Capítulo 1—¡Sani, Marco ya tiene novia!Sania Belte despertó con el olor a desinfectante pegado en la nariz.Acababa de salir de una operación de apendicitis y el mensaje que le había mandado a su novio, Marco Casas, antes de entrar al quirófano, seguía sin respuesta. Como si se lo hubiera tragado la tierra.En ese momento, entró la llamada de su mejor amiga, Tatiana Casas.Sania apretó el celular con tanta fuerza que los dedos se le pusieron blancos. Habló con un hilo de voz, como si la hubieran cachado en algo.—¿Ya te enteraste?—¿Eh? ¿Tú también lo sabías? —Tatiana se quedó un segundo pensando y luego cayó en cuenta—. Ah, claro. Si tú eres la secretaria de mi tío, es normal que te enteres. Qué cosa… Marco soltero tantos años y resulta que estaba esperando a ella…¿A ella?A Sania se le cortó la respiración.—Pero de verdad me cae pésimo Noa García —se quejó Tatiana—. Esa tipa es puro drama, pura pose, y encima habla con esa vocecita fingida, como de muñequita. No sé qué le vio Marco.Sania había estado preocupada por si se le iba a descubrir la relación, pero al oír eso entendió que la “novia” de la que hablaba su amiga no era ella.La herida del lado derecho del abdomen le jaló con fuerza. Se mordió el labio, y luego preguntó, aguantando el dolor:—Taty… ¿y si te equivocaste?Antes de que él se fuera al extranjero, ese hombre todavía la abrazaba todas las noches para dormir. ¿Cómo iba a enamorarse de otra así de fácil?Tatiana chasqueó la lengua.—No me equivoqué. Te hago videollamada.La llamada se cortó de golpe y se convirtió en video.—Sani, la del traje de nieve rosa es Noa. El de negro es Marco.—Míralos, están empalagosos. Marco le está calentando las manos y encima le da besitos frente a mí… qué asco.La imagen estaba lejos, pero Sania reconoció a Marco al instante.Marco le había dicho que cuando ella cumpliera veinticinco, iba a hacer pública su relación.Faltaban cinco días para el cumpleaños de Sania.Y no llegó el día en que ellos salieran a la luz; lo que llegó fue ese momento, el más frágil para ella, en el que lo vio cumplir su “sueño” con otra.Entró una enfermera, revisó el expediente y habló sin levantar la vista.—Señorita, toca cambiar la curación.—¿Cómo? ¿Sani, estás en el hospital?Sania tragó el nudo en la garganta.—No. Vine a visitar a alguien. Taty, cuelgo entonces. Luego platicamos.—Va, va, va. ¡Entonces te escribo!Bzz. El celular vibró.Sania apretó el teléfono por reflejo, encendió la pantalla… pero era un mensaje de Tatiana, no de él.[Sani, yo juraba que a Marco le gustaban los hombres, y mira tú, le gustó una así de melosa.][Siento que esa melosa se parece un montón a ti.]Esa frase la había escuchado demasiados años.Ella y Noa no tenían lazos de sangre.Cuando su papá murió, su mamá se volvió a casar con la familia García; desde entonces, Noa era su hermanastra.Sania cerró los ojos, salió del chat y vio una notificación de Instagram.Era de Noa:[Jeje, mi entrenador personal.]La foto era justo la misma que Tatiana le acababa de mostrar.Sania y Marco llevaban tres años en una relación escondida. Por más que ella le rogó, él nunca quiso subir una foto juntos.Hasta ese instante entendió que lo que él no quería no era la foto: era hacerla pública a ella.En la imagen, Marco ni miraba la cámara. Tenía la mirada baja, clavada en Noa, como si solo existiera ella. En sus ojos, Noa era lo único que se reflejaba.Abajo, un comentario nuevo apareció rápido.[Marc: mi princesita, eres hermosa.]A Sania se le enterraron las uñas en la palma. Con una crueldad que se hizo a sí misma, abrió ese perfil conocido.Era su Instagram.San Valentín, Navidad, Año Nuevo…Cada vez que él decía que tenía que trabajar hasta tarde, que tenía un viaje, una comida de negocios… en realidad estaba con Noa.Cada palabra en la pantalla le raspaba el pecho por dentro.Se le heló el cuerpo y se le cerró la garganta; por un segundo, no pudo ni respirar bien.Se le quedó un amargor en la boca, como si la traición le supiera a hierro. ¿Por qué tenía que ser Noa?Desde niñas, ella y esa hermanastra nunca se llevaron bien.Y Marco lo sabía todo.¿Entonces ese hombre había estado con ella solo porque se parecía a Noa?Basta.Sania agarró el celular y le escribió a su mamá, Yuria Talco.[Mamá, acepto la cita.]Su madre, que casi siempre era fría con ella, respondió de inmediato.[Ya era hora. Te mandé la dirección. Salón privado 1012. Baja la cabeza, ¿sí?]A Sania se le escapó una sonrisa amarga. Ni disimulaba las ganas de “colocarla” bien.Cuando terminó el suero, salió y paró un taxi rumbo al restaurante.-Yuria, por supuesto, no le iba a conseguir a Sania un “buen partido” por cariño.El candidato era un tipo con fama de mujeriego, de esos que cambiaban de novia como de camisa.Desde que su mamá se volvió a casar, solo trató bien a Noa. Sania ya estaba acostumbrada al favoritismo.Sania respiró hondo y empujó la puerta del salón privado. Sus ojos se afilaron al instante.El hombre llevaba un traje vino, llamativo, de esos que gritan “mírenme”. En medio de la gente, destacaba.Tenía una copa en la mano y la otra metida en el bolsillo, como si todo le diera igual.Oyó la puerta y levantó la mirada. Sus ojos, de esos que parecen sonreír sin hacerlo, atrapaban.—¿Señor, hola?Había que admitirlo: ese chico tenía una cara impecable.Con esa cara, tenía con qué jugar con quien quisiera. Y por lo visto, jugaba mucho.Dentro había hombres y mujeres. Un ambiente pesado, de fiesta sin límites.El hombre alzó una ceja.—¿Y tú, qué…?—¿Hablamos?Él dejó la copa, hizo un gesto para que los demás salieran, y el salón quedó en silencio.Sania se apretó los labios y se plantó frente a él.—Me llamo Sania Belte. Hoy vine a la cita. Si te gusto, nos casamos.La frialdad de Marco le había dejado una lección clara: al final, muchos hombres eran lo mismo.Casarse… era casarse. Con cualquiera.Un acuerdo para vivir y cumplir, nada más.El hombre estiró la boca en una sonrisa floja. Su voz, lenta y perezosa, le rozó el oído.—¿Casarnos?Sania se sostuvo firme.—Sí. Si esto es una alianza entre familias, es para casarse. No me importa que andes con otras, pero no voy a hacerme responsable de hijos fuera del matrimonio. Como mucho, no te voy a armar un escándalo.—Si se puede, prefiero que el matrimonio sea por un año. Un año yo hago de esposa perfecta. Después nos divorciamos.—Tranquilo: si es solo de nombre, no voy a tocar ni un peso de la familia. Si no confías, hacemos un acuerdo prenupcial.—Si te parece bien, firmamos un contrato, todo por escrito. ¿Qué dices?Sania sintió que había sido lo más clara y correcta posible.Para un mujeriego, tener una esposa “presentable” como pantalla era ganar-ganar.Pero la mirada de él era como mar oscuro en noche fría: profunda, midiendo.—Está bien —dijo al fin, con esa misma calma—. Todavía es temprano. ¿Qué tal si… vamos ahorita mismo a sacar el acta?A las cinco y media, Sania salió del registro civil con el acta de matrimonio en la mano, junto a él.Ni la miró; la guardó en el bolso.Después de firmar, todavía sentía que no era real.¿Así de fácil se había casado?¿No era demasiado rápido…?Él sonrió apenas.—¿Te arrepentiste?Sania negó.—No hay de qué arrepentirse. Tengo cosas que hacer. Me voy.—Espera. —Él la detuvo con una mano—. ¿Tu número?Tenía sentido. Ya eran “esposos”. No podían ni siquiera tener el teléfono del otro.Sania se lo dictó. Él la llamó para que su número quedara guardado.Ella ni siquiera sabía cómo se llamaba en el celular, así que le pasó el teléfono para que se anotara.Los dedos fríos de él le rozaron la piel y a Sania se le tensó el cuerpo, incómoda.Cuando vio el nombre, solo asintió.—Listo. ¿Entonces cada quien para su casa?Todavía tenía que ir a la casa de Marco a sacar sus cosas.Evaldo Camoso hizo un gesto leve con la cabeza. Su tono fue plano.—¿Quieres que te lleve?—No. Tomo un taxi.Se separaron. No pasó mucho cuando a Sania le llegó una solicitud para agregarla.La nota decía, sin vergüenza: tu esposo.A Sania se le calentaron las mejillas. Aceptó sin pensar demasiado.Y al ponerle un nombre en contactos, dudó un segundo… y escribió: esposo.Se suponía que iban a fingir un año de matrimonio perfecto. Él le había resuelto el problema; ella le iba a seguir el juego.Era solo un nombre en el celular. No era nada.Y, aun así, el hombre que ella había fijado arriba por tres años seguía sin responderle.Sania soltó una risa triste, quitó el chat de “fijados” y lo bloqueó.Si no lo veía, dolía menos.-Con el acta en la mano, Sania llamó a su madre.—Mamá, ya fui a la cita. Puedo casarme como querías. Pero lo que me prometiste… quiero cambiarlo.Su papá había sido hijo único. Cuando murió, el hotel que él había levantado quedó en manos de Yuria para administrarlo.Después, cuando Yuria se volvió a casar, dejó de interesarle y se lo pasó a su hermano menor para que lo manejara, aunque las acciones seguían a nombre de Yuria.Yuria frunció el ceño.—¿Qué quieres?Sania sonrió con burla.—Quiero todas las acciones del hotel que están a tu nombre. Y que Noa se salga de Villa Serenidad.Villa Serenidad era la casita donde su papá y su mamá vivieron al casarse. Ahí estaban sus recuerdos de infancia.Luego Sania se fue a vivir con sus abuelos a un departamento en la ciudad y la casa quedó abandonada años.Hasta que, hacía dos años, su mamá se la dio a Noa para usarla como sala de práctica, llenándola de sus cosas.Ahora, todo lo que era de su papá, Sania lo iba a recuperar.A Yuria no le importaba tanto una casa así; la familia García tenía dinero de sobra. Solo le gustaba porque estaba en un lugar bonito.—Sani, Villa Serenidad la ponemos a tu nombre, pero las acciones… ¿no estás pidiendo demasiado?Sania soltó una risa suave.—Mamá, la herencia de mi papá no era solo tuya. Mi abuela y yo también tenemos parte. ¿Dónde está lo “demasiado”?La cara de Yuria cambió. Le dio flojera discutir.—Cuando lo de tu matrimonio quede bien amarrado, te lo transfiero.Sania colgó. No le preocupaba que Yuria se echara para atrás.Si lo hacía, Sania se divorciaba de su “esposo” sin dudarlo.-Evaldo manejó su Bugatti llamativo hasta la casa familiar.Apenas entró, vio al viejo esperándolo con la cara dura.El hombre mayor le aventó una revista de chismes a los pies.—La vez pasada una modelo, ahora una celebridad. ¿Me quieres matar del coraje o qué?Evaldo soltó una risita, se agachó, levantó la revista y le sacudió el polvo.—¿Cómo cree? Si lo mato, ¿quién me va a estar apurando para casarme? ¿O no?Sandro Camoso apretó los dientes.—¡Chamaco desgraciado! ¡Qué vergüenza de familia!Sandro no estaba enojado por los chismes en sí.Estaba furioso porque los chismes decían que la supuesta pareja de Evaldo era un hombre.Podía hacer lo que quisiera, pero eso no.La familia Camoso venía de una historia poderosa: primero con prestigio militar, luego negocios, y así levantaron su imperio. El Grupo Camoso tenía propiedades, tecnología, finanzas, salud… de todo.Sandro sentía que le iba a dar algo si su hijo menor resultaba ser gay.—No me importa cómo, pero este año te casas. ¿Oíste? El de la familia Casas dicen que se va a casar con una García. ¿Y tú? ¿Vas a dejar que Pascual me gane?Camoso y Casas se traían pleito desde hacía décadas.La esposa fallecida de Sandro había sido el primer amor de Pascual Casas. Desde entonces, las dos familias vivían compitiendo: quién tenía más negocios, más poder, más hijos… y ahora, quién casaba primero al “problemático”.Sandro siempre le había ganado a Pascual. No pensaba perder por culpa de este hijo.Evaldo sonrió como si le divirtiera.—¿Casarme…?—¡Sí! —rugió Sandro.Evaldo alargó las palabras, con descaro.—Ya me casé. Hoy. El acta todavía está calientita. ¿Quiere verla?Sandro se quedó helado.—¿Qué?Los ojos se le abrieron.—A ver, dámela.Evaldo le pasó el acta recién sacada.—¿La ve bien o le traigo sus lentes?Sandro bufó.—Cállate y déjame leer.Era un acta real. La foto parecía tomada ese mismo día. Y la ropa coincidía con la que Evaldo llevaba puesta.—¿No será que hiciste una falsa para engañarme? —desconfió Sandro.—No tengo tanto tiempo libre. Si no me cree, un día le traigo a su nuera.Sandro miró la foto otra vez.—Bueno… la muchacha está bonita. Para ti, hasta lástima da.Evaldo sonrió con algo más oscuro.—Papá, cuando la conozca, pórtese bien. No vaya a ser que se me escape.Solo faltaba ver cuándo su esposa se daría cuenta de que se había casado con el hombre equivocado.Capítulo 2—¡Sani, Marco ya tiene novia!Sania Belte despertó con el olor a desinfectante pegado en la nariz.Acababa de salir de una operación de apendicitis y el mensaje que le había mandado a su novio, Marco Casas, antes de entrar al quirófano, seguía sin respuesta. Como si se lo hubiera tragado la tierra.En ese momento, entró la llamada de su mejor amiga, Tatiana Casas.Sania apretó el celular con tanta fuerza que los dedos se le pusieron blancos. Habló con un hilo de voz, como si la hubieran cachado en algo.—¿Ya te enteraste?—¿Eh? ¿Tú también lo sabías? —Tatiana se quedó un segundo pensando y luego cayó en cuenta—. Ah, claro. Si tú eres la secretaria de mi tío, es normal que te enteres. Qué cosa… Marco soltero tantos años y resulta que estaba esperando a ella…¿A ella?A Sania se le cortó la respiración.—Pero de verdad me cae pésimo Noa García —se quejó Tatiana—. Esa tipa es puro drama, pura pose, y encima habla con esa vocecita fingida, como de muñequita. No sé qué le vio Marco.Sania había estado preocupada por si se le iba a descubrir la relación, pero al oír eso entendió que la “novia” de la que hablaba su amiga no era ella.La herida del lado derecho del abdomen le jaló con fuerza. Se mordió el labio, y luego preguntó, aguantando el dolor:—Taty… ¿y si te equivocaste?Antes de que él se fuera al extranjero, ese hombre todavía la abrazaba todas las noches para dormir. ¿Cómo iba a enamorarse de otra así de fácil?Tatiana chasqueó la lengua.—No me equivoqué. Te hago videollamada.La llamada se cortó de golpe y se convirtió en video.—Sani, la del traje de nieve rosa es Noa. El de negro es Marco.—Míralos, están empalagosos. Marco le está calentando las manos y encima le da besitos frente a mí… qué asco.La imagen estaba lejos, pero Sania reconoció a Marco al instante.Marco le había dicho que cuando ella cumpliera veinticinco, iba a hacer pública su relación.Faltaban cinco días para el cumpleaños de Sania.Y no llegó el día en que ellos salieran a la luz; lo que llegó fue ese momento, el más frágil para ella, en el que lo vio cumplir su “sueño” con otra.Entró una enfermera, revisó el expediente y habló sin levantar la vista.—Señorita, toca cambiar la curación.—¿Cómo? ¿Sani, estás en el hospital?Sania tragó el nudo en la garganta.—No. Vine a visitar a alguien. Taty, cuelgo entonces. Luego platicamos.—Va, va, va. ¡Entonces te escribo!Bzz. El celular vibró.Sania apretó el teléfono por reflejo, encendió la pantalla… pero era un mensaje de Tatiana, no de él.[Sani, yo juraba que a Marco le gustaban los hombres, y mira tú, le gustó una así de melosa.][Siento que esa melosa se parece un montón a ti.]Esa frase la había escuchado demasiados años.Ella y Noa no tenían lazos de sangre.Cuando su papá murió, su mamá se volvió a casar con la familia García; desde entonces, Noa era su hermanastra.Sania cerró los ojos, salió del chat y vio una notificación de Instagram.Era de Noa:[Jeje, mi entrenador personal.]La foto era justo la misma que Tatiana le acababa de mostrar.Sania y Marco llevaban tres años en una relación escondida. Por más que ella le rogó, él nunca quiso subir una foto juntos.Hasta ese instante entendió que lo que él no quería no era la foto: era hacerla pública a ella.En la imagen, Marco ni miraba la cámara. Tenía la mirada baja, clavada en Noa, como si solo existiera ella. En sus ojos, Noa era lo único que se reflejaba.Abajo, un comentario nuevo apareció rápido.[Marc: mi princesita, eres hermosa.]A Sania se le enterraron las uñas en la palma. Con una crueldad que se hizo a sí misma, abrió ese perfil conocido.Era su Instagram.San Valentín, Navidad, Año Nuevo…Cada vez que él decía que tenía que trabajar hasta tarde, que tenía un viaje, una comida de negocios… en realidad estaba con Noa.Cada palabra en la pantalla le raspaba el pecho por dentro.Se le heló el cuerpo y se le cerró la garganta; por un segundo, no pudo ni respirar bien.Se le quedó un amargor en la boca, como si la traición le supiera a hierro. ¿Por qué tenía que ser Noa?Desde niñas, ella y esa hermanastra nunca se llevaron bien.Y Marco lo sabía todo.¿Entonces ese hombre había estado con ella solo porque se parecía a Noa?Basta.Sania agarró el celular y le escribió a su mamá, Yuria Talco.[Mamá, acepto la cita.]Su madre, que casi siempre era fría con ella, respondió de inmediato.[Ya era hora. Te mandé la dirección. Salón privado 1012. Baja la cabeza, ¿sí?]A Sania se le escapó una sonrisa amarga. Ni disimulaba las ganas de “colocarla” bien.Cuando terminó el suero, salió y paró un taxi rumbo al restaurante.-Yuria, por supuesto, no le iba a conseguir a Sania un “buen partido” por cariño.El candidato era un tipo con fama de mujeriego, de esos que cambiaban de novia como de camisa.Desde que su mamá se volvió a casar, solo trató bien a Noa. Sania ya estaba acostumbrada al favoritismo.Sania respiró hondo y empujó la puerta del salón privado. Sus ojos se afilaron al instante.El hombre llevaba un traje vino, llamativo, de esos que gritan “mírenme”. En medio de la gente, destacaba.Tenía una copa en la mano y la otra metida en el bolsillo, como si todo le diera igual.Oyó la puerta y levantó la mirada. Sus ojos, de esos que parecen sonreír sin hacerlo, atrapaban.—¿Señor, hola?Había que admitirlo: ese chico tenía una cara impecable.Con esa cara, tenía con qué jugar con quien quisiera. Y por lo visto, jugaba mucho.Dentro había hombres y mujeres. Un ambiente pesado, de fiesta sin límites.El hombre alzó una ceja.—¿Y tú, qué…?—¿Hablamos?Él dejó la copa, hizo un gesto para que los demás salieran, y el salón quedó en silencio.Sania se apretó los labios y se plantó frente a él.—Me llamo Sania Belte. Hoy vine a la cita. Si te gusto, nos casamos.La frialdad de Marco le había dejado una lección clara: al final, muchos hombres eran lo mismo.Casarse… era casarse. Con cualquiera.Un acuerdo para vivir y cumplir, nada más.El hombre estiró la boca en una sonrisa floja. Su voz, lenta y perezosa, le rozó el oído.—¿Casarnos?Sania se sostuvo firme.—Sí. Si esto es una alianza entre familias, es para casarse. No me importa que andes con otras, pero no voy a hacerme responsable de hijos fuera del matrimonio. Como mucho, no te voy a armar un escándalo.—Si se puede, prefiero que el matrimonio sea por un año. Un año yo hago de esposa perfecta. Después nos divorciamos.—Tranquilo: si es solo de nombre, no voy a tocar ni un peso de la familia. Si no confías, hacemos un acuerdo prenupcial.—Si te parece bien, firmamos un contrato, todo por escrito. ¿Qué dices?Sania sintió que había sido lo más clara y correcta posible.Para un mujeriego, tener una esposa “presentable” como pantalla era ganar-ganar.Pero la mirada de él era como mar oscuro en noche fría: profunda, midiendo.—Está bien —dijo al fin, con esa misma calma—. Todavía es temprano. ¿Qué tal si… vamos ahorita mismo a sacar el acta?A las cinco y media, Sania salió del registro civil con el acta de matrimonio en la mano, junto a él.Ni la miró; la guardó en el bolso.Después de firmar, todavía sentía que no era real.¿Así de fácil se había casado?¿No era demasiado rápido…?Él sonrió apenas.—¿Te arrepentiste?Sania negó.—No hay de qué arrepentirse. Tengo cosas que hacer. Me voy.—Espera. —Él la detuvo con una mano—. ¿Tu número?Tenía sentido. Ya eran “esposos”. No podían ni siquiera tener el teléfono del otro.Sania se lo dictó. Él la llamó para que su número quedara guardado.Ella ni siquiera sabía cómo se llamaba en el celular, así que le pasó el teléfono para que se anotara.Los dedos fríos de él le rozaron la piel y a Sania se le tensó el cuerpo, incómoda.Cuando vio el nombre, solo asintió.—Listo. ¿Entonces cada quien para su casa?Todavía tenía que ir a la casa de Marco a sacar sus cosas.Evaldo Camoso hizo un gesto leve con la cabeza. Su tono fue plano.—¿Quieres que te lleve?—No. Tomo un taxi.Se separaron. No pasó mucho cuando a Sania le llegó una solicitud para agregarla.La nota decía, sin vergüenza: tu esposo.A Sania se le calentaron las mejillas. Aceptó sin pensar demasiado.Y al ponerle un nombre en contactos, dudó un segundo… y escribió: esposo.Se suponía que iban a fingir un año de matrimonio perfecto. Él le había resuelto el problema; ella le iba a seguir el juego.Era solo un nombre en el celular. No era nada.Y, aun así, el hombre que ella había fijado arriba por tres años seguía sin responderle.Sania soltó una risa triste, quitó el chat de “fijados” y lo bloqueó.Si no lo veía, dolía menos.-Con el acta en la mano, Sania llamó a su madre.—Mamá, ya fui a la cita. Puedo casarme como querías. Pero lo que me prometiste… quiero cambiarlo.Su papá había sido hijo único. Cuando murió, el hotel que él había levantado quedó en manos de Yuria para administrarlo.Después, cuando Yuria se volvió a casar, dejó de interesarle y se lo pasó a su hermano menor para que lo manejara, aunque las acciones seguían a nombre de Yuria.Yuria frunció el ceño.—¿Qué quieres?Sania sonrió con burla.—Quiero todas las acciones del hotel que están a tu nombre. Y que Noa se salga de Villa Serenidad.Villa Serenidad era la casita donde su papá y su mamá vivieron al casarse. Ahí estaban sus recuerdos de infancia.Luego Sania se fue a vivir con sus abuelos a un departamento en la ciudad y la casa quedó abandonada años.Hasta que, hacía dos años, su mamá se la dio a Noa para usarla como sala de práctica, llenándola de sus cosas.Ahora, todo lo que era de su papá, Sania lo iba a recuperar.A Yuria no le importaba tanto una casa así; la familia García tenía dinero de sobra. Solo le gustaba porque estaba en un lugar bonito.—Sani, Villa Serenidad la ponemos a tu nombre, pero las acciones… ¿no estás pidiendo demasiado?Sania soltó una risa suave.—Mamá, la herencia de mi papá no era solo tuya. Mi abuela y yo también tenemos parte. ¿Dónde está lo “demasiado”?La cara de Yuria cambió. Le dio flojera discutir.—Cuando lo de tu matrimonio quede bien amarrado, te lo transfiero.Sania colgó. No le preocupaba que Yuria se echara para atrás.Si lo hacía, Sania se divorciaba de su “esposo” sin dudarlo.-Evaldo manejó su Bugatti llamativo hasta la casa familiar.Apenas entró, vio al viejo esperándolo con la cara dura.El hombre mayor le aventó una revista de chismes a los pies.—La vez pasada una modelo, ahora una celebridad. ¿Me quieres matar del coraje o qué?Evaldo soltó una risita, se agachó, levantó la revista y le sacudió el polvo.—¿Cómo cree? Si lo mato, ¿quién me va a estar apurando para casarme? ¿O no?Sandro Camoso apretó los dientes.—¡Chamaco desgraciado! ¡Qué vergüenza de familia!Sandro no estaba enojado por los chismes en sí.Estaba furioso porque los chismes decían que la supuesta pareja de Evaldo era un hombre.Podía hacer lo que quisiera, pero eso no.La familia Camoso venía de una historia poderosa: primero con prestigio militar, luego negocios, y así levantaron su imperio. El Grupo Camoso tenía propiedades, tecnología, finanzas, salud… de todo.Sandro sentía que le iba a dar algo si su hijo menor resultaba ser gay.—No me importa cómo, pero este año te casas. ¿Oíste? El de la familia Casas dicen que se va a casar con una García. ¿Y tú? ¿Vas a dejar que Pascual me gane?Camoso y Casas se traían pleito desde hacía décadas.La esposa fallecida de Sandro había sido el primer amor de Pascual Casas. Desde entonces, las dos familias vivían compitiendo: quién tenía más negocios, más poder, más hijos… y ahora, quién casaba primero al “problemático”.Sandro siempre le había ganado a Pascual. No pensaba perder por culpa de este hijo.Evaldo sonrió como si le divirtiera.—¿Casarme…?—¡Sí! —rugió Sandro.Evaldo alargó las palabras, con descaro.—Ya me casé. Hoy. El acta todavía está calientita. ¿Quiere verla?Sandro se quedó helado.—¿Qué?Los ojos se le abrieron.—A ver, dámela.Evaldo le pasó el acta recién sacada.—¿La ve bien o le traigo sus lentes?Sandro bufó.—Cállate y déjame leer.Era un acta real. La foto parecía tomada ese mismo día. Y la ropa coincidía con la que Evaldo llevaba puesta.—¿No será que hiciste una falsa para engañarme? —desconfió Sandro.—No tengo tanto tiempo libre. Si no me cree, un día le traigo a su nuera.Sandro miró la foto otra vez.—Bueno… la muchacha está bonita. Para ti, hasta lástima da.Evaldo sonrió con algo más oscuro.—Papá, cuando la conozca, pórtese bien. No vaya a ser que se me escape.Solo faltaba ver cuándo su esposa se daría cuenta de que se había casado con el hombre equivocado.Capítulo 3—¡Sani, Marco ya tiene novia!Sania Belte despertó con el olor a desinfectante pegado en la nariz.Acababa de salir de una operación de apendicitis y el mensaje que le había mandado a su novio, Marco Casas, antes de entrar al quirófano, seguía sin respuesta. Como si se lo hubiera tragado la tierra.En ese momento, entró la llamada de su mejor amiga, Tatiana Casas.Sania apretó el celular con tanta fuerza que los dedos se le pusieron blancos. Habló con un hilo de voz, como si la hubieran cachado en algo.—¿Ya te enteraste?—¿Eh? ¿Tú también lo sabías? —Tatiana se quedó un segundo pensando y luego cayó en cuenta—. Ah, claro. Si tú eres la secretaria de mi tío, es normal que te enteres. Qué cosa… Marco soltero tantos años y resulta que estaba esperando a ella…¿A ella?A Sania se le cortó la respiración.—Pero de verdad me cae pésimo Noa García —se quejó Tatiana—. Esa tipa es puro drama, pura pose, y encima habla con esa vocecita fingida, como de muñequita. No sé qué le vio Marco.Sania había estado preocupada por si se le iba a descubrir la relación, pero al oír eso entendió que la “novia” de la que hablaba su amiga no era ella.La herida del lado derecho del abdomen le jaló con fuerza. Se mordió el labio, y luego preguntó, aguantando el dolor:—Taty… ¿y si te equivocaste?Antes de que él se fuera al extranjero, ese hombre todavía la abrazaba todas las noches para dormir. ¿Cómo iba a enamorarse de otra así de fácil?Tatiana chasqueó la lengua.—No me equivoqué. Te hago videollamada.La llamada se cortó de golpe y se convirtió en video.—Sani, la del traje de nieve rosa es Noa. El de negro es Marco.—Míralos, están empalagosos. Marco le está calentando las manos y encima le da besitos frente a mí… qué asco.La imagen estaba lejos, pero Sania reconoció a Marco al instante.Marco le había dicho que cuando ella cumpliera veinticinco, iba a hacer pública su relación.Faltaban cinco días para el cumpleaños de Sania.Y no llegó el día en que ellos salieran a la luz; lo que llegó fue ese momento, el más frágil para ella, en el que lo vio cumplir su “sueño” con otra.Entró una enfermera, revisó el expediente y habló sin levantar la vista.—Señorita, toca cambiar la curación.—¿Cómo? ¿Sani, estás en el hospital?Sania tragó el nudo en la garganta.—No. Vine a visitar a alguien. Taty, cuelgo entonces. Luego platicamos.—Va, va, va. ¡Entonces te escribo!Bzz. El celular vibró.Sania apretó el teléfono por reflejo, encendió la pantalla… pero era un mensaje de Tatiana, no de él.[Sani, yo juraba que a Marco le gustaban los hombres, y mira tú, le gustó una así de melosa.][Siento que esa melosa se parece un montón a ti.]Esa frase la había escuchado demasiados años.Ella y Noa no tenían lazos de sangre.Cuando su papá murió, su mamá se volvió a casar con la familia García; desde entonces, Noa era su hermanastra.Sania cerró los ojos, salió del chat y vio una notificación de Instagram.Era de Noa:[Jeje, mi entrenador personal.]La foto era justo la misma que Tatiana le acababa de mostrar.Sania y Marco llevaban tres años en una relación escondida. Por más que ella le rogó, él nunca quiso subir una foto juntos.Hasta ese instante entendió que lo que él no quería no era la foto: era hacerla pública a ella.En la imagen, Marco ni miraba la cámara. Tenía la mirada baja, clavada en Noa, como si solo existiera ella. En sus ojos, Noa era lo único que se reflejaba.Abajo, un comentario nuevo apareció rápido.[Marc: mi princesita, eres hermosa.]A Sania se le enterraron las uñas en la palma. Con una crueldad que se hizo a sí misma, abrió ese perfil conocido.Era su Instagram.San Valentín, Navidad, Año Nuevo…Cada vez que él decía que tenía que trabajar hasta tarde, que tenía un viaje, una comida de negocios… en realidad estaba con Noa.Cada palabra en la pantalla le raspaba el pecho por dentro.Se le heló el cuerpo y se le cerró la garganta; por un segundo, no pudo ni respirar bien.Se le quedó un amargor en la boca, como si la traición le supiera a hierro. ¿Por qué tenía que ser Noa?Desde niñas, ella y esa hermanastra nunca se llevaron bien.Y Marco lo sabía todo.¿Entonces ese hombre había estado con ella solo porque se parecía a Noa?Basta.Sania agarró el celular y le escribió a su mamá, Yuria Talco.[Mamá, acepto la cita.]Su madre, que casi siempre era fría con ella, respondió de inmediato.[Ya era hora. Te mandé la dirección. Salón privado 1012. Baja la cabeza, ¿sí?]A Sania se le escapó una sonrisa amarga. Ni disimulaba las ganas de “colocarla” bien.Cuando terminó el suero, salió y paró un taxi rumbo al restaurante.-Yuria, por supuesto, no le iba a conseguir a Sania un “buen partido” por cariño.El candidato era un tipo con fama de mujeriego, de esos que cambiaban de novia como de camisa.Desde que su mamá se volvió a casar, solo trató bien a Noa. Sania ya estaba acostumbrada al favoritismo.Sania respiró hondo y empujó la puerta del salón privado. Sus ojos se afilaron al instante.El hombre llevaba un traje vino, llamativo, de esos que gritan “mírenme”. En medio de la gente, destacaba.Tenía una copa en la mano y la otra metida en el bolsillo, como si todo le diera igual.Oyó la puerta y levantó la mirada. Sus ojos, de esos que parecen sonreír sin hacerlo, atrapaban.—¿Señor, hola?Había que admitirlo: ese chico tenía una cara impecable.Con esa cara, tenía con qué jugar con quien quisiera. Y por lo visto, jugaba mucho.Dentro había hombres y mujeres. Un ambiente pesado, de fiesta sin límites.El hombre alzó una ceja.—¿Y tú, qué…?—¿Hablamos?Él dejó la copa, hizo un gesto para que los demás salieran, y el salón quedó en silencio.Sania se apretó los labios y se plantó frente a él.—Me llamo Sania Belte. Hoy vine a la cita. Si te gusto, nos casamos.La frialdad de Marco le había dejado una lección clara: al final, muchos hombres eran lo mismo.Casarse… era casarse. Con cualquiera.Un acuerdo para vivir y cumplir, nada más.El hombre estiró la boca en una sonrisa floja. Su voz, lenta y perezosa, le rozó el oído.—¿Casarnos?Sania se sostuvo firme.—Sí. Si esto es una alianza entre familias, es para casarse. No me importa que andes con otras, pero no voy a hacerme responsable de hijos fuera del matrimonio. Como mucho, no te voy a armar un escándalo.—Si se puede, prefiero que el matrimonio sea por un año. Un año yo hago de esposa perfecta. Después nos divorciamos.—Tranquilo: si es solo de nombre, no voy a tocar ni un peso de la familia. Si no confías, hacemos un acuerdo prenupcial.—Si te parece bien, firmamos un contrato, todo por escrito. ¿Qué dices?Sania sintió que había sido lo más clara y correcta posible.Para un mujeriego, tener una esposa “presentable” como pantalla era ganar-ganar.Pero la mirada de él era como mar oscuro en noche fría: profunda, midiendo.—Está bien —dijo al fin, con esa misma calma—. Todavía es temprano. ¿Qué tal si… vamos ahorita mismo a sacar el acta?A las cinco y media, Sania salió del registro civil con el acta de matrimonio en la mano, junto a él.Ni la miró; la guardó en el bolso.Después de firmar, todavía sentía que no era real.¿Así de fácil se había casado?¿No era demasiado rápido…?Él sonrió apenas.—¿Te arrepentiste?Sania negó.—No hay de qué arrepentirse. Tengo cosas que hacer. Me voy.—Espera. —Él la detuvo con una mano—. ¿Tu número?Tenía sentido. Ya eran “esposos”. No podían ni siquiera tener el teléfono del otro.Sania se lo dictó. Él la llamó para que su número quedara guardado.Ella ni siquiera sabía cómo se llamaba en el celular, así que le pasó el teléfono para que se anotara.Los dedos fríos de él le rozaron la piel y a Sania se le tensó el cuerpo, incómoda.Cuando vio el nombre, solo asintió.—Listo. ¿Entonces cada quien para su casa?Todavía tenía que ir a la casa de Marco a sacar sus cosas.Evaldo Camoso hizo un gesto leve con la cabeza. Su tono fue plano.—¿Quieres que te lleve?—No. Tomo un taxi.Se separaron. No pasó mucho cuando a Sania le llegó una solicitud para agregarla.La nota decía, sin vergüenza: tu esposo.A Sania se le calentaron las mejillas. Aceptó sin pensar demasiado.Y al ponerle un nombre en contactos, dudó un segundo… y escribió: esposo.Se suponía que iban a fingir un año de matrimonio perfecto. Él le había resuelto el problema; ella le iba a seguir el juego.Era solo un nombre en el celular. No era nada.Y, aun así, el hombre que ella había fijado arriba por tres años seguía sin responderle.Sania soltó una risa triste, quitó el chat de “fijados” y lo bloqueó.Si no lo veía, dolía menos.-Con el acta en la mano, Sania llamó a su madre.—Mamá, ya fui a la cita. Puedo casarme como querías. Pero lo que me prometiste… quiero cambiarlo.Su papá había sido hijo único. Cuando murió, el hotel que él había levantado quedó en manos de Yuria para administrarlo.Después, cuando Yuria se volvió a casar, dejó de interesarle y se lo pasó a su hermano menor para que lo manejara, aunque las acciones seguían a nombre de Yuria.Yuria frunció el ceño.—¿Qué quieres?Sania sonrió con burla.—Quiero todas las acciones del hotel que están a tu nombre. Y que Noa se salga de Villa Serenidad.Villa Serenidad era la casita donde su papá y su mamá vivieron al casarse. Ahí estaban sus recuerdos de infancia.Luego Sania se fue a vivir con sus abuelos a un departamento en la ciudad y la casa quedó abandonada años.Hasta que, hacía dos años, su mamá se la dio a Noa para usarla como sala de práctica, llenándola de sus cosas.Ahora, todo lo que era de su papá, Sania lo iba a recuperar.A Yuria no le importaba tanto una casa así; la familia García tenía dinero de sobra. Solo le gustaba porque estaba en un lugar bonito.—Sani, Villa Serenidad la ponemos a tu nombre, pero las acciones… ¿no estás pidiendo demasiado?Sania soltó una risa suave.—Mamá, la herencia de mi papá no era solo tuya. Mi abuela y yo también tenemos parte. ¿Dónde está lo “demasiado”?La cara de Yuria cambió. Le dio flojera discutir.—Cuando lo de tu matrimonio quede bien amarrado, te lo transfiero.Sania colgó. No le preocupaba que Yuria se echara para atrás.Si lo hacía, Sania se divorciaba de su “esposo” sin dudarlo.-Evaldo manejó su Bugatti llamativo hasta la casa familiar.Apenas entró, vio al viejo esperándolo con la cara dura.El hombre mayor le aventó una revista de chismes a los pies.—La vez pasada una modelo, ahora una celebridad. ¿Me quieres matar del coraje o qué?Evaldo soltó una risita, se agachó, levantó la revista y le sacudió el polvo.—¿Cómo cree? Si lo mato, ¿quién me va a estar apurando para casarme? ¿O no?Sandro Camoso apretó los dientes.—¡Chamaco desgraciado! ¡Qué vergüenza de familia!Sandro no estaba enojado por los chismes en sí.Estaba furioso porque los chismes decían que la supuesta pareja de Evaldo era un hombre.Podía hacer lo que quisiera, pero eso no.La familia Camoso venía de una historia poderosa: primero con prestigio militar, luego negocios, y así levantaron su imperio. El Grupo Camoso tenía propiedades, tecnología, finanzas, salud… de todo.Sandro sentía que le iba a dar algo si su hijo menor resultaba ser gay.—No me importa cómo, pero este año te casas. ¿Oíste? El de la familia Casas dicen que se va a casar con una García. ¿Y tú? ¿Vas a dejar que Pascual me gane?Camoso y Casas se traían pleito desde hacía décadas.La esposa fallecida de Sandro había sido el primer amor de Pascual Casas. Desde entonces, las dos familias vivían compitiendo: quién tenía más negocios, más poder, más hijos… y ahora, quién casaba primero al “problemático”.Sandro siempre le había ganado a Pascual. No pensaba perder por culpa de este hijo.Evaldo sonrió como si le divirtiera.—¿Casarme…?—¡Sí! —rugió Sandro.Evaldo alargó las palabras, con descaro.—Ya me casé. Hoy. El acta todavía está calientita. ¿Quiere verla?Sandro se quedó helado.—¿Qué?Los ojos se le abrieron.—A ver, dámela.Evaldo le pasó el acta recién sacada.—¿La ve bien o le traigo sus lentes?Sandro bufó.—Cállate y déjame leer.Era un acta real. La foto parecía tomada ese mismo día. Y la ropa coincidía con la que Evaldo llevaba puesta.—¿No será que hiciste una falsa para engañarme? —desconfió Sandro.—No tengo tanto tiempo libre. Si no me cree, un día le traigo a su nuera.Sandro miró la foto otra vez.—Bueno… la muchacha está bonita. Para ti, hasta lástima da.Evaldo sonrió con algo más oscuro.—Papá, cuando la conozca, pórtese bien. No vaya a ser que se me escape.Solo faltaba ver cuándo su esposa se daría cuenta de que se había casado con el hombre equivocado.