Capítulo 1—¡Me envenenaste! ¿Cómo chingados pude tener una hermana tan mala! —Homero Serrano estrelló el plato y los cubiertos contra el piso, a los pies de Melisa. Mientras tosía y escupía sangre oscura, rugió—: ¡Si no fuera porque Verónica me avisó, tú me querías matar, ¿verdad?!—Homero, ya te lo dije: ese caldo no tiene veneno. Solo lleva una hierba que te ayuda a expulsar la flema y a desinflamar. Por eso te vas a aliviar.Melisa miró el caldo derramado y le dolió. Ese preparado le había costado un dineral y un buen rato conseguirlo… y ahí estaba, tirado.Verónica Valdez, la hija adoptiva de los Serrano, se mantenía pegada a Homero. Abrazaba un libro de medicina y hablaba con la voz quebrada:—Melisa… ya no mientas. Bernal tomó una muestra y la mandó a analizar. Salió que tiene una toxicidad fuerte.Melisa la miró de reojo, sin molestarse en disimular el fastidio.—No seas ingenua. Casi todo medicamento tiene efectos fuertes. Y con lo grave que está Homero, no hay de otra: hay que atacarlo con algo potente.A Verónica se le llenaron los ojos de lágrimas.—¡Pero está escupiendo sangre y tú sigues con lo mismo! Apenas somos estudiantes de medicina, ni de broma estamos para andar jugando a salvar gente. Ya no te hagas la valiente.Dio un par de pasos hacia Melisa, sollozando.—Yo ya le conseguí a Homero una receta de un especialista… alguien que sí sabe. Melisa, acepta que te equivocaste. Deja que usemos esa receta primero, ¿sí?Homero tosió otra vez y tronó:—¡Melisa! Ya bastante con que me diste a tomar una cosa quién sabe de dónde, ¿y todavía te pones a insultar a Verónica? ¡Si tuvieras tantita decencia como ella! ¡Pídele perdón ahora mismo!Melisa se enderezó, lo miró sin emoción.—Yo lo único que hice fue intentar salvarte. ¿De qué me tengo que disculpar? ¿Pedirle perdón a ella? Ni soñando.—¡Ah, bueno! ¡Me vas a matar del coraje! ¡No entiendes! —Homero, furioso, agarró el látigo que tenía a la mano y se levantó para azotarla—. ¡Lárgate! ¡Fuera de esta casa! ¡No quiero a una pinche venenosa como tú! ¡Hasta un perro sería más leal!Melisa retrocedió y esquivó el latigazo. En ese momento se escucharon pasos bajando por la escalera y, enseguida, una mochila cayó a sus pies.Era Bernal Serrano. Con voz helada, dijo:—Te lo voy a decir directo: Verónica es nuestra hermana biológica. Te lo ocultamos todos estos años para que no te ardiera… pero ya vimos qué clase de persona eres.—Si de verdad crees que no hiciste nada mal, entonces vete. Vamos a anunciar oficialmente que Verónica es la única hermana que reconocemos. Se te acabó la vida cómoda: regrésate al pueblo a buscar a tu familia.No era la primera vez que Melisa escuchaba amenazas así. Llevaba años aguantando desplantes y presión en esa casa. Pero al oír que, al final, ella era “la que sobraba”, sintió algo inesperado: alivio. Una ligereza enorme.Por fin ya no tendría que seguir regalándoles sus fórmulas y su trabajo a una bola de ciegos.Con razón: tan lista que era ella… y los otros, con el cerebro en otro lado.—Va.Melisa recogió la mochila sin hacer drama. Tomó un dulce de la mesa, se lo metió a la boca y, sin voltear atrás, se fue.Verónica se quedó viendo su espalda… y, por fin, se le escapó una sonrisa que ya no pudo contener.Cinco años. Cinco años le tomó sacar a Melisa de esa casa. Ahora sí, por fin, iba a ser la única consentida, la niña de los ojos de sus hermanos Serrano.Pero de la boca para afuera, todavía corrió tras Melisa y le gritó, fingiendo:—¡Melisa! ¡No te vayas! ¡Esta casa siempre va a tener un lugar para ti! ¡No me hagas sentir culpable, por favor! ¡Te lo suplico!Homero la detuvo, todavía encendido.—Verónica, ya. Que se vaya. Es una chamaca de rancho, siempre con mala leche. Que se quede allá para siempre.¿De verdad esa gente no pensaba?¿De verdad creían que Homero se levantó de la cama, que podía hablar y caminar, nomás porque tuvo “suerte”?Melisa ya quería ver cuánto le duraba el teatro sin sus masajes de rehabilitación ni el tratamiento que ella misma había desarrollado.Se subió la capucha de la sudadera. El viento le pegó el cabello a los labios pintados de rojo oscuro. Sus ojos bonitos iban llenos de burla.Se quedó sin palabras.***Del otro lado, en la capital de Trovik, en la mansión de la familia Núñez.Dentro de un enorme y elegante caserón, un anciano de porte imponente estaba sentado en el sillón. De un manotazo, aventó su bastón con empuñadura dorada.—¿No que ya la habían encontrado? ¡¿Entonces por qué otra vez no la trajeron?!A su alrededor estaban tres hombres, cada uno con presencia y carácter. Eran los tres hijos varones de los Núñez. Los tres estaban en la cima del poder: hasta el presidente tenía que tratarlos con guante blanco.Pero en ese momento, la ausencia de su hermana menor —perdida desde la infancia— les pesaba a todos.—La pista se cortó en Santa María —dijo uno—. Según el informante, ella vivió un tiempo en una comunidad en la sierra… y después alguien se la llevó. Ahí le perdimos el rastro. Todavía no damos con más.Al anciano se le apretó el pecho.—Dieciocho años… Dieciocho años sin ustedes. ¿Quién sabe todo lo que ha sufrido?—Abuelo, ya dimos con uno de los que estuvieron metidos en ese asunto —dijo otro—. Aseguró que al final la vendieron a una mujer con mucho dinero en Santa María. Denos un poco más de tiempo. No falta mucho para encontrarla.El anciano por fin bajó el tono. Se puso de pie, con los ojos llenos de esperanza.—Entonces nos vamos ya. Voy con ustedes.Después de irse de la casa de los Serrano, Melisa se fue directo a un estacionamiento cercano y se subió a su motocicleta de edición limitada.Años enteros se había hecho chiquita frente a “su familia”, escondiendo lo que sabía hacer. Ahora, al fin, podía respirar y ser ella.Manejó a toda velocidad hasta detenerse frente a la entrada de un complejo militar.La seguridad era estricta, pero en cuanto vieron su moto, levantaron la pluma sin hacer preguntas. Un soldado le sonrió y la saludó:—Señorita Serrano, qué raro verla por acá hoy.Melisa se quitó el visor del casco y le asintió.Dentro del complejo, los árboles estaban en flor. Unos señores mayores caminaban tranquilos. Al ver que Melisa bajaba la velocidad, se acercaron de inmediato.—¡Melisa, ya volviste! Justo quería verte. Ya me acabé lo que me preparaste.Melisa estacionó, se quitó el casco y dejó ver un rostro fino, bien cuidado.—Mañana me quedo todo el día en la clínica del complejo. Pásate y te lo vuelvo a ajustar.—Y usted, señor —dijo, señalando el collarín que otro traía en el cuello—. Ya le dije que eso, así usado, le va a acabar fastidiando más.El aludido se lo quitó, apenado.—Bueno, entonces… ¿sí puedo ir a darle al costal un rato?—Nomás no se vaya a pegar usted solo —respondió Melisa, y se metió al edificio.Melisa había llegado a vivir ahí por pura casualidad: un día, en el hospital militar, ayudó de pasada a un señor mayor que tuvo una crisis fuerte. Le dio una receta y le atacó la causa de fondo. Después se enteró de que era un médico retirado, de los más pesados en clínica. El hombre quedó tan impresionado que hasta quiso que Melisa lo aceptara como alumno… y terminó consiguiéndole un departamento dentro del complejo para que pudiera quedarse cuando quisiera.La gente ahí era amable, la ubicación le convenía y se vivía a gusto. Con el tiempo, Melisa lo empezó a sentir como su casa.Abrió una puerta sencilla por fuera. Adentro, el sistema domótico prendió las luces y una voz suave anunció:—Bienvenida de vuelta, Melisa. Durante su ausencia de tres días: tiene dos mensajes en la línea segura y un correo nuevo. El agua para bañarse ya está lista.Melisa aventó la mochila. El cierre se abrió y un fajo de billetes se regó en el piso.Miró el dinero por encima. A lo mucho, unos diez mil pesos. Se le torció la boca.—¿Neta creen que con esto me “compensan”?—Reproducir mensajes.El primer mensaje era de Vicente Guerrero, de la noche anterior.—Señorita Serrano, ya casi cierran inscripciones para la carrera de relevos. Ya corrimos dos prácticas. ¿De verdad se va a quedar con el equipo de los Serrano? ¿No quiere pensarlo bien y venirse conmigo? Lucas Serrano anda fatal: en las últimas dos prácticas lo traigo de hijo.A Melisa se le arqueó una ceja. Se acordó de inmediato.Lucas —el que ella llamaba “hermano mayor”— tenía un club de carreras de primer nivel. Melisa, por ayudarle, se había desvelado entrenando un montón. Pero siempre pasaba lo mismo: ella les levantaba puntos, los metía a la final… y justo en la última etapa, la bajaban y subían a Verónica para que se colgara la victoria.Años así. Nadie se acordaba de su parte.Antes, por “no hacer problemas”, lo dejaba pasar.Ahora…Melisa sonrió apenas y le marcó a Vicente.—El premio es de cincuenta millones. Quiero la mitad.Vicente, que ya no esperaba nada, casi gritó de emoción:—¡Hecho! ¡Sin bronca! Yo a Lucas no le tengo miedo, ya le traigo leídos los movimientos… pero lo tuyo es otra cosa. Tu aceleración y cómo te metes en huecos no lo hace nadie. Nunca he podido cubrirte. Si soy “el eterno segundo”, no es por Lucas: es por ti.Melisa soltó una risa baja.—Eso lo ve cualquiera… menos ellos.Vicente se aclaró la garganta.—Ah, y otra cosa: en internet anda el rumor de que la familia Núñez, los más ricos de Trovik, se fue a Santa María. Dicen que buscan a una hija que perdieron y están pagando una lana por pistas. ¿Movemos gente para buscar?—No tengo tiempo. Ando con finales. Ahí muere —dijo Melisa, y colgó.Del otro lado, Vicente se quedó con cara de “¿qué?”: si no quería, con decirlo bastaba. Lo de “finales” sonaba a pretexto… él jamás había visto a Melisa presentar exámenes; más bien, parecía de las que los redactaban.El segundo mensaje era del viejo médico del hospital militar, Gilberto Villanueva.Su voz sonaba casi suplicante:—Melisa… traigo un caso bien complicado. El hijo de un compañero mío lleva años con una enfermedad pesada. Se agravó, y las pastillas que me diste ya no le están haciendo nada. ¿Podrías venir a verlo?Melisa le devolvió la llamada.—Mañana saliendo de la escuela me regreso al complejo. En la noche voy a estar en consulta. Mándamelo.Gilberto dudó.—Está internado en el hospital, en un piso privado. Por seguridad… no es tan fácil que salga.Melisa golpeó suave la mesa con los dedos.—Gilberto, háblame claro. ¿Quién es?Gilberto pensó un momento antes de soltarlo:—Es Dani Soto… el nieto del general Soto. Es delicado. La familia Soto ya mandó invitaciones discretas a médicos de todo el país. Dicen que si alguien lo cura… pagan cien millones.A Melisa se le levantó la ceja otra vez. Claro que conocía el apellido: el general Soto era un peso pesado del ejército; hasta el presidente le guardaba respeto.Y Dani… también le sonaba. Treinta años y ya era coronel de la Marina, con un historial de operaciones impresionante.¿Se había enfermado?Melisa abrió el correo seguro que usaba para aceptar trabajos. Ahí estaba: una invitación oficial del área nacional de salud.En la red, ella se movía bajo el alias de Médico Milagro, tomando casos difíciles y bien pagados. Con el tiempo, había juntado gente y armado su propia red médica. Que el gobierno la ubicara no era raro.—Ya vi la invitación —dijo Melisa, sin emoción—. El pago suena bien. Voy a ir.Esa misma noche, los Serrano también se enteraron del llamado de auxilio por Dani Soto. Bernal se activó de inmediato: se puso a marcar, a buscar contactos, a ver por dónde se colaban.Los Serrano siempre habían estado “cerca” de la gente importante, pero sin lograr entrar de verdad. Si lograban salvar a Dani, se les abrían todas las puertas.Además, corrió otro rumor: la familia Núñez estaba en Santa María buscando a una hija perdida y pagando una fortuna por información. En Santa María, medio mundo se alborotó. La noche estuvo movida.***Al día siguiente.A Melisa la despertó el celular. Se levantó de mala gana.Su tutor de investigación le habló, fastidiado:—¡Melisa! Te dije que ordenaras el material. ¡Y no apareces en toda la mañana! ¿Ya no quieres estar en mi grupo? Verónica llegó desde temprano a ayudar. ¡Muévete y vente ya!Melisa no contestó ni una palabra. Colgó y miró la hora.Diez de la mañana.La noche anterior se había quedado trabajando con unas fórmulas antiguas y se le fue el sueño. Se le olvidó por completo lo del material.Bostezó, prendió la compu, escribió un correo rápido y lo mandó. Se alistó, se echó la mochila al hombro y salió.Se fue en moto hasta el laboratorio de la universidad. Estacionó y caminó a la entrada.Cuando pasó su credencial para entrar, la máquina marcó acceso denegado.Justo en ese momento salieron Verónica y dos compañeros del grupo.Uno de ellos, al ver que Melisa no podía entrar, se burló:—¿Qué, Melisa? ¿Creías que podías llegar a la hora que quisieras y hacerte la que no trabaja? El tutor se hartó y te canceló el acceso al laboratorio. A ver ahora qué haces.Capítulo 2—¡Me envenenaste! ¿Cómo chingados pude tener una hermana tan mala! —Homero Serrano estrelló el plato y los cubiertos contra el piso, a los pies de Melisa. Mientras tosía y escupía sangre oscura, rugió—: ¡Si no fuera porque Verónica me avisó, tú me querías matar, ¿verdad?!—Homero, ya te lo dije: ese caldo no tiene veneno. Solo lleva una hierba que te ayuda a expulsar la flema y a desinflamar. Por eso te vas a aliviar.Melisa miró el caldo derramado y le dolió. Ese preparado le había costado un dineral y un buen rato conseguirlo… y ahí estaba, tirado.Verónica Valdez, la hija adoptiva de los Serrano, se mantenía pegada a Homero. Abrazaba un libro de medicina y hablaba con la voz quebrada:—Melisa… ya no mientas. Bernal tomó una muestra y la mandó a analizar. Salió que tiene una toxicidad fuerte.Melisa la miró de reojo, sin molestarse en disimular el fastidio.—No seas ingenua. Casi todo medicamento tiene efectos fuertes. Y con lo grave que está Homero, no hay de otra: hay que atacarlo con algo potente.A Verónica se le llenaron los ojos de lágrimas.—¡Pero está escupiendo sangre y tú sigues con lo mismo! Apenas somos estudiantes de medicina, ni de broma estamos para andar jugando a salvar gente. Ya no te hagas la valiente.Dio un par de pasos hacia Melisa, sollozando.—Yo ya le conseguí a Homero una receta de un especialista… alguien que sí sabe. Melisa, acepta que te equivocaste. Deja que usemos esa receta primero, ¿sí?Homero tosió otra vez y tronó:—¡Melisa! Ya bastante con que me diste a tomar una cosa quién sabe de dónde, ¿y todavía te pones a insultar a Verónica? ¡Si tuvieras tantita decencia como ella! ¡Pídele perdón ahora mismo!Melisa se enderezó, lo miró sin emoción.—Yo lo único que hice fue intentar salvarte. ¿De qué me tengo que disculpar? ¿Pedirle perdón a ella? Ni soñando.—¡Ah, bueno! ¡Me vas a matar del coraje! ¡No entiendes! —Homero, furioso, agarró el látigo que tenía a la mano y se levantó para azotarla—. ¡Lárgate! ¡Fuera de esta casa! ¡No quiero a una pinche venenosa como tú! ¡Hasta un perro sería más leal!Melisa retrocedió y esquivó el latigazo. En ese momento se escucharon pasos bajando por la escalera y, enseguida, una mochila cayó a sus pies.Era Bernal Serrano. Con voz helada, dijo:—Te lo voy a decir directo: Verónica es nuestra hermana biológica. Te lo ocultamos todos estos años para que no te ardiera… pero ya vimos qué clase de persona eres.—Si de verdad crees que no hiciste nada mal, entonces vete. Vamos a anunciar oficialmente que Verónica es la única hermana que reconocemos. Se te acabó la vida cómoda: regrésate al pueblo a buscar a tu familia.No era la primera vez que Melisa escuchaba amenazas así. Llevaba años aguantando desplantes y presión en esa casa. Pero al oír que, al final, ella era “la que sobraba”, sintió algo inesperado: alivio. Una ligereza enorme.Por fin ya no tendría que seguir regalándoles sus fórmulas y su trabajo a una bola de ciegos.Con razón: tan lista que era ella… y los otros, con el cerebro en otro lado.—Va.Melisa recogió la mochila sin hacer drama. Tomó un dulce de la mesa, se lo metió a la boca y, sin voltear atrás, se fue.Verónica se quedó viendo su espalda… y, por fin, se le escapó una sonrisa que ya no pudo contener.Cinco años. Cinco años le tomó sacar a Melisa de esa casa. Ahora sí, por fin, iba a ser la única consentida, la niña de los ojos de sus hermanos Serrano.Pero de la boca para afuera, todavía corrió tras Melisa y le gritó, fingiendo:—¡Melisa! ¡No te vayas! ¡Esta casa siempre va a tener un lugar para ti! ¡No me hagas sentir culpable, por favor! ¡Te lo suplico!Homero la detuvo, todavía encendido.—Verónica, ya. Que se vaya. Es una chamaca de rancho, siempre con mala leche. Que se quede allá para siempre.¿De verdad esa gente no pensaba?¿De verdad creían que Homero se levantó de la cama, que podía hablar y caminar, nomás porque tuvo “suerte”?Melisa ya quería ver cuánto le duraba el teatro sin sus masajes de rehabilitación ni el tratamiento que ella misma había desarrollado.Se subió la capucha de la sudadera. El viento le pegó el cabello a los labios pintados de rojo oscuro. Sus ojos bonitos iban llenos de burla.Se quedó sin palabras.***Del otro lado, en la capital de Trovik, en la mansión de la familia Núñez.Dentro de un enorme y elegante caserón, un anciano de porte imponente estaba sentado en el sillón. De un manotazo, aventó su bastón con empuñadura dorada.—¿No que ya la habían encontrado? ¡¿Entonces por qué otra vez no la trajeron?!A su alrededor estaban tres hombres, cada uno con presencia y carácter. Eran los tres hijos varones de los Núñez. Los tres estaban en la cima del poder: hasta el presidente tenía que tratarlos con guante blanco.Pero en ese momento, la ausencia de su hermana menor —perdida desde la infancia— les pesaba a todos.—La pista se cortó en Santa María —dijo uno—. Según el informante, ella vivió un tiempo en una comunidad en la sierra… y después alguien se la llevó. Ahí le perdimos el rastro. Todavía no damos con más.Al anciano se le apretó el pecho.—Dieciocho años… Dieciocho años sin ustedes. ¿Quién sabe todo lo que ha sufrido?—Abuelo, ya dimos con uno de los que estuvieron metidos en ese asunto —dijo otro—. Aseguró que al final la vendieron a una mujer con mucho dinero en Santa María. Denos un poco más de tiempo. No falta mucho para encontrarla.El anciano por fin bajó el tono. Se puso de pie, con los ojos llenos de esperanza.—Entonces nos vamos ya. Voy con ustedes.Después de irse de la casa de los Serrano, Melisa se fue directo a un estacionamiento cercano y se subió a su motocicleta de edición limitada.Años enteros se había hecho chiquita frente a “su familia”, escondiendo lo que sabía hacer. Ahora, al fin, podía respirar y ser ella.Manejó a toda velocidad hasta detenerse frente a la entrada de un complejo militar.La seguridad era estricta, pero en cuanto vieron su moto, levantaron la pluma sin hacer preguntas. Un soldado le sonrió y la saludó:—Señorita Serrano, qué raro verla por acá hoy.Melisa se quitó el visor del casco y le asintió.Dentro del complejo, los árboles estaban en flor. Unos señores mayores caminaban tranquilos. Al ver que Melisa bajaba la velocidad, se acercaron de inmediato.—¡Melisa, ya volviste! Justo quería verte. Ya me acabé lo que me preparaste.Melisa estacionó, se quitó el casco y dejó ver un rostro fino, bien cuidado.—Mañana me quedo todo el día en la clínica del complejo. Pásate y te lo vuelvo a ajustar.—Y usted, señor —dijo, señalando el collarín que otro traía en el cuello—. Ya le dije que eso, así usado, le va a acabar fastidiando más.El aludido se lo quitó, apenado.—Bueno, entonces… ¿sí puedo ir a darle al costal un rato?—Nomás no se vaya a pegar usted solo —respondió Melisa, y se metió al edificio.Melisa había llegado a vivir ahí por pura casualidad: un día, en el hospital militar, ayudó de pasada a un señor mayor que tuvo una crisis fuerte. Le dio una receta y le atacó la causa de fondo. Después se enteró de que era un médico retirado, de los más pesados en clínica. El hombre quedó tan impresionado que hasta quiso que Melisa lo aceptara como alumno… y terminó consiguiéndole un departamento dentro del complejo para que pudiera quedarse cuando quisiera.La gente ahí era amable, la ubicación le convenía y se vivía a gusto. Con el tiempo, Melisa lo empezó a sentir como su casa.Abrió una puerta sencilla por fuera. Adentro, el sistema domótico prendió las luces y una voz suave anunció:—Bienvenida de vuelta, Melisa. Durante su ausencia de tres días: tiene dos mensajes en la línea segura y un correo nuevo. El agua para bañarse ya está lista.Melisa aventó la mochila. El cierre se abrió y un fajo de billetes se regó en el piso.Miró el dinero por encima. A lo mucho, unos diez mil pesos. Se le torció la boca.—¿Neta creen que con esto me “compensan”?—Reproducir mensajes.El primer mensaje era de Vicente Guerrero, de la noche anterior.—Señorita Serrano, ya casi cierran inscripciones para la carrera de relevos. Ya corrimos dos prácticas. ¿De verdad se va a quedar con el equipo de los Serrano? ¿No quiere pensarlo bien y venirse conmigo? Lucas Serrano anda fatal: en las últimas dos prácticas lo traigo de hijo.A Melisa se le arqueó una ceja. Se acordó de inmediato.Lucas —el que ella llamaba “hermano mayor”— tenía un club de carreras de primer nivel. Melisa, por ayudarle, se había desvelado entrenando un montón. Pero siempre pasaba lo mismo: ella les levantaba puntos, los metía a la final… y justo en la última etapa, la bajaban y subían a Verónica para que se colgara la victoria.Años así. Nadie se acordaba de su parte.Antes, por “no hacer problemas”, lo dejaba pasar.Ahora…Melisa sonrió apenas y le marcó a Vicente.—El premio es de cincuenta millones. Quiero la mitad.Vicente, que ya no esperaba nada, casi gritó de emoción:—¡Hecho! ¡Sin bronca! Yo a Lucas no le tengo miedo, ya le traigo leídos los movimientos… pero lo tuyo es otra cosa. Tu aceleración y cómo te metes en huecos no lo hace nadie. Nunca he podido cubrirte. Si soy “el eterno segundo”, no es por Lucas: es por ti.Melisa soltó una risa baja.—Eso lo ve cualquiera… menos ellos.Vicente se aclaró la garganta.—Ah, y otra cosa: en internet anda el rumor de que la familia Núñez, los más ricos de Trovik, se fue a Santa María. Dicen que buscan a una hija que perdieron y están pagando una lana por pistas. ¿Movemos gente para buscar?—No tengo tiempo. Ando con finales. Ahí muere —dijo Melisa, y colgó.Del otro lado, Vicente se quedó con cara de “¿qué?”: si no quería, con decirlo bastaba. Lo de “finales” sonaba a pretexto… él jamás había visto a Melisa presentar exámenes; más bien, parecía de las que los redactaban.El segundo mensaje era del viejo médico del hospital militar, Gilberto Villanueva.Su voz sonaba casi suplicante:—Melisa… traigo un caso bien complicado. El hijo de un compañero mío lleva años con una enfermedad pesada. Se agravó, y las pastillas que me diste ya no le están haciendo nada. ¿Podrías venir a verlo?Melisa le devolvió la llamada.—Mañana saliendo de la escuela me regreso al complejo. En la noche voy a estar en consulta. Mándamelo.Gilberto dudó.—Está internado en el hospital, en un piso privado. Por seguridad… no es tan fácil que salga.Melisa golpeó suave la mesa con los dedos.—Gilberto, háblame claro. ¿Quién es?Gilberto pensó un momento antes de soltarlo:—Es Dani Soto… el nieto del general Soto. Es delicado. La familia Soto ya mandó invitaciones discretas a médicos de todo el país. Dicen que si alguien lo cura… pagan cien millones.A Melisa se le levantó la ceja otra vez. Claro que conocía el apellido: el general Soto era un peso pesado del ejército; hasta el presidente le guardaba respeto.Y Dani… también le sonaba. Treinta años y ya era coronel de la Marina, con un historial de operaciones impresionante.¿Se había enfermado?Melisa abrió el correo seguro que usaba para aceptar trabajos. Ahí estaba: una invitación oficial del área nacional de salud.En la red, ella se movía bajo el alias de Médico Milagro, tomando casos difíciles y bien pagados. Con el tiempo, había juntado gente y armado su propia red médica. Que el gobierno la ubicara no era raro.—Ya vi la invitación —dijo Melisa, sin emoción—. El pago suena bien. Voy a ir.Esa misma noche, los Serrano también se enteraron del llamado de auxilio por Dani Soto. Bernal se activó de inmediato: se puso a marcar, a buscar contactos, a ver por dónde se colaban.Los Serrano siempre habían estado “cerca” de la gente importante, pero sin lograr entrar de verdad. Si lograban salvar a Dani, se les abrían todas las puertas.Además, corrió otro rumor: la familia Núñez estaba en Santa María buscando a una hija perdida y pagando una fortuna por información. En Santa María, medio mundo se alborotó. La noche estuvo movida.***Al día siguiente.A Melisa la despertó el celular. Se levantó de mala gana.Su tutor de investigación le habló, fastidiado:—¡Melisa! Te dije que ordenaras el material. ¡Y no apareces en toda la mañana! ¿Ya no quieres estar en mi grupo? Verónica llegó desde temprano a ayudar. ¡Muévete y vente ya!Melisa no contestó ni una palabra. Colgó y miró la hora.Diez de la mañana.La noche anterior se había quedado trabajando con unas fórmulas antiguas y se le fue el sueño. Se le olvidó por completo lo del material.Bostezó, prendió la compu, escribió un correo rápido y lo mandó. Se alistó, se echó la mochila al hombro y salió.Se fue en moto hasta el laboratorio de la universidad. Estacionó y caminó a la entrada.Cuando pasó su credencial para entrar, la máquina marcó acceso denegado.Justo en ese momento salieron Verónica y dos compañeros del grupo.Uno de ellos, al ver que Melisa no podía entrar, se burló:—¿Qué, Melisa? ¿Creías que podías llegar a la hora que quisieras y hacerte la que no trabaja? El tutor se hartó y te canceló el acceso al laboratorio. A ver ahora qué haces.Capítulo 3—¡Me envenenaste! ¿Cómo chingados pude tener una hermana tan mala! —Homero Serrano estrelló el plato y los cubiertos contra el piso, a los pies de Melisa. Mientras tosía y escupía sangre oscura, rugió—: ¡Si no fuera porque Verónica me avisó, tú me querías matar, ¿verdad?!—Homero, ya te lo dije: ese caldo no tiene veneno. Solo lleva una hierba que te ayuda a expulsar la flema y a desinflamar. Por eso te vas a aliviar.Melisa miró el caldo derramado y le dolió. Ese preparado le había costado un dineral y un buen rato conseguirlo… y ahí estaba, tirado.Verónica Valdez, la hija adoptiva de los Serrano, se mantenía pegada a Homero. Abrazaba un libro de medicina y hablaba con la voz quebrada:—Melisa… ya no mientas. Bernal tomó una muestra y la mandó a analizar. Salió que tiene una toxicidad fuerte.Melisa la miró de reojo, sin molestarse en disimular el fastidio.—No seas ingenua. Casi todo medicamento tiene efectos fuertes. Y con lo grave que está Homero, no hay de otra: hay que atacarlo con algo potente.A Verónica se le llenaron los ojos de lágrimas.—¡Pero está escupiendo sangre y tú sigues con lo mismo! Apenas somos estudiantes de medicina, ni de broma estamos para andar jugando a salvar gente. Ya no te hagas la valiente.Dio un par de pasos hacia Melisa, sollozando.—Yo ya le conseguí a Homero una receta de un especialista… alguien que sí sabe. Melisa, acepta que te equivocaste. Deja que usemos esa receta primero, ¿sí?Homero tosió otra vez y tronó:—¡Melisa! Ya bastante con que me diste a tomar una cosa quién sabe de dónde, ¿y todavía te pones a insultar a Verónica? ¡Si tuvieras tantita decencia como ella! ¡Pídele perdón ahora mismo!Melisa se enderezó, lo miró sin emoción.—Yo lo único que hice fue intentar salvarte. ¿De qué me tengo que disculpar? ¿Pedirle perdón a ella? Ni soñando.—¡Ah, bueno! ¡Me vas a matar del coraje! ¡No entiendes! —Homero, furioso, agarró el látigo que tenía a la mano y se levantó para azotarla—. ¡Lárgate! ¡Fuera de esta casa! ¡No quiero a una pinche venenosa como tú! ¡Hasta un perro sería más leal!Melisa retrocedió y esquivó el latigazo. En ese momento se escucharon pasos bajando por la escalera y, enseguida, una mochila cayó a sus pies.Era Bernal Serrano. Con voz helada, dijo:—Te lo voy a decir directo: Verónica es nuestra hermana biológica. Te lo ocultamos todos estos años para que no te ardiera… pero ya vimos qué clase de persona eres.—Si de verdad crees que no hiciste nada mal, entonces vete. Vamos a anunciar oficialmente que Verónica es la única hermana que reconocemos. Se te acabó la vida cómoda: regrésate al pueblo a buscar a tu familia.No era la primera vez que Melisa escuchaba amenazas así. Llevaba años aguantando desplantes y presión en esa casa. Pero al oír que, al final, ella era “la que sobraba”, sintió algo inesperado: alivio. Una ligereza enorme.Por fin ya no tendría que seguir regalándoles sus fórmulas y su trabajo a una bola de ciegos.Con razón: tan lista que era ella… y los otros, con el cerebro en otro lado.—Va.Melisa recogió la mochila sin hacer drama. Tomó un dulce de la mesa, se lo metió a la boca y, sin voltear atrás, se fue.Verónica se quedó viendo su espalda… y, por fin, se le escapó una sonrisa que ya no pudo contener.Cinco años. Cinco años le tomó sacar a Melisa de esa casa. Ahora sí, por fin, iba a ser la única consentida, la niña de los ojos de sus hermanos Serrano.Pero de la boca para afuera, todavía corrió tras Melisa y le gritó, fingiendo:—¡Melisa! ¡No te vayas! ¡Esta casa siempre va a tener un lugar para ti! ¡No me hagas sentir culpable, por favor! ¡Te lo suplico!Homero la detuvo, todavía encendido.—Verónica, ya. Que se vaya. Es una chamaca de rancho, siempre con mala leche. Que se quede allá para siempre.¿De verdad esa gente no pensaba?¿De verdad creían que Homero se levantó de la cama, que podía hablar y caminar, nomás porque tuvo “suerte”?Melisa ya quería ver cuánto le duraba el teatro sin sus masajes de rehabilitación ni el tratamiento que ella misma había desarrollado.Se subió la capucha de la sudadera. El viento le pegó el cabello a los labios pintados de rojo oscuro. Sus ojos bonitos iban llenos de burla.Se quedó sin palabras.***Del otro lado, en la capital de Trovik, en la mansión de la familia Núñez.Dentro de un enorme y elegante caserón, un anciano de porte imponente estaba sentado en el sillón. De un manotazo, aventó su bastón con empuñadura dorada.—¿No que ya la habían encontrado? ¡¿Entonces por qué otra vez no la trajeron?!A su alrededor estaban tres hombres, cada uno con presencia y carácter. Eran los tres hijos varones de los Núñez. Los tres estaban en la cima del poder: hasta el presidente tenía que tratarlos con guante blanco.Pero en ese momento, la ausencia de su hermana menor —perdida desde la infancia— les pesaba a todos.—La pista se cortó en Santa María —dijo uno—. Según el informante, ella vivió un tiempo en una comunidad en la sierra… y después alguien se la llevó. Ahí le perdimos el rastro. Todavía no damos con más.Al anciano se le apretó el pecho.—Dieciocho años… Dieciocho años sin ustedes. ¿Quién sabe todo lo que ha sufrido?—Abuelo, ya dimos con uno de los que estuvieron metidos en ese asunto —dijo otro—. Aseguró que al final la vendieron a una mujer con mucho dinero en Santa María. Denos un poco más de tiempo. No falta mucho para encontrarla.El anciano por fin bajó el tono. Se puso de pie, con los ojos llenos de esperanza.—Entonces nos vamos ya. Voy con ustedes.Después de irse de la casa de los Serrano, Melisa se fue directo a un estacionamiento cercano y se subió a su motocicleta de edición limitada.Años enteros se había hecho chiquita frente a “su familia”, escondiendo lo que sabía hacer. Ahora, al fin, podía respirar y ser ella.Manejó a toda velocidad hasta detenerse frente a la entrada de un complejo militar.La seguridad era estricta, pero en cuanto vieron su moto, levantaron la pluma sin hacer preguntas. Un soldado le sonrió y la saludó:—Señorita Serrano, qué raro verla por acá hoy.Melisa se quitó el visor del casco y le asintió.Dentro del complejo, los árboles estaban en flor. Unos señores mayores caminaban tranquilos. Al ver que Melisa bajaba la velocidad, se acercaron de inmediato.—¡Melisa, ya volviste! Justo quería verte. Ya me acabé lo que me preparaste.Melisa estacionó, se quitó el casco y dejó ver un rostro fino, bien cuidado.—Mañana me quedo todo el día en la clínica del complejo. Pásate y te lo vuelvo a ajustar.—Y usted, señor —dijo, señalando el collarín que otro traía en el cuello—. Ya le dije que eso, así usado, le va a acabar fastidiando más.El aludido se lo quitó, apenado.—Bueno, entonces… ¿sí puedo ir a darle al costal un rato?—Nomás no se vaya a pegar usted solo —respondió Melisa, y se metió al edificio.Melisa había llegado a vivir ahí por pura casualidad: un día, en el hospital militar, ayudó de pasada a un señor mayor que tuvo una crisis fuerte. Le dio una receta y le atacó la causa de fondo. Después se enteró de que era un médico retirado, de los más pesados en clínica. El hombre quedó tan impresionado que hasta quiso que Melisa lo aceptara como alumno… y terminó consiguiéndole un departamento dentro del complejo para que pudiera quedarse cuando quisiera.La gente ahí era amable, la ubicación le convenía y se vivía a gusto. Con el tiempo, Melisa lo empezó a sentir como su casa.Abrió una puerta sencilla por fuera. Adentro, el sistema domótico prendió las luces y una voz suave anunció:—Bienvenida de vuelta, Melisa. Durante su ausencia de tres días: tiene dos mensajes en la línea segura y un correo nuevo. El agua para bañarse ya está lista.Melisa aventó la mochila. El cierre se abrió y un fajo de billetes se regó en el piso.Miró el dinero por encima. A lo mucho, unos diez mil pesos. Se le torció la boca.—¿Neta creen que con esto me “compensan”?—Reproducir mensajes.El primer mensaje era de Vicente Guerrero, de la noche anterior.—Señorita Serrano, ya casi cierran inscripciones para la carrera de relevos. Ya corrimos dos prácticas. ¿De verdad se va a quedar con el equipo de los Serrano? ¿No quiere pensarlo bien y venirse conmigo? Lucas Serrano anda fatal: en las últimas dos prácticas lo traigo de hijo.A Melisa se le arqueó una ceja. Se acordó de inmediato.Lucas —el que ella llamaba “hermano mayor”— tenía un club de carreras de primer nivel. Melisa, por ayudarle, se había desvelado entrenando un montón. Pero siempre pasaba lo mismo: ella les levantaba puntos, los metía a la final… y justo en la última etapa, la bajaban y subían a Verónica para que se colgara la victoria.Años así. Nadie se acordaba de su parte.Antes, por “no hacer problemas”, lo dejaba pasar.Ahora…Melisa sonrió apenas y le marcó a Vicente.—El premio es de cincuenta millones. Quiero la mitad.Vicente, que ya no esperaba nada, casi gritó de emoción:—¡Hecho! ¡Sin bronca! Yo a Lucas no le tengo miedo, ya le traigo leídos los movimientos… pero lo tuyo es otra cosa. Tu aceleración y cómo te metes en huecos no lo hace nadie. Nunca he podido cubrirte. Si soy “el eterno segundo”, no es por Lucas: es por ti.Melisa soltó una risa baja.—Eso lo ve cualquiera… menos ellos.Vicente se aclaró la garganta.—Ah, y otra cosa: en internet anda el rumor de que la familia Núñez, los más ricos de Trovik, se fue a Santa María. Dicen que buscan a una hija que perdieron y están pagando una lana por pistas. ¿Movemos gente para buscar?—No tengo tiempo. Ando con finales. Ahí muere —dijo Melisa, y colgó.Del otro lado, Vicente se quedó con cara de “¿qué?”: si no quería, con decirlo bastaba. Lo de “finales” sonaba a pretexto… él jamás había visto a Melisa presentar exámenes; más bien, parecía de las que los redactaban.El segundo mensaje era del viejo médico del hospital militar, Gilberto Villanueva.Su voz sonaba casi suplicante:—Melisa… traigo un caso bien complicado. El hijo de un compañero mío lleva años con una enfermedad pesada. Se agravó, y las pastillas que me diste ya no le están haciendo nada. ¿Podrías venir a verlo?Melisa le devolvió la llamada.—Mañana saliendo de la escuela me regreso al complejo. En la noche voy a estar en consulta. Mándamelo.Gilberto dudó.—Está internado en el hospital, en un piso privado. Por seguridad… no es tan fácil que salga.Melisa golpeó suave la mesa con los dedos.—Gilberto, háblame claro. ¿Quién es?Gilberto pensó un momento antes de soltarlo:—Es Dani Soto… el nieto del general Soto. Es delicado. La familia Soto ya mandó invitaciones discretas a médicos de todo el país. Dicen que si alguien lo cura… pagan cien millones.A Melisa se le levantó la ceja otra vez. Claro que conocía el apellido: el general Soto era un peso pesado del ejército; hasta el presidente le guardaba respeto.Y Dani… también le sonaba. Treinta años y ya era coronel de la Marina, con un historial de operaciones impresionante.¿Se había enfermado?Melisa abrió el correo seguro que usaba para aceptar trabajos. Ahí estaba: una invitación oficial del área nacional de salud.En la red, ella se movía bajo el alias de Médico Milagro, tomando casos difíciles y bien pagados. Con el tiempo, había juntado gente y armado su propia red médica. Que el gobierno la ubicara no era raro.—Ya vi la invitación —dijo Melisa, sin emoción—. El pago suena bien. Voy a ir.Esa misma noche, los Serrano también se enteraron del llamado de auxilio por Dani Soto. Bernal se activó de inmediato: se puso a marcar, a buscar contactos, a ver por dónde se colaban.Los Serrano siempre habían estado “cerca” de la gente importante, pero sin lograr entrar de verdad. Si lograban salvar a Dani, se les abrían todas las puertas.Además, corrió otro rumor: la familia Núñez estaba en Santa María buscando a una hija perdida y pagando una fortuna por información. En Santa María, medio mundo se alborotó. La noche estuvo movida.***Al día siguiente.A Melisa la despertó el celular. Se levantó de mala gana.Su tutor de investigación le habló, fastidiado:—¡Melisa! Te dije que ordenaras el material. ¡Y no apareces en toda la mañana! ¿Ya no quieres estar en mi grupo? Verónica llegó desde temprano a ayudar. ¡Muévete y vente ya!Melisa no contestó ni una palabra. Colgó y miró la hora.Diez de la mañana.La noche anterior se había quedado trabajando con unas fórmulas antiguas y se le fue el sueño. Se le olvidó por completo lo del material.Bostezó, prendió la compu, escribió un correo rápido y lo mandó. Se alistó, se echó la mochila al hombro y salió.Se fue en moto hasta el laboratorio de la universidad. Estacionó y caminó a la entrada.Cuando pasó su credencial para entrar, la máquina marcó acceso denegado.Justo en ese momento salieron Verónica y dos compañeros del grupo.Uno de ellos, al ver que Melisa no podía entrar, se burló:—¿Qué, Melisa? ¿Creías que podías llegar a la hora que quisieras y hacerte la que no trabaja? El tutor se hartó y te canceló el acceso al laboratorio. A ver ahora qué haces.