Capítulo 1—Si lo que quieres es volver con ella, yo puedo hacerme a un lado.Kiera Vargas apretó los puños con tanta fuerza que le dolieron. Bajó la mirada, las pestañas largas cubriéndole los ojos, y se quedó viendo al hombre en la silla de ruedas.Enzo Muñoz la oyó y, en un instante, su mirada se volvió helada. Daba miedo.—¿Te arrepientes de haberte casado conmigo?Kiera respondió sin titubear:—No. Tu abuela me crió.—¿Entonces te casaste conmigo por “pagarle”? ¿Por lástima?Enzo levantó la mirada y la fulminó; la mandíbula se le tensó de puro coraje. Aunque estaba sentado, imponía un peso brutal, como si la habitación se encogiera.A Kiera se le hizo un nudo en el estómago. Mordió su labio y bajó la cabeza.Cinco años atrás, un accidente lo dejó sin poder caminar.En ese entonces, él tenía prometida… y ella tenía novio.Después de que la familia de la prometida canceló el compromiso, Doña Paulina —ya enferma de gravedad— se humilló ante Kiera y le rogó que se casara con Enzo.Kiera no tenía opción. A los ocho años se había quedado huérfana, y Doña Paulina, quien había sido mentora de sus papás, la recogió de la calle y le dio un hogar.Se casaron y, poco después, Doña Paulina falleció.Aceptar ese matrimonio había sido, sí, por gratitud.Pero tras cinco años juntos, Kiera ya se había acostumbrado a Enzo. Incluso había empezado a depender de él.Era su única familia. Su único lazo.Llegó a pensar que vivir así toda la vida no sonaba tan mal.Hasta que, una semana atrás, la ex prometida de Enzo, Liliana Villar, regresó al país… y trajo consigo a un niño de poco más de cuatro años.El niño tenía la piel pálida, cejas y ojos profundos, y labios delgados pero rosados: rasgos muy “Muñoz”. Estaba gordito, pero su aire se parecía demasiado al de los hermanos Muñoz.Fabián Muñoz, el hermano mayor de Enzo, llevaba ocho años casado con Verena y se veían sólidos; era imposible que hubiera tenido algo con la prometida de su hermano.Así que ese niño solo podía ser de Enzo.—¿Y qué va a pasar con el niño? —preguntó Kiera.—Yo me encargo.Enzo claramente no quería seguir con el tema. Miró hacia la entrada, donde Lucía estaba parada.—¿Qué pasa?—La señorita Villar y el niño ya llegaron.Lucía llevaba como medio minuto ahí, pero al ver el ambiente, no se había atrevido a interrumpir.Enzo aflojó el ceño; su mirada se suavizó un poco.—¡Enzo!Apenas terminó de hablar Lucía, una figurita salió disparada desde la puerta y se le aventó a Enzo encima, casi tumbando a Lucía.—Rafa, saluda bien —dijo Liliana al entrar detrás, con una sonrisa llena de cariño. Tenía los ojos pegados a Enzo, rebosando ternura—. Enzito, gracias por recibirnos.Hugo, el chofer de la familia Muñoz, entró cargando dos maletas grandes. Enzo le indicó que las subiera al cuarto del tercer piso, del lado izquierdo.Kiera frunció el ceño. Nadie le había dicho que Liliana y su hijo iban a llegar.¿Ese era el “arreglo” de Enzo? ¿Meterlos a la casa sin consultarle?Abrió la boca para decir algo. El tercer piso era el de ellos; cuando había visitas, se quedaban en el segundo.Al final no dijo nada. Enzo estaba platicando con Liliana y el niño como si Kiera ni existiera.Los tres parecían una familia; ella, a un lado, se sentía de sobra.Se dio la vuelta para irse, pero no había dado ni dos pasos cuando Enzo la detuvo.—Kiera, ve a preparar el cuarto. Que Lili y Rafa estén cómodos.“Lili”. Demasiado natural. Demasiado íntimo.Kiera se quedó quieta.—Estoy cansada. Me voy a bañar y a dormir.Cuidar a Enzo era por la promesa que le hizo a su abuela. Pero atender a Liliana y a su hijo… ¿qué seguía? ¿Que también les tendiera la cama como si fuera empleada?Además, ¿desde cuándo la dueña de la casa le arregla el cuarto a quien viene a invadirla?—No te preocupes —intervino Liliana—. Que lo haga Lucía.Liliana sacó un estuche de joyería y se lo ofreció con soltura a Lucía.—Lucía, te traje unas piezas de diseñador de afuera. Son para ti.Lucía se echó para atrás como si le hubieran aventado algo.—No, no… de verdad no. Es mi trabajo.Y sin darle chance a Liliana de insistir, salió casi corriendo escaleras arriba para arreglar el cuarto del tercer piso, como si se le hubiera olvidado que había elevador.Liliana guardó el estuche, incómoda.—Enzito… parece que no nos quieren aquí.Enzo le habló con suavidad:—¿Cómo crees? Kiera siempre ha estado al pendiente de ti y de Rafa.Kiera fingió no escuchar. Caminó hacia el elevador.No era ella la que estaba “al pendiente”. Era Enzo.Desde que Liliana y el niño volvieron, Enzo —siempre tan frío— parecía otra persona.La llevaba a todos lados, escogía personalmente regalos para Liliana y para Rafael Villar. Las bolsas y joyas de Liliana llenaban una pared; los juguetes de Rafael, un cuarto entero.***Enzo jamás se había esmerado así con nadie. Ahí Kiera entendió que todo había cambiado.—Señora Vargas —la voz de Liliana le llegó por detrás—, Enzito dice que usted siempre quiso un hijo… que le va a caer bien Rafa.Kiera no volteó.—Mientras a Enzito le guste, está bien.Y se metió al elevador.Enzo siempre supo que ella quería un hijo. Por no meterle presión, Kiera nunca lo mencionó.Él lo sabía… y aun así se hizo el desentendido.El elevador de cristal subió despacio. Bajo la luz brillante, Kiera alcanzó a ver en los ojos de Enzo una ternura y una lástima que ella nunca le había visto.Durante cinco años, Kiera lo cuidó en todo, sin escatimar nada, sin delegar. Y ni una sola vez lo vio sentir pena por ella.Sin darse cuenta, hasta ella había olvidado que no tenía por qué exigirse tanto.El elevador se detuvo en el tercer piso, y la voz de Liliana le llegó con claridad.—Hace cinco años mis papás me obligaron a cancelar el compromiso… y me mandaron fuera a la fuerza.—Ya estando allá me di cuenta de que estaba embarazada. Era tu hijo… y no fui capaz de interrumpir el embarazo.A Liliana se le quebró la voz. Se agachó y apoyó la cabeza en las piernas de Enzo; le temblaba el cuerpo.Enzo levantó la mano despacio y se la puso en el hombro.Liliana alzó la cara, con los ojos llenos de lágrimas, frágil, como para dar lástima.—Yo pensaba que cuando Rafa creciera, mis papás lo aceptarían. Pero en cuanto regresé, me cancelaron las tarjetas… y nos corrieron de la casa.—Enzito, si no estuviera contra la pared, no vendría a molestarte.—Yo aguanto lo que sea… pero Rafa está chiquito…Enzo le limpió las lágrimas con la yema de los dedos.—Mientras yo esté aquí, no tengas miedo.Kiera se quedó junto al barandal del tercer piso, viendo la escena. Se le hizo un hueco en el pecho.Sin pensarlo, raspó el barandal con las uñas; casi se le quiebra una.—Señora, no se preocupe. Yo estoy de su lado —dijo Lucía, que apareció sin que Kiera se diera cuenta, mirándola con dolor.Lucía llevaba más de veinte años trabajando con los Muñoz; antes atendía a Paulina Muñoz.Antes de morir, la señora le pidió que siguiera cuidando a Enzo y a Kiera.Lucía había visto crecer a Kiera. Sabía que era buena, tranquila, de esas que no hacen ruido.Kiera apretó los labios y sonrió apenas. Enzo no era un objeto; era una persona.Si ella tenía que pelear con Liliana por “quedárselo”, eso significaba que Enzo en realidad no era suyo.Y Kiera no tenía seguridad para eso. Si algo no le pertenecía por completo, prefería no aferrarse.Para no vivir con la ansiedad… para no sufrir de más.——De madrugada, cuando Kiera estaba a punto de dormirse, Enzo entró al cuarto.Venía en su silla de ruedas, recién bañado, con pijama.En la casa tenía un baño adaptado para él, y también un cuidador —un hombre sordo— que se encargaba de ayudarlo.Por costumbre, Kiera se incorporó y lo ayudó a pasar a la cama.La silla era de alta gama, hecha a su medida, capaz de cubrir todas sus necesidades… pero a Enzo le gustaba que ella lo atendiera.Kiera se acostó a su lado, con el pecho pesado.No tenía familia. Siempre había querido tener más lazos. Por eso soñaba con uno o dos hijos.Enzo solo tenía lastimadas las piernas; eso no impedía que tuvieran vida de pareja.Más de una vez Kiera insinuó… y él la rechazó.Con el tiempo, ella se convenció de que era por orgullo: que no soportaba no tener el control. Y dejó de insistir.Esa noche, por boca de Liliana, Kiera supo la verdad: Enzo siempre lo había sabido.Él, como ahora, se quedaba en la oscuridad viendo de lejos lo que ella quería… y lo ignoraba.Estaba perdida en sus pensamientos cuando una mano le sujetó la cintura y la jaló hacia atrás, metiéndola en un abrazo cálido y firme.Enzo la apretó con fuerza, apoyó la barbilla en su cabeza y la rozó despacio.—Cuando Lili quedó embarazada, todavía era mi prometida. Yo no engañé a nadie. Ella tampoco es “la otra”. Los dos la tuvimos difícil.—Rafa es mi hijo. Como hombre, no puedo hacerme de la vista gorda. Es mi responsabilidad.—Chiquita, no te enojes. Solo van a vivir aquí. Nada más.Antes de casarse con Liliana, una vez él se emborrachó hasta perderse. Cuando despertó, Liliana estaba en su cama. Solo pasó esa vez… y de ahí salió Rafael.Pensar en eso le dejaba un nudo que no sabía si era arrepentimiento o culpa.Kiera apartó su mano y se sentó en la oscuridad.—O nos divorciamos… o me das un hijo.***Era la primera vez que Kiera le exigía algo así. Tras un silencio largo, la voz grave de Enzo se escuchó en la oscuridad.—Espérate. Hasta que me recupere.A Kiera se le secó la garganta. Habló como si estuviera soñando.—No me importa si yo hago todo.Ya había esperado cinco años. No podía esperar otros cinco.Enzo se incorporó y la abrazó por detrás. Su aliento tibio le rozó el cuello.—Kiera, tenemos tiempo. Quiero que la primera vez sea perfecta.Kiera soltó una risa amarga. Era justo lo que se imaginaba.Enzo era demasiado listo. Con ella, sus piernas eran su excusa perfecta.Sabía que ella no podía obligarlo.—¿Y Rafael? ¿Lo vas a dejar toda la vida como hijo “por fuera”?A Kiera no le caía Liliana… pero el niño no tenía la culpa.Ella se quedó sin papás a los ocho. En los meses que anduvo de casa en casa con parientes, la trataron con frialdad y desprecio.Luego la llevaron a la casa de los Muñoz y la crió la señora; vivió bien, sin carencias.Aun así, extrañaba a sus papás. Y quería su propia familia.El hombre detrás de ella aflojó los brazos y volvió a acostarse. Pasó un buen rato sin decir nada.El silencio se hizo pesado, como si la noche se les viniera encima.Kiera no se movió.—Divorciémonos, Enzo. Así tú puedes tener una familia completa.No era que Enzo fuera indispensable. Tal vez, en el rincón más oscuro de su corazón, ya llevaba tiempo gritando que se fuera.A su lado, ella actuaba como la esposa perfecta, la señora Muñoz… y cada vez se parecía menos a Kiera.Si se divorciaban, aun así podía seguir cumpliendo la promesa que le hizo a Doña Paulina, como familia.Desde atrás llegó una risa fría. El cuarto se heló.—Kiera, ¿y tú quién eres para decidir mi vida?—Acuérdate de algo: el hogar que yo quiero… es donde estás tú.El tono de Enzo sonó calmado, pero a Kiera se le enchinó la piel.Como si una bestia, escondida en la oscuridad, la mirara con una posesión enfermiza. Como si ella fuera algo suyo.Ese Enzo le resultaba desconocido.—¡Enzito!La voz de Liliana sonó de golpe del otro lado de la puerta. Kiera se sobresaltó.Por primera vez, le dio gusto escucharla.—Lili, ¿qué pasó? —la voz de Enzo salió ronca, con un matiz ambiguo.Liliana habló entre sollozos:—Nada… perdón por molestarte.Los pasos se alejaron rápido por el pasillo. Enzo se apresuró a sentarse en la silla de ruedas.Abrió la puerta del cuarto del otro lado. Rafael estaba hecho bolita en brazos de Liliana; los dos tenían la cara empapada de lágrimas.—¿Qué pasó?—Rafa tuvo una pesadilla… y no dejaba de llamar a su papá.Liliana volteó la cara, sin mirarlo.Enzo tomó a Rafael en brazos.—Rafa, aquí estoy. Ya estoy contigo.—¡Un monstruo me estaba persiguiendo! Yo gritaba que mi papá me salvara… pero no tengo papá… —lloró el niño, aferrado a su ropa.—Perdón… me desesperé. No sabía que estabas… —Liliana giró un poco y lo miró de reojo, con los ojos llenos de agravio.A Enzo le pegó la culpa. Y sin saber ni cómo, le salió decir en voz baja:—Lili… tú eres la única mujer con la que he estado.La sorpresa en los ojos de Liliana brilló un instante. Luego se le apagó y solo quedó tristeza.Alzó la cabeza, se limpió las lágrimas y soltó un suspiro. Con el movimiento, uno de los tirantes de su camisón se le deslizó del hombro.—Enzito… yo no me metí a esta casa para separarlos.Enzo bajó la mirada. Rafael ya se había quedado dormido.—Tranquila. No voy a dejar que tú y Rafa la pasen mal.—Te creo.***Capítulo 2—Si lo que quieres es volver con ella, yo puedo hacerme a un lado.Kiera Vargas apretó los puños con tanta fuerza que le dolieron. Bajó la mirada, las pestañas largas cubriéndole los ojos, y se quedó viendo al hombre en la silla de ruedas.Enzo Muñoz la oyó y, en un instante, su mirada se volvió helada. Daba miedo.—¿Te arrepientes de haberte casado conmigo?Kiera respondió sin titubear:—No. Tu abuela me crió.—¿Entonces te casaste conmigo por “pagarle”? ¿Por lástima?Enzo levantó la mirada y la fulminó; la mandíbula se le tensó de puro coraje. Aunque estaba sentado, imponía un peso brutal, como si la habitación se encogiera.A Kiera se le hizo un nudo en el estómago. Mordió su labio y bajó la cabeza.Cinco años atrás, un accidente lo dejó sin poder caminar.En ese entonces, él tenía prometida… y ella tenía novio.Después de que la familia de la prometida canceló el compromiso, Doña Paulina —ya enferma de gravedad— se humilló ante Kiera y le rogó que se casara con Enzo.Kiera no tenía opción. A los ocho años se había quedado huérfana, y Doña Paulina, quien había sido mentora de sus papás, la recogió de la calle y le dio un hogar.Se casaron y, poco después, Doña Paulina falleció.Aceptar ese matrimonio había sido, sí, por gratitud.Pero tras cinco años juntos, Kiera ya se había acostumbrado a Enzo. Incluso había empezado a depender de él.Era su única familia. Su único lazo.Llegó a pensar que vivir así toda la vida no sonaba tan mal.Hasta que, una semana atrás, la ex prometida de Enzo, Liliana Villar, regresó al país… y trajo consigo a un niño de poco más de cuatro años.El niño tenía la piel pálida, cejas y ojos profundos, y labios delgados pero rosados: rasgos muy “Muñoz”. Estaba gordito, pero su aire se parecía demasiado al de los hermanos Muñoz.Fabián Muñoz, el hermano mayor de Enzo, llevaba ocho años casado con Verena y se veían sólidos; era imposible que hubiera tenido algo con la prometida de su hermano.Así que ese niño solo podía ser de Enzo.—¿Y qué va a pasar con el niño? —preguntó Kiera.—Yo me encargo.Enzo claramente no quería seguir con el tema. Miró hacia la entrada, donde Lucía estaba parada.—¿Qué pasa?—La señorita Villar y el niño ya llegaron.Lucía llevaba como medio minuto ahí, pero al ver el ambiente, no se había atrevido a interrumpir.Enzo aflojó el ceño; su mirada se suavizó un poco.—¡Enzo!Apenas terminó de hablar Lucía, una figurita salió disparada desde la puerta y se le aventó a Enzo encima, casi tumbando a Lucía.—Rafa, saluda bien —dijo Liliana al entrar detrás, con una sonrisa llena de cariño. Tenía los ojos pegados a Enzo, rebosando ternura—. Enzito, gracias por recibirnos.Hugo, el chofer de la familia Muñoz, entró cargando dos maletas grandes. Enzo le indicó que las subiera al cuarto del tercer piso, del lado izquierdo.Kiera frunció el ceño. Nadie le había dicho que Liliana y su hijo iban a llegar.¿Ese era el “arreglo” de Enzo? ¿Meterlos a la casa sin consultarle?Abrió la boca para decir algo. El tercer piso era el de ellos; cuando había visitas, se quedaban en el segundo.Al final no dijo nada. Enzo estaba platicando con Liliana y el niño como si Kiera ni existiera.Los tres parecían una familia; ella, a un lado, se sentía de sobra.Se dio la vuelta para irse, pero no había dado ni dos pasos cuando Enzo la detuvo.—Kiera, ve a preparar el cuarto. Que Lili y Rafa estén cómodos.“Lili”. Demasiado natural. Demasiado íntimo.Kiera se quedó quieta.—Estoy cansada. Me voy a bañar y a dormir.Cuidar a Enzo era por la promesa que le hizo a su abuela. Pero atender a Liliana y a su hijo… ¿qué seguía? ¿Que también les tendiera la cama como si fuera empleada?Además, ¿desde cuándo la dueña de la casa le arregla el cuarto a quien viene a invadirla?—No te preocupes —intervino Liliana—. Que lo haga Lucía.Liliana sacó un estuche de joyería y se lo ofreció con soltura a Lucía.—Lucía, te traje unas piezas de diseñador de afuera. Son para ti.Lucía se echó para atrás como si le hubieran aventado algo.—No, no… de verdad no. Es mi trabajo.Y sin darle chance a Liliana de insistir, salió casi corriendo escaleras arriba para arreglar el cuarto del tercer piso, como si se le hubiera olvidado que había elevador.Liliana guardó el estuche, incómoda.—Enzito… parece que no nos quieren aquí.Enzo le habló con suavidad:—¿Cómo crees? Kiera siempre ha estado al pendiente de ti y de Rafa.Kiera fingió no escuchar. Caminó hacia el elevador.No era ella la que estaba “al pendiente”. Era Enzo.Desde que Liliana y el niño volvieron, Enzo —siempre tan frío— parecía otra persona.La llevaba a todos lados, escogía personalmente regalos para Liliana y para Rafael Villar. Las bolsas y joyas de Liliana llenaban una pared; los juguetes de Rafael, un cuarto entero.***Enzo jamás se había esmerado así con nadie. Ahí Kiera entendió que todo había cambiado.—Señora Vargas —la voz de Liliana le llegó por detrás—, Enzito dice que usted siempre quiso un hijo… que le va a caer bien Rafa.Kiera no volteó.—Mientras a Enzito le guste, está bien.Y se metió al elevador.Enzo siempre supo que ella quería un hijo. Por no meterle presión, Kiera nunca lo mencionó.Él lo sabía… y aun así se hizo el desentendido.El elevador de cristal subió despacio. Bajo la luz brillante, Kiera alcanzó a ver en los ojos de Enzo una ternura y una lástima que ella nunca le había visto.Durante cinco años, Kiera lo cuidó en todo, sin escatimar nada, sin delegar. Y ni una sola vez lo vio sentir pena por ella.Sin darse cuenta, hasta ella había olvidado que no tenía por qué exigirse tanto.El elevador se detuvo en el tercer piso, y la voz de Liliana le llegó con claridad.—Hace cinco años mis papás me obligaron a cancelar el compromiso… y me mandaron fuera a la fuerza.—Ya estando allá me di cuenta de que estaba embarazada. Era tu hijo… y no fui capaz de interrumpir el embarazo.A Liliana se le quebró la voz. Se agachó y apoyó la cabeza en las piernas de Enzo; le temblaba el cuerpo.Enzo levantó la mano despacio y se la puso en el hombro.Liliana alzó la cara, con los ojos llenos de lágrimas, frágil, como para dar lástima.—Yo pensaba que cuando Rafa creciera, mis papás lo aceptarían. Pero en cuanto regresé, me cancelaron las tarjetas… y nos corrieron de la casa.—Enzito, si no estuviera contra la pared, no vendría a molestarte.—Yo aguanto lo que sea… pero Rafa está chiquito…Enzo le limpió las lágrimas con la yema de los dedos.—Mientras yo esté aquí, no tengas miedo.Kiera se quedó junto al barandal del tercer piso, viendo la escena. Se le hizo un hueco en el pecho.Sin pensarlo, raspó el barandal con las uñas; casi se le quiebra una.—Señora, no se preocupe. Yo estoy de su lado —dijo Lucía, que apareció sin que Kiera se diera cuenta, mirándola con dolor.Lucía llevaba más de veinte años trabajando con los Muñoz; antes atendía a Paulina Muñoz.Antes de morir, la señora le pidió que siguiera cuidando a Enzo y a Kiera.Lucía había visto crecer a Kiera. Sabía que era buena, tranquila, de esas que no hacen ruido.Kiera apretó los labios y sonrió apenas. Enzo no era un objeto; era una persona.Si ella tenía que pelear con Liliana por “quedárselo”, eso significaba que Enzo en realidad no era suyo.Y Kiera no tenía seguridad para eso. Si algo no le pertenecía por completo, prefería no aferrarse.Para no vivir con la ansiedad… para no sufrir de más.——De madrugada, cuando Kiera estaba a punto de dormirse, Enzo entró al cuarto.Venía en su silla de ruedas, recién bañado, con pijama.En la casa tenía un baño adaptado para él, y también un cuidador —un hombre sordo— que se encargaba de ayudarlo.Por costumbre, Kiera se incorporó y lo ayudó a pasar a la cama.La silla era de alta gama, hecha a su medida, capaz de cubrir todas sus necesidades… pero a Enzo le gustaba que ella lo atendiera.Kiera se acostó a su lado, con el pecho pesado.No tenía familia. Siempre había querido tener más lazos. Por eso soñaba con uno o dos hijos.Enzo solo tenía lastimadas las piernas; eso no impedía que tuvieran vida de pareja.Más de una vez Kiera insinuó… y él la rechazó.Con el tiempo, ella se convenció de que era por orgullo: que no soportaba no tener el control. Y dejó de insistir.Esa noche, por boca de Liliana, Kiera supo la verdad: Enzo siempre lo había sabido.Él, como ahora, se quedaba en la oscuridad viendo de lejos lo que ella quería… y lo ignoraba.Estaba perdida en sus pensamientos cuando una mano le sujetó la cintura y la jaló hacia atrás, metiéndola en un abrazo cálido y firme.Enzo la apretó con fuerza, apoyó la barbilla en su cabeza y la rozó despacio.—Cuando Lili quedó embarazada, todavía era mi prometida. Yo no engañé a nadie. Ella tampoco es “la otra”. Los dos la tuvimos difícil.—Rafa es mi hijo. Como hombre, no puedo hacerme de la vista gorda. Es mi responsabilidad.—Chiquita, no te enojes. Solo van a vivir aquí. Nada más.Antes de casarse con Liliana, una vez él se emborrachó hasta perderse. Cuando despertó, Liliana estaba en su cama. Solo pasó esa vez… y de ahí salió Rafael.Pensar en eso le dejaba un nudo que no sabía si era arrepentimiento o culpa.Kiera apartó su mano y se sentó en la oscuridad.—O nos divorciamos… o me das un hijo.***Era la primera vez que Kiera le exigía algo así. Tras un silencio largo, la voz grave de Enzo se escuchó en la oscuridad.—Espérate. Hasta que me recupere.A Kiera se le secó la garganta. Habló como si estuviera soñando.—No me importa si yo hago todo.Ya había esperado cinco años. No podía esperar otros cinco.Enzo se incorporó y la abrazó por detrás. Su aliento tibio le rozó el cuello.—Kiera, tenemos tiempo. Quiero que la primera vez sea perfecta.Kiera soltó una risa amarga. Era justo lo que se imaginaba.Enzo era demasiado listo. Con ella, sus piernas eran su excusa perfecta.Sabía que ella no podía obligarlo.—¿Y Rafael? ¿Lo vas a dejar toda la vida como hijo “por fuera”?A Kiera no le caía Liliana… pero el niño no tenía la culpa.Ella se quedó sin papás a los ocho. En los meses que anduvo de casa en casa con parientes, la trataron con frialdad y desprecio.Luego la llevaron a la casa de los Muñoz y la crió la señora; vivió bien, sin carencias.Aun así, extrañaba a sus papás. Y quería su propia familia.El hombre detrás de ella aflojó los brazos y volvió a acostarse. Pasó un buen rato sin decir nada.El silencio se hizo pesado, como si la noche se les viniera encima.Kiera no se movió.—Divorciémonos, Enzo. Así tú puedes tener una familia completa.No era que Enzo fuera indispensable. Tal vez, en el rincón más oscuro de su corazón, ya llevaba tiempo gritando que se fuera.A su lado, ella actuaba como la esposa perfecta, la señora Muñoz… y cada vez se parecía menos a Kiera.Si se divorciaban, aun así podía seguir cumpliendo la promesa que le hizo a Doña Paulina, como familia.Desde atrás llegó una risa fría. El cuarto se heló.—Kiera, ¿y tú quién eres para decidir mi vida?—Acuérdate de algo: el hogar que yo quiero… es donde estás tú.El tono de Enzo sonó calmado, pero a Kiera se le enchinó la piel.Como si una bestia, escondida en la oscuridad, la mirara con una posesión enfermiza. Como si ella fuera algo suyo.Ese Enzo le resultaba desconocido.—¡Enzito!La voz de Liliana sonó de golpe del otro lado de la puerta. Kiera se sobresaltó.Por primera vez, le dio gusto escucharla.—Lili, ¿qué pasó? —la voz de Enzo salió ronca, con un matiz ambiguo.Liliana habló entre sollozos:—Nada… perdón por molestarte.Los pasos se alejaron rápido por el pasillo. Enzo se apresuró a sentarse en la silla de ruedas.Abrió la puerta del cuarto del otro lado. Rafael estaba hecho bolita en brazos de Liliana; los dos tenían la cara empapada de lágrimas.—¿Qué pasó?—Rafa tuvo una pesadilla… y no dejaba de llamar a su papá.Liliana volteó la cara, sin mirarlo.Enzo tomó a Rafael en brazos.—Rafa, aquí estoy. Ya estoy contigo.—¡Un monstruo me estaba persiguiendo! Yo gritaba que mi papá me salvara… pero no tengo papá… —lloró el niño, aferrado a su ropa.—Perdón… me desesperé. No sabía que estabas… —Liliana giró un poco y lo miró de reojo, con los ojos llenos de agravio.A Enzo le pegó la culpa. Y sin saber ni cómo, le salió decir en voz baja:—Lili… tú eres la única mujer con la que he estado.La sorpresa en los ojos de Liliana brilló un instante. Luego se le apagó y solo quedó tristeza.Alzó la cabeza, se limpió las lágrimas y soltó un suspiro. Con el movimiento, uno de los tirantes de su camisón se le deslizó del hombro.—Enzito… yo no me metí a esta casa para separarlos.Enzo bajó la mirada. Rafael ya se había quedado dormido.—Tranquila. No voy a dejar que tú y Rafa la pasen mal.—Te creo.***Capítulo 3—Si lo que quieres es volver con ella, yo puedo hacerme a un lado.Kiera Vargas apretó los puños con tanta fuerza que le dolieron. Bajó la mirada, las pestañas largas cubriéndole los ojos, y se quedó viendo al hombre en la silla de ruedas.Enzo Muñoz la oyó y, en un instante, su mirada se volvió helada. Daba miedo.—¿Te arrepientes de haberte casado conmigo?Kiera respondió sin titubear:—No. Tu abuela me crió.—¿Entonces te casaste conmigo por “pagarle”? ¿Por lástima?Enzo levantó la mirada y la fulminó; la mandíbula se le tensó de puro coraje. Aunque estaba sentado, imponía un peso brutal, como si la habitación se encogiera.A Kiera se le hizo un nudo en el estómago. Mordió su labio y bajó la cabeza.Cinco años atrás, un accidente lo dejó sin poder caminar.En ese entonces, él tenía prometida… y ella tenía novio.Después de que la familia de la prometida canceló el compromiso, Doña Paulina —ya enferma de gravedad— se humilló ante Kiera y le rogó que se casara con Enzo.Kiera no tenía opción. A los ocho años se había quedado huérfana, y Doña Paulina, quien había sido mentora de sus papás, la recogió de la calle y le dio un hogar.Se casaron y, poco después, Doña Paulina falleció.Aceptar ese matrimonio había sido, sí, por gratitud.Pero tras cinco años juntos, Kiera ya se había acostumbrado a Enzo. Incluso había empezado a depender de él.Era su única familia. Su único lazo.Llegó a pensar que vivir así toda la vida no sonaba tan mal.Hasta que, una semana atrás, la ex prometida de Enzo, Liliana Villar, regresó al país… y trajo consigo a un niño de poco más de cuatro años.El niño tenía la piel pálida, cejas y ojos profundos, y labios delgados pero rosados: rasgos muy “Muñoz”. Estaba gordito, pero su aire se parecía demasiado al de los hermanos Muñoz.Fabián Muñoz, el hermano mayor de Enzo, llevaba ocho años casado con Verena y se veían sólidos; era imposible que hubiera tenido algo con la prometida de su hermano.Así que ese niño solo podía ser de Enzo.—¿Y qué va a pasar con el niño? —preguntó Kiera.—Yo me encargo.Enzo claramente no quería seguir con el tema. Miró hacia la entrada, donde Lucía estaba parada.—¿Qué pasa?—La señorita Villar y el niño ya llegaron.Lucía llevaba como medio minuto ahí, pero al ver el ambiente, no se había atrevido a interrumpir.Enzo aflojó el ceño; su mirada se suavizó un poco.—¡Enzo!Apenas terminó de hablar Lucía, una figurita salió disparada desde la puerta y se le aventó a Enzo encima, casi tumbando a Lucía.—Rafa, saluda bien —dijo Liliana al entrar detrás, con una sonrisa llena de cariño. Tenía los ojos pegados a Enzo, rebosando ternura—. Enzito, gracias por recibirnos.Hugo, el chofer de la familia Muñoz, entró cargando dos maletas grandes. Enzo le indicó que las subiera al cuarto del tercer piso, del lado izquierdo.Kiera frunció el ceño. Nadie le había dicho que Liliana y su hijo iban a llegar.¿Ese era el “arreglo” de Enzo? ¿Meterlos a la casa sin consultarle?Abrió la boca para decir algo. El tercer piso era el de ellos; cuando había visitas, se quedaban en el segundo.Al final no dijo nada. Enzo estaba platicando con Liliana y el niño como si Kiera ni existiera.Los tres parecían una familia; ella, a un lado, se sentía de sobra.Se dio la vuelta para irse, pero no había dado ni dos pasos cuando Enzo la detuvo.—Kiera, ve a preparar el cuarto. Que Lili y Rafa estén cómodos.“Lili”. Demasiado natural. Demasiado íntimo.Kiera se quedó quieta.—Estoy cansada. Me voy a bañar y a dormir.Cuidar a Enzo era por la promesa que le hizo a su abuela. Pero atender a Liliana y a su hijo… ¿qué seguía? ¿Que también les tendiera la cama como si fuera empleada?Además, ¿desde cuándo la dueña de la casa le arregla el cuarto a quien viene a invadirla?—No te preocupes —intervino Liliana—. Que lo haga Lucía.Liliana sacó un estuche de joyería y se lo ofreció con soltura a Lucía.—Lucía, te traje unas piezas de diseñador de afuera. Son para ti.Lucía se echó para atrás como si le hubieran aventado algo.—No, no… de verdad no. Es mi trabajo.Y sin darle chance a Liliana de insistir, salió casi corriendo escaleras arriba para arreglar el cuarto del tercer piso, como si se le hubiera olvidado que había elevador.Liliana guardó el estuche, incómoda.—Enzito… parece que no nos quieren aquí.Enzo le habló con suavidad:—¿Cómo crees? Kiera siempre ha estado al pendiente de ti y de Rafa.Kiera fingió no escuchar. Caminó hacia el elevador.No era ella la que estaba “al pendiente”. Era Enzo.Desde que Liliana y el niño volvieron, Enzo —siempre tan frío— parecía otra persona.La llevaba a todos lados, escogía personalmente regalos para Liliana y para Rafael Villar. Las bolsas y joyas de Liliana llenaban una pared; los juguetes de Rafael, un cuarto entero.***Enzo jamás se había esmerado así con nadie. Ahí Kiera entendió que todo había cambiado.—Señora Vargas —la voz de Liliana le llegó por detrás—, Enzito dice que usted siempre quiso un hijo… que le va a caer bien Rafa.Kiera no volteó.—Mientras a Enzito le guste, está bien.Y se metió al elevador.Enzo siempre supo que ella quería un hijo. Por no meterle presión, Kiera nunca lo mencionó.Él lo sabía… y aun así se hizo el desentendido.El elevador de cristal subió despacio. Bajo la luz brillante, Kiera alcanzó a ver en los ojos de Enzo una ternura y una lástima que ella nunca le había visto.Durante cinco años, Kiera lo cuidó en todo, sin escatimar nada, sin delegar. Y ni una sola vez lo vio sentir pena por ella.Sin darse cuenta, hasta ella había olvidado que no tenía por qué exigirse tanto.El elevador se detuvo en el tercer piso, y la voz de Liliana le llegó con claridad.—Hace cinco años mis papás me obligaron a cancelar el compromiso… y me mandaron fuera a la fuerza.—Ya estando allá me di cuenta de que estaba embarazada. Era tu hijo… y no fui capaz de interrumpir el embarazo.A Liliana se le quebró la voz. Se agachó y apoyó la cabeza en las piernas de Enzo; le temblaba el cuerpo.Enzo levantó la mano despacio y se la puso en el hombro.Liliana alzó la cara, con los ojos llenos de lágrimas, frágil, como para dar lástima.—Yo pensaba que cuando Rafa creciera, mis papás lo aceptarían. Pero en cuanto regresé, me cancelaron las tarjetas… y nos corrieron de la casa.—Enzito, si no estuviera contra la pared, no vendría a molestarte.—Yo aguanto lo que sea… pero Rafa está chiquito…Enzo le limpió las lágrimas con la yema de los dedos.—Mientras yo esté aquí, no tengas miedo.Kiera se quedó junto al barandal del tercer piso, viendo la escena. Se le hizo un hueco en el pecho.Sin pensarlo, raspó el barandal con las uñas; casi se le quiebra una.—Señora, no se preocupe. Yo estoy de su lado —dijo Lucía, que apareció sin que Kiera se diera cuenta, mirándola con dolor.Lucía llevaba más de veinte años trabajando con los Muñoz; antes atendía a Paulina Muñoz.Antes de morir, la señora le pidió que siguiera cuidando a Enzo y a Kiera.Lucía había visto crecer a Kiera. Sabía que era buena, tranquila, de esas que no hacen ruido.Kiera apretó los labios y sonrió apenas. Enzo no era un objeto; era una persona.Si ella tenía que pelear con Liliana por “quedárselo”, eso significaba que Enzo en realidad no era suyo.Y Kiera no tenía seguridad para eso. Si algo no le pertenecía por completo, prefería no aferrarse.Para no vivir con la ansiedad… para no sufrir de más.——De madrugada, cuando Kiera estaba a punto de dormirse, Enzo entró al cuarto.Venía en su silla de ruedas, recién bañado, con pijama.En la casa tenía un baño adaptado para él, y también un cuidador —un hombre sordo— que se encargaba de ayudarlo.Por costumbre, Kiera se incorporó y lo ayudó a pasar a la cama.La silla era de alta gama, hecha a su medida, capaz de cubrir todas sus necesidades… pero a Enzo le gustaba que ella lo atendiera.Kiera se acostó a su lado, con el pecho pesado.No tenía familia. Siempre había querido tener más lazos. Por eso soñaba con uno o dos hijos.Enzo solo tenía lastimadas las piernas; eso no impedía que tuvieran vida de pareja.Más de una vez Kiera insinuó… y él la rechazó.Con el tiempo, ella se convenció de que era por orgullo: que no soportaba no tener el control. Y dejó de insistir.Esa noche, por boca de Liliana, Kiera supo la verdad: Enzo siempre lo había sabido.Él, como ahora, se quedaba en la oscuridad viendo de lejos lo que ella quería… y lo ignoraba.Estaba perdida en sus pensamientos cuando una mano le sujetó la cintura y la jaló hacia atrás, metiéndola en un abrazo cálido y firme.Enzo la apretó con fuerza, apoyó la barbilla en su cabeza y la rozó despacio.—Cuando Lili quedó embarazada, todavía era mi prometida. Yo no engañé a nadie. Ella tampoco es “la otra”. Los dos la tuvimos difícil.—Rafa es mi hijo. Como hombre, no puedo hacerme de la vista gorda. Es mi responsabilidad.—Chiquita, no te enojes. Solo van a vivir aquí. Nada más.Antes de casarse con Liliana, una vez él se emborrachó hasta perderse. Cuando despertó, Liliana estaba en su cama. Solo pasó esa vez… y de ahí salió Rafael.Pensar en eso le dejaba un nudo que no sabía si era arrepentimiento o culpa.Kiera apartó su mano y se sentó en la oscuridad.—O nos divorciamos… o me das un hijo.***Era la primera vez que Kiera le exigía algo así. Tras un silencio largo, la voz grave de Enzo se escuchó en la oscuridad.—Espérate. Hasta que me recupere.A Kiera se le secó la garganta. Habló como si estuviera soñando.—No me importa si yo hago todo.Ya había esperado cinco años. No podía esperar otros cinco.Enzo se incorporó y la abrazó por detrás. Su aliento tibio le rozó el cuello.—Kiera, tenemos tiempo. Quiero que la primera vez sea perfecta.Kiera soltó una risa amarga. Era justo lo que se imaginaba.Enzo era demasiado listo. Con ella, sus piernas eran su excusa perfecta.Sabía que ella no podía obligarlo.—¿Y Rafael? ¿Lo vas a dejar toda la vida como hijo “por fuera”?A Kiera no le caía Liliana… pero el niño no tenía la culpa.Ella se quedó sin papás a los ocho. En los meses que anduvo de casa en casa con parientes, la trataron con frialdad y desprecio.Luego la llevaron a la casa de los Muñoz y la crió la señora; vivió bien, sin carencias.Aun así, extrañaba a sus papás. Y quería su propia familia.El hombre detrás de ella aflojó los brazos y volvió a acostarse. Pasó un buen rato sin decir nada.El silencio se hizo pesado, como si la noche se les viniera encima.Kiera no se movió.—Divorciémonos, Enzo. Así tú puedes tener una familia completa.No era que Enzo fuera indispensable. Tal vez, en el rincón más oscuro de su corazón, ya llevaba tiempo gritando que se fuera.A su lado, ella actuaba como la esposa perfecta, la señora Muñoz… y cada vez se parecía menos a Kiera.Si se divorciaban, aun así podía seguir cumpliendo la promesa que le hizo a Doña Paulina, como familia.Desde atrás llegó una risa fría. El cuarto se heló.—Kiera, ¿y tú quién eres para decidir mi vida?—Acuérdate de algo: el hogar que yo quiero… es donde estás tú.El tono de Enzo sonó calmado, pero a Kiera se le enchinó la piel.Como si una bestia, escondida en la oscuridad, la mirara con una posesión enfermiza. Como si ella fuera algo suyo.Ese Enzo le resultaba desconocido.—¡Enzito!La voz de Liliana sonó de golpe del otro lado de la puerta. Kiera se sobresaltó.Por primera vez, le dio gusto escucharla.—Lili, ¿qué pasó? —la voz de Enzo salió ronca, con un matiz ambiguo.Liliana habló entre sollozos:—Nada… perdón por molestarte.Los pasos se alejaron rápido por el pasillo. Enzo se apresuró a sentarse en la silla de ruedas.Abrió la puerta del cuarto del otro lado. Rafael estaba hecho bolita en brazos de Liliana; los dos tenían la cara empapada de lágrimas.—¿Qué pasó?—Rafa tuvo una pesadilla… y no dejaba de llamar a su papá.Liliana volteó la cara, sin mirarlo.Enzo tomó a Rafael en brazos.—Rafa, aquí estoy. Ya estoy contigo.—¡Un monstruo me estaba persiguiendo! Yo gritaba que mi papá me salvara… pero no tengo papá… —lloró el niño, aferrado a su ropa.—Perdón… me desesperé. No sabía que estabas… —Liliana giró un poco y lo miró de reojo, con los ojos llenos de agravio.A Enzo le pegó la culpa. Y sin saber ni cómo, le salió decir en voz baja:—Lili… tú eres la única mujer con la que he estado.La sorpresa en los ojos de Liliana brilló un instante. Luego se le apagó y solo quedó tristeza.Alzó la cabeza, se limpió las lágrimas y soltó un suspiro. Con el movimiento, uno de los tirantes de su camisón se le deslizó del hombro.—Enzito… yo no me metí a esta casa para separarlos.Enzo bajó la mirada. Rafael ya se había quedado dormido.—Tranquila. No voy a dejar que tú y Rafa la pasen mal.—Te creo.***