Capítulo 1A las cinco de la tarde, afuera del jardín de la mansión.Lourdes Belén llevaba diez minutos viendo, a unos metros, cómo su esposo, Marcelo Farias, se portaba demasiado cariñoso con otra mujer.Y a ella sí la conocía.Alba Herrera: compañera de generación en la universidad y, además, la mujer que a Marcelo siempre le había gustado.Dos años atrás, justo antes de que las familias Farias y Belén acordaran el matrimonio, Alba se fue del país de golpe.Y hacía un mes que había regresado.Desde ese día, Marcelo andaba inubicable: salía temprano, volvía tarde.Lourdes sospechó que le estaba poniendo el cuerno. Empezó a checarle horarios, a seguirlo, a reclamarle… y no encontró nada.Hasta esa tarde.Como parte del equipo de secretarias del Grupo Farias, por accidente le cayó en las manos la agenda privada de último minuto de Marcelo.Lo siguió.Y vio esto.En el jardín, Alba estiraba la mano para alcanzar una manzana alta. Saltó varias veces, pero no pudo.Frunció los labios, hizo un puchero con esa cara bonita a la que se le notaba el berrinche, y luego miró a Marcelo con ojitos de “ándale”, pidiéndole que la ayudara.Marcelo sonrió, resignado, y se acercó para bajarle esa manzana.Alba la recibió y le dijo, como si estuviera coqueteando:—Quiero que la pruebes. Mira nada más: bien roja, bien grande… seguro está dulce.Luego volvió a hacer puchero y señaló un poco más arriba.—Y no te rías. De castigo, ayúdame a bajar esa también.Marcelo se quitó el saco y se lo pasó para que lo sostuviera. Se arremangó la camisa blanca.A donde Alba señalaba, él bajaba manzanas.Lourdes, viendo la escena, sacó el celular y le marcó a Marcelo.Él contestó, frío:—¿Qué pasó?Lourdes aspiró por la nariz y, fingiendo la voz ronca, actuó:—Marcelo… me siento mal. Estoy enferma, de verdad me siento horrible. Regresa, ven a acompañarme.Marcelo la cortó sin esfuerzo:—Iker de la Fuente dijo que cuando saliste de la oficina estabas perfectamente bien. Lourdes, ya bájale.Lourdes insistió:—Entonces regresa a cenar conmigo. Si no estás, no puedo comer.Marcelo se negó directo:—En la noche tengo cosas que hacer.Y colgó.Al ver la llamada terminada, Lourdes sintió que se le venía el mundo encima.¿Por qué con ella era así?Cuando ella hacía drama, él la exhibía con una calma insoportable.Cuando Alba lo hacía, él sí se prestaba… y hasta se veía tierno.En esos dos años de casados, Lourdes también había intentado cosas parecidas: decir que se cansaba para que la cargara, fingir que se lastimó la mano para que le diera de comer, obligarlo —a él, que era muy quisquilloso— a probar comida de su plato…Pero él siempre la miraba como si estuviera viendo un show barato, y luego le reventaba la burbuja para que “dejara de hacerla de pedo”.Solo en la cama bajaba tantito la guardia: decía cosas bonitas, se mostraba más suave. Pero en cuanto se levantaban, volvía a ser distante, como si nada.Lourdes pensaba que era su forma de ser.Hasta que lo vio con Alba.No: sí sabía consentir.Nada más que no a ella.Y, comparado con eso, todo lo que ella había hecho esos dos años para llamar su atención se le hizo patético.Vio cómo los dos entraban juntos a la casa. Se le endureció la cara, sacó el celular y pidió por una app varios paquetes de condones de distintas marcas.Media hora después, vio al repartidor entregarle la bolsa a Marcelo.Entonces volvió a marcarle.Marcelo contestó. Su voz sonó seca, como un reclamo:—¿Qué significa esto?Lo adivinó al instante.Lourdes lo dijo a propósito para asquearlo:—Son de los que te gustan. ¿A poco no soy bien considerada?—Lourdes, que te pongas intensa, va… pero hasta para eso hay límites.Ese tono de quien regaña desde arriba, como si todo le diera igual, fue lo que terminó de hartarla.Después de semanas de sospechas, de pleitos que solo ella peleaba, por fin lo preguntó:—Marcelo… ya van dos años. ¿Tanto te pesa estar casado conmigo?Si no, ¿por qué después de dos años seguía igual, como una piedra?Del otro lado no hubo respuesta. Marcelo ni se dignó a contestar.De pronto, al celular de Lourdes le llegó una notificación.Transferencia recibida.Marcelo le acababa de depositar dos millones de pesos.Y luego, con esa misma voz ligera, dijo:—Lourdes, si estás aburrida, búscate algo que hacer. Cómprate bolsas, vete de viaje, lo que quieras. Pero deja de estar inventando cosas todo el día.Se oyó el corte de la llamada.Lourdes se quedó viendo la pantalla. Le temblaban los dedos sobre el celular y le costaba hasta respirar.Siempre era lo mismo: dinero para callarla.Dijera lo que dijera, hiciera lo que hiciera, era como pegarle a una pared acolchonada. Ni siquiera mandarle condones “para que los usara con otra” lograba sacarle un arranque.---Al final, era simple: no la quería. No le importaba.Esta vez no eligió gritar, ni pelearle de frente.Porque ya no tenía con qué.Una semana antes, el papá de Lourdes le había soltado la bomba: ella no era la heredera de la familia Belén. La habían cambiado al nacer.Años atrás, la mamá de Lourdes y Adriana Espino —el primer amor de Rodolfo Belén— dieron a luz el mismo día en un hospital privado.La mamá de Lourdes tuvo una hemorragia terrible. Su bebé no sobrevivió.Adriana, en cambio, sí tuvo a una niña sana.Y esa niña era, en realidad, hija de Rodolfo y Adriana: una hija fuera del matrimonio.Aprovechando que su esposa estaba bajo anestesia, Rodolfo tomó a la bebé de Adriana y la puso junto a su esposa, con la idea de criarla como parte de los Belén.Pero la mamá de Lourdes despertó por accidente y alcanzó a oírlo. Se enteró de que su hijo había muerto… y de que la bebé a su lado era la hija de otra mujer.Como venganza, sin decir nada, cambió a esa heredera verdadera por el bebé de otra familia.La niña cambiada fue Lourdes.Ese secreto se lo llevó a la tumba. La mamá de Lourdes murió sin confesarlo.Hasta hace poco, cuando la empleada doméstica ordenó sus cosas y encontró el diario donde lo escribió.Aunque fuera “hija fuera del matrimonio”, la otra seguía siendo la heredera real. Estaba perdida por ahí, mientras Lourdes disfrutó veinticuatro años de vida cómoda.Adriana, que antes la trataba con cariño, ahora la odiaba con ganas.Rodolfo no se puso tan extremo, pero fue más frío: le advirtió a Lourdes que, con esa identidad falsa, casarse con Marcelo era “demasiado” para ella. Que dejara de hacer dramas, que se quedara quieta como señora Farias, que hiciera bien su trabajo en el Grupo Farias y que le sacara provecho a esa posición para “pagar” lo que le dieron al criarla.Y, desde que se supo la verdad, ya estaban buscando en privado a su hija biológica.Lourdes, de pronto, era una huérfana sin origen claro.¿Con qué cara iba a seguir haciéndola de tos con Marcelo como antes?***Apenas llegó a casa, le entró una llamada de su suegra, Camila Luzuriaga.Dudó un momento, pero contestó.—¿Señora Camila? ¿Qué pasó?Camila la encaró:—¿Por qué Marcelo no contesta el teléfono?Lourdes se quedó un segundo en silencio y se le dibujó una sonrisa amarga. Seguramente estaba haciendo lo que se le daba la gana… si no, qué desperdicio los condones.Se quitó los zapatos de una patada y, caminando hacia adentro, contestó con cansancio:—No sé. No está conmigo.—Eres su esposa y ni siquiera sabes dónde anda. Lourdes, ¿vas a ponerte las pilas o qué? ¿O ya quieres que otra te quite el lugar de señora Farias?¿Que si no se ponía las pilas?Su vida y su trabajo giraban alrededor de Marcelo, nomás para que él la volteara a ver tantito.Pero él tenía a alguien en la cabeza. Y por más que ella hiciera, no iba a cambiar nada.Lourdes traía la mente hecha un nudo y no tenía ganas de aguantar a Camila.—Está bien. Ahorita lo busco.Colgó y aventó el celular a un lado. Fue al mueble bar, sacó una botella de vino tinto, se sirvió una copa y se la tomó de un jalón.Camila no marcaba por marcar.Seguramente ya sabía lo de Alba… y no quería que Alba se volviera un problema en el matrimonio del “niño” Farias. Por eso la estaba presionando.Lourdes se dejó caer en el sofá, tratando de ordenar su situación.Días atrás, en cuanto su papá supo que no era su hija biológica, le quitó sus acciones, le retiró la dote que le había dejado su mamá… y hasta le recogió la casa que estaba a su nombre. Solo le dejó un BMW de cinco años.Ese carro se lo había regalado su mamá antes de morir, por sus veinte. Se lo dejó como recuerdo.Y, siendo honestos, si no era hija de sangre, que le retiraran el dinero era… lógico.El problema era lo que eso significaba: se quedaba sola.Si no se divorciaba y seguía siendo “señora Farias”, al menos podía vivir bien. Si se divorciaba, se quedaba sin nada.Sin dinero. Sin familia que la respaldara. Y hasta su trabajo como secretaria en el Grupo Farias podía irse al carajo.Decir que no le pesaba sería mentira.Nadie quiere vivir apretado.Pero la pobreza material se aguanta. Tenía manos y pies; no se iba a morir de hambre.Lo que ya no podía era con la miseria de adentro.No iba a soportar décadas de frialdad… y de infidelidades.Con la cabeza llena y el alcohol subiéndole, Lourdes se quedó dormida en el sofá, entre sueños.La despertó el movimiento de que la estaban cargando.Abrió los ojos y vio que Marcelo la estaba subiendo en brazos.---Lourdes recordó de golpe lo que vio en la tarde. Le dio asco. Se revolvió como pudo.—Suéltame.Marcelo ni se inmutó. Entró al cuarto y la aventó sobre la cama grande.—Con cama y todo, y ahí andas tirada. ¿Ahora qué traes?A Lourdes le hervía la sangre cada que lo oía decirle eso. Contestó sin pensar:—El que trae cosas eres tú… y tu familia también.Marcelo la miró desde arriba, helado.—¿No te bastó con fingir que estabas enferma? ¿Ahora sí te quieres enfermar de verdad?Por un segundo, Lourdes creyó que era preocupación.Pero luego recordó la ternura que le vio con Alba y se le pasó.No era preocupación: era su costumbre de regañarla cuando ella “se ponía intensa”.Se sentó en la cama y lo miró de arriba abajo.Marcelo tenía una cara de esas que te atrapan fácil: cejas marcadas, ojos profundos, nariz recta… y un cuerpo alto, firme. Guapo, con dinero y con poder: el tipo de hombre por el que medio San Juan se volvía loco.Cuando Lourdes se enteró de que se iba a casar con él, se emocionó. Le gustaba demasiado.Ya casados, descubrió que él parecía no quererla… y que era frío.Pero ella se decía que no importaba. Con verlo, hasta le daban ganas de echarle más ganas.Así que se puso a coquetearle, a buscarlo, a hacerle escenas pequeñas para que la notara. Creía que, si insistía lo suficiente, algún día él iba a caer.Hasta hoy.Porque hoy entendió que estaba equivocada.Él ya tenía a alguien.Y nunca la iba a amar.Estaba cansada. Ya no quería insistir. Ni quería que él la quisiera.Como ella no decía nada, Marcelo pensó que era celos y aflojó la corbata. Explicó, sin emoción:—Alba y yo solo somos amigos. Tuvo un problema y la ayudé.¿Amigos?De noche, a solas, con esa cercanía… aunque juraran que no pasó nada.Y pensar que ese mes ella y Marcelo habían estado juntos dos veces… Lourdes sintió que traía la piel sucia.Se bajó de la cama, queriendo ir a bañarse.Marcelo la alcanzó, la cargó por la cintura y la regresó. Luego se le fue encima.Lourdes forcejeó. En el movimiento, sin querer, lo rozó en un punto sensible.Marcelo soltó un quejido bajo y le agarró las manos, levantándoselas por encima de la cabeza. La mirada se le oscureció.Esa mirada Lourdes la conocía.Él quería.A Lourdes le rechinaron los dientes.Fuera de la cama, podía tratarla como si no existiera, pero en la cama sí sabía bajar la guardia… y cuando le hablaba bonito, ella siempre terminaba cediendo.Esta vez no.Cuando él bajó para besarla, Lourdes lo frenó con la voz:—Marcelo, si de verdad solo son amigos… entonces ahorita escoge. Entre ella y yo.Los labios de Marcelo quedaron pegados cerca de su oreja, pero se detuvo.El calor del momento se apagó de golpe.A Lourdes se le apretó el pecho. Aun así, se obligó a ser dura.—Si me prometes que ya no vas a verla, te creo.El peso sobre ella se alivió. Marcelo se incorporó y le soltó las manos.Se quedaron mirándose.Los ojos de Lourdes, grandes y claros, lo presionaban, exigiéndole una respuesta.Se hizo un silencio pesado.El tiempo se estiró.No supo si pasó un minuto o solo unos segundos cuando Marcelo habló, frío:—Lourdes, yo tengo mi vida social.Esa frase le cayó como un golpe.Ella aguantó el dolor y sonrió, vacía.—Soy tu esposa. ¿De verdad valgo menos que una “amiga” a la que no veías desde hace dos años?La mirada de Marcelo se puso seria.—Lourdes, antes podía dejarte pasar tus dramas… pero aunque seamos pareja, hay cosas que no puedes exigir así.¿Dejarle pasar? ¿Eso era “consentirla”?En ese punto, ¿qué seguía esperando?Con lo de esa tarde ya estaba claro quién era la que sobraba.Lourdes parpadeó, con los ojos ardiéndole. Se encogió, abrazándose las piernas, y dijo con una calma rara:—Marcelo, vamos a divorciarnos.Al oír “divorcio”, Marcelo ni cambió la cara. Le agarró la barbilla.—Es la tercera vez este mes que sales con eso. Cuando se te pase, avísame.Pensó que era otra amenaza.Lourdes apretó la colcha, terca.—No es amenaza. Lo digo en serio.Marcelo la miró sin emoción.—Entiendo que con lo de tu familia estés mal… pero el divorcio no es cualquier cosa. Si es un impulso, lo voy a dejar pasar.Así que ya lo sabía: que ella no era la heredera.Y aun así, en esa semana, no dijo nada. Ni una palabra para consolarla.Ahora que ella pedía el divorcio, él seguía igual: racional, distante, como si ella estuviera haciendo un berrinche.En ese matrimonio, la única que “vivía” la relación era ella.Hasta el corazón más necio se enfría.Lourdes le apartó la mano.—No es un impulso. Me voy a divorciar.Marcelo se quedó dos segundos mirando esa cara fina y bonita, como si ya no tuviera paciencia. Escupió, sin ganas:—Haz lo que quieras.Agarró el saco que se había quitado y salió azotando la puerta.Al poco rato, se oyó el motor de un carro encendiéndose en el patio.---Capítulo 2A las cinco de la tarde, afuera del jardín de la mansión.Lourdes Belén llevaba diez minutos viendo, a unos metros, cómo su esposo, Marcelo Farias, se portaba demasiado cariñoso con otra mujer.Y a ella sí la conocía.Alba Herrera: compañera de generación en la universidad y, además, la mujer que a Marcelo siempre le había gustado.Dos años atrás, justo antes de que las familias Farias y Belén acordaran el matrimonio, Alba se fue del país de golpe.Y hacía un mes que había regresado.Desde ese día, Marcelo andaba inubicable: salía temprano, volvía tarde.Lourdes sospechó que le estaba poniendo el cuerno. Empezó a checarle horarios, a seguirlo, a reclamarle… y no encontró nada.Hasta esa tarde.Como parte del equipo de secretarias del Grupo Farias, por accidente le cayó en las manos la agenda privada de último minuto de Marcelo.Lo siguió.Y vio esto.En el jardín, Alba estiraba la mano para alcanzar una manzana alta. Saltó varias veces, pero no pudo.Frunció los labios, hizo un puchero con esa cara bonita a la que se le notaba el berrinche, y luego miró a Marcelo con ojitos de “ándale”, pidiéndole que la ayudara.Marcelo sonrió, resignado, y se acercó para bajarle esa manzana.Alba la recibió y le dijo, como si estuviera coqueteando:—Quiero que la pruebes. Mira nada más: bien roja, bien grande… seguro está dulce.Luego volvió a hacer puchero y señaló un poco más arriba.—Y no te rías. De castigo, ayúdame a bajar esa también.Marcelo se quitó el saco y se lo pasó para que lo sostuviera. Se arremangó la camisa blanca.A donde Alba señalaba, él bajaba manzanas.Lourdes, viendo la escena, sacó el celular y le marcó a Marcelo.Él contestó, frío:—¿Qué pasó?Lourdes aspiró por la nariz y, fingiendo la voz ronca, actuó:—Marcelo… me siento mal. Estoy enferma, de verdad me siento horrible. Regresa, ven a acompañarme.Marcelo la cortó sin esfuerzo:—Iker de la Fuente dijo que cuando saliste de la oficina estabas perfectamente bien. Lourdes, ya bájale.Lourdes insistió:—Entonces regresa a cenar conmigo. Si no estás, no puedo comer.Marcelo se negó directo:—En la noche tengo cosas que hacer.Y colgó.Al ver la llamada terminada, Lourdes sintió que se le venía el mundo encima.¿Por qué con ella era así?Cuando ella hacía drama, él la exhibía con una calma insoportable.Cuando Alba lo hacía, él sí se prestaba… y hasta se veía tierno.En esos dos años de casados, Lourdes también había intentado cosas parecidas: decir que se cansaba para que la cargara, fingir que se lastimó la mano para que le diera de comer, obligarlo —a él, que era muy quisquilloso— a probar comida de su plato…Pero él siempre la miraba como si estuviera viendo un show barato, y luego le reventaba la burbuja para que “dejara de hacerla de pedo”.Solo en la cama bajaba tantito la guardia: decía cosas bonitas, se mostraba más suave. Pero en cuanto se levantaban, volvía a ser distante, como si nada.Lourdes pensaba que era su forma de ser.Hasta que lo vio con Alba.No: sí sabía consentir.Nada más que no a ella.Y, comparado con eso, todo lo que ella había hecho esos dos años para llamar su atención se le hizo patético.Vio cómo los dos entraban juntos a la casa. Se le endureció la cara, sacó el celular y pidió por una app varios paquetes de condones de distintas marcas.Media hora después, vio al repartidor entregarle la bolsa a Marcelo.Entonces volvió a marcarle.Marcelo contestó. Su voz sonó seca, como un reclamo:—¿Qué significa esto?Lo adivinó al instante.Lourdes lo dijo a propósito para asquearlo:—Son de los que te gustan. ¿A poco no soy bien considerada?—Lourdes, que te pongas intensa, va… pero hasta para eso hay límites.Ese tono de quien regaña desde arriba, como si todo le diera igual, fue lo que terminó de hartarla.Después de semanas de sospechas, de pleitos que solo ella peleaba, por fin lo preguntó:—Marcelo… ya van dos años. ¿Tanto te pesa estar casado conmigo?Si no, ¿por qué después de dos años seguía igual, como una piedra?Del otro lado no hubo respuesta. Marcelo ni se dignó a contestar.De pronto, al celular de Lourdes le llegó una notificación.Transferencia recibida.Marcelo le acababa de depositar dos millones de pesos.Y luego, con esa misma voz ligera, dijo:—Lourdes, si estás aburrida, búscate algo que hacer. Cómprate bolsas, vete de viaje, lo que quieras. Pero deja de estar inventando cosas todo el día.Se oyó el corte de la llamada.Lourdes se quedó viendo la pantalla. Le temblaban los dedos sobre el celular y le costaba hasta respirar.Siempre era lo mismo: dinero para callarla.Dijera lo que dijera, hiciera lo que hiciera, era como pegarle a una pared acolchonada. Ni siquiera mandarle condones “para que los usara con otra” lograba sacarle un arranque.---Al final, era simple: no la quería. No le importaba.Esta vez no eligió gritar, ni pelearle de frente.Porque ya no tenía con qué.Una semana antes, el papá de Lourdes le había soltado la bomba: ella no era la heredera de la familia Belén. La habían cambiado al nacer.Años atrás, la mamá de Lourdes y Adriana Espino —el primer amor de Rodolfo Belén— dieron a luz el mismo día en un hospital privado.La mamá de Lourdes tuvo una hemorragia terrible. Su bebé no sobrevivió.Adriana, en cambio, sí tuvo a una niña sana.Y esa niña era, en realidad, hija de Rodolfo y Adriana: una hija fuera del matrimonio.Aprovechando que su esposa estaba bajo anestesia, Rodolfo tomó a la bebé de Adriana y la puso junto a su esposa, con la idea de criarla como parte de los Belén.Pero la mamá de Lourdes despertó por accidente y alcanzó a oírlo. Se enteró de que su hijo había muerto… y de que la bebé a su lado era la hija de otra mujer.Como venganza, sin decir nada, cambió a esa heredera verdadera por el bebé de otra familia.La niña cambiada fue Lourdes.Ese secreto se lo llevó a la tumba. La mamá de Lourdes murió sin confesarlo.Hasta hace poco, cuando la empleada doméstica ordenó sus cosas y encontró el diario donde lo escribió.Aunque fuera “hija fuera del matrimonio”, la otra seguía siendo la heredera real. Estaba perdida por ahí, mientras Lourdes disfrutó veinticuatro años de vida cómoda.Adriana, que antes la trataba con cariño, ahora la odiaba con ganas.Rodolfo no se puso tan extremo, pero fue más frío: le advirtió a Lourdes que, con esa identidad falsa, casarse con Marcelo era “demasiado” para ella. Que dejara de hacer dramas, que se quedara quieta como señora Farias, que hiciera bien su trabajo en el Grupo Farias y que le sacara provecho a esa posición para “pagar” lo que le dieron al criarla.Y, desde que se supo la verdad, ya estaban buscando en privado a su hija biológica.Lourdes, de pronto, era una huérfana sin origen claro.¿Con qué cara iba a seguir haciéndola de tos con Marcelo como antes?***Apenas llegó a casa, le entró una llamada de su suegra, Camila Luzuriaga.Dudó un momento, pero contestó.—¿Señora Camila? ¿Qué pasó?Camila la encaró:—¿Por qué Marcelo no contesta el teléfono?Lourdes se quedó un segundo en silencio y se le dibujó una sonrisa amarga. Seguramente estaba haciendo lo que se le daba la gana… si no, qué desperdicio los condones.Se quitó los zapatos de una patada y, caminando hacia adentro, contestó con cansancio:—No sé. No está conmigo.—Eres su esposa y ni siquiera sabes dónde anda. Lourdes, ¿vas a ponerte las pilas o qué? ¿O ya quieres que otra te quite el lugar de señora Farias?¿Que si no se ponía las pilas?Su vida y su trabajo giraban alrededor de Marcelo, nomás para que él la volteara a ver tantito.Pero él tenía a alguien en la cabeza. Y por más que ella hiciera, no iba a cambiar nada.Lourdes traía la mente hecha un nudo y no tenía ganas de aguantar a Camila.—Está bien. Ahorita lo busco.Colgó y aventó el celular a un lado. Fue al mueble bar, sacó una botella de vino tinto, se sirvió una copa y se la tomó de un jalón.Camila no marcaba por marcar.Seguramente ya sabía lo de Alba… y no quería que Alba se volviera un problema en el matrimonio del “niño” Farias. Por eso la estaba presionando.Lourdes se dejó caer en el sofá, tratando de ordenar su situación.Días atrás, en cuanto su papá supo que no era su hija biológica, le quitó sus acciones, le retiró la dote que le había dejado su mamá… y hasta le recogió la casa que estaba a su nombre. Solo le dejó un BMW de cinco años.Ese carro se lo había regalado su mamá antes de morir, por sus veinte. Se lo dejó como recuerdo.Y, siendo honestos, si no era hija de sangre, que le retiraran el dinero era… lógico.El problema era lo que eso significaba: se quedaba sola.Si no se divorciaba y seguía siendo “señora Farias”, al menos podía vivir bien. Si se divorciaba, se quedaba sin nada.Sin dinero. Sin familia que la respaldara. Y hasta su trabajo como secretaria en el Grupo Farias podía irse al carajo.Decir que no le pesaba sería mentira.Nadie quiere vivir apretado.Pero la pobreza material se aguanta. Tenía manos y pies; no se iba a morir de hambre.Lo que ya no podía era con la miseria de adentro.No iba a soportar décadas de frialdad… y de infidelidades.Con la cabeza llena y el alcohol subiéndole, Lourdes se quedó dormida en el sofá, entre sueños.La despertó el movimiento de que la estaban cargando.Abrió los ojos y vio que Marcelo la estaba subiendo en brazos.---Lourdes recordó de golpe lo que vio en la tarde. Le dio asco. Se revolvió como pudo.—Suéltame.Marcelo ni se inmutó. Entró al cuarto y la aventó sobre la cama grande.—Con cama y todo, y ahí andas tirada. ¿Ahora qué traes?A Lourdes le hervía la sangre cada que lo oía decirle eso. Contestó sin pensar:—El que trae cosas eres tú… y tu familia también.Marcelo la miró desde arriba, helado.—¿No te bastó con fingir que estabas enferma? ¿Ahora sí te quieres enfermar de verdad?Por un segundo, Lourdes creyó que era preocupación.Pero luego recordó la ternura que le vio con Alba y se le pasó.No era preocupación: era su costumbre de regañarla cuando ella “se ponía intensa”.Se sentó en la cama y lo miró de arriba abajo.Marcelo tenía una cara de esas que te atrapan fácil: cejas marcadas, ojos profundos, nariz recta… y un cuerpo alto, firme. Guapo, con dinero y con poder: el tipo de hombre por el que medio San Juan se volvía loco.Cuando Lourdes se enteró de que se iba a casar con él, se emocionó. Le gustaba demasiado.Ya casados, descubrió que él parecía no quererla… y que era frío.Pero ella se decía que no importaba. Con verlo, hasta le daban ganas de echarle más ganas.Así que se puso a coquetearle, a buscarlo, a hacerle escenas pequeñas para que la notara. Creía que, si insistía lo suficiente, algún día él iba a caer.Hasta hoy.Porque hoy entendió que estaba equivocada.Él ya tenía a alguien.Y nunca la iba a amar.Estaba cansada. Ya no quería insistir. Ni quería que él la quisiera.Como ella no decía nada, Marcelo pensó que era celos y aflojó la corbata. Explicó, sin emoción:—Alba y yo solo somos amigos. Tuvo un problema y la ayudé.¿Amigos?De noche, a solas, con esa cercanía… aunque juraran que no pasó nada.Y pensar que ese mes ella y Marcelo habían estado juntos dos veces… Lourdes sintió que traía la piel sucia.Se bajó de la cama, queriendo ir a bañarse.Marcelo la alcanzó, la cargó por la cintura y la regresó. Luego se le fue encima.Lourdes forcejeó. En el movimiento, sin querer, lo rozó en un punto sensible.Marcelo soltó un quejido bajo y le agarró las manos, levantándoselas por encima de la cabeza. La mirada se le oscureció.Esa mirada Lourdes la conocía.Él quería.A Lourdes le rechinaron los dientes.Fuera de la cama, podía tratarla como si no existiera, pero en la cama sí sabía bajar la guardia… y cuando le hablaba bonito, ella siempre terminaba cediendo.Esta vez no.Cuando él bajó para besarla, Lourdes lo frenó con la voz:—Marcelo, si de verdad solo son amigos… entonces ahorita escoge. Entre ella y yo.Los labios de Marcelo quedaron pegados cerca de su oreja, pero se detuvo.El calor del momento se apagó de golpe.A Lourdes se le apretó el pecho. Aun así, se obligó a ser dura.—Si me prometes que ya no vas a verla, te creo.El peso sobre ella se alivió. Marcelo se incorporó y le soltó las manos.Se quedaron mirándose.Los ojos de Lourdes, grandes y claros, lo presionaban, exigiéndole una respuesta.Se hizo un silencio pesado.El tiempo se estiró.No supo si pasó un minuto o solo unos segundos cuando Marcelo habló, frío:—Lourdes, yo tengo mi vida social.Esa frase le cayó como un golpe.Ella aguantó el dolor y sonrió, vacía.—Soy tu esposa. ¿De verdad valgo menos que una “amiga” a la que no veías desde hace dos años?La mirada de Marcelo se puso seria.—Lourdes, antes podía dejarte pasar tus dramas… pero aunque seamos pareja, hay cosas que no puedes exigir así.¿Dejarle pasar? ¿Eso era “consentirla”?En ese punto, ¿qué seguía esperando?Con lo de esa tarde ya estaba claro quién era la que sobraba.Lourdes parpadeó, con los ojos ardiéndole. Se encogió, abrazándose las piernas, y dijo con una calma rara:—Marcelo, vamos a divorciarnos.Al oír “divorcio”, Marcelo ni cambió la cara. Le agarró la barbilla.—Es la tercera vez este mes que sales con eso. Cuando se te pase, avísame.Pensó que era otra amenaza.Lourdes apretó la colcha, terca.—No es amenaza. Lo digo en serio.Marcelo la miró sin emoción.—Entiendo que con lo de tu familia estés mal… pero el divorcio no es cualquier cosa. Si es un impulso, lo voy a dejar pasar.Así que ya lo sabía: que ella no era la heredera.Y aun así, en esa semana, no dijo nada. Ni una palabra para consolarla.Ahora que ella pedía el divorcio, él seguía igual: racional, distante, como si ella estuviera haciendo un berrinche.En ese matrimonio, la única que “vivía” la relación era ella.Hasta el corazón más necio se enfría.Lourdes le apartó la mano.—No es un impulso. Me voy a divorciar.Marcelo se quedó dos segundos mirando esa cara fina y bonita, como si ya no tuviera paciencia. Escupió, sin ganas:—Haz lo que quieras.Agarró el saco que se había quitado y salió azotando la puerta.Al poco rato, se oyó el motor de un carro encendiéndose en el patio.---Capítulo 3A las cinco de la tarde, afuera del jardín de la mansión.Lourdes Belén llevaba diez minutos viendo, a unos metros, cómo su esposo, Marcelo Farias, se portaba demasiado cariñoso con otra mujer.Y a ella sí la conocía.Alba Herrera: compañera de generación en la universidad y, además, la mujer que a Marcelo siempre le había gustado.Dos años atrás, justo antes de que las familias Farias y Belén acordaran el matrimonio, Alba se fue del país de golpe.Y hacía un mes que había regresado.Desde ese día, Marcelo andaba inubicable: salía temprano, volvía tarde.Lourdes sospechó que le estaba poniendo el cuerno. Empezó a checarle horarios, a seguirlo, a reclamarle… y no encontró nada.Hasta esa tarde.Como parte del equipo de secretarias del Grupo Farias, por accidente le cayó en las manos la agenda privada de último minuto de Marcelo.Lo siguió.Y vio esto.En el jardín, Alba estiraba la mano para alcanzar una manzana alta. Saltó varias veces, pero no pudo.Frunció los labios, hizo un puchero con esa cara bonita a la que se le notaba el berrinche, y luego miró a Marcelo con ojitos de “ándale”, pidiéndole que la ayudara.Marcelo sonrió, resignado, y se acercó para bajarle esa manzana.Alba la recibió y le dijo, como si estuviera coqueteando:—Quiero que la pruebes. Mira nada más: bien roja, bien grande… seguro está dulce.Luego volvió a hacer puchero y señaló un poco más arriba.—Y no te rías. De castigo, ayúdame a bajar esa también.Marcelo se quitó el saco y se lo pasó para que lo sostuviera. Se arremangó la camisa blanca.A donde Alba señalaba, él bajaba manzanas.Lourdes, viendo la escena, sacó el celular y le marcó a Marcelo.Él contestó, frío:—¿Qué pasó?Lourdes aspiró por la nariz y, fingiendo la voz ronca, actuó:—Marcelo… me siento mal. Estoy enferma, de verdad me siento horrible. Regresa, ven a acompañarme.Marcelo la cortó sin esfuerzo:—Iker de la Fuente dijo que cuando saliste de la oficina estabas perfectamente bien. Lourdes, ya bájale.Lourdes insistió:—Entonces regresa a cenar conmigo. Si no estás, no puedo comer.Marcelo se negó directo:—En la noche tengo cosas que hacer.Y colgó.Al ver la llamada terminada, Lourdes sintió que se le venía el mundo encima.¿Por qué con ella era así?Cuando ella hacía drama, él la exhibía con una calma insoportable.Cuando Alba lo hacía, él sí se prestaba… y hasta se veía tierno.En esos dos años de casados, Lourdes también había intentado cosas parecidas: decir que se cansaba para que la cargara, fingir que se lastimó la mano para que le diera de comer, obligarlo —a él, que era muy quisquilloso— a probar comida de su plato…Pero él siempre la miraba como si estuviera viendo un show barato, y luego le reventaba la burbuja para que “dejara de hacerla de pedo”.Solo en la cama bajaba tantito la guardia: decía cosas bonitas, se mostraba más suave. Pero en cuanto se levantaban, volvía a ser distante, como si nada.Lourdes pensaba que era su forma de ser.Hasta que lo vio con Alba.No: sí sabía consentir.Nada más que no a ella.Y, comparado con eso, todo lo que ella había hecho esos dos años para llamar su atención se le hizo patético.Vio cómo los dos entraban juntos a la casa. Se le endureció la cara, sacó el celular y pidió por una app varios paquetes de condones de distintas marcas.Media hora después, vio al repartidor entregarle la bolsa a Marcelo.Entonces volvió a marcarle.Marcelo contestó. Su voz sonó seca, como un reclamo:—¿Qué significa esto?Lo adivinó al instante.Lourdes lo dijo a propósito para asquearlo:—Son de los que te gustan. ¿A poco no soy bien considerada?—Lourdes, que te pongas intensa, va… pero hasta para eso hay límites.Ese tono de quien regaña desde arriba, como si todo le diera igual, fue lo que terminó de hartarla.Después de semanas de sospechas, de pleitos que solo ella peleaba, por fin lo preguntó:—Marcelo… ya van dos años. ¿Tanto te pesa estar casado conmigo?Si no, ¿por qué después de dos años seguía igual, como una piedra?Del otro lado no hubo respuesta. Marcelo ni se dignó a contestar.De pronto, al celular de Lourdes le llegó una notificación.Transferencia recibida.Marcelo le acababa de depositar dos millones de pesos.Y luego, con esa misma voz ligera, dijo:—Lourdes, si estás aburrida, búscate algo que hacer. Cómprate bolsas, vete de viaje, lo que quieras. Pero deja de estar inventando cosas todo el día.Se oyó el corte de la llamada.Lourdes se quedó viendo la pantalla. Le temblaban los dedos sobre el celular y le costaba hasta respirar.Siempre era lo mismo: dinero para callarla.Dijera lo que dijera, hiciera lo que hiciera, era como pegarle a una pared acolchonada. Ni siquiera mandarle condones “para que los usara con otra” lograba sacarle un arranque.---Al final, era simple: no la quería. No le importaba.Esta vez no eligió gritar, ni pelearle de frente.Porque ya no tenía con qué.Una semana antes, el papá de Lourdes le había soltado la bomba: ella no era la heredera de la familia Belén. La habían cambiado al nacer.Años atrás, la mamá de Lourdes y Adriana Espino —el primer amor de Rodolfo Belén— dieron a luz el mismo día en un hospital privado.La mamá de Lourdes tuvo una hemorragia terrible. Su bebé no sobrevivió.Adriana, en cambio, sí tuvo a una niña sana.Y esa niña era, en realidad, hija de Rodolfo y Adriana: una hija fuera del matrimonio.Aprovechando que su esposa estaba bajo anestesia, Rodolfo tomó a la bebé de Adriana y la puso junto a su esposa, con la idea de criarla como parte de los Belén.Pero la mamá de Lourdes despertó por accidente y alcanzó a oírlo. Se enteró de que su hijo había muerto… y de que la bebé a su lado era la hija de otra mujer.Como venganza, sin decir nada, cambió a esa heredera verdadera por el bebé de otra familia.La niña cambiada fue Lourdes.Ese secreto se lo llevó a la tumba. La mamá de Lourdes murió sin confesarlo.Hasta hace poco, cuando la empleada doméstica ordenó sus cosas y encontró el diario donde lo escribió.Aunque fuera “hija fuera del matrimonio”, la otra seguía siendo la heredera real. Estaba perdida por ahí, mientras Lourdes disfrutó veinticuatro años de vida cómoda.Adriana, que antes la trataba con cariño, ahora la odiaba con ganas.Rodolfo no se puso tan extremo, pero fue más frío: le advirtió a Lourdes que, con esa identidad falsa, casarse con Marcelo era “demasiado” para ella. Que dejara de hacer dramas, que se quedara quieta como señora Farias, que hiciera bien su trabajo en el Grupo Farias y que le sacara provecho a esa posición para “pagar” lo que le dieron al criarla.Y, desde que se supo la verdad, ya estaban buscando en privado a su hija biológica.Lourdes, de pronto, era una huérfana sin origen claro.¿Con qué cara iba a seguir haciéndola de tos con Marcelo como antes?***Apenas llegó a casa, le entró una llamada de su suegra, Camila Luzuriaga.Dudó un momento, pero contestó.—¿Señora Camila? ¿Qué pasó?Camila la encaró:—¿Por qué Marcelo no contesta el teléfono?Lourdes se quedó un segundo en silencio y se le dibujó una sonrisa amarga. Seguramente estaba haciendo lo que se le daba la gana… si no, qué desperdicio los condones.Se quitó los zapatos de una patada y, caminando hacia adentro, contestó con cansancio:—No sé. No está conmigo.—Eres su esposa y ni siquiera sabes dónde anda. Lourdes, ¿vas a ponerte las pilas o qué? ¿O ya quieres que otra te quite el lugar de señora Farias?¿Que si no se ponía las pilas?Su vida y su trabajo giraban alrededor de Marcelo, nomás para que él la volteara a ver tantito.Pero él tenía a alguien en la cabeza. Y por más que ella hiciera, no iba a cambiar nada.Lourdes traía la mente hecha un nudo y no tenía ganas de aguantar a Camila.—Está bien. Ahorita lo busco.Colgó y aventó el celular a un lado. Fue al mueble bar, sacó una botella de vino tinto, se sirvió una copa y se la tomó de un jalón.Camila no marcaba por marcar.Seguramente ya sabía lo de Alba… y no quería que Alba se volviera un problema en el matrimonio del “niño” Farias. Por eso la estaba presionando.Lourdes se dejó caer en el sofá, tratando de ordenar su situación.Días atrás, en cuanto su papá supo que no era su hija biológica, le quitó sus acciones, le retiró la dote que le había dejado su mamá… y hasta le recogió la casa que estaba a su nombre. Solo le dejó un BMW de cinco años.Ese carro se lo había regalado su mamá antes de morir, por sus veinte. Se lo dejó como recuerdo.Y, siendo honestos, si no era hija de sangre, que le retiraran el dinero era… lógico.El problema era lo que eso significaba: se quedaba sola.Si no se divorciaba y seguía siendo “señora Farias”, al menos podía vivir bien. Si se divorciaba, se quedaba sin nada.Sin dinero. Sin familia que la respaldara. Y hasta su trabajo como secretaria en el Grupo Farias podía irse al carajo.Decir que no le pesaba sería mentira.Nadie quiere vivir apretado.Pero la pobreza material se aguanta. Tenía manos y pies; no se iba a morir de hambre.Lo que ya no podía era con la miseria de adentro.No iba a soportar décadas de frialdad… y de infidelidades.Con la cabeza llena y el alcohol subiéndole, Lourdes se quedó dormida en el sofá, entre sueños.La despertó el movimiento de que la estaban cargando.Abrió los ojos y vio que Marcelo la estaba subiendo en brazos.---Lourdes recordó de golpe lo que vio en la tarde. Le dio asco. Se revolvió como pudo.—Suéltame.Marcelo ni se inmutó. Entró al cuarto y la aventó sobre la cama grande.—Con cama y todo, y ahí andas tirada. ¿Ahora qué traes?A Lourdes le hervía la sangre cada que lo oía decirle eso. Contestó sin pensar:—El que trae cosas eres tú… y tu familia también.Marcelo la miró desde arriba, helado.—¿No te bastó con fingir que estabas enferma? ¿Ahora sí te quieres enfermar de verdad?Por un segundo, Lourdes creyó que era preocupación.Pero luego recordó la ternura que le vio con Alba y se le pasó.No era preocupación: era su costumbre de regañarla cuando ella “se ponía intensa”.Se sentó en la cama y lo miró de arriba abajo.Marcelo tenía una cara de esas que te atrapan fácil: cejas marcadas, ojos profundos, nariz recta… y un cuerpo alto, firme. Guapo, con dinero y con poder: el tipo de hombre por el que medio San Juan se volvía loco.Cuando Lourdes se enteró de que se iba a casar con él, se emocionó. Le gustaba demasiado.Ya casados, descubrió que él parecía no quererla… y que era frío.Pero ella se decía que no importaba. Con verlo, hasta le daban ganas de echarle más ganas.Así que se puso a coquetearle, a buscarlo, a hacerle escenas pequeñas para que la notara. Creía que, si insistía lo suficiente, algún día él iba a caer.Hasta hoy.Porque hoy entendió que estaba equivocada.Él ya tenía a alguien.Y nunca la iba a amar.Estaba cansada. Ya no quería insistir. Ni quería que él la quisiera.Como ella no decía nada, Marcelo pensó que era celos y aflojó la corbata. Explicó, sin emoción:—Alba y yo solo somos amigos. Tuvo un problema y la ayudé.¿Amigos?De noche, a solas, con esa cercanía… aunque juraran que no pasó nada.Y pensar que ese mes ella y Marcelo habían estado juntos dos veces… Lourdes sintió que traía la piel sucia.Se bajó de la cama, queriendo ir a bañarse.Marcelo la alcanzó, la cargó por la cintura y la regresó. Luego se le fue encima.Lourdes forcejeó. En el movimiento, sin querer, lo rozó en un punto sensible.Marcelo soltó un quejido bajo y le agarró las manos, levantándoselas por encima de la cabeza. La mirada se le oscureció.Esa mirada Lourdes la conocía.Él quería.A Lourdes le rechinaron los dientes.Fuera de la cama, podía tratarla como si no existiera, pero en la cama sí sabía bajar la guardia… y cuando le hablaba bonito, ella siempre terminaba cediendo.Esta vez no.Cuando él bajó para besarla, Lourdes lo frenó con la voz:—Marcelo, si de verdad solo son amigos… entonces ahorita escoge. Entre ella y yo.Los labios de Marcelo quedaron pegados cerca de su oreja, pero se detuvo.El calor del momento se apagó de golpe.A Lourdes se le apretó el pecho. Aun así, se obligó a ser dura.—Si me prometes que ya no vas a verla, te creo.El peso sobre ella se alivió. Marcelo se incorporó y le soltó las manos.Se quedaron mirándose.Los ojos de Lourdes, grandes y claros, lo presionaban, exigiéndole una respuesta.Se hizo un silencio pesado.El tiempo se estiró.No supo si pasó un minuto o solo unos segundos cuando Marcelo habló, frío:—Lourdes, yo tengo mi vida social.Esa frase le cayó como un golpe.Ella aguantó el dolor y sonrió, vacía.—Soy tu esposa. ¿De verdad valgo menos que una “amiga” a la que no veías desde hace dos años?La mirada de Marcelo se puso seria.—Lourdes, antes podía dejarte pasar tus dramas… pero aunque seamos pareja, hay cosas que no puedes exigir así.¿Dejarle pasar? ¿Eso era “consentirla”?En ese punto, ¿qué seguía esperando?Con lo de esa tarde ya estaba claro quién era la que sobraba.Lourdes parpadeó, con los ojos ardiéndole. Se encogió, abrazándose las piernas, y dijo con una calma rara:—Marcelo, vamos a divorciarnos.Al oír “divorcio”, Marcelo ni cambió la cara. Le agarró la barbilla.—Es la tercera vez este mes que sales con eso. Cuando se te pase, avísame.Pensó que era otra amenaza.Lourdes apretó la colcha, terca.—No es amenaza. Lo digo en serio.Marcelo la miró sin emoción.—Entiendo que con lo de tu familia estés mal… pero el divorcio no es cualquier cosa. Si es un impulso, lo voy a dejar pasar.Así que ya lo sabía: que ella no era la heredera.Y aun así, en esa semana, no dijo nada. Ni una palabra para consolarla.Ahora que ella pedía el divorcio, él seguía igual: racional, distante, como si ella estuviera haciendo un berrinche.En ese matrimonio, la única que “vivía” la relación era ella.Hasta el corazón más necio se enfría.Lourdes le apartó la mano.—No es un impulso. Me voy a divorciar.Marcelo se quedó dos segundos mirando esa cara fina y bonita, como si ya no tuviera paciencia. Escupió, sin ganas:—Haz lo que quieras.Agarró el saco que se había quitado y salió azotando la puerta.Al poco rato, se oyó el motor de un carro encendiéndose en el patio.---