Capítulo 1—El proyecto de desarrollo de chips de máximo secreto ha sido un éxito rotundo después de cuatro años.—El instituto pronto abrirá la licitación al público. Una vez que salga al mercado, beneficiará a todo el país.—Señorita Jara, como líder principal del proyecto, ya he solicitado un bono de investigación a nivel nacional y un reconocimiento honorífico para usted.—La destacada contribución que ha hecho liderando al equipo todos estos años merece ser recordada por muchos más.***En el elevador rumbo a casa, el rostro habitualmente serio y hermoso de Esperanza Jara mostraba una rara sonrisa de alivio.Estaba impaciente por compartir las buenas noticias con su esposo, Valentín Salinas, e incluso ya había pensado en qué regalo comprarle con el bono.Tenía que ser algo costoso, digno de su puesto como presidente de Grupo Vértice.Aunque Valentín ya se codeaba con la alta sociedad, su estilo de vida era muy modesto; seguían viviendo en el mismo departamento de tres recámaras y una sala al que se mudaron cuando se casaron.Al llegar, notó que la puerta principal estaba entreabierta.Desde adentro se escuchaban las voces de Valentín y de su mejor amigo.—¿Ahora que Carolina Luque regresó, qué vas a hacer con tu mujer?La mano de Esperanza se detuvo justo cuando iba a empujar la puerta.¿Carolina? La experta externa que había llegado a su proyecto hacía quince días se llamaba igual.Qué coincidencia.Adentro, Valentín guardó silencio.—Valentín, no es por nada, pero en todos estos años no has podido olvidar a Carolina, el amor de tu vida. Vives contando los centavos para poder mandarle a escondidas tres millones de pesos al mes para sus investigaciones. Y ahora que regresó con sus estudios terminados, siendo una experta contratada para un proyecto confidencial a nivel nacional... Si la buscas y logras que te pase información sobre la licitación, tu puesto como presidente de Grupo Vértice quedará más que asegurado, nadie te va a poder mover.Esperanza levantó la mirada de golpe, desconcertada.Dudaba de lo que acababa de escuchar.¿Tres millones?Valentín solo le daba tres mil pesos al mes. ¿Cómo era posible que le diera tres millones a otra mujer?Pero la conversación se escuchaba tan clara, cada palabra retumbaba en sus oídos, y Valentín no lo negó.Por un instante, Esperanza sintió que se quedaba sin aire.Valentín se levantó de pronto y miró su reloj.—No quiero ponerla en una situación difícil. Bueno, tengo que ir a recoger a Caro al trabajo. No se preocupen por recoger la mesa, Esperanza lo limpiará cuando llegue.—Oye, Valentín, fíjate en lo buena que es tu mujer. No solo mantiene la casa impecable, sino que también atiende de maravilla a tus papás y a tu hermana. ¿De verdad no sientes nada por ella?Esperanza aguzó el oído y contuvo la respiración.Valentín respondió con frialdad:—A mí nunca me ha gustado el tipo de mujer que solo sirve para ser ama de casa como Esperanza, que se la pasa metida en la cocina y viviendo exclusivamente para complacer a su marido. Siempre me han gustado las mujeres exitosas y brillantes como Caro, enfocadas al cien por ciento en su carrera.Esas palabras se clavaron como puñales en su pecho.Los ojos de Esperanza se llenaron de lágrimas al instante, y la mano que le colgaba a un costado empezó a temblar.—¿Entonces para qué anduviste tras Esperanza? Hasta te casaste con ella.—En aquel entonces, Caro se empeñó en dejarme para irse al extranjero.—¿Y fue solo para darle celos?Valentín se quedó en silencio, otorgando con ello.—¿Así que ahora que Carolina regresó, te vas a divorciar de Esperanza?Valentín volvió a guardar silencio. Después de un largo rato, habló:—Tienes razón, Esperanza me ha cuidado muy bien. En estos dos últimos años no he vuelto a tener problemas de gastritis; ella se encarga de los asuntos de mi mamá y de mi hermana, y nunca me ha dado dolores de cabeza con los problemas de la casa.Valentín no era un heredero de cuna en Grupo Vértice. Había llegado al puesto de presidente a base de romperse el lomo y de tomarse copa tras copa con los clientes, al punto de destrozarse el estómago en sus primeros años.Esperanza, preocupada por él, se levantaba una hora más temprano todos los días para prepararle un desayuno ligero que no le irritara la gastritis, y a las cinco de la tarde regresaba puntual a casa para hacerle de cenar y esperarlo.Si él se quedaba trabajando horas extras, ella le llevaba la comida hasta las oficinas de Grupo Vértice antes de regresar al instituto.Habían estado casados cuatro años, y esa había sido su rutina durante los cuatro años.Valentín continuó:—Pero una mujer tan brillante y talentosa como Caro no debería limitarse a las trivialidades del matrimonio. No tendría el corazón para hacerle eso.¿Cómo era posible que la diferencia entre amar y no amar fuera tan cruelmente clara?Las lágrimas resbalaron incontrolables por sus mejillas, y un sabor amargo y salado se extendió por sus labios.Se escucharon pasos acercándose desde el interior, y Esperanza se escondió rápidamente tras la esquina del pasillo.Solo cuando las voces se alejaron, entró lentamente al departamento. La mesa estaba hecha un desastre.Valentín no la veía como a su esposa, sino como a su sirvienta.Se le quitaron por completo las ganas de recoger. Sintió el cuerpo pesado, sin fuerzas; lo único que quería era dormir.Pero al acostarse en la cama, el sueño no llegó. Las escenas de su pasado juntos desfilaron por su mente.La primera vez que conoció a Valentín, él estaba bajo la lluvia y ella, por casualidad, traía un paraguas.La segunda vez que lo vio, ella corría para alcanzar el camión, y él pasaba en su coche.Después de eso, sus encuentros se volvieron frecuentes.Cuando su mentor falleció, Valentín estuvo a su lado.Cuando visitaba el orfanato, Valentín la acompañaba.Cuando el proyecto se suspendió y ella se quedó sin trabajo, Valentín la abrazó, le dijo que no importaba y le propuso matrimonio.Cuando se convirtió en una oficinista que ganaba apenas cuatro mil pesos, Valentín le acariciaba el cabello con una sonrisa y le decía que eso también era un gran logro.***Fue hasta las dos o tres de la mañana que Esperanza por fin se quedó dormida.A las seis en punto, su reloj biológico la despertó, programado para prepararle el desayuno a su esposo.Abrió los ojos, agotada.El otro lado de la cama estaba frío, y las sábanas del cuarto de visitas estaban intactas.Valentín no había regresado a dormir la noche anterior.Estaba pensando en eso cuando escuchó el sonido de la cerradura electrónica en la puerta.Esperanza volteó.Su esposo entró, le tendió el saco con total naturalidad y se inclinó para abrazarla, pero se detuvo en seco, como si hubiera recordado algo.—Ayer en la cena con mis amigos me impregné de humo y alcohol, mejor no te abrazo.Antes, cada vez que Valentín llegaba de algún compromiso de trabajo, la abrazaba fuerte y le decía que así sentía de verdad que estaba en casa.Con un nudo en la garganta, Esperanza recordó que la última vez que Valentín la había abrazado había sido quince días atrás.Durante esa última quincena, aunque compartían la cama, cada uno dormía por su lado. Ella había pensado que se debía a que estaba muy cansado por el trabajo, y por eso ni siquiera le daba un simple abrazo.Y qué casualidad, Carolina había regresado justo hacía quince días.Todo tenía sentido ahora; las señales siempre estuvieron ahí.Esperanza bajó la mirada; sus largas pestañas ocultaron la tristeza de sus ojos.Valentín se sentó en el sofá y señaló la mesa desordenada.—¿Por qué no recogiste?—Ayer no me sentía bien, llegué y me acosté. —Esperanza percibió un ligero olor a humedad; como era una persona muy limpia, se inclinó para recoger la mesa, mientras añadía—: Cuando termine ya no tendré tiempo de prepararte el desayuno. Pide algo por aplicación para salir del paso.Valentín notó de inmediato que Esperanza actuaba extraño.En sus cuatro años de matrimonio, siempre que él no saliera de viaje, Esperanza le preparaba la comida: al menos un menú completo que no repetía en toda la semana.¿Qué le pasaba esta mañana?—¿Estás enojada porque no vine a dormir anoche? —preguntó de pronto en un tono serio—. Mi amor...Al escuchar que la llamaba así, Esperanza sintió un nudo aún más grande en el pecho.Valentín era un hombre tierno y con facilidad de palabra. Cuando recién formalizaron su relación, él le había susurrado al oído «¿mi esposa?», haciéndola sonrojar, pero ella le prohibió rotundamente que usara ese término antes de casarse.Valentín le hizo caso y no volvió a llamarla así hasta la noche de su boda.Desde entonces, siempre se dirigía a ella con apodos cariñosos.—Ya, mi amor, no te enojes. Mira, te hice caso: aunque era reunión con mis amigos, no tomé nada de alcohol. —Valentín estiró la mano y le acarició la nuca—. Si no quieres hacer el desayuno, no lo hagas. Me voy a bañar.Esperanza soltó un ligero «mhm» sin mirarlo.Valentín frunció el ceño, incapaz de guardarse la duda:—Mi amor, estás muy rara esta mañana.—No dormí bien —respondió ella forzando una sonrisa, urgiéndolo a meterse a la regadera. De pronto, Valentín sacó un pañuelo de seda; solo con ver el logotipo, era evidente que costaba una fortuna.—Lo vi anoche de pasada y te lo compré —dijo el hombre, y se metió al baño.Esperanza se quedó viendo la suave tela por unos instantes. Finalmente, la guardó en su bolsa azul de tela desteñida y se fue a trabajar.El Proyecto Nexo se había detenido un tiempo por el fallecimiento de su mentor. Cuando se reanudó, ella se convirtió en la líder principal. Por protocolos de confidencialidad, la señora Daniela había usado sus contactos para conseguirle un puesto administrativo ficticio en Grupo Córdova como tapadera.Su esposo siempre había creído que ella era una simple oficinista que ganaba cuatro mil pesos al mes.La realidad era que todos los días salía de su casa hacia Grupo Córdova, entraba por la puerta este, cruzaba el inmenso parque tecnológico y salía por la puerta oeste, donde el chofer asignado por el instituto siempre la esperaba.Esperanza pasó todo el día en el laboratorio, con la mente en otro lado. Ya entrada la tarde, el profesor Chávez no pudo evitar preguntarle:—¿Estás molesta por la cena de esta noche con la señorita Luque?—¿Carolina? —Esperanza levantó la vista.El profesor Chávez se sorprendió.—¡Qué milagro que te aprendiste su nombre! Pensé que no le prestabas atención a nadie más que a tu señor esposo. Todos ya la conocieron, ustedes dos son las únicas que faltan. Si no te presentas, vas a quedar como la antisocial del grupo.Esperanza frunció el ceño.Cuando conoció a Valentín, había intuido que él arrastraba el corazón roto, pero nunca supo por quién.Nunca quiso abrirle esa herida, así que jamás le preguntó.Y en esos cuatro años, Valentín tampoco la había mencionado, como si esa persona jamás hubiera existido.Ella pensó que era algo superado. ¿Acaso no todos tenían un pasado?Pero justo el día anterior había descubierto que Valentín no solo no la había olvidado, sino que la apoyaba económicamente a sus espaldas.Esperanza no dijo una palabra.El profesor Chávez apretó los labios, resignado. Sabía que Esperanza no veía con buenos ojos a la señorita Luque. Ese proyecto había sido la obra de vida de su mentor, y ahora también era el suyo. ¿Cómo iba a permitir que alguien cualquiera viniera a meter las manos? Ya era demasiado generoso dejar que alguien más se llevara parte del crédito.¿Y ahora encima le pedían que fuera a cenar con ella?Era pedirle demasiado.Aun así, el profesor Chávez no pudo evitar advertirle:—No deberías faltar a esta; el señor Federico se va a molestar.El señor Federico era el director de más alto rango del instituto y también el abuelo de Carolina.Esperanza se había enterado de ese parentesco por los chismes de su asistente.Nadie en el equipo estaba contento con la llegada repentina de Carolina. Sí, su currículum era excelente, pero ¿quién en ese instituto no lo tenía?Todos se habían partido el lomo durante cuatro años, y el anuncio oficial estaba a solo uno o dos meses de hacerse.Que Carolina entrara de pronto como experta externa, sin haber participado en la investigación, solo para llevarse parte de la gloria, era peor que cuando te obligaban a incluir como coautor a alguien que no había hecho nada en tu tesis.Por esa misma razón, Esperanza tenía prohibido el acceso a la zona de máxima seguridad a los externos, y en cuanto terminaba sus pendientes, se iba directo a su casa. Carolina nunca la había visto en persona.Esperanza miró a través del cristal de espejo hacia el exterior.Vio cómo Carolina se quitaba la bata, se ponía un elegante abrigo de cuero café, se acomodaba el cabello castaño y se colgaba una carísima bolsa blanca de piel de cocodrilo.Era de la misma marca que el pañuelo que Valentín le había dado esa mañana.Instintivamente, Esperanza sacó el pañuelo de su bolso. Algo no cuadraba en su interior.Justo en ese momento, su asistente Teresa entró tras tocar la puerta. Al ver el pañuelo en sus manos, preguntó sorprendida:—Esperanza, ¿usaste tu bono para comprarte una bolsa de esa marca?—No —respondió Esperanza, mirando a la chica con cierta duda, y aclaró—: No tengo bolsa.—Ah, vi el pañuelo y pensé que te habías comprado una. Por lo general, los pañuelos de esa marca son productos que te obligan a llevarte para tener derecho a comprar la bolsa principal —explicó Teresa.—¿Para tener derecho a la compra? —A Esperanza se le encogió el corazón.Como era raro ver a Esperanza interesada en algo que no fuera el trabajo o su esposo, Teresa soltó de corrido todo lo que sabía sobre las reglas ocultas para comprar en esas tiendas de lujo.Esperanza la escuchaba abstraída; su mente solo pensaba en que su esposo no había llegado a dormir y en cómo esa mañana había sacado el pañuelo de su bolsillo sin ninguna caja ni envoltura.Volvió a mirar hacia la dirección por la que se había ido Carolina y murmuró, pensativa:—La bolsa de la señorita Luque se veía muy nueva.—Pues claro, se la compró anoche —intervino Teresa de inmediato.Esperanza clavó la vista en ella.El profesor Chávez también preguntó:—¿Y tú cómo sabes?—A mediodía escuché al señor Federico hablando con la señorita Luque. Él también notó la bolsa y le dijo que cuidara las apariencias. Ella le contestó que se la regaló un amigo anoche, y que no podía despreciar el detalle. —Teresa suspiró—. ¡Una bolsa de más de un millón de pesos! ¿A mí por qué no me tocan amigos así?Esperanza repitió en voz baja la palabra «amigo». Lo mismo le había dicho Valentín esa mañana.Luego preguntó:—Y esa bolsa que trae, ¿viene con un pañuelo de estos como requisito de compra?—Uy, y con muchas cosas más —respondió Teresa—. El pañuelo es solo uno de los artículos extras, aunque claro, también se pueden comprar sueltos.El corazón de Esperanza latía a mil por hora con cada palabra de Teresa.—Profesor Chávez, no voy a ir a la cena de esta noche, surgió un problema en mi casa.El profesor dudó antes de preguntar:—¿Es algo grave?—Muy grave.Sentía que el mundo se le venía abajo.El profesor trató de calmarla:—En ese caso, yo hablo con la señorita Luque. Tú concéntrate en resolver lo de tu casa. El proyecto ya está en su fase final, así que no estamos tan presionados como antes. No es necesario que vengas todos los días; cualquier cosa importante, te llamamos.—De acuerdo. —Esperanza se puso su cubrebocas y salió sola.No se fue a casa, sino que pidió un taxi hacia las oficinas de Grupo Vértice. Inesperadamente, se topó de frente con Valentín.Pero él no la vio.Tal vez porque llevaba el cubrebocas, tal vez porque a esa hora salía demasiada gente del trabajo, o simplemente porque Valentín iba distraído en el celular.Sin embargo, llevaban cuatro años de matrimonio...Valentín pasó justo enfrente de ella.Ella se dio la vuelta y lo siguió. Al acercarse un poco, logró escuchar su conversación.—¿Tienes una cena? ¿Entonces no paso por ti a la salida? —Valentín detuvo su paso.Ella también se detuvo.—Está bien, cuando termines mándame un mensaje y paso por ti. —Valentín dio media vuelta y volvió a pasar al lado de Esperanza.Justo antes de llegar a los elevadores, Valentín se detuvo un instante, pues una silueta familiar cruzó por su mente.Volteó a mirar.—¿Busca algo, director Salinas? —le preguntó su asistente.Valentín negó con la cabeza; seguro le había parecido. A esa hora, Esperanza debía de estar en la cocina de su casa, era imposible que estuviera afuera de la oficina.Como no iba a cenar en casa, decidió mandarle un mensaje a Esperanza para decirle que no cocinara tanto.Sonó una notificación.Esperanza recibió el mensaje y se quedó mirando fijamente la breve línea de texto, sin decir nada.No se fue a casa. Esperó hasta que Valentín bajó de nuevo y se fue; entonces, tomó un taxi y lo siguió.Desde la otra acera, Esperanza vio a Carolina salir por la puerta giratoria, tomar a su esposo del brazo con total naturalidad y subirse a su coche entre risas.Su esposo le estaba abriendo la puerta a otra mujer, y hasta le protegía la cabeza para que no se golpeara. Sus movimientos eran sumamente cuidadosos, y su mirada derrochaba una ternura y un cariño absolutos.Esperanza conocía su lado tierno, pero jamás le había visto esa mirada de devoción, pegada a una mujer como si fuera miel derretida, negándose a apartarla.El auto arrancó frente a ella, levantando polvo.Dentro del coche, Valentín volvió a fruncir el ceño y giró la cabeza para mirar por la ventanilla.—¿Qué miras, Valentín? —preguntó Carolina.—Nada. —Valentín pensó que de seguro no había dormido bien; de lo contrario, no estaría alucinando con ver a Esperanza a cada rato.«¿Estará comiendo bien estando sola?», pensó el hombre, un tanto distraído.En la banqueta, Esperanza se quedó paralizada. Sacó de su bolsa el pañuelo que costaba unos cuatro mil pesos.En cuatro años de matrimonio, ese era el regalo más caro que Valentín le había dado.Y resultó ser solo una compra de relleno.Un artículo que se vio forzado a adquirir para poder regalarle a Carolina una bolsa de un millón.Esperanza clavó sus uñas en las palmas de sus manos a través del pañuelo de seda, como si el dolor físico pudiera adormecer el pinchazo en su corazón.No tuvo tiempo de seguir lamentándose, porque su celular comenzó a sonar de forma insistente.Era Florencia Salinas, la hermana de Valentín.Apenas contestó, escuchó un llanto desgarrador al otro lado:—¡Esperanza, ayúdame!La familia Salinas siempre la había menospreciado por ser huérfana, en especial después de que Valentín alcanzó el éxito laboral. Todo el mundo opinaba que ella no estaba a su altura.Y Florencia, no solo la llamaba por su nombre a secas, sino que la trataba como si fuera su sirvienta.Solo la trataba con un mínimo de respeto cuando se metía en problemas y no se atrevía a contárselo a su hermano.—¿Ahora qué pasó? —preguntó Esperanza con tono monótono.Florencia había atropellado a alguien. La víctima exigía una indemnización y el pago de la cirugía; además, la propia Florencia también estaba herida y hospitalizada.En la llamada, le suplicó mil veces que no le dijera nada a la familia.Esperanza aceptó y corrió hacia el hospital.—¡Por qué te tardaste tanto! Me estoy muriendo de dolor y tú ahí vienes a paso de tortuga.A pesar de haber acudido de buena fe, solo recibió reclamos a diestra y siniestra. Esperanza, incapaz de disimular su molestia, clavó una mirada fría en su cuñada.Florencia se quedó pasmada.¿Qué le pasaba a Esperanza, que siempre era tan obediente con ellos? ¿Cómo se atrevía a mirarla de esa forma?—¿Por qué me ves así? ¿No crees que le voy a decir a mi hermano que me estás maltratando?Al recordar que su hermano mayor la respaldaba, Florencia volvió a adoptar su actitud mandona.Todos sabían que Esperanza amaba a Valentín con locura, que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él y a aguantar el peor de los tratos.—Si no quieres que le vaya con el chisme a mi hermano... —Florencia parpadeó y de pronto esbozó una sonrisa dulce y manipuladora—. Esperanza, me muero de hambre. Tengo antojo de langosta del Caribe, ve a comprármela, ándale.Capítulo 2—El proyecto de desarrollo de chips de máximo secreto ha sido un éxito rotundo después de cuatro años.—El instituto pronto abrirá la licitación al público. Una vez que salga al mercado, beneficiará a todo el país.—Señorita Jara, como líder principal del proyecto, ya he solicitado un bono de investigación a nivel nacional y un reconocimiento honorífico para usted.—La destacada contribución que ha hecho liderando al equipo todos estos años merece ser recordada por muchos más.***En el elevador rumbo a casa, el rostro habitualmente serio y hermoso de Esperanza Jara mostraba una rara sonrisa de alivio.Estaba impaciente por compartir las buenas noticias con su esposo, Valentín Salinas, e incluso ya había pensado en qué regalo comprarle con el bono.Tenía que ser algo costoso, digno de su puesto como presidente de Grupo Vértice.Aunque Valentín ya se codeaba con la alta sociedad, su estilo de vida era muy modesto; seguían viviendo en el mismo departamento de tres recámaras y una sala al que se mudaron cuando se casaron.Al llegar, notó que la puerta principal estaba entreabierta.Desde adentro se escuchaban las voces de Valentín y de su mejor amigo.—¿Ahora que Carolina Luque regresó, qué vas a hacer con tu mujer?La mano de Esperanza se detuvo justo cuando iba a empujar la puerta.¿Carolina? La experta externa que había llegado a su proyecto hacía quince días se llamaba igual.Qué coincidencia.Adentro, Valentín guardó silencio.—Valentín, no es por nada, pero en todos estos años no has podido olvidar a Carolina, el amor de tu vida. Vives contando los centavos para poder mandarle a escondidas tres millones de pesos al mes para sus investigaciones. Y ahora que regresó con sus estudios terminados, siendo una experta contratada para un proyecto confidencial a nivel nacional... Si la buscas y logras que te pase información sobre la licitación, tu puesto como presidente de Grupo Vértice quedará más que asegurado, nadie te va a poder mover.Esperanza levantó la mirada de golpe, desconcertada.Dudaba de lo que acababa de escuchar.¿Tres millones?Valentín solo le daba tres mil pesos al mes. ¿Cómo era posible que le diera tres millones a otra mujer?Pero la conversación se escuchaba tan clara, cada palabra retumbaba en sus oídos, y Valentín no lo negó.Por un instante, Esperanza sintió que se quedaba sin aire.Valentín se levantó de pronto y miró su reloj.—No quiero ponerla en una situación difícil. Bueno, tengo que ir a recoger a Caro al trabajo. No se preocupen por recoger la mesa, Esperanza lo limpiará cuando llegue.—Oye, Valentín, fíjate en lo buena que es tu mujer. No solo mantiene la casa impecable, sino que también atiende de maravilla a tus papás y a tu hermana. ¿De verdad no sientes nada por ella?Esperanza aguzó el oído y contuvo la respiración.Valentín respondió con frialdad:—A mí nunca me ha gustado el tipo de mujer que solo sirve para ser ama de casa como Esperanza, que se la pasa metida en la cocina y viviendo exclusivamente para complacer a su marido. Siempre me han gustado las mujeres exitosas y brillantes como Caro, enfocadas al cien por ciento en su carrera.Esas palabras se clavaron como puñales en su pecho.Los ojos de Esperanza se llenaron de lágrimas al instante, y la mano que le colgaba a un costado empezó a temblar.—¿Entonces para qué anduviste tras Esperanza? Hasta te casaste con ella.—En aquel entonces, Caro se empeñó en dejarme para irse al extranjero.—¿Y fue solo para darle celos?Valentín se quedó en silencio, otorgando con ello.—¿Así que ahora que Carolina regresó, te vas a divorciar de Esperanza?Valentín volvió a guardar silencio. Después de un largo rato, habló:—Tienes razón, Esperanza me ha cuidado muy bien. En estos dos últimos años no he vuelto a tener problemas de gastritis; ella se encarga de los asuntos de mi mamá y de mi hermana, y nunca me ha dado dolores de cabeza con los problemas de la casa.Valentín no era un heredero de cuna en Grupo Vértice. Había llegado al puesto de presidente a base de romperse el lomo y de tomarse copa tras copa con los clientes, al punto de destrozarse el estómago en sus primeros años.Esperanza, preocupada por él, se levantaba una hora más temprano todos los días para prepararle un desayuno ligero que no le irritara la gastritis, y a las cinco de la tarde regresaba puntual a casa para hacerle de cenar y esperarlo.Si él se quedaba trabajando horas extras, ella le llevaba la comida hasta las oficinas de Grupo Vértice antes de regresar al instituto.Habían estado casados cuatro años, y esa había sido su rutina durante los cuatro años.Valentín continuó:—Pero una mujer tan brillante y talentosa como Caro no debería limitarse a las trivialidades del matrimonio. No tendría el corazón para hacerle eso.¿Cómo era posible que la diferencia entre amar y no amar fuera tan cruelmente clara?Las lágrimas resbalaron incontrolables por sus mejillas, y un sabor amargo y salado se extendió por sus labios.Se escucharon pasos acercándose desde el interior, y Esperanza se escondió rápidamente tras la esquina del pasillo.Solo cuando las voces se alejaron, entró lentamente al departamento. La mesa estaba hecha un desastre.Valentín no la veía como a su esposa, sino como a su sirvienta.Se le quitaron por completo las ganas de recoger. Sintió el cuerpo pesado, sin fuerzas; lo único que quería era dormir.Pero al acostarse en la cama, el sueño no llegó. Las escenas de su pasado juntos desfilaron por su mente.La primera vez que conoció a Valentín, él estaba bajo la lluvia y ella, por casualidad, traía un paraguas.La segunda vez que lo vio, ella corría para alcanzar el camión, y él pasaba en su coche.Después de eso, sus encuentros se volvieron frecuentes.Cuando su mentor falleció, Valentín estuvo a su lado.Cuando visitaba el orfanato, Valentín la acompañaba.Cuando el proyecto se suspendió y ella se quedó sin trabajo, Valentín la abrazó, le dijo que no importaba y le propuso matrimonio.Cuando se convirtió en una oficinista que ganaba apenas cuatro mil pesos, Valentín le acariciaba el cabello con una sonrisa y le decía que eso también era un gran logro.***Fue hasta las dos o tres de la mañana que Esperanza por fin se quedó dormida.A las seis en punto, su reloj biológico la despertó, programado para prepararle el desayuno a su esposo.Abrió los ojos, agotada.El otro lado de la cama estaba frío, y las sábanas del cuarto de visitas estaban intactas.Valentín no había regresado a dormir la noche anterior.Estaba pensando en eso cuando escuchó el sonido de la cerradura electrónica en la puerta.Esperanza volteó.Su esposo entró, le tendió el saco con total naturalidad y se inclinó para abrazarla, pero se detuvo en seco, como si hubiera recordado algo.—Ayer en la cena con mis amigos me impregné de humo y alcohol, mejor no te abrazo.Antes, cada vez que Valentín llegaba de algún compromiso de trabajo, la abrazaba fuerte y le decía que así sentía de verdad que estaba en casa.Con un nudo en la garganta, Esperanza recordó que la última vez que Valentín la había abrazado había sido quince días atrás.Durante esa última quincena, aunque compartían la cama, cada uno dormía por su lado. Ella había pensado que se debía a que estaba muy cansado por el trabajo, y por eso ni siquiera le daba un simple abrazo.Y qué casualidad, Carolina había regresado justo hacía quince días.Todo tenía sentido ahora; las señales siempre estuvieron ahí.Esperanza bajó la mirada; sus largas pestañas ocultaron la tristeza de sus ojos.Valentín se sentó en el sofá y señaló la mesa desordenada.—¿Por qué no recogiste?—Ayer no me sentía bien, llegué y me acosté. —Esperanza percibió un ligero olor a humedad; como era una persona muy limpia, se inclinó para recoger la mesa, mientras añadía—: Cuando termine ya no tendré tiempo de prepararte el desayuno. Pide algo por aplicación para salir del paso.Valentín notó de inmediato que Esperanza actuaba extraño.En sus cuatro años de matrimonio, siempre que él no saliera de viaje, Esperanza le preparaba la comida: al menos un menú completo que no repetía en toda la semana.¿Qué le pasaba esta mañana?—¿Estás enojada porque no vine a dormir anoche? —preguntó de pronto en un tono serio—. Mi amor...Al escuchar que la llamaba así, Esperanza sintió un nudo aún más grande en el pecho.Valentín era un hombre tierno y con facilidad de palabra. Cuando recién formalizaron su relación, él le había susurrado al oído «¿mi esposa?», haciéndola sonrojar, pero ella le prohibió rotundamente que usara ese término antes de casarse.Valentín le hizo caso y no volvió a llamarla así hasta la noche de su boda.Desde entonces, siempre se dirigía a ella con apodos cariñosos.—Ya, mi amor, no te enojes. Mira, te hice caso: aunque era reunión con mis amigos, no tomé nada de alcohol. —Valentín estiró la mano y le acarició la nuca—. Si no quieres hacer el desayuno, no lo hagas. Me voy a bañar.Esperanza soltó un ligero «mhm» sin mirarlo.Valentín frunció el ceño, incapaz de guardarse la duda:—Mi amor, estás muy rara esta mañana.—No dormí bien —respondió ella forzando una sonrisa, urgiéndolo a meterse a la regadera. De pronto, Valentín sacó un pañuelo de seda; solo con ver el logotipo, era evidente que costaba una fortuna.—Lo vi anoche de pasada y te lo compré —dijo el hombre, y se metió al baño.Esperanza se quedó viendo la suave tela por unos instantes. Finalmente, la guardó en su bolsa azul de tela desteñida y se fue a trabajar.El Proyecto Nexo se había detenido un tiempo por el fallecimiento de su mentor. Cuando se reanudó, ella se convirtió en la líder principal. Por protocolos de confidencialidad, la señora Daniela había usado sus contactos para conseguirle un puesto administrativo ficticio en Grupo Córdova como tapadera.Su esposo siempre había creído que ella era una simple oficinista que ganaba cuatro mil pesos al mes.La realidad era que todos los días salía de su casa hacia Grupo Córdova, entraba por la puerta este, cruzaba el inmenso parque tecnológico y salía por la puerta oeste, donde el chofer asignado por el instituto siempre la esperaba.Esperanza pasó todo el día en el laboratorio, con la mente en otro lado. Ya entrada la tarde, el profesor Chávez no pudo evitar preguntarle:—¿Estás molesta por la cena de esta noche con la señorita Luque?—¿Carolina? —Esperanza levantó la vista.El profesor Chávez se sorprendió.—¡Qué milagro que te aprendiste su nombre! Pensé que no le prestabas atención a nadie más que a tu señor esposo. Todos ya la conocieron, ustedes dos son las únicas que faltan. Si no te presentas, vas a quedar como la antisocial del grupo.Esperanza frunció el ceño.Cuando conoció a Valentín, había intuido que él arrastraba el corazón roto, pero nunca supo por quién.Nunca quiso abrirle esa herida, así que jamás le preguntó.Y en esos cuatro años, Valentín tampoco la había mencionado, como si esa persona jamás hubiera existido.Ella pensó que era algo superado. ¿Acaso no todos tenían un pasado?Pero justo el día anterior había descubierto que Valentín no solo no la había olvidado, sino que la apoyaba económicamente a sus espaldas.Esperanza no dijo una palabra.El profesor Chávez apretó los labios, resignado. Sabía que Esperanza no veía con buenos ojos a la señorita Luque. Ese proyecto había sido la obra de vida de su mentor, y ahora también era el suyo. ¿Cómo iba a permitir que alguien cualquiera viniera a meter las manos? Ya era demasiado generoso dejar que alguien más se llevara parte del crédito.¿Y ahora encima le pedían que fuera a cenar con ella?Era pedirle demasiado.Aun así, el profesor Chávez no pudo evitar advertirle:—No deberías faltar a esta; el señor Federico se va a molestar.El señor Federico era el director de más alto rango del instituto y también el abuelo de Carolina.Esperanza se había enterado de ese parentesco por los chismes de su asistente.Nadie en el equipo estaba contento con la llegada repentina de Carolina. Sí, su currículum era excelente, pero ¿quién en ese instituto no lo tenía?Todos se habían partido el lomo durante cuatro años, y el anuncio oficial estaba a solo uno o dos meses de hacerse.Que Carolina entrara de pronto como experta externa, sin haber participado en la investigación, solo para llevarse parte de la gloria, era peor que cuando te obligaban a incluir como coautor a alguien que no había hecho nada en tu tesis.Por esa misma razón, Esperanza tenía prohibido el acceso a la zona de máxima seguridad a los externos, y en cuanto terminaba sus pendientes, se iba directo a su casa. Carolina nunca la había visto en persona.Esperanza miró a través del cristal de espejo hacia el exterior.Vio cómo Carolina se quitaba la bata, se ponía un elegante abrigo de cuero café, se acomodaba el cabello castaño y se colgaba una carísima bolsa blanca de piel de cocodrilo.Era de la misma marca que el pañuelo que Valentín le había dado esa mañana.Instintivamente, Esperanza sacó el pañuelo de su bolso. Algo no cuadraba en su interior.Justo en ese momento, su asistente Teresa entró tras tocar la puerta. Al ver el pañuelo en sus manos, preguntó sorprendida:—Esperanza, ¿usaste tu bono para comprarte una bolsa de esa marca?—No —respondió Esperanza, mirando a la chica con cierta duda, y aclaró—: No tengo bolsa.—Ah, vi el pañuelo y pensé que te habías comprado una. Por lo general, los pañuelos de esa marca son productos que te obligan a llevarte para tener derecho a comprar la bolsa principal —explicó Teresa.—¿Para tener derecho a la compra? —A Esperanza se le encogió el corazón.Como era raro ver a Esperanza interesada en algo que no fuera el trabajo o su esposo, Teresa soltó de corrido todo lo que sabía sobre las reglas ocultas para comprar en esas tiendas de lujo.Esperanza la escuchaba abstraída; su mente solo pensaba en que su esposo no había llegado a dormir y en cómo esa mañana había sacado el pañuelo de su bolsillo sin ninguna caja ni envoltura.Volvió a mirar hacia la dirección por la que se había ido Carolina y murmuró, pensativa:—La bolsa de la señorita Luque se veía muy nueva.—Pues claro, se la compró anoche —intervino Teresa de inmediato.Esperanza clavó la vista en ella.El profesor Chávez también preguntó:—¿Y tú cómo sabes?—A mediodía escuché al señor Federico hablando con la señorita Luque. Él también notó la bolsa y le dijo que cuidara las apariencias. Ella le contestó que se la regaló un amigo anoche, y que no podía despreciar el detalle. —Teresa suspiró—. ¡Una bolsa de más de un millón de pesos! ¿A mí por qué no me tocan amigos así?Esperanza repitió en voz baja la palabra «amigo». Lo mismo le había dicho Valentín esa mañana.Luego preguntó:—Y esa bolsa que trae, ¿viene con un pañuelo de estos como requisito de compra?—Uy, y con muchas cosas más —respondió Teresa—. El pañuelo es solo uno de los artículos extras, aunque claro, también se pueden comprar sueltos.El corazón de Esperanza latía a mil por hora con cada palabra de Teresa.—Profesor Chávez, no voy a ir a la cena de esta noche, surgió un problema en mi casa.El profesor dudó antes de preguntar:—¿Es algo grave?—Muy grave.Sentía que el mundo se le venía abajo.El profesor trató de calmarla:—En ese caso, yo hablo con la señorita Luque. Tú concéntrate en resolver lo de tu casa. El proyecto ya está en su fase final, así que no estamos tan presionados como antes. No es necesario que vengas todos los días; cualquier cosa importante, te llamamos.—De acuerdo. —Esperanza se puso su cubrebocas y salió sola.No se fue a casa, sino que pidió un taxi hacia las oficinas de Grupo Vértice. Inesperadamente, se topó de frente con Valentín.Pero él no la vio.Tal vez porque llevaba el cubrebocas, tal vez porque a esa hora salía demasiada gente del trabajo, o simplemente porque Valentín iba distraído en el celular.Sin embargo, llevaban cuatro años de matrimonio...Valentín pasó justo enfrente de ella.Ella se dio la vuelta y lo siguió. Al acercarse un poco, logró escuchar su conversación.—¿Tienes una cena? ¿Entonces no paso por ti a la salida? —Valentín detuvo su paso.Ella también se detuvo.—Está bien, cuando termines mándame un mensaje y paso por ti. —Valentín dio media vuelta y volvió a pasar al lado de Esperanza.Justo antes de llegar a los elevadores, Valentín se detuvo un instante, pues una silueta familiar cruzó por su mente.Volteó a mirar.—¿Busca algo, director Salinas? —le preguntó su asistente.Valentín negó con la cabeza; seguro le había parecido. A esa hora, Esperanza debía de estar en la cocina de su casa, era imposible que estuviera afuera de la oficina.Como no iba a cenar en casa, decidió mandarle un mensaje a Esperanza para decirle que no cocinara tanto.Sonó una notificación.Esperanza recibió el mensaje y se quedó mirando fijamente la breve línea de texto, sin decir nada.No se fue a casa. Esperó hasta que Valentín bajó de nuevo y se fue; entonces, tomó un taxi y lo siguió.Desde la otra acera, Esperanza vio a Carolina salir por la puerta giratoria, tomar a su esposo del brazo con total naturalidad y subirse a su coche entre risas.Su esposo le estaba abriendo la puerta a otra mujer, y hasta le protegía la cabeza para que no se golpeara. Sus movimientos eran sumamente cuidadosos, y su mirada derrochaba una ternura y un cariño absolutos.Esperanza conocía su lado tierno, pero jamás le había visto esa mirada de devoción, pegada a una mujer como si fuera miel derretida, negándose a apartarla.El auto arrancó frente a ella, levantando polvo.Dentro del coche, Valentín volvió a fruncir el ceño y giró la cabeza para mirar por la ventanilla.—¿Qué miras, Valentín? —preguntó Carolina.—Nada. —Valentín pensó que de seguro no había dormido bien; de lo contrario, no estaría alucinando con ver a Esperanza a cada rato.«¿Estará comiendo bien estando sola?», pensó el hombre, un tanto distraído.En la banqueta, Esperanza se quedó paralizada. Sacó de su bolsa el pañuelo que costaba unos cuatro mil pesos.En cuatro años de matrimonio, ese era el regalo más caro que Valentín le había dado.Y resultó ser solo una compra de relleno.Un artículo que se vio forzado a adquirir para poder regalarle a Carolina una bolsa de un millón.Esperanza clavó sus uñas en las palmas de sus manos a través del pañuelo de seda, como si el dolor físico pudiera adormecer el pinchazo en su corazón.No tuvo tiempo de seguir lamentándose, porque su celular comenzó a sonar de forma insistente.Era Florencia Salinas, la hermana de Valentín.Apenas contestó, escuchó un llanto desgarrador al otro lado:—¡Esperanza, ayúdame!La familia Salinas siempre la había menospreciado por ser huérfana, en especial después de que Valentín alcanzó el éxito laboral. Todo el mundo opinaba que ella no estaba a su altura.Y Florencia, no solo la llamaba por su nombre a secas, sino que la trataba como si fuera su sirvienta.Solo la trataba con un mínimo de respeto cuando se metía en problemas y no se atrevía a contárselo a su hermano.—¿Ahora qué pasó? —preguntó Esperanza con tono monótono.Florencia había atropellado a alguien. La víctima exigía una indemnización y el pago de la cirugía; además, la propia Florencia también estaba herida y hospitalizada.En la llamada, le suplicó mil veces que no le dijera nada a la familia.Esperanza aceptó y corrió hacia el hospital.—¡Por qué te tardaste tanto! Me estoy muriendo de dolor y tú ahí vienes a paso de tortuga.A pesar de haber acudido de buena fe, solo recibió reclamos a diestra y siniestra. Esperanza, incapaz de disimular su molestia, clavó una mirada fría en su cuñada.Florencia se quedó pasmada.¿Qué le pasaba a Esperanza, que siempre era tan obediente con ellos? ¿Cómo se atrevía a mirarla de esa forma?—¿Por qué me ves así? ¿No crees que le voy a decir a mi hermano que me estás maltratando?Al recordar que su hermano mayor la respaldaba, Florencia volvió a adoptar su actitud mandona.Todos sabían que Esperanza amaba a Valentín con locura, que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él y a aguantar el peor de los tratos.—Si no quieres que le vaya con el chisme a mi hermano... —Florencia parpadeó y de pronto esbozó una sonrisa dulce y manipuladora—. Esperanza, me muero de hambre. Tengo antojo de langosta del Caribe, ve a comprármela, ándale.Capítulo 3—El proyecto de desarrollo de chips de máximo secreto ha sido un éxito rotundo después de cuatro años.—El instituto pronto abrirá la licitación al público. Una vez que salga al mercado, beneficiará a todo el país.—Señorita Jara, como líder principal del proyecto, ya he solicitado un bono de investigación a nivel nacional y un reconocimiento honorífico para usted.—La destacada contribución que ha hecho liderando al equipo todos estos años merece ser recordada por muchos más.***En el elevador rumbo a casa, el rostro habitualmente serio y hermoso de Esperanza Jara mostraba una rara sonrisa de alivio.Estaba impaciente por compartir las buenas noticias con su esposo, Valentín Salinas, e incluso ya había pensado en qué regalo comprarle con el bono.Tenía que ser algo costoso, digno de su puesto como presidente de Grupo Vértice.Aunque Valentín ya se codeaba con la alta sociedad, su estilo de vida era muy modesto; seguían viviendo en el mismo departamento de tres recámaras y una sala al que se mudaron cuando se casaron.Al llegar, notó que la puerta principal estaba entreabierta.Desde adentro se escuchaban las voces de Valentín y de su mejor amigo.—¿Ahora que Carolina Luque regresó, qué vas a hacer con tu mujer?La mano de Esperanza se detuvo justo cuando iba a empujar la puerta.¿Carolina? La experta externa que había llegado a su proyecto hacía quince días se llamaba igual.Qué coincidencia.Adentro, Valentín guardó silencio.—Valentín, no es por nada, pero en todos estos años no has podido olvidar a Carolina, el amor de tu vida. Vives contando los centavos para poder mandarle a escondidas tres millones de pesos al mes para sus investigaciones. Y ahora que regresó con sus estudios terminados, siendo una experta contratada para un proyecto confidencial a nivel nacional... Si la buscas y logras que te pase información sobre la licitación, tu puesto como presidente de Grupo Vértice quedará más que asegurado, nadie te va a poder mover.Esperanza levantó la mirada de golpe, desconcertada.Dudaba de lo que acababa de escuchar.¿Tres millones?Valentín solo le daba tres mil pesos al mes. ¿Cómo era posible que le diera tres millones a otra mujer?Pero la conversación se escuchaba tan clara, cada palabra retumbaba en sus oídos, y Valentín no lo negó.Por un instante, Esperanza sintió que se quedaba sin aire.Valentín se levantó de pronto y miró su reloj.—No quiero ponerla en una situación difícil. Bueno, tengo que ir a recoger a Caro al trabajo. No se preocupen por recoger la mesa, Esperanza lo limpiará cuando llegue.—Oye, Valentín, fíjate en lo buena que es tu mujer. No solo mantiene la casa impecable, sino que también atiende de maravilla a tus papás y a tu hermana. ¿De verdad no sientes nada por ella?Esperanza aguzó el oído y contuvo la respiración.Valentín respondió con frialdad:—A mí nunca me ha gustado el tipo de mujer que solo sirve para ser ama de casa como Esperanza, que se la pasa metida en la cocina y viviendo exclusivamente para complacer a su marido. Siempre me han gustado las mujeres exitosas y brillantes como Caro, enfocadas al cien por ciento en su carrera.Esas palabras se clavaron como puñales en su pecho.Los ojos de Esperanza se llenaron de lágrimas al instante, y la mano que le colgaba a un costado empezó a temblar.—¿Entonces para qué anduviste tras Esperanza? Hasta te casaste con ella.—En aquel entonces, Caro se empeñó en dejarme para irse al extranjero.—¿Y fue solo para darle celos?Valentín se quedó en silencio, otorgando con ello.—¿Así que ahora que Carolina regresó, te vas a divorciar de Esperanza?Valentín volvió a guardar silencio. Después de un largo rato, habló:—Tienes razón, Esperanza me ha cuidado muy bien. En estos dos últimos años no he vuelto a tener problemas de gastritis; ella se encarga de los asuntos de mi mamá y de mi hermana, y nunca me ha dado dolores de cabeza con los problemas de la casa.Valentín no era un heredero de cuna en Grupo Vértice. Había llegado al puesto de presidente a base de romperse el lomo y de tomarse copa tras copa con los clientes, al punto de destrozarse el estómago en sus primeros años.Esperanza, preocupada por él, se levantaba una hora más temprano todos los días para prepararle un desayuno ligero que no le irritara la gastritis, y a las cinco de la tarde regresaba puntual a casa para hacerle de cenar y esperarlo.Si él se quedaba trabajando horas extras, ella le llevaba la comida hasta las oficinas de Grupo Vértice antes de regresar al instituto.Habían estado casados cuatro años, y esa había sido su rutina durante los cuatro años.Valentín continuó:—Pero una mujer tan brillante y talentosa como Caro no debería limitarse a las trivialidades del matrimonio. No tendría el corazón para hacerle eso.¿Cómo era posible que la diferencia entre amar y no amar fuera tan cruelmente clara?Las lágrimas resbalaron incontrolables por sus mejillas, y un sabor amargo y salado se extendió por sus labios.Se escucharon pasos acercándose desde el interior, y Esperanza se escondió rápidamente tras la esquina del pasillo.Solo cuando las voces se alejaron, entró lentamente al departamento. La mesa estaba hecha un desastre.Valentín no la veía como a su esposa, sino como a su sirvienta.Se le quitaron por completo las ganas de recoger. Sintió el cuerpo pesado, sin fuerzas; lo único que quería era dormir.Pero al acostarse en la cama, el sueño no llegó. Las escenas de su pasado juntos desfilaron por su mente.La primera vez que conoció a Valentín, él estaba bajo la lluvia y ella, por casualidad, traía un paraguas.La segunda vez que lo vio, ella corría para alcanzar el camión, y él pasaba en su coche.Después de eso, sus encuentros se volvieron frecuentes.Cuando su mentor falleció, Valentín estuvo a su lado.Cuando visitaba el orfanato, Valentín la acompañaba.Cuando el proyecto se suspendió y ella se quedó sin trabajo, Valentín la abrazó, le dijo que no importaba y le propuso matrimonio.Cuando se convirtió en una oficinista que ganaba apenas cuatro mil pesos, Valentín le acariciaba el cabello con una sonrisa y le decía que eso también era un gran logro.***Fue hasta las dos o tres de la mañana que Esperanza por fin se quedó dormida.A las seis en punto, su reloj biológico la despertó, programado para prepararle el desayuno a su esposo.Abrió los ojos, agotada.El otro lado de la cama estaba frío, y las sábanas del cuarto de visitas estaban intactas.Valentín no había regresado a dormir la noche anterior.Estaba pensando en eso cuando escuchó el sonido de la cerradura electrónica en la puerta.Esperanza volteó.Su esposo entró, le tendió el saco con total naturalidad y se inclinó para abrazarla, pero se detuvo en seco, como si hubiera recordado algo.—Ayer en la cena con mis amigos me impregné de humo y alcohol, mejor no te abrazo.Antes, cada vez que Valentín llegaba de algún compromiso de trabajo, la abrazaba fuerte y le decía que así sentía de verdad que estaba en casa.Con un nudo en la garganta, Esperanza recordó que la última vez que Valentín la había abrazado había sido quince días atrás.Durante esa última quincena, aunque compartían la cama, cada uno dormía por su lado. Ella había pensado que se debía a que estaba muy cansado por el trabajo, y por eso ni siquiera le daba un simple abrazo.Y qué casualidad, Carolina había regresado justo hacía quince días.Todo tenía sentido ahora; las señales siempre estuvieron ahí.Esperanza bajó la mirada; sus largas pestañas ocultaron la tristeza de sus ojos.Valentín se sentó en el sofá y señaló la mesa desordenada.—¿Por qué no recogiste?—Ayer no me sentía bien, llegué y me acosté. —Esperanza percibió un ligero olor a humedad; como era una persona muy limpia, se inclinó para recoger la mesa, mientras añadía—: Cuando termine ya no tendré tiempo de prepararte el desayuno. Pide algo por aplicación para salir del paso.Valentín notó de inmediato que Esperanza actuaba extraño.En sus cuatro años de matrimonio, siempre que él no saliera de viaje, Esperanza le preparaba la comida: al menos un menú completo que no repetía en toda la semana.¿Qué le pasaba esta mañana?—¿Estás enojada porque no vine a dormir anoche? —preguntó de pronto en un tono serio—. Mi amor...Al escuchar que la llamaba así, Esperanza sintió un nudo aún más grande en el pecho.Valentín era un hombre tierno y con facilidad de palabra. Cuando recién formalizaron su relación, él le había susurrado al oído «¿mi esposa?», haciéndola sonrojar, pero ella le prohibió rotundamente que usara ese término antes de casarse.Valentín le hizo caso y no volvió a llamarla así hasta la noche de su boda.Desde entonces, siempre se dirigía a ella con apodos cariñosos.—Ya, mi amor, no te enojes. Mira, te hice caso: aunque era reunión con mis amigos, no tomé nada de alcohol. —Valentín estiró la mano y le acarició la nuca—. Si no quieres hacer el desayuno, no lo hagas. Me voy a bañar.Esperanza soltó un ligero «mhm» sin mirarlo.Valentín frunció el ceño, incapaz de guardarse la duda:—Mi amor, estás muy rara esta mañana.—No dormí bien —respondió ella forzando una sonrisa, urgiéndolo a meterse a la regadera. De pronto, Valentín sacó un pañuelo de seda; solo con ver el logotipo, era evidente que costaba una fortuna.—Lo vi anoche de pasada y te lo compré —dijo el hombre, y se metió al baño.Esperanza se quedó viendo la suave tela por unos instantes. Finalmente, la guardó en su bolsa azul de tela desteñida y se fue a trabajar.El Proyecto Nexo se había detenido un tiempo por el fallecimiento de su mentor. Cuando se reanudó, ella se convirtió en la líder principal. Por protocolos de confidencialidad, la señora Daniela había usado sus contactos para conseguirle un puesto administrativo ficticio en Grupo Córdova como tapadera.Su esposo siempre había creído que ella era una simple oficinista que ganaba cuatro mil pesos al mes.La realidad era que todos los días salía de su casa hacia Grupo Córdova, entraba por la puerta este, cruzaba el inmenso parque tecnológico y salía por la puerta oeste, donde el chofer asignado por el instituto siempre la esperaba.Esperanza pasó todo el día en el laboratorio, con la mente en otro lado. Ya entrada la tarde, el profesor Chávez no pudo evitar preguntarle:—¿Estás molesta por la cena de esta noche con la señorita Luque?—¿Carolina? —Esperanza levantó la vista.El profesor Chávez se sorprendió.—¡Qué milagro que te aprendiste su nombre! Pensé que no le prestabas atención a nadie más que a tu señor esposo. Todos ya la conocieron, ustedes dos son las únicas que faltan. Si no te presentas, vas a quedar como la antisocial del grupo.Esperanza frunció el ceño.Cuando conoció a Valentín, había intuido que él arrastraba el corazón roto, pero nunca supo por quién.Nunca quiso abrirle esa herida, así que jamás le preguntó.Y en esos cuatro años, Valentín tampoco la había mencionado, como si esa persona jamás hubiera existido.Ella pensó que era algo superado. ¿Acaso no todos tenían un pasado?Pero justo el día anterior había descubierto que Valentín no solo no la había olvidado, sino que la apoyaba económicamente a sus espaldas.Esperanza no dijo una palabra.El profesor Chávez apretó los labios, resignado. Sabía que Esperanza no veía con buenos ojos a la señorita Luque. Ese proyecto había sido la obra de vida de su mentor, y ahora también era el suyo. ¿Cómo iba a permitir que alguien cualquiera viniera a meter las manos? Ya era demasiado generoso dejar que alguien más se llevara parte del crédito.¿Y ahora encima le pedían que fuera a cenar con ella?Era pedirle demasiado.Aun así, el profesor Chávez no pudo evitar advertirle:—No deberías faltar a esta; el señor Federico se va a molestar.El señor Federico era el director de más alto rango del instituto y también el abuelo de Carolina.Esperanza se había enterado de ese parentesco por los chismes de su asistente.Nadie en el equipo estaba contento con la llegada repentina de Carolina. Sí, su currículum era excelente, pero ¿quién en ese instituto no lo tenía?Todos se habían partido el lomo durante cuatro años, y el anuncio oficial estaba a solo uno o dos meses de hacerse.Que Carolina entrara de pronto como experta externa, sin haber participado en la investigación, solo para llevarse parte de la gloria, era peor que cuando te obligaban a incluir como coautor a alguien que no había hecho nada en tu tesis.Por esa misma razón, Esperanza tenía prohibido el acceso a la zona de máxima seguridad a los externos, y en cuanto terminaba sus pendientes, se iba directo a su casa. Carolina nunca la había visto en persona.Esperanza miró a través del cristal de espejo hacia el exterior.Vio cómo Carolina se quitaba la bata, se ponía un elegante abrigo de cuero café, se acomodaba el cabello castaño y se colgaba una carísima bolsa blanca de piel de cocodrilo.Era de la misma marca que el pañuelo que Valentín le había dado esa mañana.Instintivamente, Esperanza sacó el pañuelo de su bolso. Algo no cuadraba en su interior.Justo en ese momento, su asistente Teresa entró tras tocar la puerta. Al ver el pañuelo en sus manos, preguntó sorprendida:—Esperanza, ¿usaste tu bono para comprarte una bolsa de esa marca?—No —respondió Esperanza, mirando a la chica con cierta duda, y aclaró—: No tengo bolsa.—Ah, vi el pañuelo y pensé que te habías comprado una. Por lo general, los pañuelos de esa marca son productos que te obligan a llevarte para tener derecho a comprar la bolsa principal —explicó Teresa.—¿Para tener derecho a la compra? —A Esperanza se le encogió el corazón.Como era raro ver a Esperanza interesada en algo que no fuera el trabajo o su esposo, Teresa soltó de corrido todo lo que sabía sobre las reglas ocultas para comprar en esas tiendas de lujo.Esperanza la escuchaba abstraída; su mente solo pensaba en que su esposo no había llegado a dormir y en cómo esa mañana había sacado el pañuelo de su bolsillo sin ninguna caja ni envoltura.Volvió a mirar hacia la dirección por la que se había ido Carolina y murmuró, pensativa:—La bolsa de la señorita Luque se veía muy nueva.—Pues claro, se la compró anoche —intervino Teresa de inmediato.Esperanza clavó la vista en ella.El profesor Chávez también preguntó:—¿Y tú cómo sabes?—A mediodía escuché al señor Federico hablando con la señorita Luque. Él también notó la bolsa y le dijo que cuidara las apariencias. Ella le contestó que se la regaló un amigo anoche, y que no podía despreciar el detalle. —Teresa suspiró—. ¡Una bolsa de más de un millón de pesos! ¿A mí por qué no me tocan amigos así?Esperanza repitió en voz baja la palabra «amigo». Lo mismo le había dicho Valentín esa mañana.Luego preguntó:—Y esa bolsa que trae, ¿viene con un pañuelo de estos como requisito de compra?—Uy, y con muchas cosas más —respondió Teresa—. El pañuelo es solo uno de los artículos extras, aunque claro, también se pueden comprar sueltos.El corazón de Esperanza latía a mil por hora con cada palabra de Teresa.—Profesor Chávez, no voy a ir a la cena de esta noche, surgió un problema en mi casa.El profesor dudó antes de preguntar:—¿Es algo grave?—Muy grave.Sentía que el mundo se le venía abajo.El profesor trató de calmarla:—En ese caso, yo hablo con la señorita Luque. Tú concéntrate en resolver lo de tu casa. El proyecto ya está en su fase final, así que no estamos tan presionados como antes. No es necesario que vengas todos los días; cualquier cosa importante, te llamamos.—De acuerdo. —Esperanza se puso su cubrebocas y salió sola.No se fue a casa, sino que pidió un taxi hacia las oficinas de Grupo Vértice. Inesperadamente, se topó de frente con Valentín.Pero él no la vio.Tal vez porque llevaba el cubrebocas, tal vez porque a esa hora salía demasiada gente del trabajo, o simplemente porque Valentín iba distraído en el celular.Sin embargo, llevaban cuatro años de matrimonio...Valentín pasó justo enfrente de ella.Ella se dio la vuelta y lo siguió. Al acercarse un poco, logró escuchar su conversación.—¿Tienes una cena? ¿Entonces no paso por ti a la salida? —Valentín detuvo su paso.Ella también se detuvo.—Está bien, cuando termines mándame un mensaje y paso por ti. —Valentín dio media vuelta y volvió a pasar al lado de Esperanza.Justo antes de llegar a los elevadores, Valentín se detuvo un instante, pues una silueta familiar cruzó por su mente.Volteó a mirar.—¿Busca algo, director Salinas? —le preguntó su asistente.Valentín negó con la cabeza; seguro le había parecido. A esa hora, Esperanza debía de estar en la cocina de su casa, era imposible que estuviera afuera de la oficina.Como no iba a cenar en casa, decidió mandarle un mensaje a Esperanza para decirle que no cocinara tanto.Sonó una notificación.Esperanza recibió el mensaje y se quedó mirando fijamente la breve línea de texto, sin decir nada.No se fue a casa. Esperó hasta que Valentín bajó de nuevo y se fue; entonces, tomó un taxi y lo siguió.Desde la otra acera, Esperanza vio a Carolina salir por la puerta giratoria, tomar a su esposo del brazo con total naturalidad y subirse a su coche entre risas.Su esposo le estaba abriendo la puerta a otra mujer, y hasta le protegía la cabeza para que no se golpeara. Sus movimientos eran sumamente cuidadosos, y su mirada derrochaba una ternura y un cariño absolutos.Esperanza conocía su lado tierno, pero jamás le había visto esa mirada de devoción, pegada a una mujer como si fuera miel derretida, negándose a apartarla.El auto arrancó frente a ella, levantando polvo.Dentro del coche, Valentín volvió a fruncir el ceño y giró la cabeza para mirar por la ventanilla.—¿Qué miras, Valentín? —preguntó Carolina.—Nada. —Valentín pensó que de seguro no había dormido bien; de lo contrario, no estaría alucinando con ver a Esperanza a cada rato.«¿Estará comiendo bien estando sola?», pensó el hombre, un tanto distraído.En la banqueta, Esperanza se quedó paralizada. Sacó de su bolsa el pañuelo que costaba unos cuatro mil pesos.En cuatro años de matrimonio, ese era el regalo más caro que Valentín le había dado.Y resultó ser solo una compra de relleno.Un artículo que se vio forzado a adquirir para poder regalarle a Carolina una bolsa de un millón.Esperanza clavó sus uñas en las palmas de sus manos a través del pañuelo de seda, como si el dolor físico pudiera adormecer el pinchazo en su corazón.No tuvo tiempo de seguir lamentándose, porque su celular comenzó a sonar de forma insistente.Era Florencia Salinas, la hermana de Valentín.Apenas contestó, escuchó un llanto desgarrador al otro lado:—¡Esperanza, ayúdame!La familia Salinas siempre la había menospreciado por ser huérfana, en especial después de que Valentín alcanzó el éxito laboral. Todo el mundo opinaba que ella no estaba a su altura.Y Florencia, no solo la llamaba por su nombre a secas, sino que la trataba como si fuera su sirvienta.Solo la trataba con un mínimo de respeto cuando se metía en problemas y no se atrevía a contárselo a su hermano.—¿Ahora qué pasó? —preguntó Esperanza con tono monótono.Florencia había atropellado a alguien. La víctima exigía una indemnización y el pago de la cirugía; además, la propia Florencia también estaba herida y hospitalizada.En la llamada, le suplicó mil veces que no le dijera nada a la familia.Esperanza aceptó y corrió hacia el hospital.—¡Por qué te tardaste tanto! Me estoy muriendo de dolor y tú ahí vienes a paso de tortuga.A pesar de haber acudido de buena fe, solo recibió reclamos a diestra y siniestra. Esperanza, incapaz de disimular su molestia, clavó una mirada fría en su cuñada.Florencia se quedó pasmada.¿Qué le pasaba a Esperanza, que siempre era tan obediente con ellos? ¿Cómo se atrevía a mirarla de esa forma?—¿Por qué me ves así? ¿No crees que le voy a decir a mi hermano que me estás maltratando?Al recordar que su hermano mayor la respaldaba, Florencia volvió a adoptar su actitud mandona.Todos sabían que Esperanza amaba a Valentín con locura, que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él y a aguantar el peor de los tratos.—Si no quieres que le vaya con el chisme a mi hermano... —Florencia parpadeó y de pronto esbozó una sonrisa dulce y manipuladora—. Esperanza, me muero de hambre. Tengo antojo de langosta del Caribe, ve a comprármela, ándale.