Tras un inesperado viaje en el tiempo, Mónica Leal despierta dentro de una novela… y no como la protagonista, sino como la villana secundaria. En la historia original, su personaje atropella por accidente al presidente de Corporativo Valle Dorado, Aníbal Castañeda. Muerta de miedo ante la posibilidad de ir a la cárcel, aprovecha que él ha perdido la memoria para hacerse pasar por su novia. No solo le hace creer que es un hombre pobre y sin futuro, sino que además se lo lleva a una ciudad remota para esconderse con él… mientras lo manipula y lo somete emocionalmente. Pero cuando la familia de Aníbal finalmente lo encuentra, todo cambia. Él recupera la memoria y descubre que, mientras estuvo desaparecido, su prometida estaba a punto de casarse con otro. Entonces comienza una obsesiva persecución para recuperarla. ¿Y qué ocurre con Mónica, la cruel impostora? Aníbal le cobra cada una de sus mentiras: la obliga a perder al hijo que espera, la manda a prisión durante cinco años y, tras salir, termina muriendo miserablemente en la calle. Ahora, la nueva Mónica —la que ha transmigrado a ese cuerpo— abre los ojos y, al ver al hombre regresar de repartir comida a domicilio, siente que el alma se le cae a los pies. Porque sí: ha llegado justo al momento en que ya está viviendo con Aníbal, fingiendo ser su novia, y él todavía cree que es un don nadie sin dinero. Con el destino de la villana pendiendo sobre su cabeza, Mónica no tiene más remedio que seguirle el juego por el momento: vivir junto a Aníbal Castañeda en la pobreza… mientras planea en secreto su huida. Sin embargo, cuando por fin llega el día de escapar, él la atrapa antes de que pueda desaparecer. —¿Me engañaste y ahora crees que puedes huir? Mónica se queda helada. ¿Cómo es posible? ¿Cuándo recuperó la memoria a escondidas? Más tarde, un amigo le pregunta a Aníbal ya con todos sus recuerdos de vuelta: —Después de todo lo que te hizo pasar, ¿cómo piensas vengarte de ella? Aníbal responde con calma: —Si me engañó, fue porque me amaba.

Capítulo 1—Me voy a bañar primero.La voz profunda y magnética del hombre a sus espaldas hizo que Mónica Leal diera un respingo.Abrió los ojos de golpe. Lo primero que vio fue una pared vieja y descascarada, llena de grietas, pintura levantada y garabatos de colores hechos con marcadores por quién sabe quién.Mónica estaba desorientada. ¿Acaso no iba en un taxi? ¿A dónde la habían llevado?Antes de poder entenderlo, sintió un hueco en el estómago por el hambre; le daba vueltas la cabeza.Al percibir el olor a comida en el aire, Mónica hizo un esfuerzo para incorporarse y ponerse de pie. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba acostada en una cama.Era un cuarto bastante amplio; la mesa del comedor y la cama compartían el mismo espacio, y el baño quedaba justo en diagonal.A poca distancia detrás de ella, el hombre se estaba quitando la chamarra. Era de hombros anchos y piernas largas, con una mirada profunda y facciones marcadas que le daban un aire frío y distante.Solo que ese uniforme amarillo chillón de repartidor desentonaba por completo con su porte.Mónica parpadeó y se le quedó viendo un buen rato. El hombre pareció notar su mirada; dejó la chamarra de repartidor sobre una silla y levantó la vista hacia ella.—Cena de una vez. En cuanto termine de bañarme... voy para allá.Lo dijo sin mostrar ninguna emoción en el rostro y, acto seguido, se metió al baño.Mónica seguía pasmada, así que decidió que lo mejor era llenarse la tripa primero. Sin embargo, justo cuando se disponía a bajarse de la cama, sintió un zumbido en la cabeza y una avalancha de recuerdos que no le pertenecían la invadió. Se quedó paralizada.¿Se... se había metido en el libro? ¡Ya se acordaba de todo!Iba en el taxi rumbo al aeropuerto, leyendo una novela para matar el tiempo, cuando chocaron de frente contra un coche deportivo que se pasó el alto. Y ahora resulta que había transmigrado a la historia que estaba leyendo.Ese hombre de hace un momento era el protagonista del libro, Aníbal Castañeda. Y el cuerpo en el que había despertado también se llamaba Mónica.La dueña original de ese cuerpo era una oficinista del Corporativo Valle Dorado, en Río Claro. Hacía seis meses, había ido al aeropuerto a recoger a un cliente. No encontró al cliente, pero a cambio terminó atropellando a alguien. Y para colmo, atropelló a Aníbal, el director general de la empresa, a quien solo había visto una vez en su vida.De camino al hospital, Aníbal despertó de golpe, pero había perdido la memoria. Muerta de miedo por acabar en la cárcel, a la mujer se le ocurrió una idea descabellada: le hizo creer a Aníbal que ella era su novia.Le inventó el cuento de que se conocían desde niños, que habían crecido juntos en un orfanato, que ella le había pagado los estudios y su viaje al extranjero, y que lo había esperado por cinco años.Le dijo que, apenas regresó, se había ganado unos enemigos que lo golpearon hasta dejarlo amnésico, y que ella había arriesgado todo para rescatarlo. ¡Y Aníbal se lo creyó!Después de eso, la Mónica original renunció de inmediato, ni siquiera cobró su quincena, y se lo llevó esa misma noche a San Rafael, un pueblo alejado de todo.Al llegar a San Rafael, usando la excusa de esconderse de sus supuestos enemigos, lo tuvo encerrado en este cuarto rentado por más de dos meses. Le quitó el celular y le prohibió usar cualquier tipo de tecnología o red social.Solo cuando creyó que todo se había tranquilizado, lo dejó salir a buscar trabajo. Y ni siquiera le permitió ir a corporativos grandes, diciéndole que alguien podía reconocerlo.Después de tanta manipulación psicológica, lo acompañó a buscar empleo en una empresa pequeña, donde terminó como un simple oficinista ganando tres mil quinientos pesos al mes.Pero tres mil quinientos no alcanzaban para mantenerlos a los dos. Sin otra salida, Aníbal consiguió un segundo trabajo repartiendo comida por las noches.Por su parte, la Mónica original solo pensaba en quedar embarazada de él. Así, si algún día él recuperaba la memoria, no le haría daño por el bien del bebé. Hasta pensaba que podría casarse con él y asegurar su futuro, o de jodida, sacarle una buena lana.Por eso nunca buscó trabajo. Como no sabía en qué momento Aníbal iba a recordar quién era, se la pasaba todo el día maquinando cómo llevárselo a la cama.Sin embargo, Aníbal habría perdido la memoria, pero no lo pendejo. Por más drama y lágrimas que ella le echara, él seguía sospechando.Le había comprado un celular nuevo con otro número, y ella era su único contacto. Eso ya era bastante raro de por sí. Además, él no sentía ni una gota de amor por ella.A eso había que sumarle lo controladora que había sido en estos seis meses; si él se tardaba un minuto en contestar, le armaba un berrinche y le marcaba para checarlo más de diez veces al día.Por si fuera poco, era una floja de primera. No hacía nada en todo el día más que pensar en acostarse con él. Cuando Aníbal llegaba de repartir en la noche, todavía tenía que recoger el tiradero y traerle de cenar.Poco a poco, la culpa que él sentía se fue transformando en rechazo, al punto de que muchas veces prefería quedarse trabajando en la calle hasta la madrugada con tal de no llegar.Precisamente por eso, hacía un par de días habían tenido una bronca enorme.Harto de la situación, Aníbal le cantó sus verdades y le exigió saber si le estaba ocultando algo.La Mónica original entró en pánico y, en un arranque de berrinche, dejó de comer hasta morir. Fue en ese momento cuando la Mónica actual, una lectora que venía de otro mundo, ocupó su cuerpo al despertar.Para colmo, la novela que Mónica había leído era una historia trágica de reencarnación: la verdadera protagonista, que era la antigua prometida de Aníbal, renacía para corregir su destino.En la línea original de la historia, la verdadera protagonista de la novela, la antigua prometida de Aníbal, lo había esperado durante más de un año hasta que por fin recibió noticias de su regreso. Lo que siguió fue el drama de que Aníbal no se acordaba de nada y, para rematar, traía consigo a una mujer embarazada.Esa mujer era Mónica.Aníbal declaró que ella estaba esperando un hijo suyo y que iba a hacerse responsable.Mónica, creyendo que ya tenía la vida resuelta, se dedicó a hacerle la vida imposible a todo el mundo: maltrataba a la hermana muda de Aníbal, le provocó un infarto al abuelo del coraje y le echó la culpa de todo a la prometida.En esa primera vida, con el corazón destrozado, la antigua prometida de Aníbal decidió alejarse, pero poco después murió en un accidente. Solo entonces Aníbal recuperó la memoria y toda la verdad salió a la luz. Al darse cuenta de su error, quedó devastado y se vengó de Mónica sin piedad.Después de renacer y regresar al pasado, la antigua prometida de Aníbal ya no lo esperó y prefirió rehacer su vida con el hermano menor de él. Por supuesto, la trama cambió: Aníbal pasó a ser un simple personaje secundario que, al enterarse de que su ex se había casado, sufrió tal impresión que recuperó la memoria antes de tiempo.Como era de esperarse, el final trágico de la Mónica original también se adelantó, repitiendo el destino miserable que ya había tenido en la línea anterior de la historia. Primero, Aníbal la obligó a abortar; después la mandó a prisión y, cuando salió tras cumplir cinco años, hizo que la mataran y la dejaran tirada en la calle.Pero Aníbal fracasó en ambas vidas al intentar recuperar a su prometida: en la primera porque ella se murió, y en esta porque quedó como el ex tóxico y arrastrado que nadie quiere.Al procesar todos estos recuerdos, Mónica sintió que el mundo se le venía encima. Estos detalles no venían en el libro. Cuando lo leía, pensaba que Aníbal era un cabrón sin corazón. Pero ahora que conocía toda la historia, se daba cuenta de que la dueña original del cuerpo se lo había buscado solita.Sin embargo, ahora que ella estaba atrapada en el cuerpo de Mónica, pensaba que tampoco era para que la mataran... ¡Qué culpa tenía ella de las pendejadas que hizo la otra! ¡No era justo que pagara los platos rotos!Faltaba menos de un año para que la familia Castañeda encontrara a Aníbal. ¡No podía quedarse de brazos cruzados! Tenía que buscar la forma de pelarse antes de que eso pasara.¿Pero a dónde iría? Con el poder y los contactos que tenían los Castañeda, la encontrarían en cuestión de minutos si se quedaba en el país.Aunque no entendía cómo una familia tan poderosa iba a tardar más de un año en encontrar a Aníbal, supuso que así lo requería la trama.Su única opción era irse al extranjero. El problema era el dinero; la Mónica original se había graduado hacía apenas un año y se gastaba todo lo que ganaba. Para venirse a vivir con Aníbal, había pedido préstamos por internet y ahora debía más de veinte mil pesos.Por más que le daba vueltas al asunto, Mónica no encontraba ninguna salida, así que decidió concentrarse en cenar.Se levantó de la cama, se sentó en la mesita, destapó el envase de comida y empezó a comer. Al poco rato, el ruido de la regadera cesó. Aníbal salió del baño con una pijama gris.Llevaba una tina de plástico con la ropa que acababa de lavar a mano. No solo la suya, sino también la de Mónica.Ella tenía la costumbre de dejar su ropa aventada en agua todo el día. Con el calor que hacía, para cuando él regresaba, la ropa ya apestaba a humedad.Aníbal siempre se la lavaba de paso cuando se bañaba, y con el tiempo, la Mónica original se había vuelto cada vez más conchuda. Literalmente, la trataba como reina y ella no movía un dedo.La observó en silencio mientras cenaba y luego salió al balcón a tender la ropa. Al escuchar el ruido, Mónica volteó a verlo de reojo.Tenía que admitirlo, el hombre era bastante hacendoso. Trabajaba de día, repartía en la noche, llegaba en la madrugada a hacer limpieza y lavar ropa, y en todo ese semestre no se había quejado ni una sola vez.Lástima que cuando recuperara la memoria sería una persona completamente distinta. Todo lo que ahora tenía de servicial, lo tendría de despiadado.Después de tender la ropa, Aníbal le dio una pasada al cuarto para arreglar el tiradero, se sentó en la orilla de la cama y se quedó clavando la vista en Mónica con una expresión gélida.Mónica apartó la mirada de inmediato y bajó la cabeza para seguir comiendo de su plato de unicel.Aníbal siempre dormía en el viejo sillón desvencijado, poniendo de pretexto que llegaba muy tarde y no quería despertarla. Hasta la fecha, ni siquiera se habían dado un beso.Que ahora se sentara en la cama por iniciativa propia, seguramente significaba que la huelga de hambre de los últimos dos días había surtido efecto y él había cedido.Esta vez fue Mónica la que entró en pánico. ¡Tenía que haber transmigrado justo en este momento! Si lo rechazaba, toda la fachada que la dueña original había montado se vendría abajo. ¿Acaso Aníbal no empezaría a sospechar aún más de sus intenciones?Y si no lo rechazaba, entonces acostarse con él hoy significaba que no iba a poder librarse del mismo final trágico. La cabeza de Mónica trabajaba a mil por hora; el plato de comida ya estaba casi vacío, pero ella seguía dándole vueltas al asunto, sentada en su banquito, haciéndose mensa.Fue entonces cuando Aníbal rompió el silencio:—Si ya acabaste de cenar, duérmete de una vez. Mañana tengo que levantarme temprano para ir a trabajar.Su tono seguía siendo plano, como si fuera un robot. Seguramente por dentro se estaba muriendo del asco.Mónica no dijo nada; cerró el envase y lo tiró a la basura. Este simple gesto hizo que Aníbal le prestara atención.Por lo general, ella dejaba los trastes botados en la mesa. Fuera comida casera o pedida por aplicación, ensuciaba y ahí lo dejaba. Pero él no le dio demasiada importancia.Aníbal no le tenía ni una gota de afecto a esa mujer. Todo lo que hacía era por culpa y sentido de responsabilidad, gracias al cuento de que ella le había pagado la carrera y sus estudios en el extranjero.Llegar a casa todos los días y encontrar el lugar asqueroso y hecho un chiquero le daba la impresión de que Mónica misma estaba mugrosa. ¿Con qué ganas se iba a acostar con ella?Mónica se puso de pie y se aclaró la garganta.—Me voy a bañar yo también.Buscó su pijama, solo para darse cuenta de que ya la traía puesta. Con el calorón que hacía, sin aire acondicionado y con el puro ventilador andando, ni sabía cuántos días llevaba sin bañarse. La verdad, sí olía un poco a sudor.La dueña original se había vuelto una floja de primera con tantas comodidades que le daba Aníbal. A decir verdad, A Mónica le sorprendía que, aun en esas condiciones, él hubiera llegado a acostarse con la dueña original del cuerpo.Y que encima hubiera renunciado a su verdadera prometida por ella... ¡Qué bárbaro, eso sí que era compromiso moral! De no haber recuperado la memoria, igual y sí se habría hecho cargo de ella para siempre.Como no tenía otra pijama limpia, Mónica agarró un vestido para usarlo de ropa de dormir. Entró al baño y vio que Aníbal lo había dejado rechinando de limpio; hasta las gotas secas del espejo habían desaparecido.Se miró al espejo y reconoció que la dueña original era bastante bonita. Cara afilada, piel clara, cabello largo y ligeramente ondulado, ojos grandes, nariz respingada y boca pequeña. Tenía una belleza sutil; tal vez no era despampanante, pero daba esa vibra de primer amor.Lo más curioso era que se parecía muchísimo a ella, como un setenta por ciento. Era como ver a la Mónica de la preparatoria, aunque un poco más bajita; calculaba que apenas medía un metro con sesenta y cinco.Mónica se dio unas palmaditas en las mejillas para despejar su mente de tantos pensamientos absurdos. Se bañó rapidísimo y aprovechó para lavar su pijama a mano.Al salir, se dio cuenta de que Aníbal todavía no se había dormido; seguía sentado en la cama, pegado al celular. De reojo notó que estaba revisando la bolsa de valores.Mónica apartó la mirada, tendió su pijama y luego se sentó en la cama. Aníbal también guardó el teléfono. Los dos se quedaron ahí, sentados en la orilla, en un silencio bastante tenso.Ella se frotó la nariz, fue la primera en meterse entre las cobijas y se dio la vuelta para darle la espalda.—Tengo muchísimo sueño, ya me voy a dormir.Aníbal se quedó un poco descolocado y volteó a ver la espalda de la mujer. Después de un buen rato, apagó la luz y se acostó a su lado.Mónica de verdad se sentía agotada, tal vez por la huelga de hambre de dos días. No le dio muchas vueltas al hecho de que él estuviera acostado junto a ella; después de todo, sabía perfectamente lo mucho que le repugnaba a ese hombre.Sin embargo, justo cuando estaba a punto de quedarse profundamente dormida, sintió una mano sobre ella. El cuerpo entero se le tensó.La mano se detuvo en su pecho un par de segundos; al parecer, el hombre se desconcertó al notar que traía sostén. Pero pronto, la mano empezó a deslizarse hacia abajo.En el momento en que intentó subirle la falda del vestido, Mónica se dio la vuelta de un salto, quedando boca arriba, y le agarró la mano. Hasta tartamudeó del susto.—¿E-es... es en serio?La mano se detuvo sobre su pierna. En la oscuridad, el silencio de la cama solo era interrumpido por sus respiraciones y el zumbido del ventilador dando vueltas.Momentos después, la voz grave del hombre resonó cerca de su oído.—¿No fue eso lo que pediste? Si no te cumplo el capricho, seguro mañana te andas ahorcando.Dicho esto, intentó continuar.—Yo...Mónica quiso decir algo, pero de pronto sintió un peso encima; él se había trepado sobre ella.A Mónica le zumbaban los oídos y el corazón le latía a mil por hora. Había estado soltera toda su vida, jamás había tenido a un hombre tan cerca.Y mucho menos alguien que, para ella, era un completo desconocido en un mundo al que acababa de llegar.Él no la besó; simplemente hundió el rostro en su cuello. Su respiración caliente chocaba contra su piel, provocándole una sensación rara y ajena que la hizo empezar a jadear de los nervios.Parecía decidido a ir directo al grano. Viendo que la cosa iba en serio, el pánico la dominó y soltó un fuerte empujón. Al segundo siguiente, se escuchó un golpe seguido del ruido de un cuerpo cayendo al piso.Mónica no lo pensó dos veces y se acomodó la ropa a toda prisa, sintiéndose un poco más segura. Se incorporó de golpe, buscó a tientas el interruptor y encendió la luz, justo a tiempo para ver cómo el hombre se levantaba del suelo.Tenía el cabello alborotado cayéndole sobre la frente y la miraba con total confusión. Bajo la luz del foco, Mónica tenía la cara roja como tomate y el pelo despeinado; el cierre del vestido estaba a medio bajar, dejando al descubierto un hombro pálido rodeado por su melena oscura.Quizá por el bochorno, tenía la frente y el cuello perlados de sudor, y unos mechones húmedos se le pegaban a la piel. A simple vista, se veía bastante atractiva.Ella se sujetó el escote y preguntó con voz temblorosa:—¿T-te lastimaste?Aníbal frunció el ceño, claramente molesto.—¿Ahora qué mosca te picó?Mónica sintió que la regaba, pero su instinto de supervivencia entró en acción y, tratando de imitar el tono de berrinche de la dueña original, le reclamó:—¡Solo dije que tenía miedo de dormir sola y quería que me acompañaras, nunca te dije que te acostaras conmigo!—Aparte, no tienes un peso partido por la mitad. Ni carro, ni casa propia. Si por mala suerte salgo embarazada, ¿con qué lo vamos a mantener? ¿Quieres que viva apretado con nosotros en este cuartucho rentado?Capítulo 2—Me voy a bañar primero.La voz profunda y magnética del hombre a sus espaldas hizo que Mónica Leal diera un respingo.Abrió los ojos de golpe. Lo primero que vio fue una pared vieja y descascarada, llena de grietas, pintura levantada y garabatos de colores hechos con marcadores por quién sabe quién.Mónica estaba desorientada. ¿Acaso no iba en un taxi? ¿A dónde la habían llevado?Antes de poder entenderlo, sintió un hueco en el estómago por el hambre; le daba vueltas la cabeza.Al percibir el olor a comida en el aire, Mónica hizo un esfuerzo para incorporarse y ponerse de pie. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba acostada en una cama.Era un cuarto bastante amplio; la mesa del comedor y la cama compartían el mismo espacio, y el baño quedaba justo en diagonal.A poca distancia detrás de ella, el hombre se estaba quitando la chamarra. Era de hombros anchos y piernas largas, con una mirada profunda y facciones marcadas que le daban un aire frío y distante.Solo que ese uniforme amarillo chillón de repartidor desentonaba por completo con su porte.Mónica parpadeó y se le quedó viendo un buen rato. El hombre pareció notar su mirada; dejó la chamarra de repartidor sobre una silla y levantó la vista hacia ella.—Cena de una vez. En cuanto termine de bañarme... voy para allá.Lo dijo sin mostrar ninguna emoción en el rostro y, acto seguido, se metió al baño.Mónica seguía pasmada, así que decidió que lo mejor era llenarse la tripa primero. Sin embargo, justo cuando se disponía a bajarse de la cama, sintió un zumbido en la cabeza y una avalancha de recuerdos que no le pertenecían la invadió. Se quedó paralizada.¿Se... se había metido en el libro? ¡Ya se acordaba de todo!Iba en el taxi rumbo al aeropuerto, leyendo una novela para matar el tiempo, cuando chocaron de frente contra un coche deportivo que se pasó el alto. Y ahora resulta que había transmigrado a la historia que estaba leyendo.Ese hombre de hace un momento era el protagonista del libro, Aníbal Castañeda. Y el cuerpo en el que había despertado también se llamaba Mónica.La dueña original de ese cuerpo era una oficinista del Corporativo Valle Dorado, en Río Claro. Hacía seis meses, había ido al aeropuerto a recoger a un cliente. No encontró al cliente, pero a cambio terminó atropellando a alguien. Y para colmo, atropelló a Aníbal, el director general de la empresa, a quien solo había visto una vez en su vida.De camino al hospital, Aníbal despertó de golpe, pero había perdido la memoria. Muerta de miedo por acabar en la cárcel, a la mujer se le ocurrió una idea descabellada: le hizo creer a Aníbal que ella era su novia.Le inventó el cuento de que se conocían desde niños, que habían crecido juntos en un orfanato, que ella le había pagado los estudios y su viaje al extranjero, y que lo había esperado por cinco años.Le dijo que, apenas regresó, se había ganado unos enemigos que lo golpearon hasta dejarlo amnésico, y que ella había arriesgado todo para rescatarlo. ¡Y Aníbal se lo creyó!Después de eso, la Mónica original renunció de inmediato, ni siquiera cobró su quincena, y se lo llevó esa misma noche a San Rafael, un pueblo alejado de todo.Al llegar a San Rafael, usando la excusa de esconderse de sus supuestos enemigos, lo tuvo encerrado en este cuarto rentado por más de dos meses. Le quitó el celular y le prohibió usar cualquier tipo de tecnología o red social.Solo cuando creyó que todo se había tranquilizado, lo dejó salir a buscar trabajo. Y ni siquiera le permitió ir a corporativos grandes, diciéndole que alguien podía reconocerlo.Después de tanta manipulación psicológica, lo acompañó a buscar empleo en una empresa pequeña, donde terminó como un simple oficinista ganando tres mil quinientos pesos al mes.Pero tres mil quinientos no alcanzaban para mantenerlos a los dos. Sin otra salida, Aníbal consiguió un segundo trabajo repartiendo comida por las noches.Por su parte, la Mónica original solo pensaba en quedar embarazada de él. Así, si algún día él recuperaba la memoria, no le haría daño por el bien del bebé. Hasta pensaba que podría casarse con él y asegurar su futuro, o de jodida, sacarle una buena lana.Por eso nunca buscó trabajo. Como no sabía en qué momento Aníbal iba a recordar quién era, se la pasaba todo el día maquinando cómo llevárselo a la cama.Sin embargo, Aníbal habría perdido la memoria, pero no lo pendejo. Por más drama y lágrimas que ella le echara, él seguía sospechando.Le había comprado un celular nuevo con otro número, y ella era su único contacto. Eso ya era bastante raro de por sí. Además, él no sentía ni una gota de amor por ella.A eso había que sumarle lo controladora que había sido en estos seis meses; si él se tardaba un minuto en contestar, le armaba un berrinche y le marcaba para checarlo más de diez veces al día.Por si fuera poco, era una floja de primera. No hacía nada en todo el día más que pensar en acostarse con él. Cuando Aníbal llegaba de repartir en la noche, todavía tenía que recoger el tiradero y traerle de cenar.Poco a poco, la culpa que él sentía se fue transformando en rechazo, al punto de que muchas veces prefería quedarse trabajando en la calle hasta la madrugada con tal de no llegar.Precisamente por eso, hacía un par de días habían tenido una bronca enorme.Harto de la situación, Aníbal le cantó sus verdades y le exigió saber si le estaba ocultando algo.La Mónica original entró en pánico y, en un arranque de berrinche, dejó de comer hasta morir. Fue en ese momento cuando la Mónica actual, una lectora que venía de otro mundo, ocupó su cuerpo al despertar.Para colmo, la novela que Mónica había leído era una historia trágica de reencarnación: la verdadera protagonista, que era la antigua prometida de Aníbal, renacía para corregir su destino.En la línea original de la historia, la verdadera protagonista de la novela, la antigua prometida de Aníbal, lo había esperado durante más de un año hasta que por fin recibió noticias de su regreso. Lo que siguió fue el drama de que Aníbal no se acordaba de nada y, para rematar, traía consigo a una mujer embarazada.Esa mujer era Mónica.Aníbal declaró que ella estaba esperando un hijo suyo y que iba a hacerse responsable.Mónica, creyendo que ya tenía la vida resuelta, se dedicó a hacerle la vida imposible a todo el mundo: maltrataba a la hermana muda de Aníbal, le provocó un infarto al abuelo del coraje y le echó la culpa de todo a la prometida.En esa primera vida, con el corazón destrozado, la antigua prometida de Aníbal decidió alejarse, pero poco después murió en un accidente. Solo entonces Aníbal recuperó la memoria y toda la verdad salió a la luz. Al darse cuenta de su error, quedó devastado y se vengó de Mónica sin piedad.Después de renacer y regresar al pasado, la antigua prometida de Aníbal ya no lo esperó y prefirió rehacer su vida con el hermano menor de él. Por supuesto, la trama cambió: Aníbal pasó a ser un simple personaje secundario que, al enterarse de que su ex se había casado, sufrió tal impresión que recuperó la memoria antes de tiempo.Como era de esperarse, el final trágico de la Mónica original también se adelantó, repitiendo el destino miserable que ya había tenido en la línea anterior de la historia. Primero, Aníbal la obligó a abortar; después la mandó a prisión y, cuando salió tras cumplir cinco años, hizo que la mataran y la dejaran tirada en la calle.Pero Aníbal fracasó en ambas vidas al intentar recuperar a su prometida: en la primera porque ella se murió, y en esta porque quedó como el ex tóxico y arrastrado que nadie quiere.Al procesar todos estos recuerdos, Mónica sintió que el mundo se le venía encima. Estos detalles no venían en el libro. Cuando lo leía, pensaba que Aníbal era un cabrón sin corazón. Pero ahora que conocía toda la historia, se daba cuenta de que la dueña original del cuerpo se lo había buscado solita.Sin embargo, ahora que ella estaba atrapada en el cuerpo de Mónica, pensaba que tampoco era para que la mataran... ¡Qué culpa tenía ella de las pendejadas que hizo la otra! ¡No era justo que pagara los platos rotos!Faltaba menos de un año para que la familia Castañeda encontrara a Aníbal. ¡No podía quedarse de brazos cruzados! Tenía que buscar la forma de pelarse antes de que eso pasara.¿Pero a dónde iría? Con el poder y los contactos que tenían los Castañeda, la encontrarían en cuestión de minutos si se quedaba en el país.Aunque no entendía cómo una familia tan poderosa iba a tardar más de un año en encontrar a Aníbal, supuso que así lo requería la trama.Su única opción era irse al extranjero. El problema era el dinero; la Mónica original se había graduado hacía apenas un año y se gastaba todo lo que ganaba. Para venirse a vivir con Aníbal, había pedido préstamos por internet y ahora debía más de veinte mil pesos.Por más que le daba vueltas al asunto, Mónica no encontraba ninguna salida, así que decidió concentrarse en cenar.Se levantó de la cama, se sentó en la mesita, destapó el envase de comida y empezó a comer. Al poco rato, el ruido de la regadera cesó. Aníbal salió del baño con una pijama gris.Llevaba una tina de plástico con la ropa que acababa de lavar a mano. No solo la suya, sino también la de Mónica.Ella tenía la costumbre de dejar su ropa aventada en agua todo el día. Con el calor que hacía, para cuando él regresaba, la ropa ya apestaba a humedad.Aníbal siempre se la lavaba de paso cuando se bañaba, y con el tiempo, la Mónica original se había vuelto cada vez más conchuda. Literalmente, la trataba como reina y ella no movía un dedo.La observó en silencio mientras cenaba y luego salió al balcón a tender la ropa. Al escuchar el ruido, Mónica volteó a verlo de reojo.Tenía que admitirlo, el hombre era bastante hacendoso. Trabajaba de día, repartía en la noche, llegaba en la madrugada a hacer limpieza y lavar ropa, y en todo ese semestre no se había quejado ni una sola vez.Lástima que cuando recuperara la memoria sería una persona completamente distinta. Todo lo que ahora tenía de servicial, lo tendría de despiadado.Después de tender la ropa, Aníbal le dio una pasada al cuarto para arreglar el tiradero, se sentó en la orilla de la cama y se quedó clavando la vista en Mónica con una expresión gélida.Mónica apartó la mirada de inmediato y bajó la cabeza para seguir comiendo de su plato de unicel.Aníbal siempre dormía en el viejo sillón desvencijado, poniendo de pretexto que llegaba muy tarde y no quería despertarla. Hasta la fecha, ni siquiera se habían dado un beso.Que ahora se sentara en la cama por iniciativa propia, seguramente significaba que la huelga de hambre de los últimos dos días había surtido efecto y él había cedido.Esta vez fue Mónica la que entró en pánico. ¡Tenía que haber transmigrado justo en este momento! Si lo rechazaba, toda la fachada que la dueña original había montado se vendría abajo. ¿Acaso Aníbal no empezaría a sospechar aún más de sus intenciones?Y si no lo rechazaba, entonces acostarse con él hoy significaba que no iba a poder librarse del mismo final trágico. La cabeza de Mónica trabajaba a mil por hora; el plato de comida ya estaba casi vacío, pero ella seguía dándole vueltas al asunto, sentada en su banquito, haciéndose mensa.Fue entonces cuando Aníbal rompió el silencio:—Si ya acabaste de cenar, duérmete de una vez. Mañana tengo que levantarme temprano para ir a trabajar.Su tono seguía siendo plano, como si fuera un robot. Seguramente por dentro se estaba muriendo del asco.Mónica no dijo nada; cerró el envase y lo tiró a la basura. Este simple gesto hizo que Aníbal le prestara atención.Por lo general, ella dejaba los trastes botados en la mesa. Fuera comida casera o pedida por aplicación, ensuciaba y ahí lo dejaba. Pero él no le dio demasiada importancia.Aníbal no le tenía ni una gota de afecto a esa mujer. Todo lo que hacía era por culpa y sentido de responsabilidad, gracias al cuento de que ella le había pagado la carrera y sus estudios en el extranjero.Llegar a casa todos los días y encontrar el lugar asqueroso y hecho un chiquero le daba la impresión de que Mónica misma estaba mugrosa. ¿Con qué ganas se iba a acostar con ella?Mónica se puso de pie y se aclaró la garganta.—Me voy a bañar yo también.Buscó su pijama, solo para darse cuenta de que ya la traía puesta. Con el calorón que hacía, sin aire acondicionado y con el puro ventilador andando, ni sabía cuántos días llevaba sin bañarse. La verdad, sí olía un poco a sudor.La dueña original se había vuelto una floja de primera con tantas comodidades que le daba Aníbal. A decir verdad, A Mónica le sorprendía que, aun en esas condiciones, él hubiera llegado a acostarse con la dueña original del cuerpo.Y que encima hubiera renunciado a su verdadera prometida por ella... ¡Qué bárbaro, eso sí que era compromiso moral! De no haber recuperado la memoria, igual y sí se habría hecho cargo de ella para siempre.Como no tenía otra pijama limpia, Mónica agarró un vestido para usarlo de ropa de dormir. Entró al baño y vio que Aníbal lo había dejado rechinando de limpio; hasta las gotas secas del espejo habían desaparecido.Se miró al espejo y reconoció que la dueña original era bastante bonita. Cara afilada, piel clara, cabello largo y ligeramente ondulado, ojos grandes, nariz respingada y boca pequeña. Tenía una belleza sutil; tal vez no era despampanante, pero daba esa vibra de primer amor.Lo más curioso era que se parecía muchísimo a ella, como un setenta por ciento. Era como ver a la Mónica de la preparatoria, aunque un poco más bajita; calculaba que apenas medía un metro con sesenta y cinco.Mónica se dio unas palmaditas en las mejillas para despejar su mente de tantos pensamientos absurdos. Se bañó rapidísimo y aprovechó para lavar su pijama a mano.Al salir, se dio cuenta de que Aníbal todavía no se había dormido; seguía sentado en la cama, pegado al celular. De reojo notó que estaba revisando la bolsa de valores.Mónica apartó la mirada, tendió su pijama y luego se sentó en la cama. Aníbal también guardó el teléfono. Los dos se quedaron ahí, sentados en la orilla, en un silencio bastante tenso.Ella se frotó la nariz, fue la primera en meterse entre las cobijas y se dio la vuelta para darle la espalda.—Tengo muchísimo sueño, ya me voy a dormir.Aníbal se quedó un poco descolocado y volteó a ver la espalda de la mujer. Después de un buen rato, apagó la luz y se acostó a su lado.Mónica de verdad se sentía agotada, tal vez por la huelga de hambre de dos días. No le dio muchas vueltas al hecho de que él estuviera acostado junto a ella; después de todo, sabía perfectamente lo mucho que le repugnaba a ese hombre.Sin embargo, justo cuando estaba a punto de quedarse profundamente dormida, sintió una mano sobre ella. El cuerpo entero se le tensó.La mano se detuvo en su pecho un par de segundos; al parecer, el hombre se desconcertó al notar que traía sostén. Pero pronto, la mano empezó a deslizarse hacia abajo.En el momento en que intentó subirle la falda del vestido, Mónica se dio la vuelta de un salto, quedando boca arriba, y le agarró la mano. Hasta tartamudeó del susto.—¿E-es... es en serio?La mano se detuvo sobre su pierna. En la oscuridad, el silencio de la cama solo era interrumpido por sus respiraciones y el zumbido del ventilador dando vueltas.Momentos después, la voz grave del hombre resonó cerca de su oído.—¿No fue eso lo que pediste? Si no te cumplo el capricho, seguro mañana te andas ahorcando.Dicho esto, intentó continuar.—Yo...Mónica quiso decir algo, pero de pronto sintió un peso encima; él se había trepado sobre ella.A Mónica le zumbaban los oídos y el corazón le latía a mil por hora. Había estado soltera toda su vida, jamás había tenido a un hombre tan cerca.Y mucho menos alguien que, para ella, era un completo desconocido en un mundo al que acababa de llegar.Él no la besó; simplemente hundió el rostro en su cuello. Su respiración caliente chocaba contra su piel, provocándole una sensación rara y ajena que la hizo empezar a jadear de los nervios.Parecía decidido a ir directo al grano. Viendo que la cosa iba en serio, el pánico la dominó y soltó un fuerte empujón. Al segundo siguiente, se escuchó un golpe seguido del ruido de un cuerpo cayendo al piso.Mónica no lo pensó dos veces y se acomodó la ropa a toda prisa, sintiéndose un poco más segura. Se incorporó de golpe, buscó a tientas el interruptor y encendió la luz, justo a tiempo para ver cómo el hombre se levantaba del suelo.Tenía el cabello alborotado cayéndole sobre la frente y la miraba con total confusión. Bajo la luz del foco, Mónica tenía la cara roja como tomate y el pelo despeinado; el cierre del vestido estaba a medio bajar, dejando al descubierto un hombro pálido rodeado por su melena oscura.Quizá por el bochorno, tenía la frente y el cuello perlados de sudor, y unos mechones húmedos se le pegaban a la piel. A simple vista, se veía bastante atractiva.Ella se sujetó el escote y preguntó con voz temblorosa:—¿T-te lastimaste?Aníbal frunció el ceño, claramente molesto.—¿Ahora qué mosca te picó?Mónica sintió que la regaba, pero su instinto de supervivencia entró en acción y, tratando de imitar el tono de berrinche de la dueña original, le reclamó:—¡Solo dije que tenía miedo de dormir sola y quería que me acompañaras, nunca te dije que te acostaras conmigo!—Aparte, no tienes un peso partido por la mitad. Ni carro, ni casa propia. Si por mala suerte salgo embarazada, ¿con qué lo vamos a mantener? ¿Quieres que viva apretado con nosotros en este cuartucho rentado?Capítulo 3—Me voy a bañar primero.La voz profunda y magnética del hombre a sus espaldas hizo que Mónica Leal diera un respingo.Abrió los ojos de golpe. Lo primero que vio fue una pared vieja y descascarada, llena de grietas, pintura levantada y garabatos de colores hechos con marcadores por quién sabe quién.Mónica estaba desorientada. ¿Acaso no iba en un taxi? ¿A dónde la habían llevado?Antes de poder entenderlo, sintió un hueco en el estómago por el hambre; le daba vueltas la cabeza.Al percibir el olor a comida en el aire, Mónica hizo un esfuerzo para incorporarse y ponerse de pie. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba acostada en una cama.Era un cuarto bastante amplio; la mesa del comedor y la cama compartían el mismo espacio, y el baño quedaba justo en diagonal.A poca distancia detrás de ella, el hombre se estaba quitando la chamarra. Era de hombros anchos y piernas largas, con una mirada profunda y facciones marcadas que le daban un aire frío y distante.Solo que ese uniforme amarillo chillón de repartidor desentonaba por completo con su porte.Mónica parpadeó y se le quedó viendo un buen rato. El hombre pareció notar su mirada; dejó la chamarra de repartidor sobre una silla y levantó la vista hacia ella.—Cena de una vez. En cuanto termine de bañarme... voy para allá.Lo dijo sin mostrar ninguna emoción en el rostro y, acto seguido, se metió al baño.Mónica seguía pasmada, así que decidió que lo mejor era llenarse la tripa primero. Sin embargo, justo cuando se disponía a bajarse de la cama, sintió un zumbido en la cabeza y una avalancha de recuerdos que no le pertenecían la invadió. Se quedó paralizada.¿Se... se había metido en el libro? ¡Ya se acordaba de todo!Iba en el taxi rumbo al aeropuerto, leyendo una novela para matar el tiempo, cuando chocaron de frente contra un coche deportivo que se pasó el alto. Y ahora resulta que había transmigrado a la historia que estaba leyendo.Ese hombre de hace un momento era el protagonista del libro, Aníbal Castañeda. Y el cuerpo en el que había despertado también se llamaba Mónica.La dueña original de ese cuerpo era una oficinista del Corporativo Valle Dorado, en Río Claro. Hacía seis meses, había ido al aeropuerto a recoger a un cliente. No encontró al cliente, pero a cambio terminó atropellando a alguien. Y para colmo, atropelló a Aníbal, el director general de la empresa, a quien solo había visto una vez en su vida.De camino al hospital, Aníbal despertó de golpe, pero había perdido la memoria. Muerta de miedo por acabar en la cárcel, a la mujer se le ocurrió una idea descabellada: le hizo creer a Aníbal que ella era su novia.Le inventó el cuento de que se conocían desde niños, que habían crecido juntos en un orfanato, que ella le había pagado los estudios y su viaje al extranjero, y que lo había esperado por cinco años.Le dijo que, apenas regresó, se había ganado unos enemigos que lo golpearon hasta dejarlo amnésico, y que ella había arriesgado todo para rescatarlo. ¡Y Aníbal se lo creyó!Después de eso, la Mónica original renunció de inmediato, ni siquiera cobró su quincena, y se lo llevó esa misma noche a San Rafael, un pueblo alejado de todo.Al llegar a San Rafael, usando la excusa de esconderse de sus supuestos enemigos, lo tuvo encerrado en este cuarto rentado por más de dos meses. Le quitó el celular y le prohibió usar cualquier tipo de tecnología o red social.Solo cuando creyó que todo se había tranquilizado, lo dejó salir a buscar trabajo. Y ni siquiera le permitió ir a corporativos grandes, diciéndole que alguien podía reconocerlo.Después de tanta manipulación psicológica, lo acompañó a buscar empleo en una empresa pequeña, donde terminó como un simple oficinista ganando tres mil quinientos pesos al mes.Pero tres mil quinientos no alcanzaban para mantenerlos a los dos. Sin otra salida, Aníbal consiguió un segundo trabajo repartiendo comida por las noches.Por su parte, la Mónica original solo pensaba en quedar embarazada de él. Así, si algún día él recuperaba la memoria, no le haría daño por el bien del bebé. Hasta pensaba que podría casarse con él y asegurar su futuro, o de jodida, sacarle una buena lana.Por eso nunca buscó trabajo. Como no sabía en qué momento Aníbal iba a recordar quién era, se la pasaba todo el día maquinando cómo llevárselo a la cama.Sin embargo, Aníbal habría perdido la memoria, pero no lo pendejo. Por más drama y lágrimas que ella le echara, él seguía sospechando.Le había comprado un celular nuevo con otro número, y ella era su único contacto. Eso ya era bastante raro de por sí. Además, él no sentía ni una gota de amor por ella.A eso había que sumarle lo controladora que había sido en estos seis meses; si él se tardaba un minuto en contestar, le armaba un berrinche y le marcaba para checarlo más de diez veces al día.Por si fuera poco, era una floja de primera. No hacía nada en todo el día más que pensar en acostarse con él. Cuando Aníbal llegaba de repartir en la noche, todavía tenía que recoger el tiradero y traerle de cenar.Poco a poco, la culpa que él sentía se fue transformando en rechazo, al punto de que muchas veces prefería quedarse trabajando en la calle hasta la madrugada con tal de no llegar.Precisamente por eso, hacía un par de días habían tenido una bronca enorme.Harto de la situación, Aníbal le cantó sus verdades y le exigió saber si le estaba ocultando algo.La Mónica original entró en pánico y, en un arranque de berrinche, dejó de comer hasta morir. Fue en ese momento cuando la Mónica actual, una lectora que venía de otro mundo, ocupó su cuerpo al despertar.Para colmo, la novela que Mónica había leído era una historia trágica de reencarnación: la verdadera protagonista, que era la antigua prometida de Aníbal, renacía para corregir su destino.En la línea original de la historia, la verdadera protagonista de la novela, la antigua prometida de Aníbal, lo había esperado durante más de un año hasta que por fin recibió noticias de su regreso. Lo que siguió fue el drama de que Aníbal no se acordaba de nada y, para rematar, traía consigo a una mujer embarazada.Esa mujer era Mónica.Aníbal declaró que ella estaba esperando un hijo suyo y que iba a hacerse responsable.Mónica, creyendo que ya tenía la vida resuelta, se dedicó a hacerle la vida imposible a todo el mundo: maltrataba a la hermana muda de Aníbal, le provocó un infarto al abuelo del coraje y le echó la culpa de todo a la prometida.En esa primera vida, con el corazón destrozado, la antigua prometida de Aníbal decidió alejarse, pero poco después murió en un accidente. Solo entonces Aníbal recuperó la memoria y toda la verdad salió a la luz. Al darse cuenta de su error, quedó devastado y se vengó de Mónica sin piedad.Después de renacer y regresar al pasado, la antigua prometida de Aníbal ya no lo esperó y prefirió rehacer su vida con el hermano menor de él. Por supuesto, la trama cambió: Aníbal pasó a ser un simple personaje secundario que, al enterarse de que su ex se había casado, sufrió tal impresión que recuperó la memoria antes de tiempo.Como era de esperarse, el final trágico de la Mónica original también se adelantó, repitiendo el destino miserable que ya había tenido en la línea anterior de la historia. Primero, Aníbal la obligó a abortar; después la mandó a prisión y, cuando salió tras cumplir cinco años, hizo que la mataran y la dejaran tirada en la calle.Pero Aníbal fracasó en ambas vidas al intentar recuperar a su prometida: en la primera porque ella se murió, y en esta porque quedó como el ex tóxico y arrastrado que nadie quiere.Al procesar todos estos recuerdos, Mónica sintió que el mundo se le venía encima. Estos detalles no venían en el libro. Cuando lo leía, pensaba que Aníbal era un cabrón sin corazón. Pero ahora que conocía toda la historia, se daba cuenta de que la dueña original del cuerpo se lo había buscado solita.Sin embargo, ahora que ella estaba atrapada en el cuerpo de Mónica, pensaba que tampoco era para que la mataran... ¡Qué culpa tenía ella de las pendejadas que hizo la otra! ¡No era justo que pagara los platos rotos!Faltaba menos de un año para que la familia Castañeda encontrara a Aníbal. ¡No podía quedarse de brazos cruzados! Tenía que buscar la forma de pelarse antes de que eso pasara.¿Pero a dónde iría? Con el poder y los contactos que tenían los Castañeda, la encontrarían en cuestión de minutos si se quedaba en el país.Aunque no entendía cómo una familia tan poderosa iba a tardar más de un año en encontrar a Aníbal, supuso que así lo requería la trama.Su única opción era irse al extranjero. El problema era el dinero; la Mónica original se había graduado hacía apenas un año y se gastaba todo lo que ganaba. Para venirse a vivir con Aníbal, había pedido préstamos por internet y ahora debía más de veinte mil pesos.Por más que le daba vueltas al asunto, Mónica no encontraba ninguna salida, así que decidió concentrarse en cenar.Se levantó de la cama, se sentó en la mesita, destapó el envase de comida y empezó a comer. Al poco rato, el ruido de la regadera cesó. Aníbal salió del baño con una pijama gris.Llevaba una tina de plástico con la ropa que acababa de lavar a mano. No solo la suya, sino también la de Mónica.Ella tenía la costumbre de dejar su ropa aventada en agua todo el día. Con el calor que hacía, para cuando él regresaba, la ropa ya apestaba a humedad.Aníbal siempre se la lavaba de paso cuando se bañaba, y con el tiempo, la Mónica original se había vuelto cada vez más conchuda. Literalmente, la trataba como reina y ella no movía un dedo.La observó en silencio mientras cenaba y luego salió al balcón a tender la ropa. Al escuchar el ruido, Mónica volteó a verlo de reojo.Tenía que admitirlo, el hombre era bastante hacendoso. Trabajaba de día, repartía en la noche, llegaba en la madrugada a hacer limpieza y lavar ropa, y en todo ese semestre no se había quejado ni una sola vez.Lástima que cuando recuperara la memoria sería una persona completamente distinta. Todo lo que ahora tenía de servicial, lo tendría de despiadado.Después de tender la ropa, Aníbal le dio una pasada al cuarto para arreglar el tiradero, se sentó en la orilla de la cama y se quedó clavando la vista en Mónica con una expresión gélida.Mónica apartó la mirada de inmediato y bajó la cabeza para seguir comiendo de su plato de unicel.Aníbal siempre dormía en el viejo sillón desvencijado, poniendo de pretexto que llegaba muy tarde y no quería despertarla. Hasta la fecha, ni siquiera se habían dado un beso.Que ahora se sentara en la cama por iniciativa propia, seguramente significaba que la huelga de hambre de los últimos dos días había surtido efecto y él había cedido.Esta vez fue Mónica la que entró en pánico. ¡Tenía que haber transmigrado justo en este momento! Si lo rechazaba, toda la fachada que la dueña original había montado se vendría abajo. ¿Acaso Aníbal no empezaría a sospechar aún más de sus intenciones?Y si no lo rechazaba, entonces acostarse con él hoy significaba que no iba a poder librarse del mismo final trágico. La cabeza de Mónica trabajaba a mil por hora; el plato de comida ya estaba casi vacío, pero ella seguía dándole vueltas al asunto, sentada en su banquito, haciéndose mensa.Fue entonces cuando Aníbal rompió el silencio:—Si ya acabaste de cenar, duérmete de una vez. Mañana tengo que levantarme temprano para ir a trabajar.Su tono seguía siendo plano, como si fuera un robot. Seguramente por dentro se estaba muriendo del asco.Mónica no dijo nada; cerró el envase y lo tiró a la basura. Este simple gesto hizo que Aníbal le prestara atención.Por lo general, ella dejaba los trastes botados en la mesa. Fuera comida casera o pedida por aplicación, ensuciaba y ahí lo dejaba. Pero él no le dio demasiada importancia.Aníbal no le tenía ni una gota de afecto a esa mujer. Todo lo que hacía era por culpa y sentido de responsabilidad, gracias al cuento de que ella le había pagado la carrera y sus estudios en el extranjero.Llegar a casa todos los días y encontrar el lugar asqueroso y hecho un chiquero le daba la impresión de que Mónica misma estaba mugrosa. ¿Con qué ganas se iba a acostar con ella?Mónica se puso de pie y se aclaró la garganta.—Me voy a bañar yo también.Buscó su pijama, solo para darse cuenta de que ya la traía puesta. Con el calorón que hacía, sin aire acondicionado y con el puro ventilador andando, ni sabía cuántos días llevaba sin bañarse. La verdad, sí olía un poco a sudor.La dueña original se había vuelto una floja de primera con tantas comodidades que le daba Aníbal. A decir verdad, A Mónica le sorprendía que, aun en esas condiciones, él hubiera llegado a acostarse con la dueña original del cuerpo.Y que encima hubiera renunciado a su verdadera prometida por ella... ¡Qué bárbaro, eso sí que era compromiso moral! De no haber recuperado la memoria, igual y sí se habría hecho cargo de ella para siempre.Como no tenía otra pijama limpia, Mónica agarró un vestido para usarlo de ropa de dormir. Entró al baño y vio que Aníbal lo había dejado rechinando de limpio; hasta las gotas secas del espejo habían desaparecido.Se miró al espejo y reconoció que la dueña original era bastante bonita. Cara afilada, piel clara, cabello largo y ligeramente ondulado, ojos grandes, nariz respingada y boca pequeña. Tenía una belleza sutil; tal vez no era despampanante, pero daba esa vibra de primer amor.Lo más curioso era que se parecía muchísimo a ella, como un setenta por ciento. Era como ver a la Mónica de la preparatoria, aunque un poco más bajita; calculaba que apenas medía un metro con sesenta y cinco.Mónica se dio unas palmaditas en las mejillas para despejar su mente de tantos pensamientos absurdos. Se bañó rapidísimo y aprovechó para lavar su pijama a mano.Al salir, se dio cuenta de que Aníbal todavía no se había dormido; seguía sentado en la cama, pegado al celular. De reojo notó que estaba revisando la bolsa de valores.Mónica apartó la mirada, tendió su pijama y luego se sentó en la cama. Aníbal también guardó el teléfono. Los dos se quedaron ahí, sentados en la orilla, en un silencio bastante tenso.Ella se frotó la nariz, fue la primera en meterse entre las cobijas y se dio la vuelta para darle la espalda.—Tengo muchísimo sueño, ya me voy a dormir.Aníbal se quedó un poco descolocado y volteó a ver la espalda de la mujer. Después de un buen rato, apagó la luz y se acostó a su lado.Mónica de verdad se sentía agotada, tal vez por la huelga de hambre de dos días. No le dio muchas vueltas al hecho de que él estuviera acostado junto a ella; después de todo, sabía perfectamente lo mucho que le repugnaba a ese hombre.Sin embargo, justo cuando estaba a punto de quedarse profundamente dormida, sintió una mano sobre ella. El cuerpo entero se le tensó.La mano se detuvo en su pecho un par de segundos; al parecer, el hombre se desconcertó al notar que traía sostén. Pero pronto, la mano empezó a deslizarse hacia abajo.En el momento en que intentó subirle la falda del vestido, Mónica se dio la vuelta de un salto, quedando boca arriba, y le agarró la mano. Hasta tartamudeó del susto.—¿E-es... es en serio?La mano se detuvo sobre su pierna. En la oscuridad, el silencio de la cama solo era interrumpido por sus respiraciones y el zumbido del ventilador dando vueltas.Momentos después, la voz grave del hombre resonó cerca de su oído.—¿No fue eso lo que pediste? Si no te cumplo el capricho, seguro mañana te andas ahorcando.Dicho esto, intentó continuar.—Yo...Mónica quiso decir algo, pero de pronto sintió un peso encima; él se había trepado sobre ella.A Mónica le zumbaban los oídos y el corazón le latía a mil por hora. Había estado soltera toda su vida, jamás había tenido a un hombre tan cerca.Y mucho menos alguien que, para ella, era un completo desconocido en un mundo al que acababa de llegar.Él no la besó; simplemente hundió el rostro en su cuello. Su respiración caliente chocaba contra su piel, provocándole una sensación rara y ajena que la hizo empezar a jadear de los nervios.Parecía decidido a ir directo al grano. Viendo que la cosa iba en serio, el pánico la dominó y soltó un fuerte empujón. Al segundo siguiente, se escuchó un golpe seguido del ruido de un cuerpo cayendo al piso.Mónica no lo pensó dos veces y se acomodó la ropa a toda prisa, sintiéndose un poco más segura. Se incorporó de golpe, buscó a tientas el interruptor y encendió la luz, justo a tiempo para ver cómo el hombre se levantaba del suelo.Tenía el cabello alborotado cayéndole sobre la frente y la miraba con total confusión. Bajo la luz del foco, Mónica tenía la cara roja como tomate y el pelo despeinado; el cierre del vestido estaba a medio bajar, dejando al descubierto un hombro pálido rodeado por su melena oscura.Quizá por el bochorno, tenía la frente y el cuello perlados de sudor, y unos mechones húmedos se le pegaban a la piel. A simple vista, se veía bastante atractiva.Ella se sujetó el escote y preguntó con voz temblorosa:—¿T-te lastimaste?Aníbal frunció el ceño, claramente molesto.—¿Ahora qué mosca te picó?Mónica sintió que la regaba, pero su instinto de supervivencia entró en acción y, tratando de imitar el tono de berrinche de la dueña original, le reclamó:—¡Solo dije que tenía miedo de dormir sola y quería que me acompañaras, nunca te dije que te acostaras conmigo!—Aparte, no tienes un peso partido por la mitad. Ni carro, ni casa propia. Si por mala suerte salgo embarazada, ¿con qué lo vamos a mantener? ¿Quieres que viva apretado con nosotros en este cuartucho rentado?

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