Capítulo 1Ya entrada la noche, Gloria Loyola subió una foto de un recién nacido y escribió: “¡Ya soy mamá! ¡Mi primer bebé!”No pasó ni una hora cuando tocaron a su puerta. Era su exmarido, de quien llevaba medio año divorciada.En cuanto abrió, la cara sombría de Federico Córdoba hizo que se helara el ambiente en aquel depa rentado de dos cuartos.Gloria aferró la mano al picaporte.—¿Qué haces aquí?Él entró sin decir nada, con el rostro helado. Sus zapatos de vestir, impecables, se veían fuera de lugar sobre el piso viejo y floreado del edificio.No era la primera vez que iba ahí. Fue directo al cuarto de Gloria.Su asistente, Pablo Ibarra, traía un documento en la mano y se lo extendió.—Gloria, cuánto tiempo. El abogado del señor Córdoba redactó anoche este acuerdo de custodia.Gloria lo tomó y le echó un vistazo.El bebé tenía que criarse con la familia Córdoba.Entre tanta palabrería, esa frase le saltó a la vista de inmediato.Así que, tal como imaginaba, Federico venía por la custodia.Y, para no quedar como un desgraciado, el acuerdo decía que Gloria podía quedarse con el niño hasta que cumpliera tres años.Con una condición: si ella aceptaba. Si no, Federico se lo llevaba en ese mismo momento.A Gloria se le hizo un nudo en el pecho y la recorrió un dolor sordo.Seguía en shock cuando Federico salió del cuarto.—¿Dónde está el niño?Desde que se casó con él, Gloria sabía que era un hombre callado… y frío.Pero también había sido “correcto”: por un accidente terminó acostándose con ella y, para hacerse responsable, le propuso matrimonio.Gloria aceptó por esos seis años de amor en silencio.Nada más que, en un momento así, él de plano se estaba pasando: ni una palabra de más.¿De verdad no tenía nada que decir?Pablo miró a Gloria con lástima. Al ver el ambiente atorado, se salió con discreción y cerró la puerta.El departamento era estrecho y la noche estaba en silencio.Gloria soltó una risita que rompió la tensión.—¿Cuál niño?Federico estaba erguido en medio de la sala.La luz amarillenta de arriba le borraba un poco los rasgos.Gloria se volteó; la luz le dejaba la cara perfectamente iluminada. Sus ojos, negros y claros, parecían sinceros, como si de verdad no entendiera.—Si hago cuentas… ¿ya venías embarazada cuando nos divorciamos? Si era así, ¿entonces por qué te divorciaste?Federico preguntó sin emoción.Como si fuera simple curiosidad.Gloria se dio cuenta, ya casada, de que él se había casado únicamente “por responsabilidad”.Y si había otra razón… era que le convenía tenerlo “en regla”.En dos años, ella entendió perfectamente cuál era su lugar en su vida.Gloria creció en un orfanato; le faltaba cariño y le faltaba seguridad.Ese matrimonio no le dio nada de calor.Salvo por esa única clase de calor: cuando él se dejaba llevar en la cama y, por un instante, parecía que solo existía ella.Por eso, el divorcio lo pidió Gloria.Federico solo dijo: “Mientras no te arrepientas”.La misma tarde en que firmaron el divorcio, Gloria pidió cambio de puesto y la mandaron a una sucursal en otra zona, como directora general.Y ahora, medio año después, de la nada aparecía un bebé.Federico no supo qué sentir.—¿No era para dejarle el lugar libre a la señorita Orozco? —Gloria sonrió apenas—. Si de verdad te llevas al niño, ¿ella va a estar de acuerdo? Dicen que ustedes ya casi… Si se enoja y te corta, ¿qué vas a hacer?Dicen que Irene Orozco era la única mujer a la que Federico había amado en su vida.Crecieron juntos. Luego, por alguna razón, terminaron e Irene se fue al extranjero.Después, durante años, Federico estuvo solo: cero escándalos, cero rumores. Cada vez que los medios mencionaban esa relación, decían que él la estaba esperando.***Medio año atrás, Irene regresó al país y se convirtió en la gota que le faltaba a Gloria: quería irse… pero no podía soltarlo.Esa misma noche, cuando supo que Irene había vuelto, Gloria pidió el divorcio.—Eso no tiene nada que ver contigo, y tampoco es algo que te toque decidir —dijo Federico, igual de impasible—. Eres lista. El niño no debería crecer en un lugar así. Lo correcto es que se vaya con la familia Córdoba.Gloria era lista, sí. Pero cuando alguien se enamora, deja de pensar con claridad.—Ni un perro se queja por vivir en un lugar humilde, ¿y mi hijo sí? Si a él no le va a importar, ¿por qué a ti te da vergüenza?Gloria siempre había sido de lengua filosa.Federico la conocía: era de las que, cuando se le mete algo en la cabeza, no lo suelta.En el trabajo ya se le había enfrentado más de una vez. Por la evaluación de un proyecto, se arriesgó a que la corrieran con tal de llevarle la contra.Solo en la cama lo había hecho ceder.Pero esto era distinto. Por más que ella insistiera, Federico no iba a aflojar.—Gloria, ¿de verdad crees que puedes pelearte conmigo?Fue un golpe bajo. A Gloria se le cerró la garganta, como si alguien la estuviera apretando.No tenía cómo discutirle, mucho menos cómo defenderse.Gloria jaló la comisura de los labios.—Señor Córdoba, está entendiendo mal.—Ese bebé es de Virginia Reinoso. Yo fui al hospital a verla después del trabajo y apenas iba entrando a la casa.Federico frunció el ceño y la observó.Duda. Evaluación. Y al final, al verla todavía con falda entallada, cintura marcada y sin un solo rastro de haber pasado por un embarazo… no cuadraba.No parecía alguien que hubiera estado embarazada, y menos alguien que acabara de dar a luz.—Ah, Virginia… ¿te acuerdas? La que te mencionaba seguido…Gloria intentó explicar.Pero Federico ni la estaba escuchando.Sacó un cigarro, se lo puso en la boca y lo encendió. Caminó a la ventana y fumó uno tras otro.En menos de una hora había pasado de “ser papá” a “no ser nada”. Necesitaba calmarse.Y además… Gloria se veía distinta.No sabía decir en qué, pero no era la misma de su recuerdo. La miró con cuidado en el reflejo del vidrio.En aquellos dos años de matrimonio, a solas con él, ella era dócil, como una gatita.Ahora parecía una gata callejera.¿De verdad había hecho una broma así de absurda?Gloria se acercó y abrió la ventana. El aire helado del invierno entró de golpe y se llevó parte del olor a cigarro.—Aunque te equivocaste, sí me da curiosidad… Si de veras hubiera un niño, y tuvieras que escoger entre el niño y la señorita Orozco, ¿a cuál eliges?Ella era lo suficientemente lista como para no ponerse a sí misma en esa lista.—No existe ese “si”.Federico apagó el cigarro. Buscó un cenicero y, al no encontrar, se quedó con la colilla entre los dedos mientras salía de su casa.No era el tipo de hombre que se quedaba a platicar con la ex a medianoche.Gloria pensó: si no hubiera visto esa publicación en Instagram, él jamás la habría vuelto a buscar.A menos que pasara como hace un mes, cuando se toparon por casualidad en un hotel: él iba tomado y ellos… se acostaron otra vez.A Gloria le dio pena. Se subió la ropa y se fue antes de que él despertara.Quiso enterrarlo y ya, pero aquello se le quedó dentro… y creció.Sí estaba embarazada. Seis semanas. Y el bebé iba bien.Afuera nevaba. Los copos caían pesados, haciendo que el hombre vestido de negro se viera todavía más evidente.Gloria cerró la ventana y apoyó la frente en el vidrio frío. Lo vio tirar la colilla en el basurero, subirse al Bugatti estacionado en la calle y arrancar.Ese carro, en ese barrio, se veía ridículamente fuera de lugar.Como Federico: nunca debió aparecer en la vida de Gloria.***De todas las del orfanato, Gloria fue la que más lejos llegó. Por sus buenas calificaciones, la aceptaron con beca completa en una de las mejores universidades del país.Ahí conoció a Federico. Entre tantos tipos, él destacaba demasiado; fue imposible no notarlo.Gloria pensó que con esos dos años de matrimonio —y todas esas noches— le alcanzaba para guardarlo como recuerdo de por vida.Pero no. Ahora traía un bebé en el vientre.No quiso abortar. Al final, era la única persona en el mundo con quien tendría un lazo de sangre.Le daba miedo que Federico se lo quitara, pero también se aferró a una esperanza: tal vez, por no hacer enojar a Irene, Federico fingiría que ese niño no existía.Y resultó que no.Gloria suspiró y bajó la mirada a su vientre, todavía plano.Aunque Federico no recordara lo de aquella noche, ella quería estar preparada.Mientras no estuviera bajo la mirada de Federico… si tenía al bebé en secreto, ¿no sería imposible que se diera cuenta?Y si llegaba a enterarse, después del ridículo de esta vez, la próxima —aunque fuera verdad— ya no volvería a aparecer, ¿no?Cerca de fin de año, el Holding Rivadeneira hizo su reunión anual de resultados.Gloria llevó sus reportes a la oficina central para presentar… y además metió una carta de renuncia.Iba a escapar.Lejos de esa zona. Entre más lejos de Federico, mejor.La junta era a las 9:10. Ya eran 9:30 y Federico no aparecía.—Cuando venía para acá vi a la señorita Orozco —dijo en voz baja el responsable de otra sucursal—. Está en la oficina del señor Córdoba.—Con razón va tarde… anda con la señorita Orozco.Federico siempre priorizaba el trabajo y era puntual.La llegada de Irene rompió su regla.Gloria entendió por fin qué era que alguien tuviera un lugar especial.Se levantó y fue a la ventana de la sala de juntas. Abrió apenas la cortina y miró hacia la oficina de dirección, enfrente.La cortina estaba a medias. Se alcanzaba a ver el interior gris oscuro… y un toque de morado llamativo.Gloria conocía esa oficina de memoria: había sido su secretaria.En su cabeza se armó la escena: Federico sentado, Irene recargada en el escritorio, mirándose y sonriendo.O algo más cercano.Gloria entró al Holding Rivadeneira por él. Pensó que solo sería alguien más en su vida.Y terminó demasiado involucrada.Bueno… demasiado hondo en su vida. Para Federico, quizá ella solo era alguien a quien miró una vez de más.En esos dos años de matrimonio, ella no tuvo ningún trato especial. Mucho menos cariño.Ni idea de si haber luchado tanto por estar cerca de él fue lo correcto o no.Se alegraba de haber estado tan cerca… y a la vez se arrepentía.Ese revoltijo de emociones le subió al pecho.—Ya pueden empezar a presentar —dijo Pablo al entrar—. La reunión se está grabando; el señor Córdoba revisará la grabación después.A Gloria se le movieron apenas los dedos. Soltó la cortina, bajó la mirada y regresó a su asiento.Los directores de cada sucursal presentaron. Sin Federico presente, todo avanzó rápido.Lo que estaba planeado para tres horas se resolvió en dos.—Pueden pasar al coctel —dijo Pablo mientras juntaba los reportes—. El señor Córdoba baja en un rato.Cuando llegó con Gloria, ella le sonrió.—Pablo, ¿me haces el favor de entregarle esto al señor Córdoba?Gloria metió su renuncia en un sobre. Su idea era dársela ella misma a Federico.Pero con Irene ahí, no le convenía entrar.—Puedes dárselo directo —dijo Pablo.Pablo era el asistente personal de Federico y Gloria había sido su secretaria; antes se trataban mucho. Además, Pablo era el único en la empresa que sabía que ellos habían estado casados.***Capítulo 2Ya entrada la noche, Gloria Loyola subió una foto de un recién nacido y escribió: “¡Ya soy mamá! ¡Mi primer bebé!”No pasó ni una hora cuando tocaron a su puerta. Era su exmarido, de quien llevaba medio año divorciada.En cuanto abrió, la cara sombría de Federico Córdoba hizo que se helara el ambiente en aquel depa rentado de dos cuartos.Gloria aferró la mano al picaporte.—¿Qué haces aquí?Él entró sin decir nada, con el rostro helado. Sus zapatos de vestir, impecables, se veían fuera de lugar sobre el piso viejo y floreado del edificio.No era la primera vez que iba ahí. Fue directo al cuarto de Gloria.Su asistente, Pablo Ibarra, traía un documento en la mano y se lo extendió.—Gloria, cuánto tiempo. El abogado del señor Córdoba redactó anoche este acuerdo de custodia.Gloria lo tomó y le echó un vistazo.El bebé tenía que criarse con la familia Córdoba.Entre tanta palabrería, esa frase le saltó a la vista de inmediato.Así que, tal como imaginaba, Federico venía por la custodia.Y, para no quedar como un desgraciado, el acuerdo decía que Gloria podía quedarse con el niño hasta que cumpliera tres años.Con una condición: si ella aceptaba. Si no, Federico se lo llevaba en ese mismo momento.A Gloria se le hizo un nudo en el pecho y la recorrió un dolor sordo.Seguía en shock cuando Federico salió del cuarto.—¿Dónde está el niño?Desde que se casó con él, Gloria sabía que era un hombre callado… y frío.Pero también había sido “correcto”: por un accidente terminó acostándose con ella y, para hacerse responsable, le propuso matrimonio.Gloria aceptó por esos seis años de amor en silencio.Nada más que, en un momento así, él de plano se estaba pasando: ni una palabra de más.¿De verdad no tenía nada que decir?Pablo miró a Gloria con lástima. Al ver el ambiente atorado, se salió con discreción y cerró la puerta.El departamento era estrecho y la noche estaba en silencio.Gloria soltó una risita que rompió la tensión.—¿Cuál niño?Federico estaba erguido en medio de la sala.La luz amarillenta de arriba le borraba un poco los rasgos.Gloria se volteó; la luz le dejaba la cara perfectamente iluminada. Sus ojos, negros y claros, parecían sinceros, como si de verdad no entendiera.—Si hago cuentas… ¿ya venías embarazada cuando nos divorciamos? Si era así, ¿entonces por qué te divorciaste?Federico preguntó sin emoción.Como si fuera simple curiosidad.Gloria se dio cuenta, ya casada, de que él se había casado únicamente “por responsabilidad”.Y si había otra razón… era que le convenía tenerlo “en regla”.En dos años, ella entendió perfectamente cuál era su lugar en su vida.Gloria creció en un orfanato; le faltaba cariño y le faltaba seguridad.Ese matrimonio no le dio nada de calor.Salvo por esa única clase de calor: cuando él se dejaba llevar en la cama y, por un instante, parecía que solo existía ella.Por eso, el divorcio lo pidió Gloria.Federico solo dijo: “Mientras no te arrepientas”.La misma tarde en que firmaron el divorcio, Gloria pidió cambio de puesto y la mandaron a una sucursal en otra zona, como directora general.Y ahora, medio año después, de la nada aparecía un bebé.Federico no supo qué sentir.—¿No era para dejarle el lugar libre a la señorita Orozco? —Gloria sonrió apenas—. Si de verdad te llevas al niño, ¿ella va a estar de acuerdo? Dicen que ustedes ya casi… Si se enoja y te corta, ¿qué vas a hacer?Dicen que Irene Orozco era la única mujer a la que Federico había amado en su vida.Crecieron juntos. Luego, por alguna razón, terminaron e Irene se fue al extranjero.Después, durante años, Federico estuvo solo: cero escándalos, cero rumores. Cada vez que los medios mencionaban esa relación, decían que él la estaba esperando.***Medio año atrás, Irene regresó al país y se convirtió en la gota que le faltaba a Gloria: quería irse… pero no podía soltarlo.Esa misma noche, cuando supo que Irene había vuelto, Gloria pidió el divorcio.—Eso no tiene nada que ver contigo, y tampoco es algo que te toque decidir —dijo Federico, igual de impasible—. Eres lista. El niño no debería crecer en un lugar así. Lo correcto es que se vaya con la familia Córdoba.Gloria era lista, sí. Pero cuando alguien se enamora, deja de pensar con claridad.—Ni un perro se queja por vivir en un lugar humilde, ¿y mi hijo sí? Si a él no le va a importar, ¿por qué a ti te da vergüenza?Gloria siempre había sido de lengua filosa.Federico la conocía: era de las que, cuando se le mete algo en la cabeza, no lo suelta.En el trabajo ya se le había enfrentado más de una vez. Por la evaluación de un proyecto, se arriesgó a que la corrieran con tal de llevarle la contra.Solo en la cama lo había hecho ceder.Pero esto era distinto. Por más que ella insistiera, Federico no iba a aflojar.—Gloria, ¿de verdad crees que puedes pelearte conmigo?Fue un golpe bajo. A Gloria se le cerró la garganta, como si alguien la estuviera apretando.No tenía cómo discutirle, mucho menos cómo defenderse.Gloria jaló la comisura de los labios.—Señor Córdoba, está entendiendo mal.—Ese bebé es de Virginia Reinoso. Yo fui al hospital a verla después del trabajo y apenas iba entrando a la casa.Federico frunció el ceño y la observó.Duda. Evaluación. Y al final, al verla todavía con falda entallada, cintura marcada y sin un solo rastro de haber pasado por un embarazo… no cuadraba.No parecía alguien que hubiera estado embarazada, y menos alguien que acabara de dar a luz.—Ah, Virginia… ¿te acuerdas? La que te mencionaba seguido…Gloria intentó explicar.Pero Federico ni la estaba escuchando.Sacó un cigarro, se lo puso en la boca y lo encendió. Caminó a la ventana y fumó uno tras otro.En menos de una hora había pasado de “ser papá” a “no ser nada”. Necesitaba calmarse.Y además… Gloria se veía distinta.No sabía decir en qué, pero no era la misma de su recuerdo. La miró con cuidado en el reflejo del vidrio.En aquellos dos años de matrimonio, a solas con él, ella era dócil, como una gatita.Ahora parecía una gata callejera.¿De verdad había hecho una broma así de absurda?Gloria se acercó y abrió la ventana. El aire helado del invierno entró de golpe y se llevó parte del olor a cigarro.—Aunque te equivocaste, sí me da curiosidad… Si de veras hubiera un niño, y tuvieras que escoger entre el niño y la señorita Orozco, ¿a cuál eliges?Ella era lo suficientemente lista como para no ponerse a sí misma en esa lista.—No existe ese “si”.Federico apagó el cigarro. Buscó un cenicero y, al no encontrar, se quedó con la colilla entre los dedos mientras salía de su casa.No era el tipo de hombre que se quedaba a platicar con la ex a medianoche.Gloria pensó: si no hubiera visto esa publicación en Instagram, él jamás la habría vuelto a buscar.A menos que pasara como hace un mes, cuando se toparon por casualidad en un hotel: él iba tomado y ellos… se acostaron otra vez.A Gloria le dio pena. Se subió la ropa y se fue antes de que él despertara.Quiso enterrarlo y ya, pero aquello se le quedó dentro… y creció.Sí estaba embarazada. Seis semanas. Y el bebé iba bien.Afuera nevaba. Los copos caían pesados, haciendo que el hombre vestido de negro se viera todavía más evidente.Gloria cerró la ventana y apoyó la frente en el vidrio frío. Lo vio tirar la colilla en el basurero, subirse al Bugatti estacionado en la calle y arrancar.Ese carro, en ese barrio, se veía ridículamente fuera de lugar.Como Federico: nunca debió aparecer en la vida de Gloria.***De todas las del orfanato, Gloria fue la que más lejos llegó. Por sus buenas calificaciones, la aceptaron con beca completa en una de las mejores universidades del país.Ahí conoció a Federico. Entre tantos tipos, él destacaba demasiado; fue imposible no notarlo.Gloria pensó que con esos dos años de matrimonio —y todas esas noches— le alcanzaba para guardarlo como recuerdo de por vida.Pero no. Ahora traía un bebé en el vientre.No quiso abortar. Al final, era la única persona en el mundo con quien tendría un lazo de sangre.Le daba miedo que Federico se lo quitara, pero también se aferró a una esperanza: tal vez, por no hacer enojar a Irene, Federico fingiría que ese niño no existía.Y resultó que no.Gloria suspiró y bajó la mirada a su vientre, todavía plano.Aunque Federico no recordara lo de aquella noche, ella quería estar preparada.Mientras no estuviera bajo la mirada de Federico… si tenía al bebé en secreto, ¿no sería imposible que se diera cuenta?Y si llegaba a enterarse, después del ridículo de esta vez, la próxima —aunque fuera verdad— ya no volvería a aparecer, ¿no?Cerca de fin de año, el Holding Rivadeneira hizo su reunión anual de resultados.Gloria llevó sus reportes a la oficina central para presentar… y además metió una carta de renuncia.Iba a escapar.Lejos de esa zona. Entre más lejos de Federico, mejor.La junta era a las 9:10. Ya eran 9:30 y Federico no aparecía.—Cuando venía para acá vi a la señorita Orozco —dijo en voz baja el responsable de otra sucursal—. Está en la oficina del señor Córdoba.—Con razón va tarde… anda con la señorita Orozco.Federico siempre priorizaba el trabajo y era puntual.La llegada de Irene rompió su regla.Gloria entendió por fin qué era que alguien tuviera un lugar especial.Se levantó y fue a la ventana de la sala de juntas. Abrió apenas la cortina y miró hacia la oficina de dirección, enfrente.La cortina estaba a medias. Se alcanzaba a ver el interior gris oscuro… y un toque de morado llamativo.Gloria conocía esa oficina de memoria: había sido su secretaria.En su cabeza se armó la escena: Federico sentado, Irene recargada en el escritorio, mirándose y sonriendo.O algo más cercano.Gloria entró al Holding Rivadeneira por él. Pensó que solo sería alguien más en su vida.Y terminó demasiado involucrada.Bueno… demasiado hondo en su vida. Para Federico, quizá ella solo era alguien a quien miró una vez de más.En esos dos años de matrimonio, ella no tuvo ningún trato especial. Mucho menos cariño.Ni idea de si haber luchado tanto por estar cerca de él fue lo correcto o no.Se alegraba de haber estado tan cerca… y a la vez se arrepentía.Ese revoltijo de emociones le subió al pecho.—Ya pueden empezar a presentar —dijo Pablo al entrar—. La reunión se está grabando; el señor Córdoba revisará la grabación después.A Gloria se le movieron apenas los dedos. Soltó la cortina, bajó la mirada y regresó a su asiento.Los directores de cada sucursal presentaron. Sin Federico presente, todo avanzó rápido.Lo que estaba planeado para tres horas se resolvió en dos.—Pueden pasar al coctel —dijo Pablo mientras juntaba los reportes—. El señor Córdoba baja en un rato.Cuando llegó con Gloria, ella le sonrió.—Pablo, ¿me haces el favor de entregarle esto al señor Córdoba?Gloria metió su renuncia en un sobre. Su idea era dársela ella misma a Federico.Pero con Irene ahí, no le convenía entrar.—Puedes dárselo directo —dijo Pablo.Pablo era el asistente personal de Federico y Gloria había sido su secretaria; antes se trataban mucho. Además, Pablo era el único en la empresa que sabía que ellos habían estado casados.***Capítulo 3Ya entrada la noche, Gloria Loyola subió una foto de un recién nacido y escribió: “¡Ya soy mamá! ¡Mi primer bebé!”No pasó ni una hora cuando tocaron a su puerta. Era su exmarido, de quien llevaba medio año divorciada.En cuanto abrió, la cara sombría de Federico Córdoba hizo que se helara el ambiente en aquel depa rentado de dos cuartos.Gloria aferró la mano al picaporte.—¿Qué haces aquí?Él entró sin decir nada, con el rostro helado. Sus zapatos de vestir, impecables, se veían fuera de lugar sobre el piso viejo y floreado del edificio.No era la primera vez que iba ahí. Fue directo al cuarto de Gloria.Su asistente, Pablo Ibarra, traía un documento en la mano y se lo extendió.—Gloria, cuánto tiempo. El abogado del señor Córdoba redactó anoche este acuerdo de custodia.Gloria lo tomó y le echó un vistazo.El bebé tenía que criarse con la familia Córdoba.Entre tanta palabrería, esa frase le saltó a la vista de inmediato.Así que, tal como imaginaba, Federico venía por la custodia.Y, para no quedar como un desgraciado, el acuerdo decía que Gloria podía quedarse con el niño hasta que cumpliera tres años.Con una condición: si ella aceptaba. Si no, Federico se lo llevaba en ese mismo momento.A Gloria se le hizo un nudo en el pecho y la recorrió un dolor sordo.Seguía en shock cuando Federico salió del cuarto.—¿Dónde está el niño?Desde que se casó con él, Gloria sabía que era un hombre callado… y frío.Pero también había sido “correcto”: por un accidente terminó acostándose con ella y, para hacerse responsable, le propuso matrimonio.Gloria aceptó por esos seis años de amor en silencio.Nada más que, en un momento así, él de plano se estaba pasando: ni una palabra de más.¿De verdad no tenía nada que decir?Pablo miró a Gloria con lástima. Al ver el ambiente atorado, se salió con discreción y cerró la puerta.El departamento era estrecho y la noche estaba en silencio.Gloria soltó una risita que rompió la tensión.—¿Cuál niño?Federico estaba erguido en medio de la sala.La luz amarillenta de arriba le borraba un poco los rasgos.Gloria se volteó; la luz le dejaba la cara perfectamente iluminada. Sus ojos, negros y claros, parecían sinceros, como si de verdad no entendiera.—Si hago cuentas… ¿ya venías embarazada cuando nos divorciamos? Si era así, ¿entonces por qué te divorciaste?Federico preguntó sin emoción.Como si fuera simple curiosidad.Gloria se dio cuenta, ya casada, de que él se había casado únicamente “por responsabilidad”.Y si había otra razón… era que le convenía tenerlo “en regla”.En dos años, ella entendió perfectamente cuál era su lugar en su vida.Gloria creció en un orfanato; le faltaba cariño y le faltaba seguridad.Ese matrimonio no le dio nada de calor.Salvo por esa única clase de calor: cuando él se dejaba llevar en la cama y, por un instante, parecía que solo existía ella.Por eso, el divorcio lo pidió Gloria.Federico solo dijo: “Mientras no te arrepientas”.La misma tarde en que firmaron el divorcio, Gloria pidió cambio de puesto y la mandaron a una sucursal en otra zona, como directora general.Y ahora, medio año después, de la nada aparecía un bebé.Federico no supo qué sentir.—¿No era para dejarle el lugar libre a la señorita Orozco? —Gloria sonrió apenas—. Si de verdad te llevas al niño, ¿ella va a estar de acuerdo? Dicen que ustedes ya casi… Si se enoja y te corta, ¿qué vas a hacer?Dicen que Irene Orozco era la única mujer a la que Federico había amado en su vida.Crecieron juntos. Luego, por alguna razón, terminaron e Irene se fue al extranjero.Después, durante años, Federico estuvo solo: cero escándalos, cero rumores. Cada vez que los medios mencionaban esa relación, decían que él la estaba esperando.***Medio año atrás, Irene regresó al país y se convirtió en la gota que le faltaba a Gloria: quería irse… pero no podía soltarlo.Esa misma noche, cuando supo que Irene había vuelto, Gloria pidió el divorcio.—Eso no tiene nada que ver contigo, y tampoco es algo que te toque decidir —dijo Federico, igual de impasible—. Eres lista. El niño no debería crecer en un lugar así. Lo correcto es que se vaya con la familia Córdoba.Gloria era lista, sí. Pero cuando alguien se enamora, deja de pensar con claridad.—Ni un perro se queja por vivir en un lugar humilde, ¿y mi hijo sí? Si a él no le va a importar, ¿por qué a ti te da vergüenza?Gloria siempre había sido de lengua filosa.Federico la conocía: era de las que, cuando se le mete algo en la cabeza, no lo suelta.En el trabajo ya se le había enfrentado más de una vez. Por la evaluación de un proyecto, se arriesgó a que la corrieran con tal de llevarle la contra.Solo en la cama lo había hecho ceder.Pero esto era distinto. Por más que ella insistiera, Federico no iba a aflojar.—Gloria, ¿de verdad crees que puedes pelearte conmigo?Fue un golpe bajo. A Gloria se le cerró la garganta, como si alguien la estuviera apretando.No tenía cómo discutirle, mucho menos cómo defenderse.Gloria jaló la comisura de los labios.—Señor Córdoba, está entendiendo mal.—Ese bebé es de Virginia Reinoso. Yo fui al hospital a verla después del trabajo y apenas iba entrando a la casa.Federico frunció el ceño y la observó.Duda. Evaluación. Y al final, al verla todavía con falda entallada, cintura marcada y sin un solo rastro de haber pasado por un embarazo… no cuadraba.No parecía alguien que hubiera estado embarazada, y menos alguien que acabara de dar a luz.—Ah, Virginia… ¿te acuerdas? La que te mencionaba seguido…Gloria intentó explicar.Pero Federico ni la estaba escuchando.Sacó un cigarro, se lo puso en la boca y lo encendió. Caminó a la ventana y fumó uno tras otro.En menos de una hora había pasado de “ser papá” a “no ser nada”. Necesitaba calmarse.Y además… Gloria se veía distinta.No sabía decir en qué, pero no era la misma de su recuerdo. La miró con cuidado en el reflejo del vidrio.En aquellos dos años de matrimonio, a solas con él, ella era dócil, como una gatita.Ahora parecía una gata callejera.¿De verdad había hecho una broma así de absurda?Gloria se acercó y abrió la ventana. El aire helado del invierno entró de golpe y se llevó parte del olor a cigarro.—Aunque te equivocaste, sí me da curiosidad… Si de veras hubiera un niño, y tuvieras que escoger entre el niño y la señorita Orozco, ¿a cuál eliges?Ella era lo suficientemente lista como para no ponerse a sí misma en esa lista.—No existe ese “si”.Federico apagó el cigarro. Buscó un cenicero y, al no encontrar, se quedó con la colilla entre los dedos mientras salía de su casa.No era el tipo de hombre que se quedaba a platicar con la ex a medianoche.Gloria pensó: si no hubiera visto esa publicación en Instagram, él jamás la habría vuelto a buscar.A menos que pasara como hace un mes, cuando se toparon por casualidad en un hotel: él iba tomado y ellos… se acostaron otra vez.A Gloria le dio pena. Se subió la ropa y se fue antes de que él despertara.Quiso enterrarlo y ya, pero aquello se le quedó dentro… y creció.Sí estaba embarazada. Seis semanas. Y el bebé iba bien.Afuera nevaba. Los copos caían pesados, haciendo que el hombre vestido de negro se viera todavía más evidente.Gloria cerró la ventana y apoyó la frente en el vidrio frío. Lo vio tirar la colilla en el basurero, subirse al Bugatti estacionado en la calle y arrancar.Ese carro, en ese barrio, se veía ridículamente fuera de lugar.Como Federico: nunca debió aparecer en la vida de Gloria.***De todas las del orfanato, Gloria fue la que más lejos llegó. Por sus buenas calificaciones, la aceptaron con beca completa en una de las mejores universidades del país.Ahí conoció a Federico. Entre tantos tipos, él destacaba demasiado; fue imposible no notarlo.Gloria pensó que con esos dos años de matrimonio —y todas esas noches— le alcanzaba para guardarlo como recuerdo de por vida.Pero no. Ahora traía un bebé en el vientre.No quiso abortar. Al final, era la única persona en el mundo con quien tendría un lazo de sangre.Le daba miedo que Federico se lo quitara, pero también se aferró a una esperanza: tal vez, por no hacer enojar a Irene, Federico fingiría que ese niño no existía.Y resultó que no.Gloria suspiró y bajó la mirada a su vientre, todavía plano.Aunque Federico no recordara lo de aquella noche, ella quería estar preparada.Mientras no estuviera bajo la mirada de Federico… si tenía al bebé en secreto, ¿no sería imposible que se diera cuenta?Y si llegaba a enterarse, después del ridículo de esta vez, la próxima —aunque fuera verdad— ya no volvería a aparecer, ¿no?Cerca de fin de año, el Holding Rivadeneira hizo su reunión anual de resultados.Gloria llevó sus reportes a la oficina central para presentar… y además metió una carta de renuncia.Iba a escapar.Lejos de esa zona. Entre más lejos de Federico, mejor.La junta era a las 9:10. Ya eran 9:30 y Federico no aparecía.—Cuando venía para acá vi a la señorita Orozco —dijo en voz baja el responsable de otra sucursal—. Está en la oficina del señor Córdoba.—Con razón va tarde… anda con la señorita Orozco.Federico siempre priorizaba el trabajo y era puntual.La llegada de Irene rompió su regla.Gloria entendió por fin qué era que alguien tuviera un lugar especial.Se levantó y fue a la ventana de la sala de juntas. Abrió apenas la cortina y miró hacia la oficina de dirección, enfrente.La cortina estaba a medias. Se alcanzaba a ver el interior gris oscuro… y un toque de morado llamativo.Gloria conocía esa oficina de memoria: había sido su secretaria.En su cabeza se armó la escena: Federico sentado, Irene recargada en el escritorio, mirándose y sonriendo.O algo más cercano.Gloria entró al Holding Rivadeneira por él. Pensó que solo sería alguien más en su vida.Y terminó demasiado involucrada.Bueno… demasiado hondo en su vida. Para Federico, quizá ella solo era alguien a quien miró una vez de más.En esos dos años de matrimonio, ella no tuvo ningún trato especial. Mucho menos cariño.Ni idea de si haber luchado tanto por estar cerca de él fue lo correcto o no.Se alegraba de haber estado tan cerca… y a la vez se arrepentía.Ese revoltijo de emociones le subió al pecho.—Ya pueden empezar a presentar —dijo Pablo al entrar—. La reunión se está grabando; el señor Córdoba revisará la grabación después.A Gloria se le movieron apenas los dedos. Soltó la cortina, bajó la mirada y regresó a su asiento.Los directores de cada sucursal presentaron. Sin Federico presente, todo avanzó rápido.Lo que estaba planeado para tres horas se resolvió en dos.—Pueden pasar al coctel —dijo Pablo mientras juntaba los reportes—. El señor Córdoba baja en un rato.Cuando llegó con Gloria, ella le sonrió.—Pablo, ¿me haces el favor de entregarle esto al señor Córdoba?Gloria metió su renuncia en un sobre. Su idea era dársela ella misma a Federico.Pero con Irene ahí, no le convenía entrar.—Puedes dárselo directo —dijo Pablo.Pablo era el asistente personal de Federico y Gloria había sido su secretaria; antes se trataban mucho. Además, Pablo era el único en la empresa que sabía que ellos habían estado casados.***