Desde el día en que Sofía Delgado se casó con Sergio Villalobos, ya estaba preparada para que él le rompiera el corazón. Porque ese matrimonio no fue un cuento de hadas: fue una conquista, arrebatada a Camila Torres, su hermanastra —tan hermosa como peligrosa— que siempre creyó que Sergio le pertenecía. Con los ojos enrojecidos, Camila la enfrenta: —“Se casó contigo por la herencia, no porque te ame. ¿De qué presumes?” Sofía sonríe, imperturbable: —“Quédate tú con el amor para recordarlo. A mí me basta con tener al hombre. Pero no lo olvides: ahora es mi marido. Cada vez que lo ‘recuerdes’, solo confirmas que tú eres la tercera.” Esa frase enciende el incendio. En plena boda, Sergio abandona a Sofía, dejándola sola frente a la élite de la ciudad, obligada a terminar una ceremonia tan lujosa como humillante, como si fuese una obra de teatro con una sola actriz. Después, con un cigarrillo entre los dedos y la mirada fría, Sergio sentencia: —“Sofía, nadie compadece a una mujer demasiado fuerte. Si no quieres amor… te concederé exactamente eso.” Y su “concesión” resulta ser tres años de matrimonio helado: desprecios, silencios que cortan, y una tolerancia infinita hacia Camila. Sofía lo soporta todo… hasta que por fin, con el alma hecha cenizas, se marcha derrotada. Dos años después, el destino da un giro inesperado. Sofía observa a Sergio entregarle, sin condiciones, el puesto de presidente del grupo empresarial. Ella lo mira con ironía: —“Solo es mi cumpleaños… ¿no crees que esto es demasiado?” Sergio sonríe como si por fin hubiera aprendido a amar: —“Darlo todo por ti para que me ames… no es demasiado.” Sofía se ríe, afilada: —“Soy ‘demasiado fuerte’. No merezco compasión. ¿Quieres pensarlo mejor?” Sergio se arrodilla, sin orgullo, solo verdad: —“No. Si lo pienso un segundo más… ni siquiera me quedará el derecho a ser tu plan B.”

Capítulo 1Club Luna Norte.El antro más caro y más exclusivo de todo San Rosarito.Hoy era el cumpleaños número veintitrés de Camila Torres, y Sergio Villalobos le había rentado el lugar completo para festejarla.En un solo día, Club Luna Norte facturaba mínimo siete cifras; con un desplante así de grande, Camila se estaba robando todas las miradas esa noche.Sofía Delgado estaba parada en la entrada. Se acomodó un mechón de cabello que se le había soltado junto a la mejilla. Su expresión era serena, con un toque apenas perceptible de fastidio.Un mesero la detuvo.—Disculpe, señorita. Hoy el lugar está reservado por completo. ¿Trae invitación?Invitación no tenía, pero…Sofía levantó la mirada con calma, sacó una tarjeta bancaria de su bolsa y dijo:—Vengo a pagar la cuenta del señor Villalobos.¿Pagar la cuenta?El mesero la recorrió de arriba abajo.La mujer frente a él tenía la piel clara y un rostro pequeño, finísimo; llevaba un conjunto de esta temporada, impecable, y traía esa vibra de niña bien y ejecutiva de alto nivel… de las que uno no se puede dar el lujo de tratar mal.Sofía alzó la vista.—¿Ya terminaste de verme?El mesero bajó la cabeza, incómodo.—Perdón.Sofía ni lo peló. Simplemente entró.El mesero se quedó mirando su espalda. La verdad, no sabía quién era, pero con esa presencia le quedaba claro que era alguien con quien no convenía meterse.Sofía salió del elevador y, sin siquiera ver a la festejada, ya se escuchaba el “Cumpleaños feliz”.Empujó la puerta del privado. Lo primero que vio fue un pastel enorme, imponente; después, a Camila, rodeada por todos.A Sofía se le curvó la boca con burla. Vaya fiestón.Camila ya era bonita de por sí, de esas de facciones limpias y frescas. Esa noche, con un vestidito blanco de diseñador, se veía todavía más fina.Con un look tan etéreo, el anillo de rubí en la mano izquierda resaltaba demasiado… llamaba la atención, pero también se veía fuera de lugar.Todos la rodeaban: unos con envidia, otros con celos, pero igual se forzaban a sonreír y cantaban una y otra vez.Más que quedar bien con Camila, estaban quedando bien con Sergio.Los Villalobos mandaban en San Rosarito. ¿Quién no iba a querer caerle bien al heredero?Solo que no cualquiera podía acercarse a él, así que muchos buscaban otra ruta: quedar bien con la mujer que le gustaba.Camila, por ejemplo.El ruido le hizo fruncir el ceño a Sofía, apenas. El coro desentonado le estaba taladrando la cabeza.De pronto, alguien soltó:—¡¿Qué hace Sofía aquí?!En cuanto lo dijeron, el canto se cortó. Todos voltearon.Esas dos palabras—Sofía Delgado—apagaron el ambiente de golpe.Las expresiones eran de lo más entretenidas: la mayoría traía cara de “a ver qué pasa”. Y antes de que Sofía dijera una sola palabra, ya le estaban abriendo paso.Camila era la mujer que le gustaba a Sergio, sí. Lástima que gustarle no era lo mismo que casarse con ella. En una familia como los Villalobos, ni Sergio se salvaba de lo de siempre: al final se casaría con la mujer que su familia eligiera.Y esa era Sofía: la candidata que la abuela Villalobos le había puesto enfrente.Bajo todas esas miradas, Sofía caminó con calma, elegante, hasta plantarse frente a Camila.La cara de Camila ya se había puesto horrible desde que la vio.—Sofía… según yo, yo no te invité. Esto es una reunión privada. Te pido que—¡Paf!Sofía levantó la mano y le soltó una cachetada en esa cara bonita.Le pegó con fuerza. Tanto, que después sintió la palma entumida.Camila se agarró la mejilla, incrédula. La rabia le subió y levantó la mano para devolvérsela.Pero antes de que la tocara, Sofía le habló con una calma helada, cargada de ironía:—Si me pegas, la cuenta de hoy ya la pagas tú. Son varios millones… ¿segura de que te alcanza, señorita Torres?***Camila se quedó helada.La mano se le quedó en el aire. Apretó los dedos, los aflojó… y al final la bajó.Se levantó el murmullo, como si todos supieran exactamente dónde le dolía.Camila no era pobre, pero gastar varios millones en una sola noche… no, ese nivel de derroche no era el suyo.La mitad de su cara ya estaba roja e hinchada. Cerró los ojos un momento, se tragó el coraje.—Sofía, hoy es mi cumpleaños. No tenías por qué venir a armar un escándalo.Sofía alzó una ceja, con una sonrisa que no era sonrisa.—Pues ya lo armé. ¿Y ahora qué? ¿Vas a ir a acusarme con él?—Eso lo hacen los niños —Camila se tocó la mejilla inflamada y sonrió apenas—. Pero… ¿de verdad crees que, si yo no digo nada, él no se va a enterar de lo que pasó hoy?Sofía soltó una risa ligera, como si no le importara.—¿Y si se entera, qué? Él te puede tener como quiera… pero no me digas que crees que, antes de la boda, se va a poner en mi contra por ti.Camila se quedó pálida al instante. En los ojos se le asomó una tristeza que no pudo esconder. Se clavó las uñas en la palma, con esa pose frágil que provoca lástima.En todo San Rosarito, todos sabían que Sergio la quería a ella. Y todos también sabían que con quien se iba a casar era con Sofía.Ese era el dolor más grande de Camila.Sofía sonrió y, de pronto, le extendió la mano.—¿Te lo quitas tú o lo hago yo?Camila apretó los labios.—No sé de qué estás hablando.—Sí sabes, Camila —Sofía la miró sin pestañear—. Yo no soy Sergio. Actuar conmigo no te sirve de nada. ¿O crees que por traer ese anillo ya puedes reemplazarme y ser tú la novia de mañana?Camila alzó la vista, con los ojos brillosos de rabia.—¡Ya basta, Sofía! ¡Ese anillo me lo dio Sergio!Sofía no cambió la expresión.—¿Y qué? La dueña, la que tiene derecho, soy yo.—¿Qué quieres decir?—Que desde hoy, ese anillo ya no es tuyo.Dicho eso, Sofía le agarró la muñeca. Su mirada cayó en el anular de Camila: el rubí rojo, reluciente.El contraste era perfecto: piel clara y piedra roja. El anillo era precioso… y la mano de Camila también.Dedos finos, cuidados, casi como de porcelana. El único detalle era obvio: el anillo le quedaba grande, ni siquiera era de su talla.Camila intentó zafarse.—¡Sofía, estás loca! ¿Qué te pasa? ¡Suéltame!Sofía apretó y, sin esfuerzo, le sacó el anillo.Luego, frente a ella, se lo puso en su propio anular.Sofía sonrió como reina después de ganar.—Desde ahorita, es mío.Camila temblaba de coraje.—¡Sofía, ya no te pases! Devuélvemelo. Si no… te juro que no voy a quedarme así.Sofía acarició el rubí con calma, con una expresión tibia y despreciativa.—¿Y si no te quedas así, qué?Camila se atoró.Sofía la miró directo a los ojos.—Hoy en la tarde, Sergio y yo ya firmamos el matrimonio por el civil.Camila se quedó tiesa.Sofía remató, lento y claro:—Así que aunque mañana, en la boda, no esté este anillo de rubí que pasa de generación en generación en los Villalobos, yo igual soy la señora Villalobos, con todas las de la ley. Y mira: el anillo puedo no usarlo, incluso puedo tirarlo… pero dártelo a ti, eso sí que no.***¿Ya firmaron por el civil?No.No podía ser.Sergio le había prometido que no lo haría…El shock fue tanto que Camila ni procesó lo demás. Solo se quedó mirándola con los ojos abiertos, sin creerlo.—No… no puede ser. No te creo. ¿Cómo tan rápido?La mirada de Sofía se enfrió.En circunstancias normales, no habría sido tan rápido. Pero Camila se lo había buscado.Porque, de todo lo que podía hacer, lo que jamás debió tocar era lo que Sofía guardaba de su mamá.Eso era su límite.Sofía respiró hondo y se controló.—Cree lo que quieras. Pero de hoy en adelante, más te vale ubicarte. Si te pasas aunque sea un centímetro, vas a ser la otra. La que se esconde.“La otra”.Esas dos palabras le explotaron en la cabeza a Camila. No había nada que la humillara más.Desde niña, el peor sello que cargaba era ese: “la hija de la amante”.Y quien se lo había colgado era precisamente Sofía, la misma que ahora la miraba desde arriba.A Camila se le salieron las lágrimas. Apretó los puños y habló con odio:—Sofía, entre el amor y el poder, él eligió el poder. Y ni así te eligió a ti. ¿De qué presumes?Sofía se tocó el lóbulo de la oreja y sonrió, tranquila.—Me da igual. Con que lo tenga a él, me basta. El amor… guárdalo para acordarte tú.Los ojos de Camila se pusieron rojos. El odio se le desbordaba; quería pisotear esa actitud altanera y hundirla en el suelo.Pero no se atrevía.Igual que nadie se atrevió a detener a Sofía cuando le quitó el anillo, en un lugar lleno de gente.Todos le sonreían a Camila por Sergio, por los Villalobos. Pero ahora que Sofía ya era la señora Villalobos, la cosa cambiaba.No podían darse el lujo de ofender a Camila… pero tampoco podían meterse con la mujer respaldada por la abuela Villalobos, la futura dueña de la casa.Sofía se fue con el anillo, y todavía se dio el gusto de rematar:—Feliz cumpleaños, señorita Torres. Hoy invita la señora Villalobos.Camila se quedó ahí, tragándose el llanto, con la cara llena de vergüenza, viendo cómo Sofía se alejaba con la espalda bien erguida.…………En una suite privada del hospital.La abuela Villalobos estaba recostada a medias en la cama. Traía un gorro negro de lana. Estaba extremadamente delgada; sus ojos viejos se veían opacos, pero se notaba que todavía aguantaba con pura voluntad.Sofía tocó la puerta. Cuando le dieron permiso, entró.Respiró hondo, se acomodó una sonrisa y se sentó junto a la cama, procurando sonar animada.—Abuela, perdón por llegar tarde.La abuela sonrió con cariño, aunque la voz le salía débil.—No es tarde. Dormí mucho en el día, ahorita de todos modos no puedo conciliar el sueño. Llegues cuando llegues, está bien.Sofía le tomó la mano y le puso en el anular el anillo que le había quitado a Camila.—Abuela, ya recuperé su anillo.La abuela se quedó mirando el anillo, que le quedaba enorme, unos segundos. Luego sonrió, negó con la cabeza, se lo quitó y lo dejó en la palma de Sofía.—Mi niña… ese anillo ahora es tuyo.¿De ella?Sofía bajó la mirada. El rubí brillaba en su mano, pero su voz sonó apagada.—Si Sergio se entera de que se lo quité… igual se enoja tanto que ni a la boda va a querer ir…No alcanzó a terminar.Un hombre entró y la interrumpió:—Veo que me conoces bastante bien.Dicho y hecho.El hombre avanzó. Con su estatura—pasaba del metro ochenta y siete—se veía largo y firme. Su voz era estable, fría.—Ya te metiste a los Villalobos, ya sabes qué me importa, y aun así te empeñas en llevarme la contraria. Sofía, ¿qué estás buscando?Cuando terminó, ya estaba al pie de la cama, mirándola con indiferencia.En esos ojos profundos no había ni una pizca de afecto. No parecía que la mujer sentada frente a él fuera su esposa… y mucho menos una esposa con la que acababa de casarse ese mismo día.***Capítulo 2Club Luna Norte.El antro más caro y más exclusivo de todo San Rosarito.Hoy era el cumpleaños número veintitrés de Camila Torres, y Sergio Villalobos le había rentado el lugar completo para festejarla.En un solo día, Club Luna Norte facturaba mínimo siete cifras; con un desplante así de grande, Camila se estaba robando todas las miradas esa noche.Sofía Delgado estaba parada en la entrada. Se acomodó un mechón de cabello que se le había soltado junto a la mejilla. Su expresión era serena, con un toque apenas perceptible de fastidio.Un mesero la detuvo.—Disculpe, señorita. Hoy el lugar está reservado por completo. ¿Trae invitación?Invitación no tenía, pero…Sofía levantó la mirada con calma, sacó una tarjeta bancaria de su bolsa y dijo:—Vengo a pagar la cuenta del señor Villalobos.¿Pagar la cuenta?El mesero la recorrió de arriba abajo.La mujer frente a él tenía la piel clara y un rostro pequeño, finísimo; llevaba un conjunto de esta temporada, impecable, y traía esa vibra de niña bien y ejecutiva de alto nivel… de las que uno no se puede dar el lujo de tratar mal.Sofía alzó la vista.—¿Ya terminaste de verme?El mesero bajó la cabeza, incómodo.—Perdón.Sofía ni lo peló. Simplemente entró.El mesero se quedó mirando su espalda. La verdad, no sabía quién era, pero con esa presencia le quedaba claro que era alguien con quien no convenía meterse.Sofía salió del elevador y, sin siquiera ver a la festejada, ya se escuchaba el “Cumpleaños feliz”.Empujó la puerta del privado. Lo primero que vio fue un pastel enorme, imponente; después, a Camila, rodeada por todos.A Sofía se le curvó la boca con burla. Vaya fiestón.Camila ya era bonita de por sí, de esas de facciones limpias y frescas. Esa noche, con un vestidito blanco de diseñador, se veía todavía más fina.Con un look tan etéreo, el anillo de rubí en la mano izquierda resaltaba demasiado… llamaba la atención, pero también se veía fuera de lugar.Todos la rodeaban: unos con envidia, otros con celos, pero igual se forzaban a sonreír y cantaban una y otra vez.Más que quedar bien con Camila, estaban quedando bien con Sergio.Los Villalobos mandaban en San Rosarito. ¿Quién no iba a querer caerle bien al heredero?Solo que no cualquiera podía acercarse a él, así que muchos buscaban otra ruta: quedar bien con la mujer que le gustaba.Camila, por ejemplo.El ruido le hizo fruncir el ceño a Sofía, apenas. El coro desentonado le estaba taladrando la cabeza.De pronto, alguien soltó:—¡¿Qué hace Sofía aquí?!En cuanto lo dijeron, el canto se cortó. Todos voltearon.Esas dos palabras—Sofía Delgado—apagaron el ambiente de golpe.Las expresiones eran de lo más entretenidas: la mayoría traía cara de “a ver qué pasa”. Y antes de que Sofía dijera una sola palabra, ya le estaban abriendo paso.Camila era la mujer que le gustaba a Sergio, sí. Lástima que gustarle no era lo mismo que casarse con ella. En una familia como los Villalobos, ni Sergio se salvaba de lo de siempre: al final se casaría con la mujer que su familia eligiera.Y esa era Sofía: la candidata que la abuela Villalobos le había puesto enfrente.Bajo todas esas miradas, Sofía caminó con calma, elegante, hasta plantarse frente a Camila.La cara de Camila ya se había puesto horrible desde que la vio.—Sofía… según yo, yo no te invité. Esto es una reunión privada. Te pido que—¡Paf!Sofía levantó la mano y le soltó una cachetada en esa cara bonita.Le pegó con fuerza. Tanto, que después sintió la palma entumida.Camila se agarró la mejilla, incrédula. La rabia le subió y levantó la mano para devolvérsela.Pero antes de que la tocara, Sofía le habló con una calma helada, cargada de ironía:—Si me pegas, la cuenta de hoy ya la pagas tú. Son varios millones… ¿segura de que te alcanza, señorita Torres?***Camila se quedó helada.La mano se le quedó en el aire. Apretó los dedos, los aflojó… y al final la bajó.Se levantó el murmullo, como si todos supieran exactamente dónde le dolía.Camila no era pobre, pero gastar varios millones en una sola noche… no, ese nivel de derroche no era el suyo.La mitad de su cara ya estaba roja e hinchada. Cerró los ojos un momento, se tragó el coraje.—Sofía, hoy es mi cumpleaños. No tenías por qué venir a armar un escándalo.Sofía alzó una ceja, con una sonrisa que no era sonrisa.—Pues ya lo armé. ¿Y ahora qué? ¿Vas a ir a acusarme con él?—Eso lo hacen los niños —Camila se tocó la mejilla inflamada y sonrió apenas—. Pero… ¿de verdad crees que, si yo no digo nada, él no se va a enterar de lo que pasó hoy?Sofía soltó una risa ligera, como si no le importara.—¿Y si se entera, qué? Él te puede tener como quiera… pero no me digas que crees que, antes de la boda, se va a poner en mi contra por ti.Camila se quedó pálida al instante. En los ojos se le asomó una tristeza que no pudo esconder. Se clavó las uñas en la palma, con esa pose frágil que provoca lástima.En todo San Rosarito, todos sabían que Sergio la quería a ella. Y todos también sabían que con quien se iba a casar era con Sofía.Ese era el dolor más grande de Camila.Sofía sonrió y, de pronto, le extendió la mano.—¿Te lo quitas tú o lo hago yo?Camila apretó los labios.—No sé de qué estás hablando.—Sí sabes, Camila —Sofía la miró sin pestañear—. Yo no soy Sergio. Actuar conmigo no te sirve de nada. ¿O crees que por traer ese anillo ya puedes reemplazarme y ser tú la novia de mañana?Camila alzó la vista, con los ojos brillosos de rabia.—¡Ya basta, Sofía! ¡Ese anillo me lo dio Sergio!Sofía no cambió la expresión.—¿Y qué? La dueña, la que tiene derecho, soy yo.—¿Qué quieres decir?—Que desde hoy, ese anillo ya no es tuyo.Dicho eso, Sofía le agarró la muñeca. Su mirada cayó en el anular de Camila: el rubí rojo, reluciente.El contraste era perfecto: piel clara y piedra roja. El anillo era precioso… y la mano de Camila también.Dedos finos, cuidados, casi como de porcelana. El único detalle era obvio: el anillo le quedaba grande, ni siquiera era de su talla.Camila intentó zafarse.—¡Sofía, estás loca! ¿Qué te pasa? ¡Suéltame!Sofía apretó y, sin esfuerzo, le sacó el anillo.Luego, frente a ella, se lo puso en su propio anular.Sofía sonrió como reina después de ganar.—Desde ahorita, es mío.Camila temblaba de coraje.—¡Sofía, ya no te pases! Devuélvemelo. Si no… te juro que no voy a quedarme así.Sofía acarició el rubí con calma, con una expresión tibia y despreciativa.—¿Y si no te quedas así, qué?Camila se atoró.Sofía la miró directo a los ojos.—Hoy en la tarde, Sergio y yo ya firmamos el matrimonio por el civil.Camila se quedó tiesa.Sofía remató, lento y claro:—Así que aunque mañana, en la boda, no esté este anillo de rubí que pasa de generación en generación en los Villalobos, yo igual soy la señora Villalobos, con todas las de la ley. Y mira: el anillo puedo no usarlo, incluso puedo tirarlo… pero dártelo a ti, eso sí que no.***¿Ya firmaron por el civil?No.No podía ser.Sergio le había prometido que no lo haría…El shock fue tanto que Camila ni procesó lo demás. Solo se quedó mirándola con los ojos abiertos, sin creerlo.—No… no puede ser. No te creo. ¿Cómo tan rápido?La mirada de Sofía se enfrió.En circunstancias normales, no habría sido tan rápido. Pero Camila se lo había buscado.Porque, de todo lo que podía hacer, lo que jamás debió tocar era lo que Sofía guardaba de su mamá.Eso era su límite.Sofía respiró hondo y se controló.—Cree lo que quieras. Pero de hoy en adelante, más te vale ubicarte. Si te pasas aunque sea un centímetro, vas a ser la otra. La que se esconde.“La otra”.Esas dos palabras le explotaron en la cabeza a Camila. No había nada que la humillara más.Desde niña, el peor sello que cargaba era ese: “la hija de la amante”.Y quien se lo había colgado era precisamente Sofía, la misma que ahora la miraba desde arriba.A Camila se le salieron las lágrimas. Apretó los puños y habló con odio:—Sofía, entre el amor y el poder, él eligió el poder. Y ni así te eligió a ti. ¿De qué presumes?Sofía se tocó el lóbulo de la oreja y sonrió, tranquila.—Me da igual. Con que lo tenga a él, me basta. El amor… guárdalo para acordarte tú.Los ojos de Camila se pusieron rojos. El odio se le desbordaba; quería pisotear esa actitud altanera y hundirla en el suelo.Pero no se atrevía.Igual que nadie se atrevió a detener a Sofía cuando le quitó el anillo, en un lugar lleno de gente.Todos le sonreían a Camila por Sergio, por los Villalobos. Pero ahora que Sofía ya era la señora Villalobos, la cosa cambiaba.No podían darse el lujo de ofender a Camila… pero tampoco podían meterse con la mujer respaldada por la abuela Villalobos, la futura dueña de la casa.Sofía se fue con el anillo, y todavía se dio el gusto de rematar:—Feliz cumpleaños, señorita Torres. Hoy invita la señora Villalobos.Camila se quedó ahí, tragándose el llanto, con la cara llena de vergüenza, viendo cómo Sofía se alejaba con la espalda bien erguida.…………En una suite privada del hospital.La abuela Villalobos estaba recostada a medias en la cama. Traía un gorro negro de lana. Estaba extremadamente delgada; sus ojos viejos se veían opacos, pero se notaba que todavía aguantaba con pura voluntad.Sofía tocó la puerta. Cuando le dieron permiso, entró.Respiró hondo, se acomodó una sonrisa y se sentó junto a la cama, procurando sonar animada.—Abuela, perdón por llegar tarde.La abuela sonrió con cariño, aunque la voz le salía débil.—No es tarde. Dormí mucho en el día, ahorita de todos modos no puedo conciliar el sueño. Llegues cuando llegues, está bien.Sofía le tomó la mano y le puso en el anular el anillo que le había quitado a Camila.—Abuela, ya recuperé su anillo.La abuela se quedó mirando el anillo, que le quedaba enorme, unos segundos. Luego sonrió, negó con la cabeza, se lo quitó y lo dejó en la palma de Sofía.—Mi niña… ese anillo ahora es tuyo.¿De ella?Sofía bajó la mirada. El rubí brillaba en su mano, pero su voz sonó apagada.—Si Sergio se entera de que se lo quité… igual se enoja tanto que ni a la boda va a querer ir…No alcanzó a terminar.Un hombre entró y la interrumpió:—Veo que me conoces bastante bien.Dicho y hecho.El hombre avanzó. Con su estatura—pasaba del metro ochenta y siete—se veía largo y firme. Su voz era estable, fría.—Ya te metiste a los Villalobos, ya sabes qué me importa, y aun así te empeñas en llevarme la contraria. Sofía, ¿qué estás buscando?Cuando terminó, ya estaba al pie de la cama, mirándola con indiferencia.En esos ojos profundos no había ni una pizca de afecto. No parecía que la mujer sentada frente a él fuera su esposa… y mucho menos una esposa con la que acababa de casarse ese mismo día.***Capítulo 3Club Luna Norte.El antro más caro y más exclusivo de todo San Rosarito.Hoy era el cumpleaños número veintitrés de Camila Torres, y Sergio Villalobos le había rentado el lugar completo para festejarla.En un solo día, Club Luna Norte facturaba mínimo siete cifras; con un desplante así de grande, Camila se estaba robando todas las miradas esa noche.Sofía Delgado estaba parada en la entrada. Se acomodó un mechón de cabello que se le había soltado junto a la mejilla. Su expresión era serena, con un toque apenas perceptible de fastidio.Un mesero la detuvo.—Disculpe, señorita. Hoy el lugar está reservado por completo. ¿Trae invitación?Invitación no tenía, pero…Sofía levantó la mirada con calma, sacó una tarjeta bancaria de su bolsa y dijo:—Vengo a pagar la cuenta del señor Villalobos.¿Pagar la cuenta?El mesero la recorrió de arriba abajo.La mujer frente a él tenía la piel clara y un rostro pequeño, finísimo; llevaba un conjunto de esta temporada, impecable, y traía esa vibra de niña bien y ejecutiva de alto nivel… de las que uno no se puede dar el lujo de tratar mal.Sofía alzó la vista.—¿Ya terminaste de verme?El mesero bajó la cabeza, incómodo.—Perdón.Sofía ni lo peló. Simplemente entró.El mesero se quedó mirando su espalda. La verdad, no sabía quién era, pero con esa presencia le quedaba claro que era alguien con quien no convenía meterse.Sofía salió del elevador y, sin siquiera ver a la festejada, ya se escuchaba el “Cumpleaños feliz”.Empujó la puerta del privado. Lo primero que vio fue un pastel enorme, imponente; después, a Camila, rodeada por todos.A Sofía se le curvó la boca con burla. Vaya fiestón.Camila ya era bonita de por sí, de esas de facciones limpias y frescas. Esa noche, con un vestidito blanco de diseñador, se veía todavía más fina.Con un look tan etéreo, el anillo de rubí en la mano izquierda resaltaba demasiado… llamaba la atención, pero también se veía fuera de lugar.Todos la rodeaban: unos con envidia, otros con celos, pero igual se forzaban a sonreír y cantaban una y otra vez.Más que quedar bien con Camila, estaban quedando bien con Sergio.Los Villalobos mandaban en San Rosarito. ¿Quién no iba a querer caerle bien al heredero?Solo que no cualquiera podía acercarse a él, así que muchos buscaban otra ruta: quedar bien con la mujer que le gustaba.Camila, por ejemplo.El ruido le hizo fruncir el ceño a Sofía, apenas. El coro desentonado le estaba taladrando la cabeza.De pronto, alguien soltó:—¡¿Qué hace Sofía aquí?!En cuanto lo dijeron, el canto se cortó. Todos voltearon.Esas dos palabras—Sofía Delgado—apagaron el ambiente de golpe.Las expresiones eran de lo más entretenidas: la mayoría traía cara de “a ver qué pasa”. Y antes de que Sofía dijera una sola palabra, ya le estaban abriendo paso.Camila era la mujer que le gustaba a Sergio, sí. Lástima que gustarle no era lo mismo que casarse con ella. En una familia como los Villalobos, ni Sergio se salvaba de lo de siempre: al final se casaría con la mujer que su familia eligiera.Y esa era Sofía: la candidata que la abuela Villalobos le había puesto enfrente.Bajo todas esas miradas, Sofía caminó con calma, elegante, hasta plantarse frente a Camila.La cara de Camila ya se había puesto horrible desde que la vio.—Sofía… según yo, yo no te invité. Esto es una reunión privada. Te pido que—¡Paf!Sofía levantó la mano y le soltó una cachetada en esa cara bonita.Le pegó con fuerza. Tanto, que después sintió la palma entumida.Camila se agarró la mejilla, incrédula. La rabia le subió y levantó la mano para devolvérsela.Pero antes de que la tocara, Sofía le habló con una calma helada, cargada de ironía:—Si me pegas, la cuenta de hoy ya la pagas tú. Son varios millones… ¿segura de que te alcanza, señorita Torres?***Camila se quedó helada.La mano se le quedó en el aire. Apretó los dedos, los aflojó… y al final la bajó.Se levantó el murmullo, como si todos supieran exactamente dónde le dolía.Camila no era pobre, pero gastar varios millones en una sola noche… no, ese nivel de derroche no era el suyo.La mitad de su cara ya estaba roja e hinchada. Cerró los ojos un momento, se tragó el coraje.—Sofía, hoy es mi cumpleaños. No tenías por qué venir a armar un escándalo.Sofía alzó una ceja, con una sonrisa que no era sonrisa.—Pues ya lo armé. ¿Y ahora qué? ¿Vas a ir a acusarme con él?—Eso lo hacen los niños —Camila se tocó la mejilla inflamada y sonrió apenas—. Pero… ¿de verdad crees que, si yo no digo nada, él no se va a enterar de lo que pasó hoy?Sofía soltó una risa ligera, como si no le importara.—¿Y si se entera, qué? Él te puede tener como quiera… pero no me digas que crees que, antes de la boda, se va a poner en mi contra por ti.Camila se quedó pálida al instante. En los ojos se le asomó una tristeza que no pudo esconder. Se clavó las uñas en la palma, con esa pose frágil que provoca lástima.En todo San Rosarito, todos sabían que Sergio la quería a ella. Y todos también sabían que con quien se iba a casar era con Sofía.Ese era el dolor más grande de Camila.Sofía sonrió y, de pronto, le extendió la mano.—¿Te lo quitas tú o lo hago yo?Camila apretó los labios.—No sé de qué estás hablando.—Sí sabes, Camila —Sofía la miró sin pestañear—. Yo no soy Sergio. Actuar conmigo no te sirve de nada. ¿O crees que por traer ese anillo ya puedes reemplazarme y ser tú la novia de mañana?Camila alzó la vista, con los ojos brillosos de rabia.—¡Ya basta, Sofía! ¡Ese anillo me lo dio Sergio!Sofía no cambió la expresión.—¿Y qué? La dueña, la que tiene derecho, soy yo.—¿Qué quieres decir?—Que desde hoy, ese anillo ya no es tuyo.Dicho eso, Sofía le agarró la muñeca. Su mirada cayó en el anular de Camila: el rubí rojo, reluciente.El contraste era perfecto: piel clara y piedra roja. El anillo era precioso… y la mano de Camila también.Dedos finos, cuidados, casi como de porcelana. El único detalle era obvio: el anillo le quedaba grande, ni siquiera era de su talla.Camila intentó zafarse.—¡Sofía, estás loca! ¿Qué te pasa? ¡Suéltame!Sofía apretó y, sin esfuerzo, le sacó el anillo.Luego, frente a ella, se lo puso en su propio anular.Sofía sonrió como reina después de ganar.—Desde ahorita, es mío.Camila temblaba de coraje.—¡Sofía, ya no te pases! Devuélvemelo. Si no… te juro que no voy a quedarme así.Sofía acarició el rubí con calma, con una expresión tibia y despreciativa.—¿Y si no te quedas así, qué?Camila se atoró.Sofía la miró directo a los ojos.—Hoy en la tarde, Sergio y yo ya firmamos el matrimonio por el civil.Camila se quedó tiesa.Sofía remató, lento y claro:—Así que aunque mañana, en la boda, no esté este anillo de rubí que pasa de generación en generación en los Villalobos, yo igual soy la señora Villalobos, con todas las de la ley. Y mira: el anillo puedo no usarlo, incluso puedo tirarlo… pero dártelo a ti, eso sí que no.***¿Ya firmaron por el civil?No.No podía ser.Sergio le había prometido que no lo haría…El shock fue tanto que Camila ni procesó lo demás. Solo se quedó mirándola con los ojos abiertos, sin creerlo.—No… no puede ser. No te creo. ¿Cómo tan rápido?La mirada de Sofía se enfrió.En circunstancias normales, no habría sido tan rápido. Pero Camila se lo había buscado.Porque, de todo lo que podía hacer, lo que jamás debió tocar era lo que Sofía guardaba de su mamá.Eso era su límite.Sofía respiró hondo y se controló.—Cree lo que quieras. Pero de hoy en adelante, más te vale ubicarte. Si te pasas aunque sea un centímetro, vas a ser la otra. La que se esconde.“La otra”.Esas dos palabras le explotaron en la cabeza a Camila. No había nada que la humillara más.Desde niña, el peor sello que cargaba era ese: “la hija de la amante”.Y quien se lo había colgado era precisamente Sofía, la misma que ahora la miraba desde arriba.A Camila se le salieron las lágrimas. Apretó los puños y habló con odio:—Sofía, entre el amor y el poder, él eligió el poder. Y ni así te eligió a ti. ¿De qué presumes?Sofía se tocó el lóbulo de la oreja y sonrió, tranquila.—Me da igual. Con que lo tenga a él, me basta. El amor… guárdalo para acordarte tú.Los ojos de Camila se pusieron rojos. El odio se le desbordaba; quería pisotear esa actitud altanera y hundirla en el suelo.Pero no se atrevía.Igual que nadie se atrevió a detener a Sofía cuando le quitó el anillo, en un lugar lleno de gente.Todos le sonreían a Camila por Sergio, por los Villalobos. Pero ahora que Sofía ya era la señora Villalobos, la cosa cambiaba.No podían darse el lujo de ofender a Camila… pero tampoco podían meterse con la mujer respaldada por la abuela Villalobos, la futura dueña de la casa.Sofía se fue con el anillo, y todavía se dio el gusto de rematar:—Feliz cumpleaños, señorita Torres. Hoy invita la señora Villalobos.Camila se quedó ahí, tragándose el llanto, con la cara llena de vergüenza, viendo cómo Sofía se alejaba con la espalda bien erguida.…………En una suite privada del hospital.La abuela Villalobos estaba recostada a medias en la cama. Traía un gorro negro de lana. Estaba extremadamente delgada; sus ojos viejos se veían opacos, pero se notaba que todavía aguantaba con pura voluntad.Sofía tocó la puerta. Cuando le dieron permiso, entró.Respiró hondo, se acomodó una sonrisa y se sentó junto a la cama, procurando sonar animada.—Abuela, perdón por llegar tarde.La abuela sonrió con cariño, aunque la voz le salía débil.—No es tarde. Dormí mucho en el día, ahorita de todos modos no puedo conciliar el sueño. Llegues cuando llegues, está bien.Sofía le tomó la mano y le puso en el anular el anillo que le había quitado a Camila.—Abuela, ya recuperé su anillo.La abuela se quedó mirando el anillo, que le quedaba enorme, unos segundos. Luego sonrió, negó con la cabeza, se lo quitó y lo dejó en la palma de Sofía.—Mi niña… ese anillo ahora es tuyo.¿De ella?Sofía bajó la mirada. El rubí brillaba en su mano, pero su voz sonó apagada.—Si Sergio se entera de que se lo quité… igual se enoja tanto que ni a la boda va a querer ir…No alcanzó a terminar.Un hombre entró y la interrumpió:—Veo que me conoces bastante bien.Dicho y hecho.El hombre avanzó. Con su estatura—pasaba del metro ochenta y siete—se veía largo y firme. Su voz era estable, fría.—Ya te metiste a los Villalobos, ya sabes qué me importa, y aun así te empeñas en llevarme la contraria. Sofía, ¿qué estás buscando?Cuando terminó, ya estaba al pie de la cama, mirándola con indiferencia.En esos ojos profundos no había ni una pizca de afecto. No parecía que la mujer sentada frente a él fuera su esposa… y mucho menos una esposa con la que acababa de casarse ese mismo día.***

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