Durante seis años, Nerea Galarza fue la esposa invisible de Cristian Vega, el hombre más poderoso de Puerto San Martín. Soportó su frialdad y el desprecio de una familia política que nunca la aceptó. Pero la herida más profunda no vino de su esposo, sino de su propio hijo: un niño que, manipulado por la amante de su padre, terminó llamando "mamá" a otra mujer y despreciando a quien le dio la vida. Nerea era, ante los ojos del mundo, una mujer sumisa y sin ambiciones. Lo que nadie sospechaba es que, detrás de esa fachada, se encontraba una de las mentes científicas más brillantes del país, custodiando un proyecto de investigación valorado en decenas de millones. El día que su hijo la humilló para complacer a la "otra", algo se rompió dentro de Nerea. Ya no habría más súplicas ni lágrimas. Con su millonario fondo de investigación y su intelecto como única arma, Nerea desaparece de la vida de los Vega sin dejar rastro. Ahora, mientras Cristian comienza a descubrir que la mujer que abandonó era el pilar que sostenía su imperio y su mundo, Nerea regresa, pero no como la esposa arrepentida, sino como una reina de la industria a la que todos deben rendir pleitesía. ¿Podrá el arrepentimiento de un hombre frío y las lágrimas de un hijo ingrato recuperar el amor de la mujer que una vez destruyeron? La traición tiene un precio, y Nerea Galarza ha venido a cobrarlo.

Capítulo 1El cielo estaba cubierto de nubarrones negros; una lluvia torrencial caía acompañada de truenos.Bajo el alero de la caseta de seguridad en la entrada de la Universidad Politécnica del Valle, un grupo de personas se resguardaba de la lluvia. Nerea Galarza era una de ellas. A su alrededor, solo se escuchaban las quejas coquetas de las chicas, lamentándose porque sus novios tardaban en pasar por ellas en coche.Fue entonces cuando Nerea recordó, con cierto retraso, que ella también tenía marido.La Torre de Vega estaba cerca de ahí. Se preguntó si Cristian Vega podría pasar a recogerla.Al pensar en Cristian, Nerea sintió una punzada en el corazón, un dolor agudo y amargo.A pesar de llevar seis años casados y tener un hijo de cinco, Cristian seguía siendo frío con ella.Nerea dudó un momento antes de marcar el número. El teléfono sonó durante un largo rato antes de que contestaran.—¿Qué pasa? —La voz del hombre sonaba tan fría como siempre.Justo en ese instante, una ráfaga de viento helado, cargada de lluvia, golpeó a Nerea, provocando que el frío le calara hasta los huesos.Su voz tembló ligeramente.—Estoy cerca de tu oficina. ¿Podrías venir por mí?—Tengo cosas que hacer. Le diré al chofer que vaya.El hombre colgó sin más, y el tono de llamada finalizada resonó en el oído de Nerea.Nerea mantuvo la postura, sosteniendo el celular junto a su oreja durante varios segundos, hasta que parpadeó suavemente y dejó escapar un suspiro casi imperceptible. No debería haberse hecho ilusiones.En realidad, ya había contactado al chofer de la casa, pero debido a la tormenta, había tenido un choque leve en el camino y no llegaría pronto.Y las aplicaciones de transporte...Nerea bajó la mirada para revisar su celular. Antes de la llamada había 66 personas en espera; ahora la cifra se había disparado a 266, y seguía subiendo.—¡Guau!De repente, escuchó una exclamación de asombro a su alrededor.Nerea levantó la vista. Un Rolls-Royce Phantom apareció ante sus ojos. La matrícula le resultaba dolorosamente familiar.El corazón de Nerea se aceleró. ¿Había venido por ella?Pero entonces recordó que ni siquiera le había dicho a aquel hombre que estaba en la Universidad Politécnica del Valle antes de que él colgara.El chofer abrió respetuosamente la puerta trasera y un hombre alto, apuesto y vestido con un traje impecable bajó del vehículo. No era otro que su marido.La mirada profunda y penetrante de Cristian parecía buscar algo mientras barría la zona, hasta que se detuvieron en ella.Nerea esbozó una leve sonrisa, pero Cristian frunció ligeramente el ceño al verla.Fue en ese momento que Cristian recordó que Nerea estaba cursando una maestría en esa universidad.—¡Cris! ¡Aquí estoy!Una voz femenina y seductora estalló cerca del oído de Nerea, como un trueno repentino. Nerea palideció. Era... Isabel Echeverría.El viejo amor de Cristian.La mirada de Cristian se apartó de Nerea sin el menor rastro de apego y se posó en Isabel.En ese instante, Nerea vio con claridad cómo la frialdad habitual en los ojos de Cristian se transformaba en una sonrisa tierna mientras caminaba a grandes zancadas hacia Isabel, protegiéndola con el paraguas.Así que las «cosas que tenía que hacer» eran venir a recoger a Isabel.El hombre desplegó el abrigo que llevaba en el brazo y, con una caballerosidad y ternura infinitas, se lo puso a Isabel sobre los hombros. Luego, rodeándola con su largo brazo, la guio con cuidado hacia el coche.De principio a fin, no volvió a mirar a Nerea ni una sola vez, como si en sus ojos solo cupiera esa mujer llamada Isabel.Como si... nunca hubiera visto a su esposa.—«Si me dieran solo 24 horas, yo la' aprovecho. Juro que yo voy a hacerte cosas que nunca te han hecho. Ya yo me cansé de ser amigo' con derecho'. Yo tal vez no te merezco, pero no hay ni que decirlo...» —La melodía de «Pareja del Año» de Yatra sonó cerca de Nerea; una de las chicas a su lado comenzó a cantarla.La chica suspiró: —Maldita sea, otro día siendo espectadora de la felicidad ajena.Otra chica comentó: —Ni que lo digas. Viste cómo inclinó todo el paraguas hacia ella. No quería que su novia se mojara ni una gota. Yo también quiero un novio así.—Pues vuelve a nacer. ¿No viste que la novia tiene cuerpazo y es guapísima? Mírate tú, ¿qué tienes?Nerea escuchó los murmullos de las amigas y una sonrisa de autodesprecio se dibujó en sus labios.Sí, ¿qué estaba esperando?¿Acaso no se había acostumbrado ya después de tantos años de matrimonio?Siempre había sido ella quien se lanzaba al fuego como una polilla por él, mientras que a Cristian nunca le había importado en lo absoluto.El celular de Nerea sonó, sacándola de sus pensamientos. Al ver el nombre en la pantalla, una sonrisa suave apareció en su rostro.—Ulises.—¡Mamá! —La voz del niño sonaba llena de quejas y berrinche al otro lado de la línea—. ¿Qué horas son estas? ¿Cuándo vas a venir por mí? ¡Soy el único que queda en el salón!Esta mañana, al dejar a Ulises Vega en el jardín de niños, le había prometido que iría a recogerlo temprano. Si no fuera por la tormenta, jamás habría faltado a su palabra.Nerea se disculpó con voz suave:—Perdóname, mi amor. Está cayendo un tormentón por acá y hubo un percance en el camino. Mamá no puede llegar ahorita, ¿está bien si le digo a papá que pase por ti?—¡Mamá eres mala! ¡No cumples lo que dices! ¡Te odio! Te odio, te odio, te odio. Ya no te voy a querer nunca más —gritó Ulises haciendo un berrinche al otro lado de la línea.Nerea soltó una risa triste y llena de impotencia. Tuvo que consolar al niño con paciencia durante un buen rato antes de colgar.La idea de tener que llamar a Cristian de nuevo le generaba rechazo. Ahora mismo no quería escuchar su voz.En cuanto ese pensamiento cruzó su mente, ella misma se sorprendió.Siempre había tenido una debilidad por las voces bonitas; le encantaba la voz de Cristian. Tenía un magnetismo frío, elegante y a la vez seductor. Antes, siempre buscaba excusas para hablar un poco más con él, aunque él mantuviera ese semblante serio e indiferente, aunque su tono fuera siempre distante e impaciente.Ella lo disfrutaba como si fuera un dulce.Pero en este momento, tal vez porque la lluvia calaba demasiado hondo, o tal vez porque... estaba cansada. Realmente no quería escuchar su voz.Sin embargo, al imaginar a Ulises sentado solito en el kínder, con su carita arrugada esperando a que alguien fuera por él, respiró hondo y marcó el número. Nadie contestó.Sintió una opresión en el pecho. Llamó otra vez. Le colgaron la llamada.Inmediatamente después, llegó un mensaje de Cristian.Cristian: [¿Qué pasa?]Nerea: [Ve a recoger a Ulises.]Cristian: [Ok.]Su comunicación siempre había sido así, seca. Ella solía esforzarse, intentaba hablar más, pero Cristian o no respondía o contestaba con monosílabos. Era completamente impersonal, como un robot.Ya que alguien iría por Ulises, no tenía prisa por volver. Llamó a su mejor amiga, Emilia González, que trabajaba cerca. En menos de media hora, Emilia llegó.Nerea pensó en correr bajo la lluvia hacia el coche, pero Emilia le gritó.Emilia la señaló con aire autoritario:—¡Quédate ahí! ¡Ni te muevas! ¡Yo voy por ti!Nerea se quedó quieta, sonriendo. Al final, ella también tenía a alguien que venía a recogerla.Emilia no preguntó a dónde ir. Manejó directamente al centro comercial más cercano, le compró ropa a Nerea y la hizo cambiarse la ropa mojada.Cuando salió del vestidor, Emilia le extendió un vaso de café caliente.—Ten. Un café recién hecho para que entres en calor.Nerea sostuvo el café entre sus manos. Su corazón, que había estado helado, finalmente empezó a entrar en calor.—Gracias, Emi.Al ver que tenía mejor color, Emilia miró su reloj.Recordaba que, a esa hora, su amiga solía estar recogiendo al niño o preparando la cena con devoción.—¿A dónde vamos? —preguntó Emilia—. ¿Te llevo a tu casa o al kínder?Nerea negó con la cabeza. No quería ir a casa.Se agarró del brazo de Emilia.—Vamos a cenar. ¿No dijiste antes que había un restaurante nuevo que estaba buenísimo?Al mencionar eso, Emilia soltó todo su resentimiento:—Ni me digas. La última vez me costó horrores conseguir reservación y te atreviste a dejarme plantada para irte corriendo detrás del imbécil de Cristian. Casi me muero del coraje.Ese día, Cristian había reservado un restaurante para cenar con ella. Cristian casi nunca tomaba la iniciativa, así que ella estaba feliz. Canceló a su amiga y se arregló como una reina.Hoy, el recuerdo le parecía ridículo.Más tarde se enteró de que la reservación la había hecho la abuela.Cristian, por respeto a su abuela y porque no tenía compromisos ese día, había aceptado ir.Pero apenas dos minutos después de llegar, la dejó sola y se fue. Isabel se había enfermado y él salió con cara de angustia.En ese entonces, ella aún podía engañarse pensando que era algo de trabajo. Pero después de lo de esta tarde... el sueño debía terminar. Tenía que despertar.Nerea sintió culpa.—Perdón, Emi. No volverá a pasar.—Sí, claro. A la primera que Cristian te chiste, seguro sales corriendo más rápido que una liebre.Nerea suspiró levemente.—Emi, estoy un poco cansada. Quiero... el divorcio.Emilia, que caminaba delante de ella, se detuvo en seco. Se giró para mirarla, con expresión solemne.—Nere, ¿acaso ese perro de Cristian te hizo algo?De camino al restaurante, Nerea le contó a Emilia lo que había pasado.Emilia golpeaba el volante mientras escuchaba.—¡Pero serás tonta! ¿Por qué no fuiste y le diste dos cachetadas a ese desgraciado de Cristian? Tú eres la esposa oficial. Se atreve a ponerte los cuernos en tu cara, ¡es el colmo! No se puede tolerar. Divórciate, amiga, yo te apoyo. Quítale la mitad de todo lo que tiene.Emilia era abogada. Si decía que la apoyaba, iba con todo.Pero ir por la mitad de los bienes de Cristian implicaría una batalla legal pública. Tenían un hijo en común, y pelear tan feo no le haría bien al niño.Nerea miró la lluvia a través de la ventanilla.En su momento, fue ella quien se empeñó en casarse con Cristian, cegada por su obsesión.Siempre pensó ingenuamente que si se entregaba de corazón, algún día él vería lo bueno en ella y la amaría.Pero los hechos demostraban que estaba equivocada.No podía culpar a nadie más. Ella misma se había vendado los ojos, se había sobrevalorado. Lo aceptaba y lo corregiría.Nerea lo tenía claro. Miró a su amiga y dijo:—Emi, gracias, pero solo quiero la custodia de Ulises.Cristian solo tenía ese hijo. Emilia preguntó preocupada:—¿Cristian te la dará?—Supongo que sí.Después de todo, Cristian no la quería a ella, ¿por qué querría al hijo que ella había parido? Seguramente preferiría tener hijos con Isabel.El coche llegó al restaurante. Antes de bajarse, vio a Cristian.La lluvia había parado. Cristian e Isabel llevaban a Ulises de la mano, uno a cada lado. Los tres reían y platicaban; el ambiente era cálido y alegre. La imagen perfecta de una familia feliz.El hombre, alto y guapo, miraba a la mujer con ternura y profundidad. La mujer, elegante y llamativa. El niño, precioso y vivaz.A los ojos de cualquiera, eran una familia de portada de revista, increíblemente compatibles.Cuando ella estaba con ellos, jamás había sentido esa armonía, y mucho menos esa calidez.Nerea tuvo un pensamiento absurdo: parecía que ella era la que sobraba. De repente, le dio miedo entrar al restaurante.—¡Ulises, pequeño traidor! —Emilia rechinó los dientes del coraje y jaló a Nerea para bajar del auto—. Vamos. Aunque sea una cueva de lobos, tu amiga te acompaña.El restaurante usaba plantas para separar las mesas, lo que le daba un aire fresco y elegante, además de privacidad.Emilia arrastró a Nerea sigilosamente para sentarse en la mesa contigua a la de Cristian. Desde ahí se escuchaba la voz inocente del niño.—Papá, quiero comer piernas de pollo fritas, ¿puedo?Cristian no contestó de inmediato. Recordaba que Nerea no dejaba que Ulises comiera esas cosas. Decía que Ulises tenía el estómago delicado y que le dolería la panza.Al ver que Cristian no decía nada, Ulises, con sus ojos oscuros y vivaces, se giró para rogarle a Isabel.—Isa, quiero pollo frito.Isabel miró a Cristian.—Cris, aunque el pollo frito no sea muy saludable, no pasa nada por comer un poco de vez en cuando. Los niños son curiosos, tienen que probar cosas nuevas, no puedes prohibirles todo.Cristian pensó que Isabel tenía razón. Nerea era demasiado aprensiva. No había necesidad de criar a un niño con tantos cuidados excesivos. Asintió.Ulises vitoreó:—¡Isa es la mejor! Te quiero mucho, Isa. No como mi mamá, que es una pesada de lo peor. No me deja comer esto, no me deja comer lo otro. Ojalá Isa fuera mi mamá.Isabel le tocó la punta de la nariz con cariño.—Cariño, un niño bueno no debe hablar así de su mamá. Ella lo hace por tu bien.Ulises se enderezó.—Isa, digo la verdad. La maestra dice que hay que ser honestos. Mamá es muy enfadosa, no me deja nada. Te digo, no me deja jugar básquet ni fut, ni aprender a montar a caballo, ni boxeo. Tampoco me deja andar en bici, ni esgrima, ni patineta. ¿A poco no es una pesada?Capítulo 2El cielo estaba cubierto de nubarrones negros; una lluvia torrencial caía acompañada de truenos.Bajo el alero de la caseta de seguridad en la entrada de la Universidad Politécnica del Valle, un grupo de personas se resguardaba de la lluvia. Nerea Galarza era una de ellas. A su alrededor, solo se escuchaban las quejas coquetas de las chicas, lamentándose porque sus novios tardaban en pasar por ellas en coche.Fue entonces cuando Nerea recordó, con cierto retraso, que ella también tenía marido.La Torre de Vega estaba cerca de ahí. Se preguntó si Cristian Vega podría pasar a recogerla.Al pensar en Cristian, Nerea sintió una punzada en el corazón, un dolor agudo y amargo.A pesar de llevar seis años casados y tener un hijo de cinco, Cristian seguía siendo frío con ella.Nerea dudó un momento antes de marcar el número. El teléfono sonó durante un largo rato antes de que contestaran.—¿Qué pasa? —La voz del hombre sonaba tan fría como siempre.Justo en ese instante, una ráfaga de viento helado, cargada de lluvia, golpeó a Nerea, provocando que el frío le calara hasta los huesos.Su voz tembló ligeramente.—Estoy cerca de tu oficina. ¿Podrías venir por mí?—Tengo cosas que hacer. Le diré al chofer que vaya.El hombre colgó sin más, y el tono de llamada finalizada resonó en el oído de Nerea.Nerea mantuvo la postura, sosteniendo el celular junto a su oreja durante varios segundos, hasta que parpadeó suavemente y dejó escapar un suspiro casi imperceptible. No debería haberse hecho ilusiones.En realidad, ya había contactado al chofer de la casa, pero debido a la tormenta, había tenido un choque leve en el camino y no llegaría pronto.Y las aplicaciones de transporte...Nerea bajó la mirada para revisar su celular. Antes de la llamada había 66 personas en espera; ahora la cifra se había disparado a 266, y seguía subiendo.—¡Guau!De repente, escuchó una exclamación de asombro a su alrededor.Nerea levantó la vista. Un Rolls-Royce Phantom apareció ante sus ojos. La matrícula le resultaba dolorosamente familiar.El corazón de Nerea se aceleró. ¿Había venido por ella?Pero entonces recordó que ni siquiera le había dicho a aquel hombre que estaba en la Universidad Politécnica del Valle antes de que él colgara.El chofer abrió respetuosamente la puerta trasera y un hombre alto, apuesto y vestido con un traje impecable bajó del vehículo. No era otro que su marido.La mirada profunda y penetrante de Cristian parecía buscar algo mientras barría la zona, hasta que se detuvieron en ella.Nerea esbozó una leve sonrisa, pero Cristian frunció ligeramente el ceño al verla.Fue en ese momento que Cristian recordó que Nerea estaba cursando una maestría en esa universidad.—¡Cris! ¡Aquí estoy!Una voz femenina y seductora estalló cerca del oído de Nerea, como un trueno repentino. Nerea palideció. Era... Isabel Echeverría.El viejo amor de Cristian.La mirada de Cristian se apartó de Nerea sin el menor rastro de apego y se posó en Isabel.En ese instante, Nerea vio con claridad cómo la frialdad habitual en los ojos de Cristian se transformaba en una sonrisa tierna mientras caminaba a grandes zancadas hacia Isabel, protegiéndola con el paraguas.Así que las «cosas que tenía que hacer» eran venir a recoger a Isabel.El hombre desplegó el abrigo que llevaba en el brazo y, con una caballerosidad y ternura infinitas, se lo puso a Isabel sobre los hombros. Luego, rodeándola con su largo brazo, la guio con cuidado hacia el coche.De principio a fin, no volvió a mirar a Nerea ni una sola vez, como si en sus ojos solo cupiera esa mujer llamada Isabel.Como si... nunca hubiera visto a su esposa.—«Si me dieran solo 24 horas, yo la' aprovecho. Juro que yo voy a hacerte cosas que nunca te han hecho. Ya yo me cansé de ser amigo' con derecho'. Yo tal vez no te merezco, pero no hay ni que decirlo...» —La melodía de «Pareja del Año» de Yatra sonó cerca de Nerea; una de las chicas a su lado comenzó a cantarla.La chica suspiró: —Maldita sea, otro día siendo espectadora de la felicidad ajena.Otra chica comentó: —Ni que lo digas. Viste cómo inclinó todo el paraguas hacia ella. No quería que su novia se mojara ni una gota. Yo también quiero un novio así.—Pues vuelve a nacer. ¿No viste que la novia tiene cuerpazo y es guapísima? Mírate tú, ¿qué tienes?Nerea escuchó los murmullos de las amigas y una sonrisa de autodesprecio se dibujó en sus labios.Sí, ¿qué estaba esperando?¿Acaso no se había acostumbrado ya después de tantos años de matrimonio?Siempre había sido ella quien se lanzaba al fuego como una polilla por él, mientras que a Cristian nunca le había importado en lo absoluto.El celular de Nerea sonó, sacándola de sus pensamientos. Al ver el nombre en la pantalla, una sonrisa suave apareció en su rostro.—Ulises.—¡Mamá! —La voz del niño sonaba llena de quejas y berrinche al otro lado de la línea—. ¿Qué horas son estas? ¿Cuándo vas a venir por mí? ¡Soy el único que queda en el salón!Esta mañana, al dejar a Ulises Vega en el jardín de niños, le había prometido que iría a recogerlo temprano. Si no fuera por la tormenta, jamás habría faltado a su palabra.Nerea se disculpó con voz suave:—Perdóname, mi amor. Está cayendo un tormentón por acá y hubo un percance en el camino. Mamá no puede llegar ahorita, ¿está bien si le digo a papá que pase por ti?—¡Mamá eres mala! ¡No cumples lo que dices! ¡Te odio! Te odio, te odio, te odio. Ya no te voy a querer nunca más —gritó Ulises haciendo un berrinche al otro lado de la línea.Nerea soltó una risa triste y llena de impotencia. Tuvo que consolar al niño con paciencia durante un buen rato antes de colgar.La idea de tener que llamar a Cristian de nuevo le generaba rechazo. Ahora mismo no quería escuchar su voz.En cuanto ese pensamiento cruzó su mente, ella misma se sorprendió.Siempre había tenido una debilidad por las voces bonitas; le encantaba la voz de Cristian. Tenía un magnetismo frío, elegante y a la vez seductor. Antes, siempre buscaba excusas para hablar un poco más con él, aunque él mantuviera ese semblante serio e indiferente, aunque su tono fuera siempre distante e impaciente.Ella lo disfrutaba como si fuera un dulce.Pero en este momento, tal vez porque la lluvia calaba demasiado hondo, o tal vez porque... estaba cansada. Realmente no quería escuchar su voz.Sin embargo, al imaginar a Ulises sentado solito en el kínder, con su carita arrugada esperando a que alguien fuera por él, respiró hondo y marcó el número. Nadie contestó.Sintió una opresión en el pecho. Llamó otra vez. Le colgaron la llamada.Inmediatamente después, llegó un mensaje de Cristian.Cristian: [¿Qué pasa?]Nerea: [Ve a recoger a Ulises.]Cristian: [Ok.]Su comunicación siempre había sido así, seca. Ella solía esforzarse, intentaba hablar más, pero Cristian o no respondía o contestaba con monosílabos. Era completamente impersonal, como un robot.Ya que alguien iría por Ulises, no tenía prisa por volver. Llamó a su mejor amiga, Emilia González, que trabajaba cerca. En menos de media hora, Emilia llegó.Nerea pensó en correr bajo la lluvia hacia el coche, pero Emilia le gritó.Emilia la señaló con aire autoritario:—¡Quédate ahí! ¡Ni te muevas! ¡Yo voy por ti!Nerea se quedó quieta, sonriendo. Al final, ella también tenía a alguien que venía a recogerla.Emilia no preguntó a dónde ir. Manejó directamente al centro comercial más cercano, le compró ropa a Nerea y la hizo cambiarse la ropa mojada.Cuando salió del vestidor, Emilia le extendió un vaso de café caliente.—Ten. Un café recién hecho para que entres en calor.Nerea sostuvo el café entre sus manos. Su corazón, que había estado helado, finalmente empezó a entrar en calor.—Gracias, Emi.Al ver que tenía mejor color, Emilia miró su reloj.Recordaba que, a esa hora, su amiga solía estar recogiendo al niño o preparando la cena con devoción.—¿A dónde vamos? —preguntó Emilia—. ¿Te llevo a tu casa o al kínder?Nerea negó con la cabeza. No quería ir a casa.Se agarró del brazo de Emilia.—Vamos a cenar. ¿No dijiste antes que había un restaurante nuevo que estaba buenísimo?Al mencionar eso, Emilia soltó todo su resentimiento:—Ni me digas. La última vez me costó horrores conseguir reservación y te atreviste a dejarme plantada para irte corriendo detrás del imbécil de Cristian. Casi me muero del coraje.Ese día, Cristian había reservado un restaurante para cenar con ella. Cristian casi nunca tomaba la iniciativa, así que ella estaba feliz. Canceló a su amiga y se arregló como una reina.Hoy, el recuerdo le parecía ridículo.Más tarde se enteró de que la reservación la había hecho la abuela.Cristian, por respeto a su abuela y porque no tenía compromisos ese día, había aceptado ir.Pero apenas dos minutos después de llegar, la dejó sola y se fue. Isabel se había enfermado y él salió con cara de angustia.En ese entonces, ella aún podía engañarse pensando que era algo de trabajo. Pero después de lo de esta tarde... el sueño debía terminar. Tenía que despertar.Nerea sintió culpa.—Perdón, Emi. No volverá a pasar.—Sí, claro. A la primera que Cristian te chiste, seguro sales corriendo más rápido que una liebre.Nerea suspiró levemente.—Emi, estoy un poco cansada. Quiero... el divorcio.Emilia, que caminaba delante de ella, se detuvo en seco. Se giró para mirarla, con expresión solemne.—Nere, ¿acaso ese perro de Cristian te hizo algo?De camino al restaurante, Nerea le contó a Emilia lo que había pasado.Emilia golpeaba el volante mientras escuchaba.—¡Pero serás tonta! ¿Por qué no fuiste y le diste dos cachetadas a ese desgraciado de Cristian? Tú eres la esposa oficial. Se atreve a ponerte los cuernos en tu cara, ¡es el colmo! No se puede tolerar. Divórciate, amiga, yo te apoyo. Quítale la mitad de todo lo que tiene.Emilia era abogada. Si decía que la apoyaba, iba con todo.Pero ir por la mitad de los bienes de Cristian implicaría una batalla legal pública. Tenían un hijo en común, y pelear tan feo no le haría bien al niño.Nerea miró la lluvia a través de la ventanilla.En su momento, fue ella quien se empeñó en casarse con Cristian, cegada por su obsesión.Siempre pensó ingenuamente que si se entregaba de corazón, algún día él vería lo bueno en ella y la amaría.Pero los hechos demostraban que estaba equivocada.No podía culpar a nadie más. Ella misma se había vendado los ojos, se había sobrevalorado. Lo aceptaba y lo corregiría.Nerea lo tenía claro. Miró a su amiga y dijo:—Emi, gracias, pero solo quiero la custodia de Ulises.Cristian solo tenía ese hijo. Emilia preguntó preocupada:—¿Cristian te la dará?—Supongo que sí.Después de todo, Cristian no la quería a ella, ¿por qué querría al hijo que ella había parido? Seguramente preferiría tener hijos con Isabel.El coche llegó al restaurante. Antes de bajarse, vio a Cristian.La lluvia había parado. Cristian e Isabel llevaban a Ulises de la mano, uno a cada lado. Los tres reían y platicaban; el ambiente era cálido y alegre. La imagen perfecta de una familia feliz.El hombre, alto y guapo, miraba a la mujer con ternura y profundidad. La mujer, elegante y llamativa. El niño, precioso y vivaz.A los ojos de cualquiera, eran una familia de portada de revista, increíblemente compatibles.Cuando ella estaba con ellos, jamás había sentido esa armonía, y mucho menos esa calidez.Nerea tuvo un pensamiento absurdo: parecía que ella era la que sobraba. De repente, le dio miedo entrar al restaurante.—¡Ulises, pequeño traidor! —Emilia rechinó los dientes del coraje y jaló a Nerea para bajar del auto—. Vamos. Aunque sea una cueva de lobos, tu amiga te acompaña.El restaurante usaba plantas para separar las mesas, lo que le daba un aire fresco y elegante, además de privacidad.Emilia arrastró a Nerea sigilosamente para sentarse en la mesa contigua a la de Cristian. Desde ahí se escuchaba la voz inocente del niño.—Papá, quiero comer piernas de pollo fritas, ¿puedo?Cristian no contestó de inmediato. Recordaba que Nerea no dejaba que Ulises comiera esas cosas. Decía que Ulises tenía el estómago delicado y que le dolería la panza.Al ver que Cristian no decía nada, Ulises, con sus ojos oscuros y vivaces, se giró para rogarle a Isabel.—Isa, quiero pollo frito.Isabel miró a Cristian.—Cris, aunque el pollo frito no sea muy saludable, no pasa nada por comer un poco de vez en cuando. Los niños son curiosos, tienen que probar cosas nuevas, no puedes prohibirles todo.Cristian pensó que Isabel tenía razón. Nerea era demasiado aprensiva. No había necesidad de criar a un niño con tantos cuidados excesivos. Asintió.Ulises vitoreó:—¡Isa es la mejor! Te quiero mucho, Isa. No como mi mamá, que es una pesada de lo peor. No me deja comer esto, no me deja comer lo otro. Ojalá Isa fuera mi mamá.Isabel le tocó la punta de la nariz con cariño.—Cariño, un niño bueno no debe hablar así de su mamá. Ella lo hace por tu bien.Ulises se enderezó.—Isa, digo la verdad. La maestra dice que hay que ser honestos. Mamá es muy enfadosa, no me deja nada. Te digo, no me deja jugar básquet ni fut, ni aprender a montar a caballo, ni boxeo. Tampoco me deja andar en bici, ni esgrima, ni patineta. ¿A poco no es una pesada?Capítulo 3El cielo estaba cubierto de nubarrones negros; una lluvia torrencial caía acompañada de truenos.Bajo el alero de la caseta de seguridad en la entrada de la Universidad Politécnica del Valle, un grupo de personas se resguardaba de la lluvia. Nerea Galarza era una de ellas. A su alrededor, solo se escuchaban las quejas coquetas de las chicas, lamentándose porque sus novios tardaban en pasar por ellas en coche.Fue entonces cuando Nerea recordó, con cierto retraso, que ella también tenía marido.La Torre de Vega estaba cerca de ahí. Se preguntó si Cristian Vega podría pasar a recogerla.Al pensar en Cristian, Nerea sintió una punzada en el corazón, un dolor agudo y amargo.A pesar de llevar seis años casados y tener un hijo de cinco, Cristian seguía siendo frío con ella.Nerea dudó un momento antes de marcar el número. El teléfono sonó durante un largo rato antes de que contestaran.—¿Qué pasa? —La voz del hombre sonaba tan fría como siempre.Justo en ese instante, una ráfaga de viento helado, cargada de lluvia, golpeó a Nerea, provocando que el frío le calara hasta los huesos.Su voz tembló ligeramente.—Estoy cerca de tu oficina. ¿Podrías venir por mí?—Tengo cosas que hacer. Le diré al chofer que vaya.El hombre colgó sin más, y el tono de llamada finalizada resonó en el oído de Nerea.Nerea mantuvo la postura, sosteniendo el celular junto a su oreja durante varios segundos, hasta que parpadeó suavemente y dejó escapar un suspiro casi imperceptible. No debería haberse hecho ilusiones.En realidad, ya había contactado al chofer de la casa, pero debido a la tormenta, había tenido un choque leve en el camino y no llegaría pronto.Y las aplicaciones de transporte...Nerea bajó la mirada para revisar su celular. Antes de la llamada había 66 personas en espera; ahora la cifra se había disparado a 266, y seguía subiendo.—¡Guau!De repente, escuchó una exclamación de asombro a su alrededor.Nerea levantó la vista. Un Rolls-Royce Phantom apareció ante sus ojos. La matrícula le resultaba dolorosamente familiar.El corazón de Nerea se aceleró. ¿Había venido por ella?Pero entonces recordó que ni siquiera le había dicho a aquel hombre que estaba en la Universidad Politécnica del Valle antes de que él colgara.El chofer abrió respetuosamente la puerta trasera y un hombre alto, apuesto y vestido con un traje impecable bajó del vehículo. No era otro que su marido.La mirada profunda y penetrante de Cristian parecía buscar algo mientras barría la zona, hasta que se detuvieron en ella.Nerea esbozó una leve sonrisa, pero Cristian frunció ligeramente el ceño al verla.Fue en ese momento que Cristian recordó que Nerea estaba cursando una maestría en esa universidad.—¡Cris! ¡Aquí estoy!Una voz femenina y seductora estalló cerca del oído de Nerea, como un trueno repentino. Nerea palideció. Era... Isabel Echeverría.El viejo amor de Cristian.La mirada de Cristian se apartó de Nerea sin el menor rastro de apego y se posó en Isabel.En ese instante, Nerea vio con claridad cómo la frialdad habitual en los ojos de Cristian se transformaba en una sonrisa tierna mientras caminaba a grandes zancadas hacia Isabel, protegiéndola con el paraguas.Así que las «cosas que tenía que hacer» eran venir a recoger a Isabel.El hombre desplegó el abrigo que llevaba en el brazo y, con una caballerosidad y ternura infinitas, se lo puso a Isabel sobre los hombros. Luego, rodeándola con su largo brazo, la guio con cuidado hacia el coche.De principio a fin, no volvió a mirar a Nerea ni una sola vez, como si en sus ojos solo cupiera esa mujer llamada Isabel.Como si... nunca hubiera visto a su esposa.—«Si me dieran solo 24 horas, yo la' aprovecho. Juro que yo voy a hacerte cosas que nunca te han hecho. Ya yo me cansé de ser amigo' con derecho'. Yo tal vez no te merezco, pero no hay ni que decirlo...» —La melodía de «Pareja del Año» de Yatra sonó cerca de Nerea; una de las chicas a su lado comenzó a cantarla.La chica suspiró: —Maldita sea, otro día siendo espectadora de la felicidad ajena.Otra chica comentó: —Ni que lo digas. Viste cómo inclinó todo el paraguas hacia ella. No quería que su novia se mojara ni una gota. Yo también quiero un novio así.—Pues vuelve a nacer. ¿No viste que la novia tiene cuerpazo y es guapísima? Mírate tú, ¿qué tienes?Nerea escuchó los murmullos de las amigas y una sonrisa de autodesprecio se dibujó en sus labios.Sí, ¿qué estaba esperando?¿Acaso no se había acostumbrado ya después de tantos años de matrimonio?Siempre había sido ella quien se lanzaba al fuego como una polilla por él, mientras que a Cristian nunca le había importado en lo absoluto.El celular de Nerea sonó, sacándola de sus pensamientos. Al ver el nombre en la pantalla, una sonrisa suave apareció en su rostro.—Ulises.—¡Mamá! —La voz del niño sonaba llena de quejas y berrinche al otro lado de la línea—. ¿Qué horas son estas? ¿Cuándo vas a venir por mí? ¡Soy el único que queda en el salón!Esta mañana, al dejar a Ulises Vega en el jardín de niños, le había prometido que iría a recogerlo temprano. Si no fuera por la tormenta, jamás habría faltado a su palabra.Nerea se disculpó con voz suave:—Perdóname, mi amor. Está cayendo un tormentón por acá y hubo un percance en el camino. Mamá no puede llegar ahorita, ¿está bien si le digo a papá que pase por ti?—¡Mamá eres mala! ¡No cumples lo que dices! ¡Te odio! Te odio, te odio, te odio. Ya no te voy a querer nunca más —gritó Ulises haciendo un berrinche al otro lado de la línea.Nerea soltó una risa triste y llena de impotencia. Tuvo que consolar al niño con paciencia durante un buen rato antes de colgar.La idea de tener que llamar a Cristian de nuevo le generaba rechazo. Ahora mismo no quería escuchar su voz.En cuanto ese pensamiento cruzó su mente, ella misma se sorprendió.Siempre había tenido una debilidad por las voces bonitas; le encantaba la voz de Cristian. Tenía un magnetismo frío, elegante y a la vez seductor. Antes, siempre buscaba excusas para hablar un poco más con él, aunque él mantuviera ese semblante serio e indiferente, aunque su tono fuera siempre distante e impaciente.Ella lo disfrutaba como si fuera un dulce.Pero en este momento, tal vez porque la lluvia calaba demasiado hondo, o tal vez porque... estaba cansada. Realmente no quería escuchar su voz.Sin embargo, al imaginar a Ulises sentado solito en el kínder, con su carita arrugada esperando a que alguien fuera por él, respiró hondo y marcó el número. Nadie contestó.Sintió una opresión en el pecho. Llamó otra vez. Le colgaron la llamada.Inmediatamente después, llegó un mensaje de Cristian.Cristian: [¿Qué pasa?]Nerea: [Ve a recoger a Ulises.]Cristian: [Ok.]Su comunicación siempre había sido así, seca. Ella solía esforzarse, intentaba hablar más, pero Cristian o no respondía o contestaba con monosílabos. Era completamente impersonal, como un robot.Ya que alguien iría por Ulises, no tenía prisa por volver. Llamó a su mejor amiga, Emilia González, que trabajaba cerca. En menos de media hora, Emilia llegó.Nerea pensó en correr bajo la lluvia hacia el coche, pero Emilia le gritó.Emilia la señaló con aire autoritario:—¡Quédate ahí! ¡Ni te muevas! ¡Yo voy por ti!Nerea se quedó quieta, sonriendo. Al final, ella también tenía a alguien que venía a recogerla.Emilia no preguntó a dónde ir. Manejó directamente al centro comercial más cercano, le compró ropa a Nerea y la hizo cambiarse la ropa mojada.Cuando salió del vestidor, Emilia le extendió un vaso de café caliente.—Ten. Un café recién hecho para que entres en calor.Nerea sostuvo el café entre sus manos. Su corazón, que había estado helado, finalmente empezó a entrar en calor.—Gracias, Emi.Al ver que tenía mejor color, Emilia miró su reloj.Recordaba que, a esa hora, su amiga solía estar recogiendo al niño o preparando la cena con devoción.—¿A dónde vamos? —preguntó Emilia—. ¿Te llevo a tu casa o al kínder?Nerea negó con la cabeza. No quería ir a casa.Se agarró del brazo de Emilia.—Vamos a cenar. ¿No dijiste antes que había un restaurante nuevo que estaba buenísimo?Al mencionar eso, Emilia soltó todo su resentimiento:—Ni me digas. La última vez me costó horrores conseguir reservación y te atreviste a dejarme plantada para irte corriendo detrás del imbécil de Cristian. Casi me muero del coraje.Ese día, Cristian había reservado un restaurante para cenar con ella. Cristian casi nunca tomaba la iniciativa, así que ella estaba feliz. Canceló a su amiga y se arregló como una reina.Hoy, el recuerdo le parecía ridículo.Más tarde se enteró de que la reservación la había hecho la abuela.Cristian, por respeto a su abuela y porque no tenía compromisos ese día, había aceptado ir.Pero apenas dos minutos después de llegar, la dejó sola y se fue. Isabel se había enfermado y él salió con cara de angustia.En ese entonces, ella aún podía engañarse pensando que era algo de trabajo. Pero después de lo de esta tarde... el sueño debía terminar. Tenía que despertar.Nerea sintió culpa.—Perdón, Emi. No volverá a pasar.—Sí, claro. A la primera que Cristian te chiste, seguro sales corriendo más rápido que una liebre.Nerea suspiró levemente.—Emi, estoy un poco cansada. Quiero... el divorcio.Emilia, que caminaba delante de ella, se detuvo en seco. Se giró para mirarla, con expresión solemne.—Nere, ¿acaso ese perro de Cristian te hizo algo?De camino al restaurante, Nerea le contó a Emilia lo que había pasado.Emilia golpeaba el volante mientras escuchaba.—¡Pero serás tonta! ¿Por qué no fuiste y le diste dos cachetadas a ese desgraciado de Cristian? Tú eres la esposa oficial. Se atreve a ponerte los cuernos en tu cara, ¡es el colmo! No se puede tolerar. Divórciate, amiga, yo te apoyo. Quítale la mitad de todo lo que tiene.Emilia era abogada. Si decía que la apoyaba, iba con todo.Pero ir por la mitad de los bienes de Cristian implicaría una batalla legal pública. Tenían un hijo en común, y pelear tan feo no le haría bien al niño.Nerea miró la lluvia a través de la ventanilla.En su momento, fue ella quien se empeñó en casarse con Cristian, cegada por su obsesión.Siempre pensó ingenuamente que si se entregaba de corazón, algún día él vería lo bueno en ella y la amaría.Pero los hechos demostraban que estaba equivocada.No podía culpar a nadie más. Ella misma se había vendado los ojos, se había sobrevalorado. Lo aceptaba y lo corregiría.Nerea lo tenía claro. Miró a su amiga y dijo:—Emi, gracias, pero solo quiero la custodia de Ulises.Cristian solo tenía ese hijo. Emilia preguntó preocupada:—¿Cristian te la dará?—Supongo que sí.Después de todo, Cristian no la quería a ella, ¿por qué querría al hijo que ella había parido? Seguramente preferiría tener hijos con Isabel.El coche llegó al restaurante. Antes de bajarse, vio a Cristian.La lluvia había parado. Cristian e Isabel llevaban a Ulises de la mano, uno a cada lado. Los tres reían y platicaban; el ambiente era cálido y alegre. La imagen perfecta de una familia feliz.El hombre, alto y guapo, miraba a la mujer con ternura y profundidad. La mujer, elegante y llamativa. El niño, precioso y vivaz.A los ojos de cualquiera, eran una familia de portada de revista, increíblemente compatibles.Cuando ella estaba con ellos, jamás había sentido esa armonía, y mucho menos esa calidez.Nerea tuvo un pensamiento absurdo: parecía que ella era la que sobraba. De repente, le dio miedo entrar al restaurante.—¡Ulises, pequeño traidor! —Emilia rechinó los dientes del coraje y jaló a Nerea para bajar del auto—. Vamos. Aunque sea una cueva de lobos, tu amiga te acompaña.El restaurante usaba plantas para separar las mesas, lo que le daba un aire fresco y elegante, además de privacidad.Emilia arrastró a Nerea sigilosamente para sentarse en la mesa contigua a la de Cristian. Desde ahí se escuchaba la voz inocente del niño.—Papá, quiero comer piernas de pollo fritas, ¿puedo?Cristian no contestó de inmediato. Recordaba que Nerea no dejaba que Ulises comiera esas cosas. Decía que Ulises tenía el estómago delicado y que le dolería la panza.Al ver que Cristian no decía nada, Ulises, con sus ojos oscuros y vivaces, se giró para rogarle a Isabel.—Isa, quiero pollo frito.Isabel miró a Cristian.—Cris, aunque el pollo frito no sea muy saludable, no pasa nada por comer un poco de vez en cuando. Los niños son curiosos, tienen que probar cosas nuevas, no puedes prohibirles todo.Cristian pensó que Isabel tenía razón. Nerea era demasiado aprensiva. No había necesidad de criar a un niño con tantos cuidados excesivos. Asintió.Ulises vitoreó:—¡Isa es la mejor! Te quiero mucho, Isa. No como mi mamá, que es una pesada de lo peor. No me deja comer esto, no me deja comer lo otro. Ojalá Isa fuera mi mamá.Isabel le tocó la punta de la nariz con cariño.—Cariño, un niño bueno no debe hablar así de su mamá. Ella lo hace por tu bien.Ulises se enderezó.—Isa, digo la verdad. La maestra dice que hay que ser honestos. Mamá es muy enfadosa, no me deja nada. Te digo, no me deja jugar básquet ni fut, ni aprender a montar a caballo, ni boxeo. Tampoco me deja andar en bici, ni esgrima, ni patineta. ¿A poco no es una pesada?

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