Capítulo 1Después de pasar toda la noche encerrada en el cuarto frío, por fin dejaron salir a Laia Lemus.Había permanecido acurrucada en un rincón. Estaba tan congelada que tenía el cuerpo rígido y entumecido, sentía que perdía el calor corporal y sus pestañas, rizadas y espesas, estaban cubiertas por una fina capa de escarcha.De pronto, un par de zapatos de cuero negro hechos a medida. Levantó la cabeza de forma lenta y mecánica.Izan Chávez estaba de pie a contraluz, con una presencia intimidante.—Firma —ordenó con un tono frío y despiadado.Levantó la mano y le arrojó los papeles del divorcio a la cara con crueldad.Laia los tomó con las manos temblorosas. Al leer el título del documento, se le encogió el corazón.Izan la miraba desde arriba con desdén.—Nuestro matrimonio fue un absurdo desde el principio. Ahora que Camelia ha vuelto, voy a compensarla con la gran boda que se merece. Es lo menos que le debo.Aquella voz que siempre la había cautivado ahora se sentía como un cuchillo helado clavándose directo en su pecho. El dolor era tan agudo que apenas le dejaba respirar.Cuando nació, su madre sufrió una hemorragia y murió en el quirófano. Eugenio Lemus siempre la consideró un ave de mal agüero; ni siquiera se dignó a mirarla y mandó que la criaran sus abuelos maternos en un pueblo lejano.Más tarde, Eugenio se volvió a casar y tuvo a su princesa, Camelia Lemus.Hacía cinco años, la familia Chávez estuvo a punto de irse a la quiebra e Izan enfermó de gravedad. Camelia, usando sus estudios como excusa, huyó al extranjero para evitar el compromiso que ambas familias habían arreglado.Fue entonces cuando se acordaron de Laia, a quien habían abandonado en el rancho.Resultó que su médula ósea era perfectamente compatible con la de Izan. Fue ella quien le donó la médula y le salvó la vida.Durante la hospitalización, una lámpara del techo se desprendió. Laia no dudó en lanzarse sobre Izan, que aún estaba en recuperación, para protegerlo. Por culpa de eso, se fracturó una pierna.Tras salir del hospital, ella e Izan se casaron.Sin importar lo frío y distante que fuera él, ella se esforzó en mantener a flote su matrimonio.Pensaba que, después de cinco años, hasta la persona más fría acabaría por ablandarse.Pero hacía apenas tres meses, Camelia regresó de pronto. Dijo entre lágrimas que nunca había podido olvidar a Izan. En ese instante, el mundo de Laia se vino abajo; todo su esfuerzo se convirtió en un chiste cruel.Laia observó en silencio al hombre que había amado durante cinco años. Tenía unas ganas enormes de preguntarle: «Si le debes tanto a Camelia, ¿qué hay de mí?».Movió los labios, pero no logró articular ni una sola palabra.Y es que, desde que Camelia volvió, todo había cambiado.Cuando a Camelia se le antojó ir a ver las estrellas, Izan la dejó a ella en casa con una fiebre altísima para ir a cumplirle el capricho sin dudarlo.La bufanda que Laia le había tejido a mano terminó en la basura sin que a Izan le temblara el pulso, solo porque Camelia comentó al pasar que se veía fea.Y ayer, solo por haberle derramado un poco de agua encima a Camelia por accidente, la encerraron en el cuarto frío...Laia se mordió el labio inferior con tanta fuerza que sintió el sabor a sangre en la boca. Finalmente, levantó su mano temblorosa y rígida y, a duras penas, garabateó su firma en el papel.—El trámite estará listo en un mes —dijo él.Izan guardó los papeles del divorcio. Sin detenerse ni un segundo más, dio media vuelta y se marchó con paso firme.Laia se abrazó a sí misma y arrastró su cuerpo agotado, cojeando hacia la salida.Mientras caminaba, sacó el celular del bolsillo, buscó un número que tenía guardado desde hacía mucho tiempo y marcó.Contestaron casi de inmediato.Laia apretó el aparato. Su voz sonó baja, pero cargada de determinación:—Acepto unirme a Vitalis.El Instituto de Investigación Vitalis era uno de los más prestigiosos a nivel internacional.Durante los últimos cinco años, en Vitalis la habían llamado infinidad de veces para ofrecerle un puesto, pero ella siempre los rechazaba para poder ser una buena esposa y cuidar del hogar de la familia Chávez.Pero ahora...Iba a vivir para sí misma.La voz al otro lado de la línea sonó gratamente sorprendida:—¿Cree que podría incorporarse en un mes, señorita Lemus?—Sí, sin problema.—Perfecto. Le enviaremos la carta de invitación oficial en los próximos días. Bienvenida a Vitalis, señorita Lemus.Tras colgar, Laia se tomó un momento para calmarse.En un mes, todo lo que dejaba atrás dejaría de importarle.***Ya había anochecido cuando por fin llegó a la mansión Lemus.Al instante en que abrió la puerta, una fina taza de cerámica voló directo hacia ella, golpeándola de lleno en la frente. El impacto le dejó un moretón de inmediato.Laia dio un traspié, a punto de caerse.Enseguida, escuchó una voz cargada de ira.—¡No entiendo cómo puedo tener una hermana tan víbora!Su medio hermano, Darío Lemus, se acercó furioso y levantó la mano para darle una bofetada.—¡Con tal de competir con Camelia por un poco de atención, no te importa poner en riesgo la vida de los demás! ¡A ver si te enteras: hoy hubo una explosión en el laboratorio y Camelia y yo casi nos morimos ahí dentro!El golpe le giró la cara de lado y le dejó un zumbido agudo en los oídos.Al escuchar eso, se quedó pasmada un instante. Con la garganta seca, logró articular una respuesta.—Te advertí que las proporciones en tu nuevo experimento eran peligrosas. Te dije que no podía haber ni el más mínimo margen de error, o habría riesgo de explosión. Pero no me hiciste caso.En su momento, Laia había intentado convencerlo con argumentos sólidos, pero Camelia había pasado por ahí y, con su tono dulce, había dicho: «Yo creo que tu experimento está perfecto».Con eso le bastó a Darío para ignorar las advertencias de Laia y seguir adelante con su terquedad.¿Y ahora le echaba la culpa a ella?Las palabras de Laia parecieron picarle el orgullo a Darío, quien alzó todavía más la voz.—¿Me estás llamando inútil?Darío la fulminó con una mirada fría y llena de resentimiento:—Tú no eres más que una pueblerina criada en el rancho. Por mucho que hayas tenido la suerte de entrar a una buena universidad, jamás tendrás la visión ni la clase de Camelia, que tuvo la mejor educación desde niña.A Laia le daban vueltas la cabeza; sintió que la sangre se le helaba en las venas.Recordó cuando Darío se había estancado con su tesis por culpa de unos datos y estaba a punto de reprobar el año. Fue ella quien le entregó los resultados de sus propios experimentos para sacarlo del apuro. Incluso buscó a un mentor con el que se había peleado hacía tiempo, solo para pedirle que apoyara a Darío a escondidas.Al final, todo el mérito se lo llevó Camelia.Y aun así, al ver a Darío tan feliz, Laia pensó que había valido la pena.Pero ahora, en ese preciso momento, se daba cuenta de lo estúpida que había sido.—¡Entiéndelo de una vez, no le llegas a Camelia ni a los talones! —espetó Darío.Entrecerró los ojos y se dirigió a los empleados con frialdad:—¡Enciérrenla en su cuarto! ¡Y que nadie la deje salir sin mi permiso!Al escuchar esa orden, el rostro ya pálido de Laia perdió el poco color que le quedaba.Cuando recién había regresado del pueblo, Darío la trataba con cariño y se preocupaba por ella.Pero en cuanto Camelia volvió, Laia pasó a ser la villana del cuento.A pesar de que ella y Darío compartían la misma sangre, él siempre defendía a Camelia, con la que había crecido.Bastaba con que ella molestara un poco a Camelia para que Darío, sin siquiera preguntar qué había pasado, la encerrara para castigarla.La puerta se cerró de golpe frente a ella. Con la mirada ensombrecida, apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas.Aunque ya no estaba en el cuarto frío, Laia seguía sintiendo un frío que le calaba hasta los huesos.Poco a poco, la cabeza le empezó a pesar y su consciencia se nubló. Se envolvió en las cobijas y cayó profundamente dormida.No supo cuánto tiempo pasó, pero un chorro de agua helada la arrancó de sus sueños.Soltó un grito ahogado.Con todo y cobijas, Laia acabó empapada y empezó a temblar sin control.El terror de la noche anterior en el congelador regresó de golpe. Se encogió sobre sí misma y, con las pestañas temblorosas, miró hacia el borde de la cama.Ahí estaba Darío, mirándola con furia.—¡Y todavía tienes el descaro de estar durmiendo!Sin darle tiempo a responder, la sacó a tirones de la cama y le gritó:—Camelia venía a traerte de comer y se tropezó en la puerta. Se cortó la pierna. Ya sabes que sufre de anemia, así que acompáñame al hospital, le vas a donar sangre.Su actitud fue tan agresiva que Laia ni siquiera pudo abrir la boca para defenderse.Incluso cuando la sentaron a la fuerza en la silla del hospital, seguía aturdida.—Sáquele la sangre —ordenó Darío con frialdad.Laia tenía los labios pálidos. Haber pasado la noche a temperaturas bajo cero la había dejado muy débil; si encima le sacaban varios cientos de mililitros de sangre...Quiso protestar, pero Darío le sujetó los hombros con fuerza para inmovilizarla.A medida que la sangre llenaba las bolsas, Laia sentía que se iba a desmayar en cualquier momento.—Ya van cuatrocientos mililitros —indicó la enfermera, haciendo el ademán de retirar la aguja.Pero Darío la detuvo de tajo:—Sáquele otros doscientos. A ver si así escarmienta.Por instinto, la enfermera quiso intervenir.Cualquier persona sana que dona cuatrocientos mililitros necesita descansar varios días, y esa señorita, para empezar, se veía pésimo...Pero como era un pleito familiar y médicamente no cruzaba el límite de riesgo extremo, prefirió no meterse en problemas y guardó silencio.Para cuando terminaron de extraerle la sangre, Laia sentía que flotaba, completamente desconectada de la realidad.Darío se marchó indignado. Laia tuvo que quedarse sentada un buen rato para reponer fuerzas antes de arrastrarse hacia la salida.En el pasillo, se topó de frente con Camelia, que llevaba puesta una bata de hospital.—¿A dónde vas, Laia? —le preguntó, bloqueándole el paso con una sonrisa cargada de burla.Laia frunció el ceño e intentó sacarle la vuelta.No tenía energías para discutir.De todos modos, nadie le daría la razón.Además, en un mes se largaría de ahí para siempre.—¿Tanto me odias, Laia?Camelia no estaba dispuesta a dejarla ir tan fácil y volvió a interponerse en su camino.Su vocecita dulce le resultaba insoportable a Laia.—Aunque te entiendo —continuó Camelia, disfrutando de verla tan demacrada, con una sonrisa triunfal en los labios—. Por mi culpa, la gente que más te importa te detesta.»A Izan le donaste médula y te rompiste una pierna por él, y ni así se digna a mirarte. E incluso tus tres hermanos de sangre solo tienen ojos para mí.»Eres un fracaso, Laia. Si yo fuera tú, ya me habría tirado de un puente.Al oír eso, Laia apretó los puños con tanta fuerza que casi se entierra las uñas en la piel.—Pues muérete —respondió con un tono apagado, pero directo.—¡¿Qué te pasa?! —Camelia no se esperaba que aquella mosca muerta le contestara. La ira le subió a la cabeza de golpe.Iba a soltarle un insulto, pero de reojo notó que una silueta conocida se acercaba por el pasillo...A Camelia se le iluminó la mirada y, soltando un gritito dramático, se dejó caer al suelo.Cuando levantó la vista, ya tenía los ojos llenos de lágrimas a punto de desbordarse.—¡Perdóname, Laia! Fue mi culpa por haberme tropezado, no debí dejar que me donaras sangre por mi anemia. Te juro que solo quería darte las gracias, nunca imaginé que me odiaras tanto...Capítulo 2Después de pasar toda la noche encerrada en el cuarto frío, por fin dejaron salir a Laia Lemus.Había permanecido acurrucada en un rincón. Estaba tan congelada que tenía el cuerpo rígido y entumecido, sentía que perdía el calor corporal y sus pestañas, rizadas y espesas, estaban cubiertas por una fina capa de escarcha.De pronto, un par de zapatos de cuero negro hechos a medida. Levantó la cabeza de forma lenta y mecánica.Izan Chávez estaba de pie a contraluz, con una presencia intimidante.—Firma —ordenó con un tono frío y despiadado.Levantó la mano y le arrojó los papeles del divorcio a la cara con crueldad.Laia los tomó con las manos temblorosas. Al leer el título del documento, se le encogió el corazón.Izan la miraba desde arriba con desdén.—Nuestro matrimonio fue un absurdo desde el principio. Ahora que Camelia ha vuelto, voy a compensarla con la gran boda que se merece. Es lo menos que le debo.Aquella voz que siempre la había cautivado ahora se sentía como un cuchillo helado clavándose directo en su pecho. El dolor era tan agudo que apenas le dejaba respirar.Cuando nació, su madre sufrió una hemorragia y murió en el quirófano. Eugenio Lemus siempre la consideró un ave de mal agüero; ni siquiera se dignó a mirarla y mandó que la criaran sus abuelos maternos en un pueblo lejano.Más tarde, Eugenio se volvió a casar y tuvo a su princesa, Camelia Lemus.Hacía cinco años, la familia Chávez estuvo a punto de irse a la quiebra e Izan enfermó de gravedad. Camelia, usando sus estudios como excusa, huyó al extranjero para evitar el compromiso que ambas familias habían arreglado.Fue entonces cuando se acordaron de Laia, a quien habían abandonado en el rancho.Resultó que su médula ósea era perfectamente compatible con la de Izan. Fue ella quien le donó la médula y le salvó la vida.Durante la hospitalización, una lámpara del techo se desprendió. Laia no dudó en lanzarse sobre Izan, que aún estaba en recuperación, para protegerlo. Por culpa de eso, se fracturó una pierna.Tras salir del hospital, ella e Izan se casaron.Sin importar lo frío y distante que fuera él, ella se esforzó en mantener a flote su matrimonio.Pensaba que, después de cinco años, hasta la persona más fría acabaría por ablandarse.Pero hacía apenas tres meses, Camelia regresó de pronto. Dijo entre lágrimas que nunca había podido olvidar a Izan. En ese instante, el mundo de Laia se vino abajo; todo su esfuerzo se convirtió en un chiste cruel.Laia observó en silencio al hombre que había amado durante cinco años. Tenía unas ganas enormes de preguntarle: «Si le debes tanto a Camelia, ¿qué hay de mí?».Movió los labios, pero no logró articular ni una sola palabra.Y es que, desde que Camelia volvió, todo había cambiado.Cuando a Camelia se le antojó ir a ver las estrellas, Izan la dejó a ella en casa con una fiebre altísima para ir a cumplirle el capricho sin dudarlo.La bufanda que Laia le había tejido a mano terminó en la basura sin que a Izan le temblara el pulso, solo porque Camelia comentó al pasar que se veía fea.Y ayer, solo por haberle derramado un poco de agua encima a Camelia por accidente, la encerraron en el cuarto frío...Laia se mordió el labio inferior con tanta fuerza que sintió el sabor a sangre en la boca. Finalmente, levantó su mano temblorosa y rígida y, a duras penas, garabateó su firma en el papel.—El trámite estará listo en un mes —dijo él.Izan guardó los papeles del divorcio. Sin detenerse ni un segundo más, dio media vuelta y se marchó con paso firme.Laia se abrazó a sí misma y arrastró su cuerpo agotado, cojeando hacia la salida.Mientras caminaba, sacó el celular del bolsillo, buscó un número que tenía guardado desde hacía mucho tiempo y marcó.Contestaron casi de inmediato.Laia apretó el aparato. Su voz sonó baja, pero cargada de determinación:—Acepto unirme a Vitalis.El Instituto de Investigación Vitalis era uno de los más prestigiosos a nivel internacional.Durante los últimos cinco años, en Vitalis la habían llamado infinidad de veces para ofrecerle un puesto, pero ella siempre los rechazaba para poder ser una buena esposa y cuidar del hogar de la familia Chávez.Pero ahora...Iba a vivir para sí misma.La voz al otro lado de la línea sonó gratamente sorprendida:—¿Cree que podría incorporarse en un mes, señorita Lemus?—Sí, sin problema.—Perfecto. Le enviaremos la carta de invitación oficial en los próximos días. Bienvenida a Vitalis, señorita Lemus.Tras colgar, Laia se tomó un momento para calmarse.En un mes, todo lo que dejaba atrás dejaría de importarle.***Ya había anochecido cuando por fin llegó a la mansión Lemus.Al instante en que abrió la puerta, una fina taza de cerámica voló directo hacia ella, golpeándola de lleno en la frente. El impacto le dejó un moretón de inmediato.Laia dio un traspié, a punto de caerse.Enseguida, escuchó una voz cargada de ira.—¡No entiendo cómo puedo tener una hermana tan víbora!Su medio hermano, Darío Lemus, se acercó furioso y levantó la mano para darle una bofetada.—¡Con tal de competir con Camelia por un poco de atención, no te importa poner en riesgo la vida de los demás! ¡A ver si te enteras: hoy hubo una explosión en el laboratorio y Camelia y yo casi nos morimos ahí dentro!El golpe le giró la cara de lado y le dejó un zumbido agudo en los oídos.Al escuchar eso, se quedó pasmada un instante. Con la garganta seca, logró articular una respuesta.—Te advertí que las proporciones en tu nuevo experimento eran peligrosas. Te dije que no podía haber ni el más mínimo margen de error, o habría riesgo de explosión. Pero no me hiciste caso.En su momento, Laia había intentado convencerlo con argumentos sólidos, pero Camelia había pasado por ahí y, con su tono dulce, había dicho: «Yo creo que tu experimento está perfecto».Con eso le bastó a Darío para ignorar las advertencias de Laia y seguir adelante con su terquedad.¿Y ahora le echaba la culpa a ella?Las palabras de Laia parecieron picarle el orgullo a Darío, quien alzó todavía más la voz.—¿Me estás llamando inútil?Darío la fulminó con una mirada fría y llena de resentimiento:—Tú no eres más que una pueblerina criada en el rancho. Por mucho que hayas tenido la suerte de entrar a una buena universidad, jamás tendrás la visión ni la clase de Camelia, que tuvo la mejor educación desde niña.A Laia le daban vueltas la cabeza; sintió que la sangre se le helaba en las venas.Recordó cuando Darío se había estancado con su tesis por culpa de unos datos y estaba a punto de reprobar el año. Fue ella quien le entregó los resultados de sus propios experimentos para sacarlo del apuro. Incluso buscó a un mentor con el que se había peleado hacía tiempo, solo para pedirle que apoyara a Darío a escondidas.Al final, todo el mérito se lo llevó Camelia.Y aun así, al ver a Darío tan feliz, Laia pensó que había valido la pena.Pero ahora, en ese preciso momento, se daba cuenta de lo estúpida que había sido.—¡Entiéndelo de una vez, no le llegas a Camelia ni a los talones! —espetó Darío.Entrecerró los ojos y se dirigió a los empleados con frialdad:—¡Enciérrenla en su cuarto! ¡Y que nadie la deje salir sin mi permiso!Al escuchar esa orden, el rostro ya pálido de Laia perdió el poco color que le quedaba.Cuando recién había regresado del pueblo, Darío la trataba con cariño y se preocupaba por ella.Pero en cuanto Camelia volvió, Laia pasó a ser la villana del cuento.A pesar de que ella y Darío compartían la misma sangre, él siempre defendía a Camelia, con la que había crecido.Bastaba con que ella molestara un poco a Camelia para que Darío, sin siquiera preguntar qué había pasado, la encerrara para castigarla.La puerta se cerró de golpe frente a ella. Con la mirada ensombrecida, apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas.Aunque ya no estaba en el cuarto frío, Laia seguía sintiendo un frío que le calaba hasta los huesos.Poco a poco, la cabeza le empezó a pesar y su consciencia se nubló. Se envolvió en las cobijas y cayó profundamente dormida.No supo cuánto tiempo pasó, pero un chorro de agua helada la arrancó de sus sueños.Soltó un grito ahogado.Con todo y cobijas, Laia acabó empapada y empezó a temblar sin control.El terror de la noche anterior en el congelador regresó de golpe. Se encogió sobre sí misma y, con las pestañas temblorosas, miró hacia el borde de la cama.Ahí estaba Darío, mirándola con furia.—¡Y todavía tienes el descaro de estar durmiendo!Sin darle tiempo a responder, la sacó a tirones de la cama y le gritó:—Camelia venía a traerte de comer y se tropezó en la puerta. Se cortó la pierna. Ya sabes que sufre de anemia, así que acompáñame al hospital, le vas a donar sangre.Su actitud fue tan agresiva que Laia ni siquiera pudo abrir la boca para defenderse.Incluso cuando la sentaron a la fuerza en la silla del hospital, seguía aturdida.—Sáquele la sangre —ordenó Darío con frialdad.Laia tenía los labios pálidos. Haber pasado la noche a temperaturas bajo cero la había dejado muy débil; si encima le sacaban varios cientos de mililitros de sangre...Quiso protestar, pero Darío le sujetó los hombros con fuerza para inmovilizarla.A medida que la sangre llenaba las bolsas, Laia sentía que se iba a desmayar en cualquier momento.—Ya van cuatrocientos mililitros —indicó la enfermera, haciendo el ademán de retirar la aguja.Pero Darío la detuvo de tajo:—Sáquele otros doscientos. A ver si así escarmienta.Por instinto, la enfermera quiso intervenir.Cualquier persona sana que dona cuatrocientos mililitros necesita descansar varios días, y esa señorita, para empezar, se veía pésimo...Pero como era un pleito familiar y médicamente no cruzaba el límite de riesgo extremo, prefirió no meterse en problemas y guardó silencio.Para cuando terminaron de extraerle la sangre, Laia sentía que flotaba, completamente desconectada de la realidad.Darío se marchó indignado. Laia tuvo que quedarse sentada un buen rato para reponer fuerzas antes de arrastrarse hacia la salida.En el pasillo, se topó de frente con Camelia, que llevaba puesta una bata de hospital.—¿A dónde vas, Laia? —le preguntó, bloqueándole el paso con una sonrisa cargada de burla.Laia frunció el ceño e intentó sacarle la vuelta.No tenía energías para discutir.De todos modos, nadie le daría la razón.Además, en un mes se largaría de ahí para siempre.—¿Tanto me odias, Laia?Camelia no estaba dispuesta a dejarla ir tan fácil y volvió a interponerse en su camino.Su vocecita dulce le resultaba insoportable a Laia.—Aunque te entiendo —continuó Camelia, disfrutando de verla tan demacrada, con una sonrisa triunfal en los labios—. Por mi culpa, la gente que más te importa te detesta.»A Izan le donaste médula y te rompiste una pierna por él, y ni así se digna a mirarte. E incluso tus tres hermanos de sangre solo tienen ojos para mí.»Eres un fracaso, Laia. Si yo fuera tú, ya me habría tirado de un puente.Al oír eso, Laia apretó los puños con tanta fuerza que casi se entierra las uñas en la piel.—Pues muérete —respondió con un tono apagado, pero directo.—¡¿Qué te pasa?! —Camelia no se esperaba que aquella mosca muerta le contestara. La ira le subió a la cabeza de golpe.Iba a soltarle un insulto, pero de reojo notó que una silueta conocida se acercaba por el pasillo...A Camelia se le iluminó la mirada y, soltando un gritito dramático, se dejó caer al suelo.Cuando levantó la vista, ya tenía los ojos llenos de lágrimas a punto de desbordarse.—¡Perdóname, Laia! Fue mi culpa por haberme tropezado, no debí dejar que me donaras sangre por mi anemia. Te juro que solo quería darte las gracias, nunca imaginé que me odiaras tanto...Capítulo 3Después de pasar toda la noche encerrada en el cuarto frío, por fin dejaron salir a Laia Lemus.Había permanecido acurrucada en un rincón. Estaba tan congelada que tenía el cuerpo rígido y entumecido, sentía que perdía el calor corporal y sus pestañas, rizadas y espesas, estaban cubiertas por una fina capa de escarcha.De pronto, un par de zapatos de cuero negro hechos a medida. Levantó la cabeza de forma lenta y mecánica.Izan Chávez estaba de pie a contraluz, con una presencia intimidante.—Firma —ordenó con un tono frío y despiadado.Levantó la mano y le arrojó los papeles del divorcio a la cara con crueldad.Laia los tomó con las manos temblorosas. Al leer el título del documento, se le encogió el corazón.Izan la miraba desde arriba con desdén.—Nuestro matrimonio fue un absurdo desde el principio. Ahora que Camelia ha vuelto, voy a compensarla con la gran boda que se merece. Es lo menos que le debo.Aquella voz que siempre la había cautivado ahora se sentía como un cuchillo helado clavándose directo en su pecho. El dolor era tan agudo que apenas le dejaba respirar.Cuando nació, su madre sufrió una hemorragia y murió en el quirófano. Eugenio Lemus siempre la consideró un ave de mal agüero; ni siquiera se dignó a mirarla y mandó que la criaran sus abuelos maternos en un pueblo lejano.Más tarde, Eugenio se volvió a casar y tuvo a su princesa, Camelia Lemus.Hacía cinco años, la familia Chávez estuvo a punto de irse a la quiebra e Izan enfermó de gravedad. Camelia, usando sus estudios como excusa, huyó al extranjero para evitar el compromiso que ambas familias habían arreglado.Fue entonces cuando se acordaron de Laia, a quien habían abandonado en el rancho.Resultó que su médula ósea era perfectamente compatible con la de Izan. Fue ella quien le donó la médula y le salvó la vida.Durante la hospitalización, una lámpara del techo se desprendió. Laia no dudó en lanzarse sobre Izan, que aún estaba en recuperación, para protegerlo. Por culpa de eso, se fracturó una pierna.Tras salir del hospital, ella e Izan se casaron.Sin importar lo frío y distante que fuera él, ella se esforzó en mantener a flote su matrimonio.Pensaba que, después de cinco años, hasta la persona más fría acabaría por ablandarse.Pero hacía apenas tres meses, Camelia regresó de pronto. Dijo entre lágrimas que nunca había podido olvidar a Izan. En ese instante, el mundo de Laia se vino abajo; todo su esfuerzo se convirtió en un chiste cruel.Laia observó en silencio al hombre que había amado durante cinco años. Tenía unas ganas enormes de preguntarle: «Si le debes tanto a Camelia, ¿qué hay de mí?».Movió los labios, pero no logró articular ni una sola palabra.Y es que, desde que Camelia volvió, todo había cambiado.Cuando a Camelia se le antojó ir a ver las estrellas, Izan la dejó a ella en casa con una fiebre altísima para ir a cumplirle el capricho sin dudarlo.La bufanda que Laia le había tejido a mano terminó en la basura sin que a Izan le temblara el pulso, solo porque Camelia comentó al pasar que se veía fea.Y ayer, solo por haberle derramado un poco de agua encima a Camelia por accidente, la encerraron en el cuarto frío...Laia se mordió el labio inferior con tanta fuerza que sintió el sabor a sangre en la boca. Finalmente, levantó su mano temblorosa y rígida y, a duras penas, garabateó su firma en el papel.—El trámite estará listo en un mes —dijo él.Izan guardó los papeles del divorcio. Sin detenerse ni un segundo más, dio media vuelta y se marchó con paso firme.Laia se abrazó a sí misma y arrastró su cuerpo agotado, cojeando hacia la salida.Mientras caminaba, sacó el celular del bolsillo, buscó un número que tenía guardado desde hacía mucho tiempo y marcó.Contestaron casi de inmediato.Laia apretó el aparato. Su voz sonó baja, pero cargada de determinación:—Acepto unirme a Vitalis.El Instituto de Investigación Vitalis era uno de los más prestigiosos a nivel internacional.Durante los últimos cinco años, en Vitalis la habían llamado infinidad de veces para ofrecerle un puesto, pero ella siempre los rechazaba para poder ser una buena esposa y cuidar del hogar de la familia Chávez.Pero ahora...Iba a vivir para sí misma.La voz al otro lado de la línea sonó gratamente sorprendida:—¿Cree que podría incorporarse en un mes, señorita Lemus?—Sí, sin problema.—Perfecto. Le enviaremos la carta de invitación oficial en los próximos días. Bienvenida a Vitalis, señorita Lemus.Tras colgar, Laia se tomó un momento para calmarse.En un mes, todo lo que dejaba atrás dejaría de importarle.***Ya había anochecido cuando por fin llegó a la mansión Lemus.Al instante en que abrió la puerta, una fina taza de cerámica voló directo hacia ella, golpeándola de lleno en la frente. El impacto le dejó un moretón de inmediato.Laia dio un traspié, a punto de caerse.Enseguida, escuchó una voz cargada de ira.—¡No entiendo cómo puedo tener una hermana tan víbora!Su medio hermano, Darío Lemus, se acercó furioso y levantó la mano para darle una bofetada.—¡Con tal de competir con Camelia por un poco de atención, no te importa poner en riesgo la vida de los demás! ¡A ver si te enteras: hoy hubo una explosión en el laboratorio y Camelia y yo casi nos morimos ahí dentro!El golpe le giró la cara de lado y le dejó un zumbido agudo en los oídos.Al escuchar eso, se quedó pasmada un instante. Con la garganta seca, logró articular una respuesta.—Te advertí que las proporciones en tu nuevo experimento eran peligrosas. Te dije que no podía haber ni el más mínimo margen de error, o habría riesgo de explosión. Pero no me hiciste caso.En su momento, Laia había intentado convencerlo con argumentos sólidos, pero Camelia había pasado por ahí y, con su tono dulce, había dicho: «Yo creo que tu experimento está perfecto».Con eso le bastó a Darío para ignorar las advertencias de Laia y seguir adelante con su terquedad.¿Y ahora le echaba la culpa a ella?Las palabras de Laia parecieron picarle el orgullo a Darío, quien alzó todavía más la voz.—¿Me estás llamando inútil?Darío la fulminó con una mirada fría y llena de resentimiento:—Tú no eres más que una pueblerina criada en el rancho. Por mucho que hayas tenido la suerte de entrar a una buena universidad, jamás tendrás la visión ni la clase de Camelia, que tuvo la mejor educación desde niña.A Laia le daban vueltas la cabeza; sintió que la sangre se le helaba en las venas.Recordó cuando Darío se había estancado con su tesis por culpa de unos datos y estaba a punto de reprobar el año. Fue ella quien le entregó los resultados de sus propios experimentos para sacarlo del apuro. Incluso buscó a un mentor con el que se había peleado hacía tiempo, solo para pedirle que apoyara a Darío a escondidas.Al final, todo el mérito se lo llevó Camelia.Y aun así, al ver a Darío tan feliz, Laia pensó que había valido la pena.Pero ahora, en ese preciso momento, se daba cuenta de lo estúpida que había sido.—¡Entiéndelo de una vez, no le llegas a Camelia ni a los talones! —espetó Darío.Entrecerró los ojos y se dirigió a los empleados con frialdad:—¡Enciérrenla en su cuarto! ¡Y que nadie la deje salir sin mi permiso!Al escuchar esa orden, el rostro ya pálido de Laia perdió el poco color que le quedaba.Cuando recién había regresado del pueblo, Darío la trataba con cariño y se preocupaba por ella.Pero en cuanto Camelia volvió, Laia pasó a ser la villana del cuento.A pesar de que ella y Darío compartían la misma sangre, él siempre defendía a Camelia, con la que había crecido.Bastaba con que ella molestara un poco a Camelia para que Darío, sin siquiera preguntar qué había pasado, la encerrara para castigarla.La puerta se cerró de golpe frente a ella. Con la mirada ensombrecida, apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas.Aunque ya no estaba en el cuarto frío, Laia seguía sintiendo un frío que le calaba hasta los huesos.Poco a poco, la cabeza le empezó a pesar y su consciencia se nubló. Se envolvió en las cobijas y cayó profundamente dormida.No supo cuánto tiempo pasó, pero un chorro de agua helada la arrancó de sus sueños.Soltó un grito ahogado.Con todo y cobijas, Laia acabó empapada y empezó a temblar sin control.El terror de la noche anterior en el congelador regresó de golpe. Se encogió sobre sí misma y, con las pestañas temblorosas, miró hacia el borde de la cama.Ahí estaba Darío, mirándola con furia.—¡Y todavía tienes el descaro de estar durmiendo!Sin darle tiempo a responder, la sacó a tirones de la cama y le gritó:—Camelia venía a traerte de comer y se tropezó en la puerta. Se cortó la pierna. Ya sabes que sufre de anemia, así que acompáñame al hospital, le vas a donar sangre.Su actitud fue tan agresiva que Laia ni siquiera pudo abrir la boca para defenderse.Incluso cuando la sentaron a la fuerza en la silla del hospital, seguía aturdida.—Sáquele la sangre —ordenó Darío con frialdad.Laia tenía los labios pálidos. Haber pasado la noche a temperaturas bajo cero la había dejado muy débil; si encima le sacaban varios cientos de mililitros de sangre...Quiso protestar, pero Darío le sujetó los hombros con fuerza para inmovilizarla.A medida que la sangre llenaba las bolsas, Laia sentía que se iba a desmayar en cualquier momento.—Ya van cuatrocientos mililitros —indicó la enfermera, haciendo el ademán de retirar la aguja.Pero Darío la detuvo de tajo:—Sáquele otros doscientos. A ver si así escarmienta.Por instinto, la enfermera quiso intervenir.Cualquier persona sana que dona cuatrocientos mililitros necesita descansar varios días, y esa señorita, para empezar, se veía pésimo...Pero como era un pleito familiar y médicamente no cruzaba el límite de riesgo extremo, prefirió no meterse en problemas y guardó silencio.Para cuando terminaron de extraerle la sangre, Laia sentía que flotaba, completamente desconectada de la realidad.Darío se marchó indignado. Laia tuvo que quedarse sentada un buen rato para reponer fuerzas antes de arrastrarse hacia la salida.En el pasillo, se topó de frente con Camelia, que llevaba puesta una bata de hospital.—¿A dónde vas, Laia? —le preguntó, bloqueándole el paso con una sonrisa cargada de burla.Laia frunció el ceño e intentó sacarle la vuelta.No tenía energías para discutir.De todos modos, nadie le daría la razón.Además, en un mes se largaría de ahí para siempre.—¿Tanto me odias, Laia?Camelia no estaba dispuesta a dejarla ir tan fácil y volvió a interponerse en su camino.Su vocecita dulce le resultaba insoportable a Laia.—Aunque te entiendo —continuó Camelia, disfrutando de verla tan demacrada, con una sonrisa triunfal en los labios—. Por mi culpa, la gente que más te importa te detesta.»A Izan le donaste médula y te rompiste una pierna por él, y ni así se digna a mirarte. E incluso tus tres hermanos de sangre solo tienen ojos para mí.»Eres un fracaso, Laia. Si yo fuera tú, ya me habría tirado de un puente.Al oír eso, Laia apretó los puños con tanta fuerza que casi se entierra las uñas en la piel.—Pues muérete —respondió con un tono apagado, pero directo.—¡¿Qué te pasa?! —Camelia no se esperaba que aquella mosca muerta le contestara. La ira le subió a la cabeza de golpe.Iba a soltarle un insulto, pero de reojo notó que una silueta conocida se acercaba por el pasillo...A Camelia se le iluminó la mirada y, soltando un gritito dramático, se dejó caer al suelo.Cuando levantó la vista, ya tenía los ojos llenos de lágrimas a punto de desbordarse.—¡Perdóname, Laia! Fue mi culpa por haberme tropezado, no debí dejar que me donaras sangre por mi anemia. Te juro que solo quería darte las gracias, nunca imaginé que me odiaras tanto...