Lourdes Mayén llegó a la vida de Tristán Carranza como un regalo: el consuelo perfecto por ser el sustituto perfecto de su primer amor perdido. Pero Lourdes Mayén tenía sus propios planes. Cuando la amada de Tristán regresó, Lourdes no dudó: cobró su "indemnización", ella aseguró su futuro quedando embarazada y cobrando una fortuna, desapareció sin dejar rastro. Cuatro años después, Tristán la acorrala en un pequeño pueblo, furioso al ver al niño en sus brazos. "¿Qué te hace pensar que tienes derecho a ser la madre de mi hijo?", pregunta él. Lourdes, lejos de la chica sumisa que él recordaba, se encoge de hombros: "Bueno, ya nació. No puedo volver a meterlo". Lo que Tristán no sospecha es que ese reencuentro no fue casualidad; ella lo planeó todo. De vuelta en su puesto como esposa de Tristán, Lourdes lo manipula sin piedad, hasta que en una crisis mortal, él confiesa la verdad: "Siempre supe tu juego, y siempre quise jugarlo".

Capítulo 1Lourdes Mayén acababa de regresar a su oficina cuando recibió fotos en alta resolución de su esposo, Tristán Carranza, junto a Ivana Barreto. Las fotos eran anónimas y no había ningún chisme en internet. La provocación era evidente; no hacía falta decir quién las había enviado. Tras pensarlo un poco, llamó a Tristán.El celular sonó un buen rato antes de que él contestara. Se escuchaba mucho silencio de fondo, señal de que se había alejado de los demás.—¿Te eché a perder la fiesta llamándote a esta hora? —preguntó Lourdes con un tono indiferente, pero manteniendo cierta cortesía.—¿Qué pasa? —respondió Tristán con frialdad.—La policía me acaba de avisar que atraparon al que robó mi tarjeta negra. Como tú eres el titular, necesitas ir en persona.—Eres mi esposa, tienes toda la autoridad para resolverlo.Lourdes frunció el ceño y su voz se suavizó de golpe:—El que robó la tarjeta fue Matías Ibarra.Matías era su exnovio, un ludópata con tendencias violentas. A Lourdes le había costado muchísimo trabajo acercarse a Tristán en aquel entonces. Tristán tampoco era una perita en dulce; le había tendido una trampa en el casino y le había cortado dos dedos a Matías. Después de eso, Matías desapareció, hasta que hace poco volvió a dar la cara para amenazar a Lourdes.Oasis Capital estaba en su mejor momento, y además, Tristán estaba a punto de regresar a la familia Carranza. En un momento tan crítico, cualquier escándalo le jugaría en contra.—Voy para allá —dijo él.—Pásame la dirección, yo paso por ti —ofreció Lourdes mientras tomaba las llaves del coche y se ponía de pie.Tristán no se opuso y le dio la dirección.Una hora más tarde, la animada fiesta en la mansión se vio interrumpida por la repentina llegada de Lourdes.Todos los presentes eran amigos del círculo de Tristán, aunque había algunas caras nuevas. Sin embargo, todos conocían a Lourdes; a fin de cuentas, siempre acompañaba a Tristán en cualquier evento público.En ese momento, Ivana, que era el centro de atención, vio aparecer a Lourdes y su radiante sonrisa se congeló.Lourdes le lanzó una mirada que fingía disculpa y luego fijó sus ojos en Tristán, que estaba a su lado.—Tristán —lo llamó con voz dulce.—Tengo un asunto que atender hoy, pero ellos se quedarán contigo hasta el final —le explicó Tristán a Ivana, girando la cabeza.Ivana mantuvo la compostura, asintiendo con una sonrisa, mientras veía impotente cómo Tristán caminaba hacia Lourdes.—Vámonos.—Espera, le traje un regalo a la señorita Barreto. —Lourdes caminó directo hacia Ivana, sacó un estuche azul oscuro para collares y se lo entregó—. Es un pequeño detalle. Bienvenida a casa, señorita Barreto.En el lugar se hizo un silencio sepulcral, solo se escuchaba la respiración de los invitados. Lourdes se parecía bastante a Ivana, y todos los presentes sabían que Tristán se había fijado en Lourdes justamente por esa cara. Hablando en plata, Lourdes era solo un reemplazo.—Gracias. —Ivana aceptó el regalo apretando los dientes.Lourdes la abrazó suavemente y le susurró al oído:—Ya ves que todavía puedo llevarme a mi marido. Ivana, el que es inteligente sabe cuándo retirarse.Su tono helado era completamente distinto a la voz dulce con la que acababa de llamar a Tristán.Ivana palideció. Había sido un error de cálculo no investigar bien a Lourdes antes de regresar. Nunca imaginó que ella se presentaría en persona para llevarse a Tristán, y mucho menos que él realmente la seguiría.Al salir de la mansión, Lourdes puso el GPS directo a la delegación.Tristán, sentado en el asiento del copiloto, no dejaba de mirarla. En sus labios se asomaba una sonrisa intrigada; lo que acababa de hacer era la mayor locura desde que se habían casado.—¿Te enojaste, Lourdes?—Para nada. Si no fuera algo urgente, no los habría interrumpido —se rio Lourdes con suavidad, manteniendo su fachada de arrepentimiento.El rostro frío de Tristán no mostró ninguna otra emoción, y no cruzaron ni una palabra más.Al llegar a la delegación, Lourdes vio a lo lejos a Matías, esposado y sentado junto a la pared.En cuanto la vio, Matías dio un brinco, alterado, y le clavó una mirada cargada de furia y resentimiento.—¡Esta tarjeta me la dio ella, no la robé! ¡Es mi exnovia...!Lourdes caminaba al lado de Tristán, luciendo dócil y tranquila. Le sostuvo la mirada con una expresión de total inocencia cuando él bajó la vista hacia ella.—No es cierto, está mintiendo. Jamás le daría mi tarjeta.—Señor Carranza, ya recuperamos la tarjeta, pero gastó cien mil pesos que por el momento no se pueden recuperar —dijo el policía, lanzándole una mirada de sospecha a Lourdes—.El asunto sigue bajo investigación. Como la señora Lourdes Mayén está involucrada, tendrá que responder algunas preguntas.Tristán le dio unas suaves palmadas en la cintura a Lourdes:—Si es así, entonces coopera con las autoridades.Luego, Lourdes siguió a un oficial a otra sala.Cuando la mirada gélida de Tristán se posó sobre el alterado Matías, este se calló en un segundo. La mano donde le faltaban los dedos empezó a punzarle de forma inexplicable.Una hora después, Lourdes salió.Con la última pieza de evidencia en su lugar, el destino de Matías estaba prácticamente sellado.—¡Lourdes! ¿Se te olvida cuántas fotos tuyas tengo? ¡¿Cómo te atreves a hacerme esto?! —le gritó Matías, fuera de sí, mientras los policías se lo llevaban.Lourdes miró al oficial frente a ella:—En estas circunstancias, podemos presentar cargos, ¿verdad?—Por supuesto, están en todo su derecho.Y así, el asunto de Matías quedó resuelto.Ambos regresaron al coche, y Tristán le sujetó la mano que ella tenía sobre el volante.—La extorsión solo le dará unos cuantos años en la cárcel, volverá a salir. ¿Era realmente necesario llegar a esto?—Estás a punto de regresar a la familia Carranza. En un momento así, Matías suelto solo traería problemas. —Lourdes bajó la mirada para ocultar la frialdad en sus ojos.—¿Y qué va a pasar en unos años? ¿Esperas que yo siga limpiando tu desastre?Lourdes esbozó una sonrisa amarga:—Quizás para entonces ya estemos divorciados. De todos modos, este lugar siempre le perteneció a Ivana.Un silencio pesado inundó el estrecho espacio del coche.Tristán se recargó en el asiento y la miró de reojo; una ráfaga de hielo cruzó por su mirada.—Vaya, sí que piensas en todo por mí.—No puedo aferrarme a lo que no es mío. Además, estos años a tu lado me has dado una buena vida. Lo menos que puedo hacer es agradecértelo.Las palabras de Lourdes tenían toda la lógica del mundo, pero a Tristán le provocaron una extraña molestia.En sus cinco años de matrimonio, Lourdes siempre había sabido cuál era su lugar. En el trabajo era intachable, y en casa lo cuidaba al máximo.Incluso tomaba la iniciativa para cuidarse de no quedar embarazada. Tristán jamás había podido encontrarle un solo defecto. Era tan perfecta que ya le aburría.—¿Te alocabas mucho cuando estabas con Matías? Hasta tiene fotos íntimas tuyas.Tristán cambió de tema de repente con esa pregunta, dejando a Lourdes desconcertada.—Me encargaré de borrar cualquier rastro de esas fotos, no te causarán ningún problema —Lourdes ya estaba investigando dónde escondía Matías su computadora y otras memorias.Tristán volteó a ver por la ventana sin mostrar expresión alguna y se aflojó la corbata de un tirón.—Busca un lugar tranquilo y estaciónate.Lourdes asintió y manejó hasta debajo de un puente cerca del parque del río, un lugar casi desierto. En esa época del año, el viento soplaba fuerte por ahí y nadie se acercaba.Apenas apagó el motor, Lourdes se bajó a contestar una llamada, sin darse cuenta de la mirada penetrante con la que Tristán la observaba desde atrás.—Lourdes, ven acá.Tras colgar, Lourdes se acercó a él de manera dócil:—¿Quieres que vaya a comprarte algo de tomar?Tristán no respondió; en su lugar, le amarró las muñecas con la corbata.Lourdes frunció el ceño:—Señor Carranza...Tristán tiró de ella con fuerza hacia el interior del coche y la inmovilizó contra el asiento sin ningún esfuerzo:—Dime Tristán.—Tristán, estamos en la calle...Aunque Tristán solía ser impulsivo y no le importaba el lugar, era la primera vez que lo hacían a plena luz del día en un coche estacionado en la calle.Los ojos profundos de Tristán eran un mar de emociones indescifrables para Lourdes, pero ella podía notar claramente que estaba de muy mal humor.Él le apretaba las muñecas, manteniéndola atrapada por completo.Le arrancó la ropa casi con brutalidad. Lourdes intentó resistirse un poco; tenía dignidad, y era obvio que él solo quería usarla para desquitar su coraje.Le causaba tanto asco emocional como incomodidad física.Finalmente, el hombre se detuvo. Soltó un suspiro de fastidio, se apartó y salió del coche para contestar el celular.Lourdes se sentó despacio, con la mirada fija en la espalda del hombre.No hacía falta ser adivina para saber que la llamada era de Ivana. La mirada de Lourdes se ensombreció; realmente le fastidiaba esa competencia venenosa entre mujeres.Pero si Ivana empezaba a amenazar su posición y sus intereses, tendría que devolvérsela.Al colgar, Tristán se dio la vuelta y regresó.—Era Ivana, ¿verdad? Te llevo —dijo Lourdes mientras se vestía y hacía el amago de bajarse del asiento trasero, sin darle tiempo de hablar a Tristán.Parecía no darse cuenta de que la cara del hombre ya era de puro hielo.Al segundo siguiente, la mano con la que Lourdes se apoyaba en la puerta fue agarrada con brusquedad. La fuerza la hizo hacer una mueca de dolor y lo miró sin entender.—¿Tristán?—Creo que te hace falta que te pongan en tu lugar. —Tristán se inclinó hacia ella con una mirada que parecía querer matarla.Al toparse con esa mirada asesina, a Lourdes se le cortó la respiración y retrocedió asustada.La llamada de Ivana terminó olvidada en medio del desenfreno dentro del coche.El espacio reducido del auto le dio un toque intenso, pero fue agotador. Lourdes casi sintió que iba a morir ahí mismo.Cuando volvió a abrir los ojos, ya estaba en la Residencia Umbría.Afuera ya había anochecido y en la habitación reinaba un silencio donde solo se escuchaba su propia respiración.Se levantó y marcó a la extensión del primer piso.—¿Dónde está Tristán?—El señor Carranza salió hace media hora. Me pidió que le dijera que no lo busque.Lourdes asintió.—No voy a cenar hoy. Quiero descansar, por favor que nadie me moleste.—Sí, señora.Caminó hacia la ventana, miró la noche afuera y marcó otro número.—Lourdes —respondió una voz femenina y clara desde el celular.—¿Qué probabilidad hay de quedar embarazada si tuve relaciones hoy? —La voz de Lourdes sonaba ronca, evidenciando el cansancio después de tanto exceso.Violeta Quiroga revisó su calendario y chasqueó la lengua con decepción:—Ya pasó tu periodo de ovulación de este mes. Tendrás que esperar al próximo.—Entendido.—La verdad, la mejor forma de embarazarte rápido es disparar a todos lados. Aunque no lo hagan diario, si lo hacen un día sí y uno no, las probabilidades suben más de un cincuenta por ciento.Llevaba apenas un par de meses con la urgencia de tener un hijo, y lo quería para ya.Lourdes lo pensó un momento y soltó una carcajada:—Entonces, me voy a morir de cansancio.—El que se cansa es el hombre, no tú. Además, si lo traes agotado, no le va a quedar energía para andar con otras.Lourdes soltó un murmullo de cansancio.—¿Pero me pregunto, por qué de repente te dio por tener un hijo? —preguntó Violeta después de un rato. Llevaba tiempo con esa duda.Alguien tan calculadora como Lourdes no parecía el tipo de mujer que usaría a un bebé para amarrar a un hombre.La mirada de Lourdes se ensombreció:—Tristán y yo tenemos un acuerdo prenupcial. Si nos divorciamos, me quedo en la calle. Pero un hijo no entra en ese acuerdo. Aunque nos separemos, mi hijo siempre tendrá derecho a su herencia. Es mi plan de respaldo.Capítulo 2Lourdes Mayén acababa de regresar a su oficina cuando recibió fotos en alta resolución de su esposo, Tristán Carranza, junto a Ivana Barreto. Las fotos eran anónimas y no había ningún chisme en internet. La provocación era evidente; no hacía falta decir quién las había enviado. Tras pensarlo un poco, llamó a Tristán.El celular sonó un buen rato antes de que él contestara. Se escuchaba mucho silencio de fondo, señal de que se había alejado de los demás.—¿Te eché a perder la fiesta llamándote a esta hora? —preguntó Lourdes con un tono indiferente, pero manteniendo cierta cortesía.—¿Qué pasa? —respondió Tristán con frialdad.—La policía me acaba de avisar que atraparon al que robó mi tarjeta negra. Como tú eres el titular, necesitas ir en persona.—Eres mi esposa, tienes toda la autoridad para resolverlo.Lourdes frunció el ceño y su voz se suavizó de golpe:—El que robó la tarjeta fue Matías Ibarra.Matías era su exnovio, un ludópata con tendencias violentas. A Lourdes le había costado muchísimo trabajo acercarse a Tristán en aquel entonces. Tristán tampoco era una perita en dulce; le había tendido una trampa en el casino y le había cortado dos dedos a Matías. Después de eso, Matías desapareció, hasta que hace poco volvió a dar la cara para amenazar a Lourdes.Oasis Capital estaba en su mejor momento, y además, Tristán estaba a punto de regresar a la familia Carranza. En un momento tan crítico, cualquier escándalo le jugaría en contra.—Voy para allá —dijo él.—Pásame la dirección, yo paso por ti —ofreció Lourdes mientras tomaba las llaves del coche y se ponía de pie.Tristán no se opuso y le dio la dirección.Una hora más tarde, la animada fiesta en la mansión se vio interrumpida por la repentina llegada de Lourdes.Todos los presentes eran amigos del círculo de Tristán, aunque había algunas caras nuevas. Sin embargo, todos conocían a Lourdes; a fin de cuentas, siempre acompañaba a Tristán en cualquier evento público.En ese momento, Ivana, que era el centro de atención, vio aparecer a Lourdes y su radiante sonrisa se congeló.Lourdes le lanzó una mirada que fingía disculpa y luego fijó sus ojos en Tristán, que estaba a su lado.—Tristán —lo llamó con voz dulce.—Tengo un asunto que atender hoy, pero ellos se quedarán contigo hasta el final —le explicó Tristán a Ivana, girando la cabeza.Ivana mantuvo la compostura, asintiendo con una sonrisa, mientras veía impotente cómo Tristán caminaba hacia Lourdes.—Vámonos.—Espera, le traje un regalo a la señorita Barreto. —Lourdes caminó directo hacia Ivana, sacó un estuche azul oscuro para collares y se lo entregó—. Es un pequeño detalle. Bienvenida a casa, señorita Barreto.En el lugar se hizo un silencio sepulcral, solo se escuchaba la respiración de los invitados. Lourdes se parecía bastante a Ivana, y todos los presentes sabían que Tristán se había fijado en Lourdes justamente por esa cara. Hablando en plata, Lourdes era solo un reemplazo.—Gracias. —Ivana aceptó el regalo apretando los dientes.Lourdes la abrazó suavemente y le susurró al oído:—Ya ves que todavía puedo llevarme a mi marido. Ivana, el que es inteligente sabe cuándo retirarse.Su tono helado era completamente distinto a la voz dulce con la que acababa de llamar a Tristán.Ivana palideció. Había sido un error de cálculo no investigar bien a Lourdes antes de regresar. Nunca imaginó que ella se presentaría en persona para llevarse a Tristán, y mucho menos que él realmente la seguiría.Al salir de la mansión, Lourdes puso el GPS directo a la delegación.Tristán, sentado en el asiento del copiloto, no dejaba de mirarla. En sus labios se asomaba una sonrisa intrigada; lo que acababa de hacer era la mayor locura desde que se habían casado.—¿Te enojaste, Lourdes?—Para nada. Si no fuera algo urgente, no los habría interrumpido —se rio Lourdes con suavidad, manteniendo su fachada de arrepentimiento.El rostro frío de Tristán no mostró ninguna otra emoción, y no cruzaron ni una palabra más.Al llegar a la delegación, Lourdes vio a lo lejos a Matías, esposado y sentado junto a la pared.En cuanto la vio, Matías dio un brinco, alterado, y le clavó una mirada cargada de furia y resentimiento.—¡Esta tarjeta me la dio ella, no la robé! ¡Es mi exnovia...!Lourdes caminaba al lado de Tristán, luciendo dócil y tranquila. Le sostuvo la mirada con una expresión de total inocencia cuando él bajó la vista hacia ella.—No es cierto, está mintiendo. Jamás le daría mi tarjeta.—Señor Carranza, ya recuperamos la tarjeta, pero gastó cien mil pesos que por el momento no se pueden recuperar —dijo el policía, lanzándole una mirada de sospecha a Lourdes—.El asunto sigue bajo investigación. Como la señora Lourdes Mayén está involucrada, tendrá que responder algunas preguntas.Tristán le dio unas suaves palmadas en la cintura a Lourdes:—Si es así, entonces coopera con las autoridades.Luego, Lourdes siguió a un oficial a otra sala.Cuando la mirada gélida de Tristán se posó sobre el alterado Matías, este se calló en un segundo. La mano donde le faltaban los dedos empezó a punzarle de forma inexplicable.Una hora después, Lourdes salió.Con la última pieza de evidencia en su lugar, el destino de Matías estaba prácticamente sellado.—¡Lourdes! ¿Se te olvida cuántas fotos tuyas tengo? ¡¿Cómo te atreves a hacerme esto?! —le gritó Matías, fuera de sí, mientras los policías se lo llevaban.Lourdes miró al oficial frente a ella:—En estas circunstancias, podemos presentar cargos, ¿verdad?—Por supuesto, están en todo su derecho.Y así, el asunto de Matías quedó resuelto.Ambos regresaron al coche, y Tristán le sujetó la mano que ella tenía sobre el volante.—La extorsión solo le dará unos cuantos años en la cárcel, volverá a salir. ¿Era realmente necesario llegar a esto?—Estás a punto de regresar a la familia Carranza. En un momento así, Matías suelto solo traería problemas. —Lourdes bajó la mirada para ocultar la frialdad en sus ojos.—¿Y qué va a pasar en unos años? ¿Esperas que yo siga limpiando tu desastre?Lourdes esbozó una sonrisa amarga:—Quizás para entonces ya estemos divorciados. De todos modos, este lugar siempre le perteneció a Ivana.Un silencio pesado inundó el estrecho espacio del coche.Tristán se recargó en el asiento y la miró de reojo; una ráfaga de hielo cruzó por su mirada.—Vaya, sí que piensas en todo por mí.—No puedo aferrarme a lo que no es mío. Además, estos años a tu lado me has dado una buena vida. Lo menos que puedo hacer es agradecértelo.Las palabras de Lourdes tenían toda la lógica del mundo, pero a Tristán le provocaron una extraña molestia.En sus cinco años de matrimonio, Lourdes siempre había sabido cuál era su lugar. En el trabajo era intachable, y en casa lo cuidaba al máximo.Incluso tomaba la iniciativa para cuidarse de no quedar embarazada. Tristán jamás había podido encontrarle un solo defecto. Era tan perfecta que ya le aburría.—¿Te alocabas mucho cuando estabas con Matías? Hasta tiene fotos íntimas tuyas.Tristán cambió de tema de repente con esa pregunta, dejando a Lourdes desconcertada.—Me encargaré de borrar cualquier rastro de esas fotos, no te causarán ningún problema —Lourdes ya estaba investigando dónde escondía Matías su computadora y otras memorias.Tristán volteó a ver por la ventana sin mostrar expresión alguna y se aflojó la corbata de un tirón.—Busca un lugar tranquilo y estaciónate.Lourdes asintió y manejó hasta debajo de un puente cerca del parque del río, un lugar casi desierto. En esa época del año, el viento soplaba fuerte por ahí y nadie se acercaba.Apenas apagó el motor, Lourdes se bajó a contestar una llamada, sin darse cuenta de la mirada penetrante con la que Tristán la observaba desde atrás.—Lourdes, ven acá.Tras colgar, Lourdes se acercó a él de manera dócil:—¿Quieres que vaya a comprarte algo de tomar?Tristán no respondió; en su lugar, le amarró las muñecas con la corbata.Lourdes frunció el ceño:—Señor Carranza...Tristán tiró de ella con fuerza hacia el interior del coche y la inmovilizó contra el asiento sin ningún esfuerzo:—Dime Tristán.—Tristán, estamos en la calle...Aunque Tristán solía ser impulsivo y no le importaba el lugar, era la primera vez que lo hacían a plena luz del día en un coche estacionado en la calle.Los ojos profundos de Tristán eran un mar de emociones indescifrables para Lourdes, pero ella podía notar claramente que estaba de muy mal humor.Él le apretaba las muñecas, manteniéndola atrapada por completo.Le arrancó la ropa casi con brutalidad. Lourdes intentó resistirse un poco; tenía dignidad, y era obvio que él solo quería usarla para desquitar su coraje.Le causaba tanto asco emocional como incomodidad física.Finalmente, el hombre se detuvo. Soltó un suspiro de fastidio, se apartó y salió del coche para contestar el celular.Lourdes se sentó despacio, con la mirada fija en la espalda del hombre.No hacía falta ser adivina para saber que la llamada era de Ivana. La mirada de Lourdes se ensombreció; realmente le fastidiaba esa competencia venenosa entre mujeres.Pero si Ivana empezaba a amenazar su posición y sus intereses, tendría que devolvérsela.Al colgar, Tristán se dio la vuelta y regresó.—Era Ivana, ¿verdad? Te llevo —dijo Lourdes mientras se vestía y hacía el amago de bajarse del asiento trasero, sin darle tiempo de hablar a Tristán.Parecía no darse cuenta de que la cara del hombre ya era de puro hielo.Al segundo siguiente, la mano con la que Lourdes se apoyaba en la puerta fue agarrada con brusquedad. La fuerza la hizo hacer una mueca de dolor y lo miró sin entender.—¿Tristán?—Creo que te hace falta que te pongan en tu lugar. —Tristán se inclinó hacia ella con una mirada que parecía querer matarla.Al toparse con esa mirada asesina, a Lourdes se le cortó la respiración y retrocedió asustada.La llamada de Ivana terminó olvidada en medio del desenfreno dentro del coche.El espacio reducido del auto le dio un toque intenso, pero fue agotador. Lourdes casi sintió que iba a morir ahí mismo.Cuando volvió a abrir los ojos, ya estaba en la Residencia Umbría.Afuera ya había anochecido y en la habitación reinaba un silencio donde solo se escuchaba su propia respiración.Se levantó y marcó a la extensión del primer piso.—¿Dónde está Tristán?—El señor Carranza salió hace media hora. Me pidió que le dijera que no lo busque.Lourdes asintió.—No voy a cenar hoy. Quiero descansar, por favor que nadie me moleste.—Sí, señora.Caminó hacia la ventana, miró la noche afuera y marcó otro número.—Lourdes —respondió una voz femenina y clara desde el celular.—¿Qué probabilidad hay de quedar embarazada si tuve relaciones hoy? —La voz de Lourdes sonaba ronca, evidenciando el cansancio después de tanto exceso.Violeta Quiroga revisó su calendario y chasqueó la lengua con decepción:—Ya pasó tu periodo de ovulación de este mes. Tendrás que esperar al próximo.—Entendido.—La verdad, la mejor forma de embarazarte rápido es disparar a todos lados. Aunque no lo hagan diario, si lo hacen un día sí y uno no, las probabilidades suben más de un cincuenta por ciento.Llevaba apenas un par de meses con la urgencia de tener un hijo, y lo quería para ya.Lourdes lo pensó un momento y soltó una carcajada:—Entonces, me voy a morir de cansancio.—El que se cansa es el hombre, no tú. Además, si lo traes agotado, no le va a quedar energía para andar con otras.Lourdes soltó un murmullo de cansancio.—¿Pero me pregunto, por qué de repente te dio por tener un hijo? —preguntó Violeta después de un rato. Llevaba tiempo con esa duda.Alguien tan calculadora como Lourdes no parecía el tipo de mujer que usaría a un bebé para amarrar a un hombre.La mirada de Lourdes se ensombreció:—Tristán y yo tenemos un acuerdo prenupcial. Si nos divorciamos, me quedo en la calle. Pero un hijo no entra en ese acuerdo. Aunque nos separemos, mi hijo siempre tendrá derecho a su herencia. Es mi plan de respaldo.Capítulo 3Lourdes Mayén acababa de regresar a su oficina cuando recibió fotos en alta resolución de su esposo, Tristán Carranza, junto a Ivana Barreto. Las fotos eran anónimas y no había ningún chisme en internet. La provocación era evidente; no hacía falta decir quién las había enviado. Tras pensarlo un poco, llamó a Tristán.El celular sonó un buen rato antes de que él contestara. Se escuchaba mucho silencio de fondo, señal de que se había alejado de los demás.—¿Te eché a perder la fiesta llamándote a esta hora? —preguntó Lourdes con un tono indiferente, pero manteniendo cierta cortesía.—¿Qué pasa? —respondió Tristán con frialdad.—La policía me acaba de avisar que atraparon al que robó mi tarjeta negra. Como tú eres el titular, necesitas ir en persona.—Eres mi esposa, tienes toda la autoridad para resolverlo.Lourdes frunció el ceño y su voz se suavizó de golpe:—El que robó la tarjeta fue Matías Ibarra.Matías era su exnovio, un ludópata con tendencias violentas. A Lourdes le había costado muchísimo trabajo acercarse a Tristán en aquel entonces. Tristán tampoco era una perita en dulce; le había tendido una trampa en el casino y le había cortado dos dedos a Matías. Después de eso, Matías desapareció, hasta que hace poco volvió a dar la cara para amenazar a Lourdes.Oasis Capital estaba en su mejor momento, y además, Tristán estaba a punto de regresar a la familia Carranza. En un momento tan crítico, cualquier escándalo le jugaría en contra.—Voy para allá —dijo él.—Pásame la dirección, yo paso por ti —ofreció Lourdes mientras tomaba las llaves del coche y se ponía de pie.Tristán no se opuso y le dio la dirección.Una hora más tarde, la animada fiesta en la mansión se vio interrumpida por la repentina llegada de Lourdes.Todos los presentes eran amigos del círculo de Tristán, aunque había algunas caras nuevas. Sin embargo, todos conocían a Lourdes; a fin de cuentas, siempre acompañaba a Tristán en cualquier evento público.En ese momento, Ivana, que era el centro de atención, vio aparecer a Lourdes y su radiante sonrisa se congeló.Lourdes le lanzó una mirada que fingía disculpa y luego fijó sus ojos en Tristán, que estaba a su lado.—Tristán —lo llamó con voz dulce.—Tengo un asunto que atender hoy, pero ellos se quedarán contigo hasta el final —le explicó Tristán a Ivana, girando la cabeza.Ivana mantuvo la compostura, asintiendo con una sonrisa, mientras veía impotente cómo Tristán caminaba hacia Lourdes.—Vámonos.—Espera, le traje un regalo a la señorita Barreto. —Lourdes caminó directo hacia Ivana, sacó un estuche azul oscuro para collares y se lo entregó—. Es un pequeño detalle. Bienvenida a casa, señorita Barreto.En el lugar se hizo un silencio sepulcral, solo se escuchaba la respiración de los invitados. Lourdes se parecía bastante a Ivana, y todos los presentes sabían que Tristán se había fijado en Lourdes justamente por esa cara. Hablando en plata, Lourdes era solo un reemplazo.—Gracias. —Ivana aceptó el regalo apretando los dientes.Lourdes la abrazó suavemente y le susurró al oído:—Ya ves que todavía puedo llevarme a mi marido. Ivana, el que es inteligente sabe cuándo retirarse.Su tono helado era completamente distinto a la voz dulce con la que acababa de llamar a Tristán.Ivana palideció. Había sido un error de cálculo no investigar bien a Lourdes antes de regresar. Nunca imaginó que ella se presentaría en persona para llevarse a Tristán, y mucho menos que él realmente la seguiría.Al salir de la mansión, Lourdes puso el GPS directo a la delegación.Tristán, sentado en el asiento del copiloto, no dejaba de mirarla. En sus labios se asomaba una sonrisa intrigada; lo que acababa de hacer era la mayor locura desde que se habían casado.—¿Te enojaste, Lourdes?—Para nada. Si no fuera algo urgente, no los habría interrumpido —se rio Lourdes con suavidad, manteniendo su fachada de arrepentimiento.El rostro frío de Tristán no mostró ninguna otra emoción, y no cruzaron ni una palabra más.Al llegar a la delegación, Lourdes vio a lo lejos a Matías, esposado y sentado junto a la pared.En cuanto la vio, Matías dio un brinco, alterado, y le clavó una mirada cargada de furia y resentimiento.—¡Esta tarjeta me la dio ella, no la robé! ¡Es mi exnovia...!Lourdes caminaba al lado de Tristán, luciendo dócil y tranquila. Le sostuvo la mirada con una expresión de total inocencia cuando él bajó la vista hacia ella.—No es cierto, está mintiendo. Jamás le daría mi tarjeta.—Señor Carranza, ya recuperamos la tarjeta, pero gastó cien mil pesos que por el momento no se pueden recuperar —dijo el policía, lanzándole una mirada de sospecha a Lourdes—.El asunto sigue bajo investigación. Como la señora Lourdes Mayén está involucrada, tendrá que responder algunas preguntas.Tristán le dio unas suaves palmadas en la cintura a Lourdes:—Si es así, entonces coopera con las autoridades.Luego, Lourdes siguió a un oficial a otra sala.Cuando la mirada gélida de Tristán se posó sobre el alterado Matías, este se calló en un segundo. La mano donde le faltaban los dedos empezó a punzarle de forma inexplicable.Una hora después, Lourdes salió.Con la última pieza de evidencia en su lugar, el destino de Matías estaba prácticamente sellado.—¡Lourdes! ¿Se te olvida cuántas fotos tuyas tengo? ¡¿Cómo te atreves a hacerme esto?! —le gritó Matías, fuera de sí, mientras los policías se lo llevaban.Lourdes miró al oficial frente a ella:—En estas circunstancias, podemos presentar cargos, ¿verdad?—Por supuesto, están en todo su derecho.Y así, el asunto de Matías quedó resuelto.Ambos regresaron al coche, y Tristán le sujetó la mano que ella tenía sobre el volante.—La extorsión solo le dará unos cuantos años en la cárcel, volverá a salir. ¿Era realmente necesario llegar a esto?—Estás a punto de regresar a la familia Carranza. En un momento así, Matías suelto solo traería problemas. —Lourdes bajó la mirada para ocultar la frialdad en sus ojos.—¿Y qué va a pasar en unos años? ¿Esperas que yo siga limpiando tu desastre?Lourdes esbozó una sonrisa amarga:—Quizás para entonces ya estemos divorciados. De todos modos, este lugar siempre le perteneció a Ivana.Un silencio pesado inundó el estrecho espacio del coche.Tristán se recargó en el asiento y la miró de reojo; una ráfaga de hielo cruzó por su mirada.—Vaya, sí que piensas en todo por mí.—No puedo aferrarme a lo que no es mío. Además, estos años a tu lado me has dado una buena vida. Lo menos que puedo hacer es agradecértelo.Las palabras de Lourdes tenían toda la lógica del mundo, pero a Tristán le provocaron una extraña molestia.En sus cinco años de matrimonio, Lourdes siempre había sabido cuál era su lugar. En el trabajo era intachable, y en casa lo cuidaba al máximo.Incluso tomaba la iniciativa para cuidarse de no quedar embarazada. Tristán jamás había podido encontrarle un solo defecto. Era tan perfecta que ya le aburría.—¿Te alocabas mucho cuando estabas con Matías? Hasta tiene fotos íntimas tuyas.Tristán cambió de tema de repente con esa pregunta, dejando a Lourdes desconcertada.—Me encargaré de borrar cualquier rastro de esas fotos, no te causarán ningún problema —Lourdes ya estaba investigando dónde escondía Matías su computadora y otras memorias.Tristán volteó a ver por la ventana sin mostrar expresión alguna y se aflojó la corbata de un tirón.—Busca un lugar tranquilo y estaciónate.Lourdes asintió y manejó hasta debajo de un puente cerca del parque del río, un lugar casi desierto. En esa época del año, el viento soplaba fuerte por ahí y nadie se acercaba.Apenas apagó el motor, Lourdes se bajó a contestar una llamada, sin darse cuenta de la mirada penetrante con la que Tristán la observaba desde atrás.—Lourdes, ven acá.Tras colgar, Lourdes se acercó a él de manera dócil:—¿Quieres que vaya a comprarte algo de tomar?Tristán no respondió; en su lugar, le amarró las muñecas con la corbata.Lourdes frunció el ceño:—Señor Carranza...Tristán tiró de ella con fuerza hacia el interior del coche y la inmovilizó contra el asiento sin ningún esfuerzo:—Dime Tristán.—Tristán, estamos en la calle...Aunque Tristán solía ser impulsivo y no le importaba el lugar, era la primera vez que lo hacían a plena luz del día en un coche estacionado en la calle.Los ojos profundos de Tristán eran un mar de emociones indescifrables para Lourdes, pero ella podía notar claramente que estaba de muy mal humor.Él le apretaba las muñecas, manteniéndola atrapada por completo.Le arrancó la ropa casi con brutalidad. Lourdes intentó resistirse un poco; tenía dignidad, y era obvio que él solo quería usarla para desquitar su coraje.Le causaba tanto asco emocional como incomodidad física.Finalmente, el hombre se detuvo. Soltó un suspiro de fastidio, se apartó y salió del coche para contestar el celular.Lourdes se sentó despacio, con la mirada fija en la espalda del hombre.No hacía falta ser adivina para saber que la llamada era de Ivana. La mirada de Lourdes se ensombreció; realmente le fastidiaba esa competencia venenosa entre mujeres.Pero si Ivana empezaba a amenazar su posición y sus intereses, tendría que devolvérsela.Al colgar, Tristán se dio la vuelta y regresó.—Era Ivana, ¿verdad? Te llevo —dijo Lourdes mientras se vestía y hacía el amago de bajarse del asiento trasero, sin darle tiempo de hablar a Tristán.Parecía no darse cuenta de que la cara del hombre ya era de puro hielo.Al segundo siguiente, la mano con la que Lourdes se apoyaba en la puerta fue agarrada con brusquedad. La fuerza la hizo hacer una mueca de dolor y lo miró sin entender.—¿Tristán?—Creo que te hace falta que te pongan en tu lugar. —Tristán se inclinó hacia ella con una mirada que parecía querer matarla.Al toparse con esa mirada asesina, a Lourdes se le cortó la respiración y retrocedió asustada.La llamada de Ivana terminó olvidada en medio del desenfreno dentro del coche.El espacio reducido del auto le dio un toque intenso, pero fue agotador. Lourdes casi sintió que iba a morir ahí mismo.Cuando volvió a abrir los ojos, ya estaba en la Residencia Umbría.Afuera ya había anochecido y en la habitación reinaba un silencio donde solo se escuchaba su propia respiración.Se levantó y marcó a la extensión del primer piso.—¿Dónde está Tristán?—El señor Carranza salió hace media hora. Me pidió que le dijera que no lo busque.Lourdes asintió.—No voy a cenar hoy. Quiero descansar, por favor que nadie me moleste.—Sí, señora.Caminó hacia la ventana, miró la noche afuera y marcó otro número.—Lourdes —respondió una voz femenina y clara desde el celular.—¿Qué probabilidad hay de quedar embarazada si tuve relaciones hoy? —La voz de Lourdes sonaba ronca, evidenciando el cansancio después de tanto exceso.Violeta Quiroga revisó su calendario y chasqueó la lengua con decepción:—Ya pasó tu periodo de ovulación de este mes. Tendrás que esperar al próximo.—Entendido.—La verdad, la mejor forma de embarazarte rápido es disparar a todos lados. Aunque no lo hagan diario, si lo hacen un día sí y uno no, las probabilidades suben más de un cincuenta por ciento.Llevaba apenas un par de meses con la urgencia de tener un hijo, y lo quería para ya.Lourdes lo pensó un momento y soltó una carcajada:—Entonces, me voy a morir de cansancio.—El que se cansa es el hombre, no tú. Además, si lo traes agotado, no le va a quedar energía para andar con otras.Lourdes soltó un murmullo de cansancio.—¿Pero me pregunto, por qué de repente te dio por tener un hijo? —preguntó Violeta después de un rato. Llevaba tiempo con esa duda.Alguien tan calculadora como Lourdes no parecía el tipo de mujer que usaría a un bebé para amarrar a un hombre.La mirada de Lourdes se ensombreció:—Tristán y yo tenemos un acuerdo prenupcial. Si nos divorciamos, me quedo en la calle. Pero un hijo no entra en ese acuerdo. Aunque nos separemos, mi hijo siempre tendrá derecho a su herencia. Es mi plan de respaldo.

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