca había sido alguien que se dejara pisotear.Si los Cárdenas se atrevían a conspirar contra ella, tendrían que aguantar las consecuencias.Al ver a su esposa e hija humilladas, Gonzalo estalló de furia.—¡Nina! ¡Detente! ¿Cómo te atreves a tratar así a Alma y a Vic? ¿No tienes respeto?—¿Respeto? —respondió Nina—. Explícame qué es eso.Alma se limpió el vino de la cara.—Atreverte a hacer un escándalo en el lugar del señor Corbalán te va a costar la vida.Nina miró a Máximo.—¿Es cierto lo que dice?Máximo permaneció impasible.—Puedes comprobarlo.Nina encontró un bate de béisbol decorativo en un rincón y sopesó el bate en la mano.Ante la mirada atónita de todos, Nina levantó el bate con arrogancia y comenzó a destrozar toda la decoración de la habitación.Sus movimientos eran rápidos y fluidos.En un instante, el lujoso salón privado quedó convertido en un basurero.Tras destruir el lugar, Nina soltó unas palabras con total calma:—¡Comprobado!Máximo, que observaba el espectáculo, se quedó mudo.Al igual que sus guardaespaldas y asistentes, que no daban crédito a lo que veían.